domingo, 21 de diciembre de 2025
PALABRAS PARA JOSÉ AGUSTÍN
lunes, 20 de mayo de 2024
Karaoke a través del tiempo
Mi madre - Caminito. Con mi acompañamiento al piano, cuarenta años después, hecho con FinaleNotepad
Mi madre cantaba. Casi todo el rato que no estuviera haciendo algo que se lo impidiera. Cantaba con buen oído y bonita voz, además, y tenía un repertorio impresionante de canciones, aprendidas desde su infancia, primero de la muchacha que trabajaba en su casa, que debía de ser también una cantarina de buen oído -disculpen la terminología rancia y clasista, la muchacha era una institución rancia y clasista y no conozco para ella un término mejor- y luego de la radio y hasta del cine.
Así que una tarde de hará quizás cuarenta años, sola en casa y presumiblemente aburrida, cogió una cassette y se grabó a sí misma, cantando a capella todas las canciones que se le fueron ocurriendo. Entre quince y veinte canciones, una buena hora de grabación. Una cinta de sesenta minutos, que fue luego a mezclarse con las otras cien o doscientas que andaban por mi casa con toda clase de música, en aquellos tiempos en que grabar de un disco prestado la música que nos apetecía era el único modo de procurárnosla quienes que no teníamos dinero para comprar nuestros propios discos. Y allí se quedó, y alguna vez la oiríamos, supongo.
Hace treinta años que murió mi madre. Poco después vaciamos la casa, y el montón de cassettes, ya prácticamente inservibles, se vino para la mía. Algunas músicas que me interesaban especialmente y no veía fácil conseguir de otro modo fui poco a poco pasando a mp3, para almacenarlas en el disco duro de mi ordenador, donde guardo, como un obseso, cerca de 800 horas de toda la música que me gusta. (Ya sé que es un almacenamiento perfectamente inútil en estos tiempos de Spotify y música on line, pero yo soy antiguo, y no me parece que realmente tenga la música que quiero tener si no está guardada en mi ordenador, en mi Ipod y, por si acaso, en un disco duro externo).
El caso es que en el proceso me topé con la cinta de mi madre. Es una sensación extraña, que no gusta a todo el mundo, la de oír la voz de una persona amada que ya ha muerto. A mí me emocionó y me encantó. Emepetreseé convenientemente todas las canciones y las uní a mi colección, como un tesoro especialmente valioso.
Pero no eran fáciles de oír. Aparte de las emociones encontradas, la voz a palo seco, sin acompañamiento y con las licencias rítmicas que mi madre se permitía, resultaba un tanto desabrida, y la audición me dejaba siempre un regusto raro, entre nostálgico y desolado.
Por aquel entonces descubrí el Finale Notepad, maravilloso programa que te permite escribir en el ordenador música que luego el propio ordenador hace sonar. Hice con él algunas chapuzas que me divirtieron enormemente y que quizás recuerden los lectores de este blog, si alguno queda a estas alturas, porque andan por aquí, colgadas en unos posts u otros. (Acabo de descubrir el modo de resucitar las músicas colgadas en el blog, que creía ya perdidas; es uno de los motivos por los que me he resuelto a volver a publicar algo aquí, ocho años después del último post).
Y un buen día me embarqué en el más difícil todavía de ponerle acompañamiento con el Finale a alguna de las canciones de mi madre. Hasta entonces el proceso había sido el de escribir primero la parte del piano y acoplar luego mi voz a él, pero esta vez había que hacerlo al contrario: escribir un acompañamiento que se adaptara a una voz ya existente. No estaba nada seguro de conseguirlo, pero me apetecía mucho intentarlo.
La verdad es que solo lo conseguí con un par de ellas. La que encabeza este post, el tango Caminito, y esta otra, Deja que salga la luna, que a ella le gustaba especialmente, y que a mí me sigue emocionando cada vez que la oigo. Las demás tenían ritmos demasiado complicados, o demasiadas alteraciones caprichosas del tempo por parte de la intérprete, como para poder compaginarlas medianamente con la rigidez maquinal del Finale que, al fin y al cabo, no es un pianista de verdad (como yo mismo, por otra parte, que no lo soy ni de verdad ni de mentira). No pierdo la esperanza de lograrlo con alguna otra, cuando tenga tiempo, pero de momento estas dos son todo lo que hay.
Mi madre - Deja que salga la luna. Con mi acompañamiento al piano, cuarenta años después, hecho con FinaleNotepad
Nunca hubo manera de acompañar el canto de mi madre en directo. Tenía su propio sentido del ritmo, y al acompañante le costaba sudores seguirla. En una casa en la que cualquiera se ponía a cantar en cualquier momento, y enseguida salía una guitarra, -y a veces hasta un piano aporreado- para acompañarlo, y un par de voluntarios para los coros, mi madre se unió rara vez al barullo general. Era vocacionalmente solista, y yo me quedé con la pena de no haber hecho casi nunca música con ella.
Con estas dos canciones me he resarcido. Renuncio a explicar la profunda satisfacción que me produce oír a mi madre y a mí haciendo música juntos, aunque sea con cuarenta años de distancia entre su aportación y la mía.
sábado, 23 de abril de 2016
Confesión inopinada y ligeramente bochornosa con ocasión del día de San Jorge
Aunque son muchas las cosas que me gustan de los ingleses y soy, en conjunto, bastante más anglófilo que lo contrario, soy también consciente de muchas características británicas más bien desagradables. Entre ellas, señaladamente, el desparpajo con el que se han venido adueñando, de tres o cuatro siglos a esta parte, de cosas que originalmente no les pertenecían: el té, por ejemplo, las Indias (la fetén, la oriental, y las occidentales de México para arriba), la institución del mayordomo, Irlanda del Norte, el friso del Partenón, la Promenade des Anglais de Niza, buena parte de las Islas Baleares, la segunda lengua de todo quisque (y la primera de unos cuantos), el Peñón, la costumbre de carraspear antes de hablar... La lista de sus predaciones es interminable, e incluye hasta un santo, que es a lo que hoy quería yo ir.
Hablo de cosas muy elementales, muy concretas, pero de mucha importancia práctica y vital. Cosas que han modelado muy significativamente las actitudes y los comportamientos frente a la vida que todavía ahora sigo intentando, con éxito desigual, que sean los míos. Experiencias y aprendizajes que tienen que ver con la manera de habitar el mundo, intentando, al mismo tiempo, entenderlo, disfrutarlo y mejorarlo; con la disposición hacia los demás, desde un sincero deseo de servicio hasta una actitud de respeto, acogida y cordialidad; y con el modo de convivir con uno mismo, firmemente asentado en la confianza, humilde y realista, pero optimista y tenaz, en las propias capacidades.
Mi idea de la felicidad, lo que hoy experimento cuando me siento plenamente feliz, es exactamente lo que experimentaba a los quince y a los veinte años, en medio de un campamento o una salida con los scouts. Quien lo ha vivido sabe que no hay felicidad igual a la del día que te montas en el autobús o en el tren con tu tropa para empezar un campamento –que, en tu ánimo, es todo el futuro que existe, porque los campamentos, como las vacaciones, son eternos, y ni se anticipa su final ni merece la pena perder el tiempo en pensar en lo que vendrá después–, con una gente que, en tu cabeza, es toda la gente que hay en el mundo –quieres mucho a tu familia y ella te quiere mucho a ti, pero, precisamente por ello, puedes borrarla totalmente de tu mente durante veinte días con toda tranquilidad–; y que todas las felicidades que se experimentan después tienen a aquella por patrona y fundadora. No hay relación con el mundo que pueda compararse a la que sientes en las tripas cuando sales de la tienda en medio del monte con un frío pelón; y el aire helado de la mañana, el cielo, el paisaje y tus amigos son lo más real y lo más tuyo que has tenido nunca, y el nuevo día se presenta ante ti como una aventura invitadora, deslumbrante y feliz. Si has tenido la suerte de vivir esas cosas a los diez y a los quince años, ya sabes qué es lo que te interesa en la vida, y a partir de ellas modelas todo lo que viene después. Todo lo que más tarde puedas hacer se basa en aquello. Todas mis actividades de adulto, toda mi vida, no tratan de ser, en el fondo, más que un desarrollo puesto al día de aquellas felices experiencias de niño y de adolescente, y creo que son esa disposición que en mi inconsciente la preside, y esa intención, más o menos expresa y que nunca me abandona del todo, de no defraudar al chaval idealista que sigue mirándome, expectante, desde algún pinar, las que hacen que la disfrute tanto.miércoles, 9 de marzo de 2016
La vida misma
Escenas de la vida real (unas más que otras)
Georges Brassens - Tonton Nestor. Versión libre en español de Júbilo Matinal (Tío Pascual)
jueves, 25 de febrero de 2016
La jornada de un obseso mental. Y Parte 3ª
Recuerden ustedes que este post es el tercero de una serie con primera y segunda parte, que espero que lo hagan un poco más inteligible.
La convalecencia.
Quedamos en que yo estaba hondamente perturbado por los inesperados sucesos que habían tenido lugar en mi ordenador.
De que haya siete niños : 0'11719
De que haya ocho niños : 0'04394
De que haya nueve niños: 0'00976
De que haya diez niños : 0'00098
De que haya tres niños : 0'25000
De que haya cuatro niños: 0'06250
No se ve muy bien, porque Excel coloca las cifras de los ejes de aquella manera: pero las barras azules de este gráfico, que son los máximos locales de frecuencia, resultan todas corresponder a los hospitales cuyo número diario de nacimientos es múltiplo de cinco: 5, 10, 15, 20... 100. Lo son todos los que están, y están todos los que lo son.
(Es fácil entender por qué es así: 60% = 3/5. El sesenta por ciento de algo es lo mismo que tres quintas partes de ese algo. Si la quinta parte es un entero, al multiplicarla por tres da tambien un entero. Si no, malamente, porque el cinco y el tres son ambos primos y no tienen divisores comunes).
O sea, que mis cifras no pegaban saltos para desobedecer los principios de la Estadística, sino para ajustarse a ellos. Y nosotros, escandalizándonos.
domingo, 21 de febrero de 2016
La jornada de un obseso mental. Parte 2ª
Los síntomas se agravan.
¡Pero qué estaba pasando aquí!
De modo que, suspendidas de momento las especulaciones teóricas, me apliqué con ahinco a darle al botoncillo y a registrar los resultados, absteniéndome de juzgarlos. Al cabo de... no sé realmente cuánto tiempo y de muchos clics, muchos miles de clics, mi tabla de porcentajes presentaba este anárquico aspecto:
(Que a partir de 100 nacimientos diarios hubieran dejado de dar saltos no me consolaba nada: ese era el punto en que yo había empezado a aumentar los nacimientos de cinco en cinco, y no de uno en uno –el dedo, y el brazo entero, comenzaban a resentirse un poco–, así que con toda probabilidad solo sucedía que los saltos quedaban ocultos por esta omisión de cuatro de cada cinco hospitales, no que no siguieran produciéndose).
Porque, –y este era el único vislumbre lejano de que pudiera haber alguna explicación para el perturbador fenómeno– con todo y oscilar arriba y abajo de manera incomprensible, las frecuencias halladas parecían hacerlo con arreglo a alguna clase de patrón. Subían y bajaban contra todo pronóstico, sí, pero los picos parecía ser progresivamente menos altos, y los valles cada vez más bajos, y unos y otros daban la impresión de agruparse en ciclos de cierta regularidad.
Comprendí que, si algo de eso pasaba, se apreciaría más claramente en un dibujo, e hice que Excel trazara la correspondiente gráfica. Los gráficos siempre me han parecido una horterada para ejecutivos romos y exhibicionistas, y procuro no emplearlos salvo cuando son estrictamente necesarios, pero esta era claramente una de las ocasiones en que lo son:
De momento era incapaz de encontrar ninguna razón que explicara su conducta, pero puesto que daba la impresión de atenerse a un cierto sistema, parecía posible que hubiera alguna. Solo era cuestión de dar con ella.
Y en hacer otro con las frecuencias con que algunos, (no todos, decididamente el brazo derecho empezaba a molestarme) de mis hospitales alcanzaban otros umbrales, concretamente el 55% y el 70% de varones . Para algo tenía que servir la brillante versatilidad de mi hoja de cálculo...
Por detrás de mis cavilaciones matemáticas y de mis divagaciones ilustratorias, empero, todo el rato runruneaba en mi cabeza una ocurrencia que me había asaltado al poco de empezar a registrar porcentajes, y de comprobar así lo errático de su comportamiento. Una ocurrencia tan subversiva e inquietante como innegable, una vez la hube comprobado en mi tabla de resultados. Era esta:
Si en vez de con dos hospitales de 45 y 15 nacimientos diarios, el problema se hubiera planteado con otros dos, por ejemplo, de 10 y 4 nacimientos diarios, la respuesta correcta ya no habría sido la canónica b), sino la a): sería el hospital grande el que registrara más días anuales con más del 60 % de varones.
Contravinendo todas las leyes estadísticas conocidas, pero con el irrefutable testimonio a favor de los porcentajes obtenidos con mi hoja de cálculo.
NOTAS
(1) Este 50'4% resultó ser un error de aproximación. Como veremos a su debido tiempo, la frecuencia con la que 5 nacimientos diarios alcanzan o superan el 60% de niños es exactamente del 50'0%. Las cuatro décimas de más se debieron sin duda a que, por una vez, no dí el suficiente número de clics y creí estabilizado el porcentaje antes de tiempo.
viernes, 19 de febrero de 2016
La jornada de un obseso mental. Parte 1ª
Una población tiene dos hospitales. En el hospital más grande nacen unos 45 bebés cada día, y en el más pequeño unos 15 bebés cada día. Como se sabe, alrededor del 50 por ciento de los bebés son niños. Pero el porcentaje exacto varía de un día a otro. Unas veces puede ser superior al 50 por ciento y otras, inferior.Durante un período de 1 año cada hospital registra los días en los que más del 60 por ciento de los bebés son niños. ¿Qué hospital crees que registró más días como estos?a) El hospital grande.b) El hospital pequeño.c) Los dos más o menos lo mismo (es decir, con una diferencia del 5 por ciento entre uno y otro).
Si en una decimosexta casilla sumas el contenido de las quince anteriores, sabes cuántos niños ("1") han nacido ese día (o cuántas niñas, si hubieras decidido que el "1" son niñas; no quiero herir suceptibilidades feministas). Si en otra decimoséptima casilla divides ese número de niños por quince, sabes qué porcentaje de niños ("1") ha habido ese día sobre el total de nacimientos. Y si en otra decimoctava casilla haces aparecer un "1" si ese porcentaje es igual o mayor que 0'6, y un "0" si es menor, ya tienes cuantificado uno de tus días, como fasto ("1") o como nefasto ("0").
Basta repetir, copiando y pegando, este mismo esquema en otras trescientas sesenta y cuatro filas para tener un año de la clínica pequeña. En la fila tricentésimo sexagésimo sexta (la número 366, vaya, o la número 367 si se emplea una primera fila en encabezamientos aclaratorios, como yo hice) sumas los días (filas) fastos, y ya sabes cuántos días de ese año el sexo elegido ha alcanzado o superado el 60% de los nacimientos. Cada vez que actualices la hoja con F9, tienes un nuevo año, con su numerito de días "especiales". Y si lo haces una cantidad razonable de veces, apuntas los resultados, los sumas y divides el total por esa cantidad, tienes la media de todos los años así simulados: una aproximación más o menos fiable de lo que cabe esperar que produzca anualmente la clínica pequeña en cuestión de días con más del sesenta por ciento de niños de un sexo determinado.
Veinticinco años nada más simulé yo, porque apuntar el resultado cada vez que "actualizaba" a un nuevo año era una pesadez, y sumar luego los resultados, otra peor. Veinticinco años me parecieron suficiente muestra –y suficiente trabajo–, y me salieron 110 días al año de media, en ese primer y trabajoso recuento. Más o menos, el 30 % de los días.(3)
Asunto resuelto.
(2) Mil billones, claro, si solo consideramos los quince primeros decimales, como hace Excel. En realidad son infinitos. Qué fatiga...
(3) No olvidemos que, presumible y simétricamente, habrá otro treinta por ciento de días en que los varones nacidos no alcancen el 40%, es decir, en que lo que alcance o supere el 60% sea el nacimiento de niñas. O sea, que el porcentaje de días en que alguno de los dos sexos alcance o supere el 60% será el doble del hallado para un sexo determinado. En este caso, del sesenta por ciento, y en el de la clínica grande, del veintitantos por ciento. Podría hacer una hoja que calculara también esta frecuencia...




















