Para Ignacio, mi nuevo lector del otro lado del Atlántico,
que usa estupendamente todos los idiomas que puede, y cada vez puede más.

Es un principio que creo haber descubierto yo, o al menos enunciado por primera vez en estos términos, y que no falla: cuanto más tonto el ciudadano, peor su relación con el lenguaje.
No hace falta consultar el DRAE para saber, por ejemplo, que "argentino" significa en primer lugar "de plata", "semejante a la plata" y "que suena como la plata". De esos significados, por la vía del principal interés de sus primeros colonizadores europeos, la palabra pasó a referirse a un país sudamericano, a sus naturales y a todo lo relativo a él. Así, ahora mismo, además de los que acabo de enunciar, la palabra argentino tiene el significado de "natural de la Argentina, perteneciente o relativo a ese país". Y no tengo noticia de que ningún argentino haya protestado por que se le llame así, asegurando que ni es de plata, ni es semejante a ella, ni suena como ella. Debe de ser que los argentinos, felices ellos, no tienen nacionalistas.
Me imagino que, de modo similar, en muchas partes de Sudamérica comenzó a llamarse gallegos a los inmigrantes españoles por el excelente motivo de que lo eran en un alto porcentaje. Y como del campesino gallego inmigrante –como de cualquier otro campesino obligado por la miseria a emigrar desde cualquier otra parte del mundo, hambriento, ignorante y desconfiado– no cabe razonablemente esperar que se distinga por la amplitud de su cultura, la jovialidad de su trato ni la altura de sus miras, tampoco es extraño que en esos lugares se empezara a llamar gallegos a los ciudadanos especialmente cazurros, como parece ser que efectivamente ocurrió.
Las palabras adquieren sus significados exactamente por ese procedimiento, y el que no lo encuentre de su agrado hará bien en elevar sus quejas al Lucero del Alba, por ejemplo. Pero dejando en paz a quienes no hacen más que emplear su idioma de manera que sirva para el fin para el que se inventó: comunicarse. Usando para ello las palabras con los significados que tienen, les gusten o no al BNG o a cualquier otra congregación de inquisidores lingüísticos.
Por razonable que parezca esta recomendación que acabo de formular, somos franca minoría los ciudadanos que la seguimos. Es mucho más frecuente que, no bien se tropieza con una palabra que por algún motivo le desagrade a uno, se comience una justiciera y agraviada campaña de protesta como la de los nacionalistas gallegos.
Las palabras, insisto, adquieren nuevos significados por el empleo que de ellas hacen los hablantes, que son sus dueños y quienes mejor y con más derecho pueden decidir cómo y para qué las quieren usar. Y por eso es estúpido pedirle a nadie cuentas de los motivos por los que deciden usarlas con un significado y no con otro. Uno puede darse por enterado –y, si uno es un diccionario, describirlo y, como mucho, tratar de explicarlo– de lo que los hablantes han hecho, pero no pretender juzgarlo o encauzarlo. Ni cabrearse por ello, ni intentar prohibirlo, incluso aunque uno sea nacionalista, circunstancia desde luego muy lamentable y que merece toda mi compasión.
Si cito cito este ejemplo es porque es el primero que se me ha venido a las mientes y sin el menor ánimo de ofender a nadie, pero los censores in pectore o in voce, por los motivos más variopintos y todos ellos respetabilísimos, son innumerables, y de todos los pelajes imaginables.
Las palabras, insisto, adquieren nuevos significados por el empleo que de ellas hacen los hablantes, que son sus dueños y quienes mejor y con más derecho pueden decidir cómo y para qué las quieren usar. Y por eso es estúpido pedirle a nadie cuentas de los motivos por los que deciden usarlas con un significado y no con otro. Uno puede darse por enterado –y, si uno es un diccionario, describirlo y, como mucho, tratar de explicarlo– de lo que los hablantes han hecho, pero no pretender juzgarlo o encauzarlo. Ni cabrearse por ello, ni intentar prohibirlo, incluso aunque uno sea nacionalista, circunstancia desde luego muy lamentable y que merece toda mi compasión.
Si cito cito este ejemplo es porque es el primero que se me ha venido a las mientes y sin el menor ánimo de ofender a nadie, pero los censores in pectore o in voce, por los motivos más variopintos y todos ellos respetabilísimos, son innumerables, y de todos los pelajes imaginables.
Todavía no he sabido de ningún enérgico comunicado de la Federación Progresista de Palmípedos que proteste por el común empleo de la palabra "pluma" para designar un aparatito para escribir, o para referirse al excesivo amaneramiento de algunos homosexuales. Y eso que bien podrían las agraviadas aves argumentar que ellas son bien machos, o bien hembras, y que la finalidad con la que producen plumas nada tiene que ver con los fines espurios de la Parker, ni ellos la menor responsabilidad sobre las tonterías que puedan escribir los usuarios de las estilográficas.
Pero si tal hicieran los patos, no harían más el ridículo que los diputados del BNG cuando protestan de que se llame gallegos a los ceporros –o, lo que es peor, ¡ a los españoles no gallegos!–; o que el que hace, en general, cualquier congregación de las numerosísimas que se dedican a levantar la voz cada vez que se topan con que la gente usa alguna palabra de un modo que hiere su particular sensibilidad ideológica, religiosa, profesional, nacional, sexual o lo que sea
* * * * *
El genial Fernández Flórez escribía unas crónicas parlamentarias estupendas, las "Acotaciones de un oyente", que publicaba en ABC. Un día, para caricaturizar la falta de preparación de los diputados y de los políticos en general, y lo incongruente de los caminos por los que muchos de ellos llegaban a la vida pública, se le ocurrió escribir en una de esas crónicas algo así como (cito de memoria): "Hay que tener mucho cuidado con los fotógrafos. Aprovechándose del pase de prensa entran en el hemiciclo, ocupan algún escaño de esos que siempre están vacíos, esconden debajo la cámara y alli se quedan. Los ujieres se acostumbran a verlos, acaban trayéndoles agua con azucarillos... Un buen día el Presidente, al que ya le suenan vagamente sus caras, les concede la palabra para una intervención breve... De alguno se sabe que por este sistema ha llegado a ser nombrado subsecretario en una crisis de gobierno..."
Naturalmente al día siguiente el ABC recibió una airada carta de un representante de los fotógrafos de prensa, que protestaba enérgicamente por ataque tan gratuito, se quejaba de ver en entredicho la honorabilidad de su profesión, exigía una rectificación y culpaba a FF de cualquier medida que contra los fotógrafos creyera adecuado adoptar el Presidente del Congreso, tras semejante gravísima denuncia.
Quiero decir que un idiota dispuesto a darse por ofendido, por nimio o inexistente que sea el motivo, no falta nunca. Pero nunca. Son, desgraciadamente, la mercancía más abundante e indeseable del planeta, los idiotas. Y el empleo eficaz, inteligente y libre del idioma es su bestia negra y su enemigo mortal.
ACTUALIZACIÓN: Un amable corresponsal, lector habitual y atento de este blog, me ha hecho notar que algunas alusiones contenidas en la versión original de este post podían resultar hirientes para algunas personas. La verdad es que precisamente por eso las había puesto, ya que el propósito del post no es otro que negar que sea ni razonable ni legítimo sentirse herido por los usos que sin propósito de herir y dentro de los significados extendidos y aceptados de las palabras, hace la gente de su idioma. No obstante, y puesto que considero más grave el daño de que alguien se sienta herido, aunque sea sin razón (en mi opinión), que necesarias mis alusiones, por legítimas e inofensivas que a mí me parezcan, he decidido suprimirlas, dejando aquí constancia de la rectificación.
ACTUALIZACIÓN: Un amable corresponsal, lector habitual y atento de este blog, me ha hecho notar que algunas alusiones contenidas en la versión original de este post podían resultar hirientes para algunas personas. La verdad es que precisamente por eso las había puesto, ya que el propósito del post no es otro que negar que sea ni razonable ni legítimo sentirse herido por los usos que sin propósito de herir y dentro de los significados extendidos y aceptados de las palabras, hace la gente de su idioma. No obstante, y puesto que considero más grave el daño de que alguien se sienta herido, aunque sea sin razón (en mi opinión), que necesarias mis alusiones, por legítimas e inofensivas que a mí me parezcan, he decidido suprimirlas, dejando aquí constancia de la rectificación.