Chicho Sánchez Ferlosio, Rosa Jiménez - Coplas retrógradas
Prólogo: Se me han juntado hoy, probablemente por alguna clase de atracción entre semejantes y como una especie de propósito de Año Nuevo a la inversa (¿depósito de Año Viejo?), unas consideraciones especialmente impresentables, tirando a cínicas y bastante indefendibles. Más aún, quiero decir, de lo que suelen serlo las mías. No las defiendo, pues. Es más, les recomiendo que no se las tomen muy en serio ni me hagan mucho caso. A menos, claro, que por casualidad resultara que están ustedes de acuerdo con ellas...
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la mentira.- Yo soy bastante partidario. En realidad no tan partidario de la mentira –siempre fea, sobre todo si la llamamos así– como de una prudente administración de la verdad, que es una mercancía no solo escasa, y por tanto valiosa, sino, sobre todo, muy peligrosa. Creo que atemperar la aplicación directa de la verdad en estado bruto es en muchos casos un acto de cortesía, una manera muy conveniente de lubricar la vida, mitigar sus inevitables fricciones y suavizar las aristas de este áspero mundo. Y en muchos también una precaución de elemental sensatez, impuesta por la prudencia y que evita molestias innecesarias, disgustos y a veces auténticas calamidades a uno mismo y a los demás. En consecuencia creo que hay que ser muy insensato, muy irresponsable o muy inmaduro para dar a la sinceridad ese valor supremo que con frecuencia pretende tener, por encima, por ejemplo, de la compasión o de la buena educación.
Yo no creo tener ninguna obligación genérica y a priori de decir la verdad, menos aún de decir toda la verdad y desde luego tampoco de decir nada más que la verdad. La verdad que yo conozco, por tanto, la dispenso, como un don y sin obligación alguna, a los que creo que la merecen o que la necesitan. Y la niego, con todo mi derecho, a aquellos de los que temo que harán mal uso de ella, o que les perjudicará, o simplemente que no la necesitan para nada. En el legítimo empeño de negar la verdad a estos últimos hay un medio irreprochable, que es el de callarla. Y si no fuera suficiente este, hay otros: embellecerla, empaquetarla, sustituirla por sucedáneos más cómodos o útiles, lo que comúnmente se llama mentir, que pueden ser, según las circunstancias, igualmente legítimos. Lo que sucede con estos últimos métodos, a los que por abreviar y sin la menor connotación peyorativa llamaré mentiras, es, en primer lugar, que su empleo es casi igual de peligroso y bastante más complicado que la administración de la verdad en estado puro, razón por la que deben ser empleados con moderación, discernimiento y discreción. Y en segundo, que tienen una inmerecida mala prensa, fruto de la no siempre beneficiosa influencia del protestantismo, hija a su vez de la inflexibilidad y de la falta de imaginación características de los sajones. Es, creo, esta influencia nórdica y luterana la que ha dado origen al culto de la "sinceridad a ultranza", un mito moderno, despótico y peligroso. Su observancia me parece, más que nada, un rasgo de cómodo egoísmo. Decir siempre la verdad, pase lo que pase, no deja de ser una forma, injustamente bien vista, de irresponsabilidad.
Reivindico, en conclusión, mi derecho a mentir. Lo tengo clarísimo en la teoría, lo que en la práctica me permite no tener que recurrir a la mentira casi nunca; porque como digo, aunque útil con frecuencia y necesaria en ocasiones, es también francamente incómoda, y considerablemente difícil de manejar. Las conductas altruistas es lo que tienen, que rara vez resultan confortables. El sendero de la virtud es, ya sabemos, estrecho, abrupto y sembrado de maleza.
la lectura.- Es una de esas actividades cuya supuesta buena imagen es el resultado de un enorme ejercicio de hipocresía colectiva. El hábito de leer goza de tan buena consideración teórica y pública como, en la práctica privada, es justo objeto de recelos, desconfianzas y malquerencias varias y enconadas. Justo objeto, digo, porque, seamos sinceros, leer –y cuando hablo de leer hablo de leer ficción, fundamentalmente; los manuales de informática o de jardinería, los tratados de Economía, los libros de autoayuda, las vulgarizaciones de Historia y las biografías de hombres célebres no cuentan– es un vicio adictivo, escapar del cual resulta mucho más difícil que dejar el tabaco o la bebida; y, sobre todo, porque leer es una pérdida de tiempo, como bien sabemos los lectores compulsivos a los que se nos ha ido en ello más de media vida, por culpa de lo cual nos hemos convertido en los ciudadanos escépticos, indóciles, inútiles y descontentadizos que hoy somos. (Perder el tiempo, lo más gozoso que puede hacerse con esa mercancía escurridiza y fugaz. Por eso precisamente, porque es perder el tiempo, es por lo que leer me gusta tanto.)
Tengo conocidos que han cambiado sutil pero claramente su actitud hacia mí a partir del momento en que entraron por primera vez en mi casa y vieron en ella paredes cubiertas enteramente de estantes con libros. Hasta ese momento éramos colegas, nos llevábamos estupendamente, no había sombras entre nosotros; a partir de ahí ("Este imbécil ¿se habrá leído de veras todos estos mamotretos?"–podía, casi, oírseles pensar.– "¿Esperará que los haya leído yo?") una cortés distancia, una especie de desconfianza amablemente recelosa se instalaron entre nosotros. Su reacción no habría sido muy distinta si me hubieran descubierto pinchándome heroína en el baño, o mirando fotos de niños desnudos.
el trabajo.- Cuando digo –lo digo poco, solo en confianza– que el trabajo es para mí una maldición bíblica y que mis ambiciones profesionales se cifran, fundamentalmente, en no tener necesidad de ninguna profesión, la gente se escandaliza, o decide pensar que hablo en broma para no tener que escandalizarse. Me tienen, ellos sabrán por qué, por un funcionario concienzudo y competente para quien su trabajo es lo primero de todo. No saben que si lo pongo lo primero de todo es para acabarlo antes y poder olvidarlo más deprisa; y que si procuro hacerlo bien no es tanto por tener la sensación de que me gano el sueldo como por cierto prurito de carácter más deportivo que otra cosa –el mismo por el que quiero, por ejemplo, que me salga el sudoku– y, sobre todo, para evitar que colee y moleste más de lo inevitable.
Todo mi respeto, claro está, por esas personas para quienes su trabajo es el centro de su vida, le dedican la mayor parte de sus energías y no parecen deseosas, ni capaces siquiera, de dejar de pensar en él aunque solo sea algún rato que otro. Pero no los envidio ni un poquito, y estoy enormemente agradecido de que no me pase nada parecido.
(No me refiero a los artistas, por ejemplo, que evidentemente disfrutan su trabajo porque es algo objetivamente disfrutable; aunque sea remunerado y modus vivendi, el suyo no me parece trabajo en el sentido etimológico –para mí el auténtico sentido de esta palabra– de tripalium, tortura. Aunque tampoco a estos los envidio: debe de ser cansadísimo y, por momentos, demasiado obsesivo y exigente.)
No, hablo de esos empresarios, o asalariados, como yo, que se quedan en la oficina todos los días hasta las tantas y hablan con entusiasmo de sus ventas, de sus clientes, de sus proyectos. Esos que han conseguido reducir sus vidas al tamaño de sus empleos, y parecen satisfechísimos con el resultado. Esos que dicen, en serio, que "temen" la jubilación, porque les da miedo la inactividad y la sensación de no ser necesarios. Son fenómenos para mí muy respetables, sí, pero totalmente incomprensibles, que miro con una mezcla de repulsa y compasión.
(No me refiero a los artistas, por ejemplo, que evidentemente disfrutan su trabajo porque es algo objetivamente disfrutable; aunque sea remunerado y modus vivendi, el suyo no me parece trabajo en el sentido etimológico –para mí el auténtico sentido de esta palabra– de tripalium, tortura. Aunque tampoco a estos los envidio: debe de ser cansadísimo y, por momentos, demasiado obsesivo y exigente.)
No, hablo de esos empresarios, o asalariados, como yo, que se quedan en la oficina todos los días hasta las tantas y hablan con entusiasmo de sus ventas, de sus clientes, de sus proyectos. Esos que han conseguido reducir sus vidas al tamaño de sus empleos, y parecen satisfechísimos con el resultado. Esos que dicen, en serio, que "temen" la jubilación, porque les da miedo la inactividad y la sensación de no ser necesarios. Son fenómenos para mí muy respetables, sí, pero totalmente incomprensibles, que miro con una mezcla de repulsa y compasión.
Epílogo.- Según garabateo va ganándome un gran desasosiego, luego una amarga congoja que llega a ser genuina angustia. Me agarra de golpe la seguridad de no lograr apaciguarla, de que el gutural grafismo que genera mi agobio conseguirá, haga yo lo que haga, colgar su negro gancho en algún lugar de los largos renglones en que gusto de desahogar mi imaginación, y lo esgrimirá, lúgubre y negador, igual que un ambiguo signo de interrogación que derogue el gozo y la alegría por los siglos de los siglos.