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jueves, 9 de mayo de 2013

Cosas que pienso -a veces- sobre (5)


Frédéric Chopin - Estudio nº 1 en Do mayor, Opus 10.- Idil Biret, piano

la música contemporánea.- Oyendo el otro día un programa de Radio Clásica sobre la vida de Chopin, constaté que en la década de 1830, solo en París, coincidían Chopin, Schumann, Berlioz, Mendelsohn... ya no me acuerdo, pero citaron como siete compositores de primera fila, todos autores de música estupenda que se sigue escuchando casi doscientos años después pero que ya tenía éxito entonces. Si se amplía a Europa entera, a lo largo del XIX debió de haber no menos de cincuenta o sesenta músicos de primera fila. Y lo mismo o más pasó en el XVIII, y en el XVII.

En el XX no creo que llegaran a veinte, el mejor de los cuales es probable que solo apenas alcance la categoría de los normalitos de cualquiera de los siglos anteriores. Y, salvo escasas excepciones –casi todas de la primera mitad del siglo y casi todas directamente herederas y continuadoras de lo anterior– son músicos a los que en su época no oía nadie y a los que sesenta o setenta años después se oye menos aún. E hicieron –y siguen haciendo– una música áspera e inhóspita, experimentos abstrusos y, para mi oído al menos, completamente inexplicables, que no interesan más que a otros músicos, y por motivos gremialistas, intelectuales y teóricos, en absoluto musicales. Una música que, en mi sincera opinión, no hay nadie, ni creo que vaya a haberlo nunca, que desee espontáneamente escuchar por simple placer.

No sé qué ha pasado con la música clásica, ni por qué, pero es evidente que ha pasado algo. Si se lo dices a cualquier profesional de la música te mira con suficiencia y te explica que no, que siempre ha sido así, que lo que pasa es que la gente está acostumbrada a lo de antes y que lo nuevo siempre tarda en hacerse hueco... Es inútil que les digas que la gente hacía colas en Viena y en París para ir a los estrenos de Mozart, y que ningún aficionado a la música, ni de su época ni posterior, tarda más de un par de audiciones en entender y en disfrutar lo que hacían Tchaikovsky o Brahms. De nada sirve recordarles que el jazz, el rock y la música popular, que se basan en los mismos presupuestos melódicos, armónicos y rítmicos que la música clásica de hasta 1900, siguen moviendo multitudes, mientras que la música clásica contemporánea, que considera esos presupuestos obsoletos, superados o inaplicables, no sé bien; pero que, en cualquier caso, ha prescindido de ellos, solo se escucha en ghettos minúsculos de 'entendidos' exquisitos, que no dan la impresión de disfrutar con ella tanto como con la imagen de intelectuales cultos y desapasionados con que creen que los adorna. Se niegan a admitir que pase nada y siguen afirmando que la música de Berg es una maravilla comparable a la de Beethoven... Es sorprendente el tamaño de las evidencias de las que alguna gente consigue no enterarse cuando está realmente dispuesta a no hacerlo.



violencia de género.- Sé que esta abstrusa expresión se usa habitualmente para referirse a otra cosa, pero a mí me resulta mucho más útil, y más exacta, para hablar de determinadas atrocidades, cada vez más extendidas, que se cometen con el género de algunas palabras.

Por ejemplo: 'presidente' e 'interesante' son participios activos y, en su calidad de tales, invariables en cuanto al género, lo cual no quiere decir que sean siempre masculinos, sino que tienen igual desinencia en masculino que en femenino. Algo similar ocurre con 'principal', con 'arribista' o con 'atroz'; son adjetivos cuya terminación es la misma para ambos géneros, por lo que se usan igual acompañando a sustantivos masculinos que femeninos o, sustantivizados, para referirse a hombres que a mujeres. Excepciones a estas reglas consagradas por el uso y hasta por la literatura, como 'asistenta', 'modisto', 'gobernanta' o 'regenta', son eso, excepciones, que no procede invocar para crear otras nuevas, porque el que una barbaridad cometida en el pasado haya logrado incorporarse al campo de lo admitido no debería servir para alentarnos a cometer nuevas barbaridades, sino para todo lo contrario: como sana advertencia de a dónde puede llevarnos una momentánea bajada de guardia y de lo que ocurre en cuanto nos descuidamos. Nadie, hasta ahora, pretende que las mujeres sean importantas, principalas ni soezas. Bien, pues exactamente por los mismos motivos no pueden tampoco ser presidentas, concejalas ni juezas.

'Arquitecto', 'secretario' o 'médico', en cambio, sí admiten sin el menor problema una desinencia distinta para el género femenino. No hay ningún inconveniente en decir arquitecta, médica o secretaria, y cabría esperar, por tanto, que ya que con tanto entusiasmo nos hemos puesto a hablar de juezas y concejalas, estos otros femeninos, formados sin violencia alguna, se emplearan pacífica y universalmente. Bueno, pues tampoco. Conozco mujeres que firman sus escritos profesionales como 'la arquitecto' o 'la secretario del Ayuntamiento', lo que me parece un caso aún más sangrante de esta dolorosa brutalización del idioma a que me refiero. Parecen entender que la desinencia femenina en el nombre de su profesión le rebaja categoría (lo que es, digamos de paso, un curioso punto de vista para alguien que se dice feminista). Entienden que ser arquitecta es menos que ser arquitecto. No digamos ya ser secretaria, que es, evidentemente, muchísimo menos que ser secretario.

Lo sorprendente es que he sido tratado exactamente con la misma ira justicieramente feminista cuando he afeado que se diga 'la concejala' que cuando me he sorprendido de que se diga 'la arquitecto'. Son barbaridades de signo opuesto, pero defendidas desde trincheras vecinas, si no las mismas, y con argumentos parecidos, similarmente carentes del menor fundamento. Solo puedo concluir que lo que verdaderamente les gusta es forzar el idioma; y que los adornos teóricos feministas no son, en realidad, más que un pretexto para practicar esta auténtica y brutal violencia de género. Que les debe de poner, por algún oscuro motivo que mejor no investiguemos.


 
An die Nachgeborenen.- «Qué tiempos estos en que hablar sobre árboles es casi un crimen, porque supone callar sobre tantas fechorías», dice el poema de Brecht «A los que todavía no han nacido»«Nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad, no pudimos ser amables», explica; y pide para ellos nuestra indulgencia, la de quienes viviremos «en los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre», una vez que hayamos nacido y sus tiempos sombríos hayan quedado atrás.

Bien, yo ya he nacido y tales tiempos no han llegado, ni sé si nunca llegarán. Brecht, y tantos que como él comieron y comen «el pan entre batalla y batalla, hacen el amor sin prestarle atención, duermen entre los asesinos y contemplan la naturaleza con impaciencia», quizás no son especialmente culpables de que no hayan llegado, pero tampoco creo, honradamente, que con todo ello hayan hecho gran cosa por su advenimiento. Les reconozco la buena fe, y hasta pueden contar quizás con mi indulgencia, pero no dejan por ello de estar, en mi opinión, profundamente equivocados. Su equivocación, que además de estropearles la vida tan notablemente les llevó y les lleva a cometer o consentir, también ellos, tantas fechorías, y a hacer el camino tan impracticable para la amabilidad que añoran, no es tanto confundir el orden de importancias relativas, diciendo, por ejemplo, que hablar de árboles es menos importante que hablar de fechorías, como creer que hay un orden de importancias relativas que acatar, que para hablar de unas cosas hay que dejar de hablar de otras, que cuando en el mundo se cometen fechorías los árboles dejan de ser importantes.

No es verdad, claro. En el mundo se cometen fechorías todo el rato, los árboles son importantes todo el rato. Yo intuyo cada vez con más claridad que probablemente los tiempos no dejarán nunca de ser sombríos pero que, por eso mismo, no hay otro modo de preparar el camino para la amabilidad que ser uno mismo amable, ni otra actitud útil frente a las fechorías que la que sabe que seguir hablando de árboles es también un modo de combatirlas.