Fui de los pequeños de una familia numerosa, un niño urbano, burgués y protegido. No salía solo a la calle, compartía cuarto con mi hermano pequeño y casa con siete personas más. El libro fue mi primera conquista personal, mi primer ámbito propio, mi primer espacio exclusivo, la primera tarea que hice solo y de la que fui protagonista.


Aún recuerdo la emoción infantil de abrir un libro nuevo, que sigue reviviéndoseme ahora mismo con cada libro que compro o que me prestan. El olor de algunos papeles, la vista de algunas portadas, hasta el tacto de algunos lomos me despiertan aún la emoción inaugural y magnífica de los primeros amores. He vivido con libros desde que nací, he crecido con ellos y en ellos. Desde que a los cuatro años rompí a leer, con seguridad no hay en mi vida ninguna actividad a la que haya dedicado tanto tiempo, ni objetos a los que haya dado tanta importancia como a los libros.


Aún recuerdo la emoción infantil de abrir un libro nuevo, que sigue reviviéndoseme ahora mismo con cada libro que compro o que me prestan. El olor de algunos papeles, la vista de algunas portadas, hasta el tacto de algunos lomos me despiertan aún la emoción inaugural y magnífica de los primeros amores. He vivido con libros desde que nací, he crecido con ellos y en ellos. Desde que a los cuatro años rompí a leer, con seguridad no hay en mi vida ninguna actividad a la que haya dedicado tanto tiempo, ni objetos a los que haya dado tanta importancia como a los libros.
Ahora tengo un lector electrónico, y en él cargados cerca de mil e-books. Es comodísimo para leer en la cama o en sitios raros –pesa menos que los tochos más gordos– y para viajar. Merced, además, a la benemérita actividad de desinteresados individuos, a quienes sus interesados detractores llaman sin razón piratas –un adjetivo que cuadra mucho mejor a quienes trafican y se lucran con bienes de primera necesidad– me es posible conseguir para él de modo gratuito gran cantidad de títulos que sin este benéfico expediente jamás habría comprado ni leído. Es un invento estupendo, y lo uso con frecuencia y entusiasmo, pero nunca podrá desplazar para mí a los libros de papel, por razones emocionales y afectivas, mucho más profundas y poderosas que ninguna consideración racional.
Me gustan los libros como objeto, me gusta tener libros. Muchos libros. En mi casa se han juntado las... llamémosles bibliotecas familiares de mi mujer y mía. Digo "llamémosles" porque no son nada que merezca ese nombre, sino más bien ese conglomerado sedimentario de libros que toda familia de clase media va amontonando en sus estantes a lo largo de los años y que, además de los libros que están allí por derecho propio, que han leído y que guardan porque les interesan, reúne tratados de contabilidad marchitos, estudios petardos sobre la economía del agro manchego en la década de los sesenta, ejemplares desencuadernados de la colección Reno y del Reader's Digest, códigos civiles (edición de 1973) y, en general, cosas de títulos opacos, autores ignotos, portadas estremecedoras y lomos reversibles (no hay manera de que los editores se pongan de acuerdo en si los títulos de los lomos se deben escribir de arriba a abajo o de abajo arriba, con la parte inferior de las letras hacia la izquierda o hacia la derecha) que no se sabe qué son, nadie ha leído y uno no se resuelve nunca ni a leer ni a tirar. Son un problema, porque constituyen un buen veinticinco por ciento del total, complican y encarecen las mudanzas, consumen estantería y acumulan polvo igual que los buenos. Pero tienen su lado bueno, y es que forman un humus indistinto e inexplorado en el que, tras varios lustros de matrimonio, aún seguimos ambos descubriendo cosas que no sabíamos que teníamos y que nos apetece leer. Gracias a ellos recorrer con la vista los lomos de los dos mil y pico libros que hay en casa todavía nos depara alguna buena sorpresa de vez en cuando.
Siempre pienso que un día que tenga tiempo y ganas expurgaré las estanterías, recopilaré repetidos, absurdos, desconocidos poco prometedores y horrores manifiestos, los venderé por lo que me den en la Cuesta de Moyano y tendré, por fin, sitio para comprar muchos más. Esa esperanza estimulante es otra de las emociones que debo a los libros...
