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lunes, 16 de enero de 2006

El Estado vela por mi hijo

Ayer entré en un bar a comer algo rápido con mi mujer y mi hijo de siete años. Nos tomamos unos bocadillos sentados en una mesa de la zona en la que estaba prohibido fumar, ensordecidos por el estruendo de la televisión que presidía legal y felizmente el local. Cuando acabamos fuimos a tomarnos un café y, como deseábamos acompañarlo de un pitillito, nos trasladamos al extremo de la barra en el que un cartel anunciaba que allí sí se podía fumar. Como es normal en la zona de los parias, no había mesas y tuvimos que tomárnoslo de pie. Nuestro hijo no pudo acompañarnos; la Ley, para protegerlo del humo producido por los inconscientes de sus padres, le obligó a permanecer en la zona de no fumadores, a unos dos metros de nosotros, teóricamente libre de poluciones, al menos por vía respiratoria. No le importó gran cosa, estaba embebido en la contemplación de la tele, que emitía su programación habitual. Nada fuera de lo normal. La media ordinaria de crímenes, sexo y violencia por minuto, de la que en casa le protegemos cuidadosamente pero que ninguna Ley ha pensado hasta ahora en evitarle a él y a sus coetáneos, ni siquiera en locales públicos.

Estaba meditando en lo paradójico de la situación cuando caí en la cuenta de que, si hubiera estado allí mi sobrina de catorce años, tampoco ella hubiera podido acompañarnos, ni aunque la autorizáramos nosotros, ni aunque lo hicieran sus padres. (Ni hubiera querido, adoctrinada como está en el Dogma Indiscutido de que el Tabaco es el Mal Absoluto). Sin embargo esa misma sobrina sí puede recibir del Ayuntamiento de Madrid, la Comunidad o no sé cuál otra de las filantrópicas administraciones empeñadas en organizarnos la vida, la píldora del día después, sin que para ello sea necesario que sus padres la autoricen, ni que lleguen siquiera a enterarse.

Cada vez con más convencimiento llego a la conclusión de que solo un nivel general alarmantemente alto de abotargamiento mental permite que pasen estas cosas dentro de la normalidad y la legalidad. Los pueblos tienen exactamente la legislación que se merecen.