
(Quiero decir, claro, que casi nadie se ocupa de presentarlas como yo creo que deberían ser presentadas, y siempre me acaba tocando hacerlo a mí. No doy abasto...)
Vamos a ver: a mí también me cae muy gordo Otegui. Me cae gordo él personalmente, por su siniestra trayectoria de terrorista y defensor del terrorismo y por su jeta y tonillo de matoncete jovial, convencido de que no hay más remedio que hacer lo que él quiere, por las buenas o por las malas. Y, sobre todo, -porque personalmente no sé de él mucho más que esas dos cosas- me cae gorda su figura pública de dirigente y portavoz de uno de los fenómenos que más detesto, el nacionalismo. Como ya lo he hecho en otras ocasiones, no voy a explayarme aquí sobre lo que pienso del nacionalismo -de cualquiera de ellos, con su imbécil sacralización de la "nación", concepto que juzgo dañino en sí mismo- y en particular del nacionalismo vasco que a los defectos generales de cualquier nacionalismo suma, a mis ojos, otros dos específicos suyos y especialmente graves: el de basarse en una versión falseada y mentirosa de la historia, en una "nación" vasca que jamás existió, y el de llevar más de cincuenta años tratando de imponer su aberrante mitología tribal por el procedimiento de asesinar, secuestrar, torturar y amedrentar conciudadanos.
Queda dicho, pues. Lo que sigue no es una defensa del nacionalismo vasco, que me repugna personal y profundamente, ni de Arnaldo Otegui, al que considero un apropiadísimo representante suyo.
Pero estos sentimientos, que creo que comparte bastante gente, no me impiden ni deberían impedir a nadie razonable reconocer que la sentencia del Tribunal de Estrasburgo que ha declarado ilegal la condena de Otegui por "injurias al rey" es justa y adecuada, precisamente porque la condena a que se refiere no lo fue. Por mucho que la dictara el Supremo y la refrendara el Constitucional, y por mucho que sirviera para meter en la cárcel a un sujeto al que tantos ven con tanto gusto en ella.
El Tribunal de Estrasburgo ya ha dejado claro, con mejores argumentos que los que yo podría dar, que las opiniones sobre personajes públicos están lógicamente amparadas por el derecho a la libertad de expresión. Dicho de otro modo: si uno no quiere ser público objeto de críticas o de opiniones que no le agraden, no debe ocupar cargos públicos. Y si los ocupa, debe aceptar de antemano que sus actuaciones públicas en el ejercicio de esos cargos merezcan toda clase de valoraciones; y aguantarse con ellas, las que le gusten más y las que le gusten menos. Va en el sueldo. Desde el rey hasta el alcalde del último concejo abierto.
Pero es que, además:
Al parecer lo que dijo Otegui, y lo que le valió su condena, ahora declarada ilegal, es que el rey era el responsable de los torturadores.
Si no hay tales torturadores, entonces a quien ofendió Otegui diciendo que sí los había es al Estado español, y es por esa ofensa al Estado, y no al rey, por la que, si resulta ser delito, debería habérsele juzgado y, en su caso, condenado.
Lo grave, digo yo, es acusar falsamente a un estado de torturar. Decir que el jefe de un estado es responsable de lo que ese estado haga es decir una obviedad bastante indiscutible.
Y si, como Otegui afirma, sí hubiera tales torturadores -¿alguien puede negarlo con total seguridad? ¿Alguien se ha molestado, siquiera, en entrar en esa cuestión, que es la fundamental?- entonces también yo diría que el rey, jefe de un estado cuyos funcionarios hipotéticamente torturaran, sería el responsable último de los torturadores y de las torturas, y no creo que nadie pudiera discutírnoslo, ni a Otegui ni a mí. Ser el jefe del estado, o quiere decir eso, o no quiere decir nada en absoluto.
Francamente, no veo otro modo razonable de enfocar la cuestión, gústennos o no el nacionalismo vasco y Otegui; y me reconforta que haya un tribunal en el mundo, aunque tenga que ser en Estrasburgo, que parezca opinar lo mismo que yo.
Lo que ya no me reconforta tanto es que los dos máximos órganos jurisdiccionales de mi país hayan ignorado la cuestión de fondo -¿se tortura en España, como denuncian los etarras y sus palmeros, o es otra más de sus mentiras?- para ocuparse de una figura tan discutible y, en comparación, tan poco importante como la de las injurias al rey y, encima, aplicarla mal. (Lo dice el Tribunal de Estrasburgo, no yo).
Como consecuencia de lo cual ahora Otegui está en la calle, con más aire de matón invicto que nunca y con veinte mil euros más en el bolsillo, salidos de los nuestros.
Como consecuencia de lo cual ahora Otegui está en la calle, con más aire de matón invicto que nunca y con veinte mil euros más en el bolsillo, salidos de los nuestros.
Un manejo del asunto realmente eficaz e inteligente, como ven. Tan inteligente y tan racional como todo lo que tiene que ver con ese modelo de instituciones inteligentes y racionales que es la monarquía, Dios nos la conserve muchos años.