Dolores Keane - Teddy O'Neill
Hace ya un tiempo que me leí, en mi flamante e-book y en edición convenientemente internética y gratuita, pero legible, la que entonces era última novela de Vargas Llosa, El sueño del celta. (Creo que desde entonces se ha publicado otro libro suyo, aunque creo también que no se trata de una novela. No estoy seguro de ninguna de las dos cosas; al contrario que la Mazagatos, que le sigue pero no le lee, yo le leo de vez en cuando pero no le sigo apenas.) No me regañen, hay que leer de todo y a Vargas Llosa le tengo querencia desde que en mi adolescencia quedé deslumbrado por la lectura de “La Casa Verde” y, sobre todo, de “Conversación en La Catedral”. Sus posteriores andanzas neoliberales y su simultáneo declive literario, Nobel incluido, no han conseguido desengañarme, o no del todo.
(No me gasté ni un duro en el libro, pero no considero que le haya robado nada a nadie: en ningún caso habría pagado nada por él. Si no lo hubiera conseguido gratis, en Internet, en la biblioteca o prestado de algún amigo, no lo habría leído, y me habría quedado tan ancho. Lo de comprármelo no ha entrado nunca en mis previsiones. Si hay quien insiste en hablar de robo o de piratería a propósito de esta lectura mía, y en creer que con ella le he quitado algo a alguien, me gustaría que me explicara qué le he quitado a quién, y quién ha perdido qué que tuviera antes de mi lectura y no tenga después.)
(No me gasté ni un duro en el libro, pero no considero que le haya robado nada a nadie: en ningún caso habría pagado nada por él. Si no lo hubiera conseguido gratis, en Internet, en la biblioteca o prestado de algún amigo, no lo habría leído, y me habría quedado tan ancho. Lo de comprármelo no ha entrado nunca en mis previsiones. Si hay quien insiste en hablar de robo o de piratería a propósito de esta lectura mía, y en creer que con ella le he quitado algo a alguien, me gustaría que me explicara qué le he quitado a quién, y quién ha perdido qué que tuviera antes de mi lectura y no tenga después.)
La lectura me sirvió, aparte de para tenerme entretenido un par de tardes, para comprobar que V. G. V. L. no ha vuelto a escribir, ni es presumible que lo haga en el futuro, nada ni remotamente parecido a sus primeras magníficas novelas; que sigue sabiendo contar una historia, aunque claramente ha renunciado a hacerlo de ningún modo propio ni novedoso, y que el mundo editorial es injusto y comodón –y los compradores de libros, conservadores y previsibles–: a un Nobel consagrado, de pelo adecuadamente blanco y apariencia y modales suficientemente senatoriales, se le publican, y se venden abundantemente, cosas que en un novel pasarían ampliamente desapercibidas, si es que llegaran a publicarse.
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Roger Casement |
No hace falta decir que mi interés se debía, principalmente, a que la figura de este ejemplar caso de nacionalismo masoquista me vino a reafirmar en ideas propias y previas sobre algunas cuestiones que me interesan. Es frecuente que, busquemos donde busquemos, acabemos encontrando lo que ya llevábamos al empezar a buscar. De donde puede deducirse, aunque me gustaría más no tener que hacerlo, que los años, y la inevitable cristalización de la personalidad que traen consigo, no solo estancan a los buenos escritores, sino también a los buenos lectores, suponiendo que alguna vez haya sido yo uno de ellos. Ay...
En fin, apechuguemos con las propias limitaciones. El caso es que Roger Casement, –nos cuenta V.G V. L..– era un jovencito irlandés, de familia protestante y probritánica, e idealistamente repleto de nociones hermosas sobre la benemérita tarea colonizadora que corresponde al Hombre Blanco en las tierras salvajes y paganas del África negra, dejadas de la mano de Dios. Pertrechado de las cuales ilusiones y de los correspondientes buenos propósitos colonialistas partió hacia el Congo Belga allá por los ochenta del XIX, dispuesto a emular las hazañas de Livingstone y Stanley, y a captar para la verdadera fe, y para el buen capitalismo que es su medio natural y su no menos natural producto, las almas, y de paso los cuerpos, de cuantos paganos irredentos le cayeran a mano.

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Portada del CD "Ota Benga", de la May Day Orchestra, una de cuyas piezas se titula The Execution of Sir Roger Casement. |
Pero sus puntos de vista sobre el colonialismo ya no eran los mismos, claro. A fin de cuentas, empezó a pensar, colonialismo era también, aunque menos brutal que el de los belgas sobre el Congo, lo que el Imperio Británico al que representaba ejercía en gran parte del mundo, incluida su Irlanda natal, sobre la que también sus pensamientos empezaron a tomar nuevos caminos.
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Indios caucheros encadenados. Foto W. Handenburg, 1912 |
Y en un proceso paralelo y simultáneo a esta investigación, llegó a la conclusión de que la dominación inglesa sobre Irlanda, nación a la que paso a paso había terminado por considerar su única patria, era distinta en la forma, pero igualmente injusta en el fondo que las que sufrían los congoleños y los indios peruanos. Abandonó entonces el servicio diplomático inglés y se dispuso a colaborar en cuerpo y alma con la causa de los nacionalistas irlandeses. A partir de ese momento, por tanto, se enfrentó al país que hasta entonces había considerado el suyo, al que había servido durante años y que le había colmado de honores y, en nombre de su nueva fidelidad, rompió con todo lo que hasta ese momento había sido fundamental en su vida.
Con el estallido de la I Guerra Mundial vió en Alemania la mejor esperanza para la independencia irlandesa e inició negociaciones con el gobierno del Kaiser para obtener su ayuda a la causa nacionalista. Naturalmente esta colaboración con el enemigo de su antigua patria le convirtió, a los ojos de los ingleses y a los de muchos de sus propios amigos y admiradores, en un traidor, y acabó sufriendo la suerte que en tiempo de guerra se reserva a los traidores, tras ser encarcelado por su participación en el alzamiento de Pascua y después también de haber protagonizado un lamentable intento de reclutar irlandeses de entre los prisioneros de guerra británicos en manos de los alemanes, para unirlos a los Voluntarios Irlandeses que combatían al Reino Unido, es decir, para volverlos contra sus antiguos compañeros de armas. (La enorme mayoría de los 'candidatos' de esta leva, irlandeses alistados voluntariamente en el ejército británico, interpretaron la propuesta como un intento de corromperlos e incitarlos a faltar a su juramento, y se dieron por gravemente ofendidos al recibirla. Consiguió enrolar apenas a cincuenta.)
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Tumba de Casement en Glasnevin, con su epitafio escrito en un idioma que se esforzó en vano en convertir en el suyo. |
Quiero dejar claro que estas conclusiones mías no tienen nada que ver ni con las de la hagiografía habitual de la figura de Casement ni con las que, presumiblemente, pretendía Vargas Llosa que se sacaran de su libro: se deben entera y únicamente a mis manías personales, y se basan exclusivamente en la información sobre el personaje que, con muy otras intenciones, suministra la novela, que es toda la que he manejado. Estoy dispuesto a revisarlas y modificarlas, si alguien me da motivos suficientes para hacerlo.
Mientras nadie lo haga, aberración injustificable me parece, sin duda, la de comparar en serio, como Casement hizo, la situación de los irlandeses bajo dominio inglés con la de los nativos del Congo o del Putumayo, y pretender que existe algún punto de vista desde el que sean equiparables las actuaciones de la administración británica en Irlanda con las de los belgas en el Congo y la Casa Arana en el Perú. Para relacionar mentalmente, siquiera de lejos, la situación de los indios y de los africanos exterminados por los métodos más feroces con la de los irlandeses privados de algunos de sus derechos civiles hay que tener, a mi juicio, una visión de la realidad seriamente distorsionada.
Como creo que hay que padecer una óptica verdaderamente deformada y deformante para, enfrentado a la situación terrible de unos seres humanos concretos que son explotados y torturados, que sufren y mueren, concluir que lo verdaderamente doloroso de la situación es la destrucción del alma de las naciones a que pertenecen estos seres humanos. Alguien que ve azotar espaldas, amputar manos y quemar y atormentar cuerpos, y a quien lo que le parece fundamentalmente grave de todo ello es lo que supone de agresión a unas naciones –y, según cuenta
No me parece un síntoma menos grave la ética perversa que llevó a Casement a considerar adecuado y meritorio abandonar el servicio del país que llevaba años considerándolo un conciudadano, pagándole el sueldo, apoyándolo en sus investigaciones y cubriéndolo de honores, el Reino Unido, y volverse contra él y contra todos sus amigos británicos, con la excusa de agravios que no había sufrido personalmente, ni él ni su familia, y de los que, alejado como estaba de Irlanda, ni siquiera había sido testigo. Parece evidente que fue el patriotismo el causante de lo que juzgo una deslealtad flagrante, indisculpable desde la más elemental decencia personal, pero es una evidencia que no me parece que pueda llevar a otra cosa que a considerar con serias prevenciones la misma idea de 'patria'. Que el nacionalismo sirva para justificar semejante conducta es, en mi opinión, solo un buen motivo más para abominar de él. No me gusta la retórica altisonante de los victorianos y por eso no diré, como tantos de sus contemporáneos, que Casement fue un traidor; pero entiendo perfectamente a los que lo dijeron, y me resulta mucho más fácil simpatizar con su punto de vista que con el de quienes defienden la conducta de Casement en nombre de su patriotismo sobrevenido.
Y, por último, el patético espectáculo que nos presenta Vargas Llosa y que tiene todos los visos de ser histórico, de un adulto formado en la cultura y la lengua inglesas y en la religión protestante esforzándose, con grandes dificultades, en aprender gaélico y en convertirse al catolicismo, es decir: en impregnarse artificialmente de una cultura que en realidad le es totalmente ajena y que pretende hacer propia por puro esfuerzo de la voluntad, me parece un cumplido ejemplo de alienación ideológica que solo puedo atribuir a un grave trastorno emocional y mental.
Naturalmente, creo que el agente causante de este serio deterioro que a mi juicio experimentó Casement, y que provocó lo que considero perversas deformaciones en su visión del mundo, en sus nociones éticas básicas y en su conducta es, ya se imaginan, el nacionalismo, esa ideología alienante y patógena como pocas, dañina y destructiva como ninguna, a la que probablemente sucumbió por haberse debilitado sus defensas intelectuales y anímicas como consecuencia del estrés emocional que sufrió en el Congo y en el Perú. Indulgente como tiendo a ser con el delincuente, aunque sea implacable con el delito, creo que Casement no fue un traidor o, sí lo fue, no fue del todo culpable al serlo. Como a tantos otros, lo considero ante todo una víctima. No del imperialismo británico, desde luego, ya que en mi opinión el Reino Unido le trató siempre con mucha más justicia que Casement a él, sino de esa terrible enfermedad mental colectiva que ha hecho tantos estragos los últimos doscientos años, el nacionalismo, del que el nacionalismo irlandés es, desde muchos puntos de vista, un paradigma francamente ilustrativo. Creo que la pesadilla que vivió Casement durante los años pasados en Africa y en Perú fue la que le abocó a esta otra pesadilla, el nacionalismo militante, que acabó por destruirle la vida.
(Ya ven ustedes cómo da lo mismo lo que lea, porque acabo siempre sacando de todas mis lecturas la misma conclusión. Esto debe de ser también alguna clase de dolencia. Y es evidente que se debe, también, al nacionalismo...)