Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Música. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de septiembre de 2014

UN HALLAZGO DESPERDICIADO

El bloguero en el áspero mundo.


El prólogo.

No hay cosa que produzca más tristeza que conseguir algo que llevabas mucho tiempo deseando cuando ya no te sirve para nada. Y es una constante en mi vida, aunque sea triste decirlo. Siempre llego tarde a todo...

Los jueves, por ejemplo, en mi colegio, había misa a primera hora. Era en latín, y los de Parvulitos mirábamos con respeto a los de Párvulos, que se sabían aquellos galimatías y los contestaban con gran soltura. Me propuse llegar a ser tan mayor como ellos y saberme yo también todas aquellas fórmulas de iniciados, pero fue en vano. Ese verano el Concilio resolvió que las misas se dijeran en castellano, y para cuando llegué a Párvulos, ansioso por hacer valer mis atributos de mayor-que-ya-se-sabe-la-misa, resultó que todos partíamos de cero con una nueva misa en español que cualquiera podía entender y aprenderse. 

Es, como les digo, un fenómeno recurrente en mi vida: casi todos los clubs de los que consigo por fin llegar a ser socio deciden poco después cesar en sus actividades por manifiesta falta de interés. 

Fue matricularme yo en mi primer año de Universidad y morirse Franco, con lo que las legendarias carreras ante los grises, tan prestigiosas, perdieron gran parte de su aliciente y enseguida dejaron de existir. Entre luchar por la democracia y luchar por una quinta convocatoria, la verdad es que no hay color, y así lo entendió todo el mundo, los que corríamos delante y los que corrían detrás. Hasta yo lo entendí, pero no por ello me fastidió menos. 

No hablo por hablar, podría ponerles muchos más ejemplos, pero no quiero aburrirles. La cuestión es que tengo con demasiada frecuencia la impresión de haber llegado tarde y haber desperdiciado esfuerzos ingenuos en fines que no interesan ya a nadie. 

(Espero que esta pauta sirva, al menos, para procurarme una vejez tranquila. Pero ya verán cómo para lo que sirve es para que ya se hayan acabado los fondos de la Seguridad Social y me quede también sin jubilación...)


El hallazgo.

Les cuento todo esto porque la otra noche me sucedió uno de estos fenómenos, que me dejó extrañamente melancólico. Como tiene que ver con lo que últimamente les he contado por aquí, y tampoco tengo mejor cosa que hacer...

Fuimos a cenar a casa de unos conocidos. Ella es compañera de colegio de mi mujer, y le da una lata considerable. La llama por teléfono con cierta frecuencia y M, mientras la otra habla, lee o hace otras cosas con el teléfono sujeto con el hombro, y de vez en cuando dice "Claro, claro", o "Sí, sí", o "¡No me digas!", y no necesita decir nada más durante los tres cuartos de hora que dura la conversación, como poco. Luego me dice que no se ha enterado de nada, pero no parece que le importe mucho.

Cada tres o cuatro meses quedamos a cenar con ellos. Nos armamos de paciencia social, y si toca en su casa, ese día yo casi no como, para hacer sitio, porque cocina de miedo. Algo es algo.

Así que fuimos a cenar, como digo. Avanzábamos en procesión, cruzando el recibidor elegantísimo, y la dueña de la casa hablaba sin parar, como de costumbre.

–Estamos quitando la casa de tía Pilita, ya sabes, el piso tan grande de Arenal, ¿te acuerdas de los guateques que montábamos allí cuando se iba a San Sebastián para todo el verano? y estoy encontrando unas cosas divinas. ¡Unos muebles..! que dí que porque ya no nos cabe nada aquí... Y en el trastero... no sabes lo que tenía la pobre amontonado en el trastero. Como era la casa de sus padres... Hay cosas de hace más de cien años, seguro. Vanbrugh, esto te va a gustar a ti, que eres tan músico. ¡Mira qué preciosidad!

Me señalaba un gramófono antiguo, de los de bocina, colocado encima de una cómoda enorme, pintada de blanco decapado. Tremendo. Fingí un moderado entusiasmo.

–Qué bonito– aseguré. –¿Vais a tirar el equipo de música? Seguro que esto suena mejor...

–Dice que es vintage– susurró su marido. –A mí me parece un trasto horroroso.

Por una vez estuve de acuerdo con él. El chisme era un estalabarte de cuidado. Pero el primer secreto para sobrevivir a estas veladas es no tomar nunca partido en las desacuerdos conyugales de las otras parejas. De todas formas nuestra anfitriona no es de las que te deja meter la pata, como habla ella todo el rato casi no hace falta decir nada. Es bastante cómodo.

–Qué dices, si es una maravilla, tú es que no tienes ni idea. Si por él fuera lo tiraríamos todo, con decirte que quería tirar un retrato de tía Pilita que estoy casi segura que es de Goya... Había hasta una caja de latón con agujas dentro, de recambio, pero agujas así de gordas, no vayas a creer, la tengo ahí. Y un montón de discos de esos antiguos, de gramola, pero un montón, no te haces idea, cuplés, coplas, foxtrots.... ¡un horror! ¡Y vas a flipar con lo que encontré, Vanbrugh, mira! Me acordé de tí en cuanto lo ví, te lo he guardado. ¿Qué te parece?

Rebuscó entre los librotes de fotos cuidadosamente expuestos sobre aquella especie de aparador y me puso en las manos un disco viejo, sin funda ni nada. Estaba un poco pringoso.

–Muy bonito, también– asentí cortésmente. –El perrito con la gramola. His master's voice. Qué pasada.

(Lo sé, lo sé. Pero es que es contagioso. Cuando llevo un rato con ellos se me escapan cosas así de vez en cuándo. La empatía...)

–¡Pero míralo!– chilló contentísima. –¡Es el tango de tu blog! ¡El de la partitura que encontraste! ¿A que no te lo puedes creer? Yo no me lo podía creer, acababa de leer lo que contabas en el blog del paraguayo ese y voy y me encuentro con esto. En cuanto lo vi fui a llamar a M, pero no me quedaba casi batería, y como tía Pilita quitó el teléfono, porque estaba como una tapia y no le servía para nada... Pensé que mejor te daba la sorpresa. ¿Qué te parece?

–Pero, Sisita,– dije. (Sí, se llama Sisita. No es mala gente, de verdad, y adora a M, pero se llama Sisita. O por lo menos M y su marido la llaman así). –¿no te has enterado de que lo del tango encontrado era mentira? Me lo inventé todo. El tango lo escribí yo.

–¡Sí, hombre! ¿Cómo va a ser mentira, si está ahí el disco? "Óscar Ascone, Carita morena", ahí lo dice, ¿ves? Qué lo vas a haber escrito tú, tú es que debes de creer que soy tonta, ¡si no sabes tocar el piano! ¿O sí sabes? M, ¿a que no sabe tocar el piano? Es el tango de  Oscar Ascone, lo pone ahí...– Parecía sinceramente dolida por mi falta de entusiasmo, y noté cierto picorcillo en mi encallecida conciencia. Qué madeja de enredos tejemos cuando por primera vez engañamos, y todo eso.

Era una pena tener que decepcionarla, pero qué iba a hacer, observado por la mirada de cachondeo de mi mujer. Examiné el disco con desconfianza. De dónde habría salido.

–Óscar Ascone tampoco existe, Sisita. También me lo inventé. Y esto que pone aquí, "Gozmasagarry Films"... También me lo he inventado yo, bueno, mi tío, en otro post antiguo. Tampoco existe, también es mentira. ¿No lees tú mi blog? Pues ahí lo explico todo.

–Claro que lo leo, un argentino que se hizo falangista y le copiaron el "Cara al Sol". Lo reconocí en cuanto lo oí. Sonaba raro, pero en cuanto lo oí lo reconocí. Cómo no lo iba a reconocer, si lo ponía papá todas las noches en el tocadiscos de casa, que no había quien viera la tele... Y "Montañas nevadas", que la verdad es que era bien bonita, y "Prietas las filas", y no sé cuántas más. Me las sé todas. Pobre papá, lo pesado que se llegaba a poner. Cuando ganó el PSOE la primera vez nos creímos que le iba a dar un infarto, se puso fatal, y eso que mamá le decía "Si son los mismos, Álvaro, no te preocupes que te digo yo que son los mismos..." Mamá es que era de lista... Felipe González le parecía guapísimo, lo decía siempre. En cambio al otro, a... Alfonso Guerra ¿no?, a ese no lo podía ver, decía que era... espera, ¿cómo decía..?

–Ese post no, el siguiente– atajé la crónica familiar, mientras dejaba el dichoso disco encima del mueble y me limpiaba los dedos disimuladamente con la cortina. –En el siguiente post explico que era todo inventado. Tienes que entrar a leerme más a menudo, Sisita. Y hacerme algún comentario, que si no no me entero cuando entras.

–Hijo, si es que como escribes de Pascuas a rábanos...

–A Ramos. Los rábanos son los que hay que cogerlos cuando pasan.

–Bueno, pues de higos a bretes...

–A brevas. Los bretes no son frutos.

–¡Pues los rábanos sí son frutos, listo, y tampoco te sirven!

–Los rábanos son raíces. Pero lo que el dicho...

–¡Ay, qué más dará frutos que raíces! ¡Qué manía tiene tu marido siempre de corregirme, M! El caso es que como no escribes nunca, para qué voy a entrar... Yo entro y entro y siempre pone lo mismo... Y además, hijo, sois todos tan listísimos que cualquiera dice nada allí... y no hay manera de saber cómo se hace... Una vez te escribí una cosa y no sé qué hice, pero se me borró y no salió... Mejor, porque era una tontería, claro.

–Claro.

–¡Un perito resentido, eso decía mamá que era Alfonso Guerra! Un perito resentido, ya me he acordado. Como papá era ingeniero y siempre estaba a vueltas con los peritos, no los podía ver... Pues hijo, vaya chasco me has dado, con lo bonita que era la historia. No sé para qué tienes un blog, si no cuentas más que mentiras. Yo que me había puesto tan contenta con el disco...

–Hombre, a veces no son mentiras –intervino el marido, deseoso de hacerme justicia. –Pero es casi peor. ¿Te acuerdas de aquello larguísimo que escribiste sobre los números, que yo creo que ni tú lo entendías? Menudo rollo, con aquellos gráficos de colorines... ¡Mira que tenéis poco que hacer los funcionarios!– Es del género cordial, de los que te dan palmadas en la espalda y te miran con cara de "¡Bueno, bueno! ¡Tiene que haber de todo en el mundo!" Le cogí la cerveza que me alargaba y le dediqué una sonrisa fija hasta que dejó de reírse y retiró la mirada. Es mi sucedáneo social de la pregunta que me sale de dentro en estos casos "Tú eres idiota, ¿verdad?", que no siempre es posible hacer en voz alta.

Luego nos sentamos a tomar el aperitivo, y luego cenamos, y luego M y yo nos volvimos a casa dando un paseo, y no se volvió a hablar de mi blog, ni de Ascone, en toda la noche. Ni del disco. Allí se quedó, sobre el aparador decapado, entre el tomo de fotos de Venecia y el álbum del viaje a Tailandia. A lo mejor habría tenido que traérmelo, pensé, pobre Sisita, con lo ilusionada que estaba. Pero total... En casa no hay gramófono...


El epílogo.

Tres días después el marido me mandó un correo electrónico, con una foto, un archivo mp3 y un texto escueto: "he hecho lo que he podido con el programa, de sonido del mac, es cojonudo de verdad, que necesitas uno. suena de puta pena pero igual te sirve para esas cosas que escribes".

No sabe poner las comas, pero no es mal tío.

Esta era la foto, el famoso disco ya limpito y brillante:


Y este era el archivo. Efectivamente, suena de pena, ¡se ha pasado ochenta años en el trastero de tía Pilita..!






Una gran melancolía, ya digo. ¡Lo contento que me habría puesto yo con este disco si lo hubiera encontrado solo tres semanas antes! El post sobre Ascone me habría quedado redondo de verdad, se lo habría tragado todo el mundo. Ni Diego se habría atrevido a abrir la boca, por muy raro que me viera el pelo en las fotos. En cambio, ahora no ha conseguido interesarme casi ni a mí, que ando ya con otras cosas en la cabeza. Qué lástima. Qué desperdicio.

Todo tiene su momento, y parece que es mi destino no dar nunca con el mío y llegar siempre tarde a todo...


P.D. - Copio la letra del tango, según la he cogido al oído. Qué tío más bruto, el tal Ascone, menos mal que nunca existió...
No pongás al sol esa carita,
p'al cutis no hay cosa peor.
Sos más linda cuando estás blanquita,
no te sienta el color.

No quemés
tu tez de porcelana,
que el sol no es,
mi amor, cosa muy sana.

Es ardiente y es cruel,
y a él
se debe el cáncer de piel.

Y morena es que, además,
estás
más fea y no me gustás.

No gastés en potingues más viruta,
que olés que atufás a alcanfor.
No tomés más sol, no seás bruta,
ni usés más bronceador.

No embromés,
va en serio mi advertencia.
No abusés,
mi amor, de mi paciencia.

Hacéme caso, no es farol:
¡no pongás esa carita al sol!

martes, 9 de septiembre de 2014

Confesiones de un falsificador

Para Diego, mi desconocido lector,
con un cordial saludo y todo mi agradecimiento por su interés y su perspicacia. 






 
Carlos Gardel - A la luz de un candil


La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

La verdad es que estoy avergonzado. Tengo que hacerles a ustedes una confesión, y no sé ni por dónde empezar... ¿Cómo puedo decirles..? ¿Qué van a pensar ahora de mí..?

Me dejaré de ambages: les he mentido a ustedes. Como un bellaco y sobre un montón de asuntos. Este blog, que había sido siempre un dechado de franqueza, contiene desde hace poco, emboscada entre más de cien honrados posts que no reflejan otra cosa que la sincera expresión de mis meditaciones, una entrada, una sola, que, en cambio, consta casi solamente de mentiras, engaños y falsificaciones. Un verdadero fraude, en resumen, cuya existencia viene pesando cada vez más sobre mi atribulada conciencia. Creo llegado el momento de librarme de este peso, con el que se me está haciendo muy penoso vivir.

Por un  lado agrava mi mala conciencia la amable impasibilidad con que, en general, han encajado ustedes mis embustes. No es que  me haga ilusiones sobre mi propia pericia como falsario, no, ni sobre su credulidad de ustedes: estoy seguro de que, torpe además de mentiroso, ni siquiera he logrado engañar de veras a gran parte de mis lectores.  Pero esto, como les digo, no hace más que empeorar mi grave falta. O bien, me digo, he abusado de la buena fe de estos amigos, a los que ni se les ocurre pensar que pueda yo mentirles, o bien de su cortesía, que les impide desenmascarar mis ardides y dejar en evidencia mis chapuceras invenciones, y les lleva a fingir que se las creen y hasta a hacer como que se interesan por mis conclusiones engañosas. En cualquiera de los dos casos, mi conducta es imperdonable.

Y por otro, empiezan a surgir ciertas voces... Sin perder la amabilidad, e incluso llevándola al extremo de alabarme por el post, ¡y hasta de pedirme disculpas por su intromisión! hay quien pone en duda la veracidad del asunto. Diego, un cortés comentarista, confieso que desconocido para mí hasta el momento pero que parece ser lector habitual del blog, señala que advierte cosas raras en las fotos de Ascone, y en algunos otros puntos del post. Ha ampliado las fotos, ha examinado el pixelado... El nombre del autor de uno de los libros citados le choca... ¡Si no podía ser de otra manera! ¿Cómo pude pensar..?

Mi conciencia atormentada, los derechos de la verdad pisoteada y los de todos ustedes, amables y engañados lectores, exigen, no puedo seguir eludiéndolo por más tiempo, que haga una completa confesión de mis numerosos delitos. Por muy amargo y embarazoso que el trance pueda resultarme.

Paso, pues, a darles pormenorizada cuenta de mis iniquidades. Espero de su bondad que, a pesar de lo dicho líneas arriba, puedan perdonármelas. Trataré de merecerlo exponiéndoles, esta vez, la cruda verdad.

La verdad es que no encontré en Internet la partitura del tango Carita morena. Lo compuse yo mismo durante largas horas de ocio obligado, pasando a tono menor el himno falangista original compuesto en mayor, ajustando la melodía resultante a un nuevo ritmo, añadiéndole unas cuantas florituras de inspiración más o menos porteña y arrabalera y pergeñándole al conjunto el único tosco acompañamiento de tango que he sido capaz de idear en toda mi mal empleada vida, el mismo con que, hace ya años, les espeté mi versión de La Cumparsita.



Júbilo Matinal - Carita morena, versión libre del himno falangista Cara al Sol.

Si recuerdan ustedes, se trata de una maniobra que ya he perpetrado contra otros himnos, como cuando convertí La Internacional en una Habanera triste o cuando hice de la mismísima Marcha Real una especie de foxtrot sincopado que titulé Little Spaniard. Es uno de mis muchos y lamentables vicios, quizás el más arraigado, este de manipular músicas ajenas con culpable desprecio de la sacrosanta propiedad intelectual (contra la que de tantas otras maneras, ¡ay!, tengo atentado), por no hablar de otras víctimas aún más dignas de respeto, como sin duda lo son la Patria y la Revolución. En mi torpe afán no me detengo ni ante lo más sagrado. Trato de enmendarme, se lo aseguro, me prometo a mí mismo no volver a hacerlo nunca más, pero recaigo una y otra vez...

(Mi comentarista Ricardo casi adivinó la verdad, el tango es solo un remedo del himno, está compuesto después que, e inspirado por él, y su título es una clara alusión al del original al que así mancilla. ¿Un patético intento de hacerme perdonar el plagio? ¿Una oculta llamada de socorro, quizás, para que pueda alguien desenmascarar mi engaño e impedirme así perseverar en él?).

(También otra comentarista, C.C., en su ingenuidad de extranjera que probablemente no haya escuchado jamás el Cara al Sol –Dios se la conserve muchos años– anduvo cerca de la verdad. Entendió mal el post, que no acabó de leer, y, sin duda por recordar mis anteriores fechorías musicales, creyó que hablaba de alguna composición mía que andaba por medio de todo este asunto, (como efectivamente sucedía, aunque el propósito del post fuera enmascararlo). Me abochorna ahora recordar con qué despiadada sangre fría deseché sus despistadas suposiciones, para alejarla de la verdad a la que inconscientemente se había acercado tanto).

La verdad es también, por tanto, que ni busqué el dichoso tango entre mis grabaciones de Gardel –mejor que nadie sabía yo que no podía encontrarlo allí– ni lo transcribí trabajosamente con ayuda del Finale. Fue justo al revés. Escribí mi composición con el Finale, (único modo en que mi ignorancia me permite escribir música, pues sin él sería incapaz de comprobar si suena como yo pretendo) y solo una vez hecho esto copié sobre papel pautado –y eso sí que fue trabajoso– los primeros compases de la partitura desde la pantalla de mi ordenador.

Mías son, pues, y achacables solo a mi propio e inepto desaliño, las lamentables patas de mosca que atribuí al pobre Ascone; y la copia en papel de la partitura, lejos de figurar en ningún catálogo internético, yace aún sobre mi mesa de llamémosle trabajo, acumulando polvo como merece. Ni siquiera existe la segunda página –me cansé de copiar antes de llegar a ella– y, por tanto, los falsos datos que sitúan su composición en Punta del Este, en Enero de 1930, son solo una afirmación mía, no figuran escritos en parte alguna. Doblemente falsos, pues. La foto que colgué en el post la hice con mi móvil, como por otra parte es fácil deducir por lo clamorosamente mala que es.


La verdad es, por todo ello, que el autor de la fraudulenta musiquita no es Óscar Ascone. De hecho Óscar Ascone, lamento decirlo, no existe ni nunca existió. Es solo un nombre que ideé con el único criterio de que sonara lo más parecido posible al mío propio. (¿Otro intento inconsciente de desalentar la credulidad de los lectores? Me gustaría creerlo así...) Mi apellido, que muchos de ustedes conocen y que pueden averiguar, los que no, con gran facilidad –basta con ver cuál era el de mi abuelo paterno, que ha aparecido alguna vez en este blog– suena de modo muy similar al conjunto "oscarascone". Me bastó con inventarme otro que pareciera más o menos italiano, Ascone, y añadirle por delante un nombre de pila que terminara en "car". Dudé un tiempo entre Amílcar y Óscar, y me decidí por este último para no ensañarme innecesariamente con mis lectores, dicho sea en mi levísimo descargo.

La verdad es también que llegado a este punto tuve un inesperado golpe de suerte. Mi propósito era fingir que el tal Ascone había sido un oscuro músico argentino, de ascendencia italiana como tantos de ellos. Para comprobar si era posible que un italo-argentino llevara semejante apellido, metí en Google "Ascone", a ver si alguien realmente existente se llamaba así. Y descubrí, con asombro y regocijo –ahora me avergüenza recordar mi júbilo de entonces, la malsana satisfacción con que vi facilitarse mi torticero empeño; pero el diablo ciega a los que quiere perder, y en aquel momento, me alegré– que no solo existía el apellido en cuestión, sino que uno de sus portadores era, además de uruguayo –esto es, casi argentino– músico de profesión y coetáneo de la mejor época del tango. ¡Pues qué bien!, me dije, comprendiendo que todo ello hacía más verosímil la existencia del inexistente Óscar. Y me afirmé, siento decirlo, en mi reprobable propósito.

No es por tratar de disculparme, pero la verdad es que las siguientes invenciones no fueron sino consecuencias lógicas, casi inevitables, de este malhadado hallazgo. Si Óscar debía aparecer como un hermano menor, bohemio y descarriado, del respetable Vicente de igual apellido que había encontrado yo en la Wiki, bien podía ser que en los medios musicales de Buenos Aires se le conociera como el pibe Ascone, para diferenciarlo del otro. Y si se dedicaba al tango en los años treinta ¿cómo no relacionarlo con Gardel? Para lo cual no hallé mejor modo, en mi insania, que falsificar una foto del insigne cantante, añadiendo en ella la presencia de un cualquiera al que hacer pasar por el pibe. 

Aquí he de confesar un nuevo pecado, el de vanidad. La verdad es que no teniendo Ascone, por motivos evidentes, facciones propias, decidí darle las mías, –¡bravo, Diego!– para así adornarme de algún modo con la gloria que me proponía atribuirle. Escogí, de entre las muchas fotos de Gardel que pueden encontrarse en Google, la que mejor se adaptaba a mis vituperables designios, que resultó ser el anuncio de una de sus películas (enhorabuena de nuevo a Diego, tan culto, por lo que se ve, como observador):

y la manipulé vergonzosamente. La recorté, le cambié el color y, más grave aún, al rostro del inocente y anónimo actor que juega a las cartas en el lado derecho le superpuse una foto mía tomada, creo, durante mi ya lejano viaje de novios:










La verdad es que tuve que trabajar un montón para obtener el rácano resultado que colgué en mi  post mendaz. Sin más medios que el Paint, bastante rudimentario, y el editor de imágenes de mi teléfono movil, no mucho mejor, dediqué algunas horas, que habrían hallado mejor empleo en cualquier otra tarea, a tratar de disimular –difuminándolos pixel a pixel– los llamativos contrastes que denunciaban la chapuza, hasta conseguir la imagen, tan poco convincente para un ojo mínimamente crítico, como hemos visto, que todos ustedes han podido ver –seguro que sin dejarse engañar por ella, aunque la cortesía les haya llevado, todo lo más, a sugerir amables dudas–. 

Ignoraba por completo, claro está, dónde ni cuándo había sido tomada la foto, ni quiénes eran los que acompañaban en ella a Gardel. Pero, sin freno ya en mi vertiginoso deterioro moral, no tuve el menor empacho en inventarme todos los datos que creí necesarios. Escogí dos argentinos cualesquiera que la Wiki me proporcionó como coetáneos y amigos del cantante, les añadí al Ascone espurio y los situé a todos en el mismo lugar y época que había atribuído a la falsa partitura. Y, la verdad, me quedé, así de embrutecido estaba ya a esas alturas, tan ancho.

Tenía ahora que encontrar la manera de relacionar a Ascone con España, y más concretamente con la Falange. Lo medité largo tiempo, porque lo de un uruguayo seducido por los ideales joseantonianos no acababa de convencerme. Y recordé haber leído algo sobre posibles simpatías entre Primo de Rivera y Pestaña, la bandera roja y negra de la Falange inspirada en la anarquista... Eso ya sonaba mejor. Un uruguayo anarquista entraba dentro de lo posible y ¿que perspectivas más prometedoras para un anarquista sudamericano que las que ofrecía en los años treinta la joven y revuelta República española?

Faltaba explicar cómo había yo llegado a saber de este viaje de Ascone, pero para ese género de cosas ya tenía práctica en utilizar, en empresas más confesables, la utilísima hemeroteca virtual del periódico ABC.  

La verdad es que fue coser y cantar dar con un suelto sobre una detención de anarcosindicalistas. Había cientos de ellos, y escogí uno cualquiera que me conviniera por la fecha y en el que se mencionara el nombre de alguno de los detenidos. La habilidad adquirida en la falsificación de la primera foto me permitió sustituir, con muy poco trabajo, a "D. Juan Ramón González Olaso, presidente que fué de la Unión Patriótica" por "el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad." Cuestión de borrar, copiar y pegar letras, tareas bien fáciles para quien, como yo, tenga cierta destreza en el uso del Paint. Y el hecho, enteramente fortuito, de que la noticia elegida se refiriera a una redada en la que cayeron anarquistas y monárquicos en alegre mezcla fue, desde luego, otra afortunada casualidad, porque favorecía tanto la ambigüedad de la ideología política atribuible a Ascone como la de mi supuesta búsqueda, que así pude presentar como si dudara, al iniciarla, entre las dos direcciones del espectro político.

(La verdad es, por tanto, que la búsqueda de "ascone" en la hemeroteca no ofrece doce resultados. Son once los que aparecen, y ninguno de ellos, naturalmente, tiene nada que ver con Óscar Ascone. Espero fervientemente que por mucho tiempo siga siendo así, y que mi fraude no acabe siendo el argumento de una noticia de ABC en la que sí figure Óscar Ascone...)

Visto lo eficaz que se había mostrado la maniobra de adulterar imágenes, y lo fácil del recurso de "encontrar" fotografías oportunas en libros inexistentes ¿por qué no seguir el mismo procedimiento para relacionar a Ascone con los políticos españoles que mejor convinieran a mis propósitos? (Ya nos advirtió De Quincey que, cometido el primer crimen, los demás vienen rodados en temible y creciente progresión). Busqué fotos de Primo de Rivera y de Pestaña en las que pudiera encajar alguna mía y me enfangué, como si no hubiera un mañana, en las viles labores del fraude gráfico y la añagaza icónica, que tan familiares y hacederas comenzaban, ¡ay!, a resultarme.

Los mentirosos resultados de mi actividad ya los han visto. Los inocentes medios empleados por mi culpable mano, –esto es, la verdad– aquí los tienen ustedes:


En la foto de la izquierda, obtenida de la página de Wikipedia sobre Ángel Pestaña, aparecen él, Salvador Quemades y Salvador Seguí. La Wiki no dice cuándo, dónde ni quién la hizo. La de la derecha, sacada de esta página, corresponde a un mitin de las derechas celebrado en Arcos de la Frontera en noviembre de 1933, en la campaña de las elecciones generales de ese año. Se publicó en el Diario de Cádiz y no he identificado en ella más que a Primo de Rivera, aunque tiene que andar por ahí también Pemán, por lo menos, que fué otro de los oradores.

En cuanto a las fotos del suplantador, es decir, mías, la verdad es que no tengo muchas de mi juventud, y menos aún en formato digital. Algunas pocas –la de mi viaje de novios que ya han visto, sin ir más lejos– escaneé cuando aún funcionaba mi escáner, actualmente escacharrado, y tuve ahora que usar otra de ellas, la que aquí pueden ver:

en la que se me ve disfrutando de mi juventud, inocente como entonces era, en compañía de tres amigos de toda la vida que temo –pero no es cosa ya de echarse atrás por vergüenza de más o de menos– que puedan encontrarse hoy entre mis lectores. ¡Hola, Ana! ¡Hola, Rafa! ¡Hola, Javier! ¡Ya véis qué cosas!

(Advierto con sorpresa que hace treinta y tantos años usaba yo el mismo exacto modelo de zapatos que ahora mismo).

En resumidas cuentas, la verdad es que es mi cara, la de la foto que han visto, la que suplantó a la de Quemades en el acto anarcosindicalista (tras darle la vuelta, eso sí, por necesidades geométrico-anatómicas) y es también la que, levemente retocada, superpuse en el mitin de Falange a la de pasmarote que exhibía un anónimo candidato derechista.

¡Qué vergüenza, por Dios, qué vergüenza! ¡Qué cara más dura! ¡Qúe tomadura de pelo!


El coloreado es, claro, para disimular en lo posible las diferencias de tono y de luz entre las fotos originales y sus respectivos pegotes. (Pero ni así...) El retoque del pelo en la foto falangista trata de resolver un pequeño problema del que, con todo, se dió cuenta una comentarista sagaz de mi anterior post: la foto con mis amigos (1981, Paseo de La Concha de San Sebastián, por si quieren saberlo) es de diez años antes que la del pibe sin barba y con grandes entradas de Punta del Este (1992, yo días después de mi boda, vaya) , y tengo en ella, por tanto, mucho más pelo –y eso que no cuento el de la barba–. Como estas fotos pretendían ser posteriores en dos o tres años a aquella, no tuve más remedio que intentar clarearme la sien. La verdad es que no con demasiado éxito.
 
Poco queda por añadir. Las consideraciones sobre posibles contactos entre la Falange y la CNT son lo único no mentiroso de todo el post. La cita del libro de Abad de Santillán es también auténtica. Creo que lo leí hace años y que es donde conocí la noticia, que en su día me sorprendió mucho, de que Pestaña y Primo de Rivera se tenían mutua simpatía. Ya ven que el culpable, en último término, de que yo decidiera hacer anarcosindicalista a Ascone para proporcionarle alguna vía de contacto verosímil con la Falange y con el Cara al Sol, es el libro de este señor Abad. ¡Lo que son las malas influencias y las perniciosas lecturas de una juventud mal aconsejada!

Al buscar en Internet su texto para justificar con él mi supuesta hipótesis, volví a leerlo y me sorprendió enterarme de que anarquistas argentinos se habían interesado por la suerte de José Antonio, dato verídico –o al menos no inventado por mí– que encajaba estupendamente con mi historia. Como también me vino al pelo saber, buscando en la Wiki una vez más, que Abad de Santillán había pasado muchos años en Argentina, circunstancia que me dió un buen pretexto para dejar entender que Ascone y él se habían conocido allí, anarquistas como ambos eran, y habían decidido venirse juntos a España. Efectivamente, las coincidencias convenientes se dan con más frecuencia de lo que creemos.

Y hablando de libros y de coincidencias, la verdad es que no sé cómo pudo ocurrírseme que el autor de una biografía de Gardel pudiera llamarse Tobias (¡Tobías, por Dios!) Angosto, T. ANGOsto, (¡Editorial Tangente..!), ni que la autora de un estudio sobre anarquismo llevara por nombre el improbable de Ana Arconada, (¡Editorial Anaquel..!). Buenas están las coincidencias, pero solo se debe exagerar con moderación.

En fin, espero que esta exhaustiva y penosa confesión me valga el que ustedes, hipócritas lectores, mis iguales y hermanos,... perdonen mi censurable conducta. Y si, de paso, les ha entretenido un rato...

jueves, 4 de septiembre de 2014

Un descubrimiento musical de consecuencias políticamente sorprendentes

Investigaciones casuales, histórico-político-musicales, con acertijo incluído.

Los mejores hallazgos, es un tópico, se deben con frecuencia a la casualidad. Díganlo Arquímedes y su Principio, Newton y su manzana o Fleming y su penicilina. O, más modestamente, yo y el descubrimiento musical del que me propongo darles cuenta.

Los más observadores de ustedes habrán notado, quizás, que llevo desaparecido de estos blogs, así del propio como de los ajenos, un cierto tiempo. Por motivos higiénico-sanitarios que no hacen al caso me vi, a finales del invierno pasado, temporalmente impedido de asomarme por Internet. Superados los primeros y más bien incómodos obstáculos que causaban este alejamiento, descubrí, como Dios al séptimo día de la Creación, que era bueno. Y, como Él, decidí descansar un tiempecillo, la perspectiva de dar el cual por concluído solo ahora comienza a aparecérseme como posible. Este largo asueto, que durante los dos primeros meses fue, por decirlo así, absoluto, aunque allá por Mayo tuve que reintegrarme al trabajo propiamente dicho –esto es, al que me procura el sobre mensual–, me dió para dedicarme con intensidad aún mayor de la acostumbrada a mis amadas actividades inútiles, laterales y abstrusas.

Lo han adivinado, sí. Me apliqué con especial dedicación a mis musiquitas. Decidido a mejorar mis habilidades en lo tocante a la composición y transcripción de tangos, que eran –y siguen siendo, a Dios gracias– perfectamente autodidactas –como pueden ustedes comprobar en mi hasta la fecha única pero afortunada incursión en la materia–, me dediqué a buscar, para estudiarlas, cuantas partituras de tango pudiera encontrar con Google.

Que resultaron ser muchísimas. Hasta que no se hace la búsqueda, no se imagina uno la cantidad enorme de partituras de tangos que ofrece Internet. Como de cualquier otra cosa, me imagino, que uno se proponga buscar con este invento prodigioso.

Como suele ocurrir, el exceso de información estuvo a punto de ahogar mi interés. Tras la dificultosa lectura de las tres o cuatro partituras más accesibles estaba a punto de desistir y dedicarme a cualquier otra inutilidad placentera cuando me llamó la atención una de ellas, la que a continuación expongo a su curiosidad y que encontré en uno de los muchos catálogos que exhiben los innumerables sitios de venta de documentos antiguos que pueblan la red:


¿Y cuáles fueron, se preguntarán, las carácterísticas de esta partitura, en concreto, que despertaron mi huidizo interés? Pues varias y distintas, pero fundamentalmente las que paso a enumerar:

- En primer lugar, la sonoridad del nombre de su autor, Óscar Ascone. Óscar Ascone, oscarascone... No sé a ustedes, pero hay algo en estas sílabas que a mí me resultó particularmente atractivo. Como si me llamara...

- Advertí, en segundo lugar, que el autor utilizaba un compás de cuatro partes –cuatro negras– para transcribir el ritmo de tango, en vez del de dos que parecía ser el habitual y canónico en las partituras de tango que hasta ese momento había examinado. Como lo que, en mi ignorancia, me pide a mí el cuerpo es considerar que el compás de tango tiene, efectivamente, cuatro partes, esa coincidencia reavivó considerablemente mi decaído ánimo.

-Y acabé de interesarme cuando advertí que el acompañamiento –la mano izquierda del piano, el tercer renglón de cada grupo de tres– estaba compuesto por acordes sincopados de tres notas, cinco acordes por compás, de tres corcheas cada uno, separados entre sí los cuatro primeros por un silencio de corchea. Exactamente el mismo, y torpe –pero eficaz– acompañamiento que yo había pergeñado, años ha, para mi estupenda versión de La Cumparsita cuyo enlace les he puesto líneas arriba, acompañamiento que, con mi búsqueda, trataba precisamente de mejorar y superar. ¿Sería este tal Ascone un alma gemela mía?

Bien podía serlo, porque el desaliño con que la partitura estaba manuscrita sugería que se trataba de un músico tan inexperto e improvisado como yo mismo. Si yo no tuviera el Finale NotePad y me viera obligado a escribir a mano mis pobres intentos compositivos, sospecho que mis partituras no serían muy distintas del notable galimatías que pueden ustedes apreciar en la foto, y que solo con gran esfuerzo, mucha imaginación y dejándome los ojos fui capaz de transcribir con mi mágico programita musical.

Porque eso, transcribirlo para ver cómo sonaba, fue, naturalmente, lo que acabé por hacer. Y lo que de ello resultó, que pueden ustedes escuchar a continuación pulsando sobre la flechita, fué lo que terminó de encender no ya mi interés, sino una autética obsesión por averiguar quién era este Óscar Ascone, y cuál era la historia de su sorprendente Carita morena. Escúchenlo, escúchenlo ustedes y díganme luego si es para menos:


Oscar Ascone - Carita morena  (Mi transcripción con Finale NotePad)

Advierten ustedes el inequívoco parecido ¿no? Para mí, al menos, resultó evidente ya tras escuchar los primeros compases. De hecho, solo parecen diferir el ritmo y la tonalidad. Constaté que la segunda y última hoja de la partitura estaba fechada en "Punta del Este, Enero de 1930", comprobé en Google algunas otras fechas que enseguida acudieron a mi mente y una curiosísima, pero creo que verosímil hipótesis comenzó a tomar forma en ella.

Ya antes de hacer y escuchar la reveladora transcripción había buscado a Ascone en la Wikipedia. No lo encontré, aunque sí a un tal Vicente Ascone, músico uruguayo de la primera mitad del XX. Según la Wiki no parece que nunca compusiera tangos, aunque sí "destacó como compositor folclórico de raíces americanas". Las fechas y la zona del globo en que vivió, en cualquier caso, hacen bastante probable que incurriera ocasionalmente en la composición de tangos. Y Punta del Este, donde está fechada la partitura, es una conocida playa uruguaya. Pero la torpeza de la escritura no parece corresponder a un músico profesional, y, sobre todo, Óscar no es Vicente. ¿Un hermano, quizás, aficionado también a la música por tradición familiar y capaz de hacer sus propios pinitos musicales, sin alcanzar el nivel que permite figurar en la Wikipedia ochenta años más tarde?

Todo puede ser, me dije antes de emprender la búsqueda de un problemático "Carita morena" entre las más de cuatrocientas grabaciones de Carlos Gardel, su obra completa, creo, que conservo en mi disco duro. (En el de mi ordenador, quiero decir. En el mío propio hay también unas cuantas, pero no todas). Tenía la esperanza de poder escucharlo y ahorrarme así la dificultosa lectura y transcripción de las patitas de mosca de Ascone, pero no hubo suerte. Si Gardel cantó alguna vez a esta carita morena –cosa que, a la luz de lo que luego descubrí, parece bastante probable– no dejó constancia grabada de ello, o al menos yo no la tengo.

Perseveré en mis investigaciones, empero. No todo puede encontrarse en Google, me dije. Y como en la biblioteca pública de mi barrio hay dos buenas monografías dedicadas al tango, amén de una excelente biografía de Carlos Gardel,  dediqué una tarde entera al examen detenido, casi lectura completa, de las tres obras. Los índices onomásticos no recogían a ningún Ascone, ni Vicente ni Oscar. La cosa no parecía prometer mucho, pues. Pero la constancia siempre tiene su recompensa y la casualidad vino en mi ayuda una vez más. Entre las fotos reunidas en las últimas páginas de la biografía (1) se encontraba la que aquí ven:

El pie, al dorso, explica: "Yacht Club de Punta del Este, Uruguay. Verano de 1930. Carlos Gardel juega a cartas con unos amigos. A su derecha Francisco Canaro, a su izquierda el pibe Ascone y enfrente, de espaldas a la cámara, Enrique Santos Discépolo".

¡El pibe Ascone! Puede tratarse de Vicente, desde luego, del que no he encontrado en Internet ninguna foto. Pero en 1930 Vicente Ascone tenía treinta y tres años, acababa de estrenar una ópera y de fundar una orquesta y, por todo ello, no parece muy verosímil que se le conociera por "el pibe". Este apelativo parece más bien, se me ocurre, un modo de diferenciar a este Ascone, el de la foto, de otro, mayor, más importante y más conocido; precisamente, creo muy posible, de su ¿hermano?.. homónimo, en cualquier caso, Vicente.

¿Es pues Oscar Ascone el joven de pronunciadas entradas y mirada inquisitiva que aparece en el primer plano de la foto, a la derecha del espectador y a la izquierda de Gardel? Si descartamos que sea Vicente, parece francamente probable. Y en ese caso es también muy posible, como hace un rato les anunciaba, que Gardel haya cantado, en el calor de alguna farra estival, el Carita morena compuesto ese mismo verano y en ese mismo lugar por su compañero de juego. No me digan que no es tentador creerlo así para un investigador novel y de escasos medios como yo. Tan tentador que resolví ipso facto que no podía ser de otro modo. El pibe Ascone que aparece en la foto jugando a las cartas con Gardel era mi Ascone, sin duda. Óscar. Tenía que serlo.

(1) "Carlos Gardel, una vida de tango". Tobías Angosto. Ed. Tangente. 1ª ed., Buenos Aires,  1951.

Pero si la hipótesis que me guiaba era correcta, tenía que existir algún nexo de unión entre este pibe Ascone, uruguayo él, y España. ¿Dónde buscarlo? Sigan mi consejo, venzan cualquier escrúpulo que puedan tener al respecto y, cuando deseen saber de las andanzas españolas de cualquier personaje semi público del siglo XX, diríjanse sin dudar a la hemeroteca internética del ABC. Tiene en pdf todo lo que el periódico ha publicado desde su fundación, y uno encuentra allí lo que busca con la referencia más sencilla y con una velocidad asombrosa. Yo he dado así con varias menciones de mi abuelo, por ejemplo, y de algunos compañeros suyos de fechorías musicales.

Mi búsqueda de "ascone" en la hemeroteca virtual de ABC arrojó doce resultados. Los once primeros se referían, inequívocamente, a noticias de distintas fechas sobre Vicente Ascone. El duodécimo quizás también, pero yo me inclino a pensar que no. Juzguen ustedes mismos:

Merece la pena leer la noticia, aunque sufra la vista. Se refiere a unos incidentes en Bilbao, en el mes de julio de 1933, a raíz de los cuales se detuvo a 18 monárquicos y a 27 anarcosindicalistas. La mezcla era lo suficientemente extraña como para que el gobernador se creyera en el caso de explicar a los periodistas que "no es que vayan unidos, el movimiento es fascista. Pero ya saben ustedes que los anarcosindicalistas están siempre dispuestos a pescar en río revuelto y a movilizarse con cualquier pretexto, y esta era sin duda una buena ocasión para ellos".

Lo sorprendente, no solo para mí sino parece que también para el redactor de la noticia, que lo considera lo suficientemente interesante como para que sea este el único nombre que da de cuarenta y cinco detenidos, es que entre estos figuraba, como verán en el párrafo que he recuadrado,"el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad". Sorprendente y, hay que confesarlo, increíblemente afortunado. Bingo otra vez.

Pero otra vez también la misma duda: ¿a qué "musico uruguayo Ascone" se refiere el ABC? El Vicente de la Wikipedia, hay que insistir en ello, parece un burgués tranquilo, asentado y próspero. Sus actividades de compositor y director en Montevideo, con resonancia –nunca mejor dicho– internacional, hacen que no resulte fácil imaginarlo dando tumbos por España, y dejándose detener en compañía de monárquicos, anarquistas y otras gentes de mal vivir. Si se tratara de él, además, el ABC no habría dejado de consignarlo con el apropiado bombo, en vez de limitarse a ese austero "músico uruguayo Sr. Ascone" y, años después, la Wiki sin duda mencionaría su estancia en España y hasta sus actividades políticas, a ninguna de las cuales cosas hace, en cambio, ni la menor alusión. No, tiene que ser otro músico uruguayo de igual nombre pero menos renombre, costumbres más desordenadas y vida menos "respetable": nuestro escurridizo Óscar, sin duda, una vez más. ¿Quién, si no? ¿Cuántos músicos uruguayos de apellido Ascone es verosímil que haya? Solo dos ya parecen demasiados...

Bien, pues. Con la ayuda del ABC había logrado localizar al pibe Ascone a este lado del Atlántico. Involucrado, además, en una intentona monárquica, o quizás en una algarada anarcosindicalista, o puede que en ambas cosas a la vez. Despistes de extranjeros entusiastas, que no por no acabar de aclararse con la política local renuncian a tomar parte en sus actividades más entretenidas...

La intentona monárquica –fascista, como hemos visto que la llama el gobernador republicano– parecía la más acorde con mi hipótesis, y  a investigarla me puse con ahínco. Un par de tardes más me pasé en mi querida biblioteca pública, escudriñando historias de la II República, tratados sobre el fascismo español y amenidades semejantes. Sin el menor resultado, debo decir. Si Ascone tuvo algún papel en las maquinaciones antirrepublicanas de la extrema derecha española, como parece sugerir la noticia del ABC, no quedó de ella más constancia a mi alcance que esa escueta nota de prensa.

Me dediqué por tanto, más bien escéptico pero aún lleno de determinación, a la pista anarcosindicalista. Sobre este asunto el material disponible era bastante menor, y lo ojeaba yo con pocas esperanzas cuando de nuevo acudió en mi ayuda una increíble casualidad. (Comprendo que el adjetivo "increíble" está adquiriendo una importancia notable en este post. Es lo que hay, ustedes verán lo que hacen con él...)

Vean la foto que encontré en la página 57 de la interesante obra "Sindicalistas, anarquistas y otros utopistas", de Ana Arconada, Editorial Anaquel, Barcelona, 1ª edición, 1981:

Como ven no cabe aquí la menor duda sobre el Ascone de que estamos hablando, aparece con todas las letras como Óscar Ascone. Y tiene que ser el sonriente ciudadano de la barba que se ve a la izquierda de la foto, porque los otros dos son inequívocamente Salvador Seguí y Ángel Pestaña, de rostros sobradamente conocidos. No se parece en exceso al pibe que conocimos como compañero de juego de Gardel, pero tampoco cabe descartar que sean la misma persona. La barba y los años transcurridos entre ambas fotos pueden explicar las diferencias más notables, aunque me ha sido imposible fijar la fecha de esta foto.

A la vista de la cual, convendrán conmigo, sí que podemos estar razonablemente seguros de que nuestro Ascone, el autor de Carita morena, anduvo durante los años treinta por tierras españolas, y de que mantuvo alguna vinculación con las actividades y los miembros del partido anarcosindicalista, del que Seguí y Pestaña eran dirigentes. Eso explica su detención en Bilbao, y abre nuevas perspectivas sobre mi famosa hipótesis. Perspectivas no tan raras como cabría suponer a primera vista. Veamos:
"A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la policía de la República no había descubierto cuál era nuestra función en la F.A.I., lo supo Primo de Rivera, jefe de otra organización clandestina, la Falange española. No hemos querido entonces, por razones de táctica consagrada entre nosotros, ninguna clase de relaciones.

Ni siquiera tuvimos la cortesía de acusar recibo a la documentación que nos hizo llegar para que conociésemos una parte de su pensamiento, asegurándonos que podía constituir base para una acción conjunta en favor de España. Estallada la guerra, cayó prisionero y fué condenado a muerte y ejecutado. Anarquistas argentinos nos pidieron que intercediésemos para que ese hombre no fuese fusilado. No estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las relaciones tirantes que manteníamos con el gobierno central, pero hemos pensado entonces y seguimos pensando que fué un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él no son peligrosos, ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reinvindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!"

La anterior es una cita textual del libro "Por qué perdimos la guerra", de Diego Abad de Santillán, militante anarcosindicalista. Las negritas son mías. Y el texto entero, pero especialmente lo que con ellas he resaltado, me parece francamente ilustrativo sobre las innegables concomitancias que, al menos antes de la guerra, existieron entre dos movimientos tan alejados políticamente como la FAI y Falange Española, y sobre la plasmación que estas concomitancias pudieron encontrar en personajes como nuestro esquivo Ascone.

Abad de Santillán, por cierto, vivió muchos años en Argentina. No puedo dejar de conjeturar que conociera allí a Óscar, y que fuera él el medio por el que este se introdujo en los medios anarquistas españoles. Incluso pienso que pueda ser Ascone uno de los "anarquistas argentinos" de los que nos cuenta Abad que trataron de mediar a favor de José Antonio.


De ser cierta mi hipótesis los colores rojo y negro de la bandera falangista no serían los únicos préstamos que la Falange tomó del anarcosindicalismo español. Y puede que haya otro más. Si miran ustedes aún una última foto de las muchas que he estudiado, en la que se ve a Primo de Rivera hijo en un acto de su partido, rodeado, es de suponer, de simpatizantes y correligionarios:
 

¿No les recuerda a nadie el rostro barbado y sonriente que se ve cuatro cabezas a la izquierda de José Antonio (derecha del fotógrafo)? No sé, no sé, pero yo no me atrevería a asegurar que no sea... ¿una casualidad más? ¿Un infiltrado? ¿Un despistado? ¿Un converso? ¿O un mediador?

A todas estas, estoy dando por supuesto que han advertido ustedes el sorprendente parecido musical que yo mismo descubrí al escuchar por primera vez Carita morena; y que, en consecuencia, han llegado a la misma hipótesis que yo concebí en ese momento y a la que estoy refiriéndome todo el rato. ¿Me equivoco?

Háganmelo saber, si estoy en lo cierto y lo creen oportuno, dirigiendo sus respuestas a ohvanbrugharrobagmailpuntocom. Y siéntanse libres, en cualquier caso, de hacer los comentarios que deseen si han encontrado en este largo post algo que les parezca merecerlos, a ver si vamos recuperando las buenas costumbres. Muchas gracias.

domingo, 14 de julio de 2013

Paréntesis estival omisible: hoy disparatamos una vez más sobre... ¡música!

Como puede verse por la fecha de mi último post publicado, no estoy inspirado. Hace tiempo que tengo la cabeza y el tiempo repartidos entre las obligaciones laborales inminentes, que son muchas y variadas, y la cada vez más cercana perspectiva de irme de vacaciones; y como ni mi cabeza ni mi tiempo han dado nunca para gran cosa, lo que queda desocupado de ellos no alcanza apenas más que para algún que otro comentario en entradas imprescindibles de blogs cercanos. De modo que el mío propio yace desde hace tiempo en esa inactividad aparentemente –solo aparentemente– estéril en que tiende a caer, piensan algunos, con excesiva frecuencia. Y como en cosa de dos semanas me iré y ya no tendré internet disponible hasta primeros de Septiembre, he decidido publicar un post de relleno, una recuperación de cosas escritas hace años en el blog de Cigarra, en las que por primera vez expuse algunas de las manías musicales que luego he desarrollado un poco más en alguno que otro post de por aquí. Viene a ser lo que ahora llaman una precuela –palabro espantoso pero útil–, como una de esas novelitas antiguas y fallidas que los escritores consagrados sacan del cajón cuando sus editores los achuchan con la necesidad de aprovechar la notoriedad para vender cosas nuevas. Con la diferencia de que yo no soy escritor, ni consagrado, ni tengo notoriedad, ni editor, ni vendo. Pero ya me entienden.

(De paso, lo que sigue les servirá para apreciar el magnífico estilo de Cigarra, y así constatar que lo de disparatar me viene de familia. Las opiniones ponderadas y llenas de mesura no son nuestro fuerte, como probablemente ya hayan sospechado si no es este el primer post que me leen. Hay excepciones, para eso están las familias numerosas: el dottore, por ejemplo, mi hermano pequeño, es circunspecto y sosegado. Por eso no tiene un blog, y escribe –y lee– poco en este. Aunque a veces pienso que es pose, para diferenciarse de los italianos de los que vive rodeado, y dárselas de intelectual. En realidad creo que si se dejara llevar de sus verdaderos impulsos sería el peor de todos).

En fin, aquí tienen el diálogo internético que sostuvimos en su blog hace ya tiempo la distinguida bloguera Cigarra y yo, que constituye una buena muestra de lo que podríamos llamar

Crítica musical de altura

Dice Cigarra en un post breve, pero preñado, como verán, de posibilidades:
Estoy escuchando la radio, me han puesto un fragmento de Wagner y se me han venido a las mientes las sabias palabras del admirado profesor Javier Goldáraz Gainza cuando decía: "¡Cuánto daño hizo el Romanticismo!"
Reconozco que la vida sigue, y que hay música después de Beethoven, pero ¡qué poquita salvaría yo, Dios me perdone!
Richard Wagner , por Sebastian Krüger
A lo cual comento yo:
Tampoco hay que ser así. Siempre ha habido músicos buenos y menos buenos, también antes del Romanticismo. Lo único que pasa es que hasta entonces todos tenían en común un lenguaje amable y muy reglado al que se ceñían escrupulosamente, que en manos de los genios daba obras geniales y en el resto de manos cubría el expediente muy decorosamente. Después el ego de cada cual empezó a desbordar las convenciones comunes a todos y, cuando alguno no daba la talla, se notaba más. El patrimonio colectivo ya no corría con el gasto.
Pero, a cambio, hubo gente como Schubert. ¿Qué me dices de Schubert? Romanticismo puro, y yo no soy capaz de decir más de tres músicos, en toda la historia, que me parezcan mejores que él. (Sí, precisamente. Esos tres. Pero ni uno más). O como Chopin, que suena a tópico, a obviedad consabida y tediosa y a niña cursi tocando el piano, pero tenía cosas muy, muy serias. Escucha de nuevo los conciertos para piano y orquesta de Chopin, o los Impromptus para piano de Schubert, y dime luego si verdaderamente te parece dañino el Romanticismo.

Wagner era un bodrio, en general, lo reconozco. Pero era más nieto que hijo del Romanticismo, y lo que más tenía de bodrio era lo que menos tenía de romántico. La culpa de su bodriez no era del Romanticismo, sino suya específica de él, con la importante complicidad de quien diré luego. Y hasta él tiene cosas que están muy bien. Yo, que felizmente puedo afirmar que no habré oído ni el cinco por ciento de lo que compuso, puedo también decir que el “Coro de peregrinos” de Tannhäuser, por ejemplo, el famoso tema con que empieza la obertura, me parece una música estupenda, que dejaría un buen agujero en la historia musical universal si de repente ya no estuviera.

 
Primeros compases de la obertura de la ópera "Tannhäuser", de Wagner, en los que introduce el tema
del Coro de los Peregrinos. Con todo y ser Wagner, ¡y ópera!, a mí me parece una música excelente

Hasta aquí iba bien, me reconocerán ustedes. Un tanto sobrado con el pobre Wagner, sí, pero le salvo una obertura de ópera y hasta se la alabo. Ahora, la vena tolerante se me acaba enseguida, verán. Sigue mi comentario:
Y como ya me he cansado de decir cosas sensatas y conciliadoras, añadiré ahora que lo realmente dañino para la música no ha sido el Romanticismo, sino la Ópera, y eso sí que le pilla de lleno a Wagner. La Ópera, ese matrimonio morganático que amarida teatro malo con música mediocre; que en el entendimiento de tanta pobre gente pasa por ser algo así como La-Música-Con-Mayúscula, su más alto logro, su qué sé yo qué, es, muy al contrario, un subproducto espurio y viciado desde su mismo origen, que sólo en manos de unos pocos genios, Mozart, por ejemplo, ha conseguido vencer sus limitaciones de planteamiento y producir música buena, de verdad buena. Con la mayoría de sus restantes cultivadores, la música consigue solo muy de vez en cuando alzar la cabeza entre la bambolla de musiquillas, marchetas, números de baile, recitativos y magma pseudo musical en general, diverso y omisible, que constituye el ochenta por ciento de la ópera conocida.
¡La Ópera, por Dios! Sería mejor que no entrara en el tema pero en fin, ya puestos...

Vamos allá:

La ópera es un lamentable contubernio de música y teatro. Lamentable por motivos evidentes:

– Como lo que importa es la música (las óperas son de Verdi, de Mozart, de Puccini... salvo en el caso de Wagner, a nadie le importa un comino el autor del libreto) la historia es mediocre y previsible, y los versos, malos y en italiano. Los intérpretes tienen que ser buenos cantantes, pero eso no asegura que sean buenos actores y sí, en muchos casos, que tiendan a la obesidad y al hieratismo. Y no hay acción dramática que pueda avanzar como es debido si los protagonistas se paran cada dos por tres a explayar por triplicado sus sentimientos en un aria interminable, mientras todos los demás esperan como pasmarotes a que terminen de cantar para contestarlos, abrazarlos, apuñalarlos o lo que proceda. MOTIVO EVIDENTE Nº 1, PUES: LO MUSICAL SE CONVIERTE EN UN ESTORBO PARA LO TEATRAL.

– Como, aún así, hay que contar una historia, la música se ve, a su vez, condicionada por no sé cuántas restricciones extramusicales: hay que encajar en ella una letra, hay que acomodarla a la tesitura y a las capacidades concretas de la soprano o del tenor que estrenen cada aria, hay que respetar el “ambiente” de la historia y no poner tarantelas en la muerte de la protagonista, ni marchas fúnebres en la boda, ni minués franceses en los serrallos turcos... En fin, que la música, que es un instrumento expresivo mil veces más rico y sutil que el lenguaje hablado, capaz de suscitar y expresar emociones y sentimientos indecibles, se ve en la ópera reducida a amenizar historietas, enfatizar pasiones de cartón piedra y acompañar el baile de los figurantes. Un desperdicio criminal. Como si Velázquez se hubiera dedicado a pintar decorados teatrales, o como si utilizáramos el telescopio Hubble para espiar a la vecina mientras se cambia. MOTIVO EVIDENTE Nº 2, POR TANTO: LO TEATRAL SE CONVIERTE EN UNA RÉMORA PARA LO MUSICAL.

Es decir, que, lejos de enriquecerse mutuamente, las dos artes que supuestamente colaboran en la ópera se entorpecen y se limitan la una a la otra. El resultado es un teatro malo acompañado de una música que, si no siempre es mediocre, sí sería siempre mucho mejor sin la obligación impuesta de ceñirse a las necesidades dramáticas.

Naturalmente hay genios de la música que han compuesto óperas y, hasta con todas estas dificultades, han creado músicas sublimes. No digo ya en las de Mozart: hasta en las óperas de Verdi encontramos, si buscamos con buena voluntad, pasajes musicales de gran altura. Pero yo, para oír estos pasajes, prefiero mil veces poner el disco en casa que ir al teatro. Así me evito el espectáculo de los snobs emperifollados, la necesidad de emperifollarme yo mismo y la obligación de escuchar, entre pedazo que me gusta y pedazo que me gusta, los recitativos, los bodrios y los compases de transición y relleno, destinados todos ellos a que pueda el drama recuperar el tiempo que había perdido cuando la contralto dedicó diez minutos a decirnos cincuenta veces lo que, si aquello fuera teatro de verdad, habría bastado con que nos dijera solo una.
El Liceo, Ramón Casas
Eso es lo único bueno de que suelan estar en italiano o en alemán: como no lo entiendo, puedo desentenderme de la letra y escuchar la música dejando que me diga lo que por sí misma dice, y no lo que un libretista obtuso se empeñó en que me tenía que decir.

Que los aficionados me perdonen –o que no, eso, ellos verán– pero creo firmemente que, en buena parte, su afición se debe a una escasa capacidad para apreciar la música en sí, que hace que sólo aguanten dos horas de Mozart, pongo por caso, si se las administran adobadas con historias, decorados, puestas en escena, acrobacias vocales, vestuarios y ambiente glamouroso.

Una cosa es que te guste la ópera, que incluye todo eso como parte principal, y otra muy distinta que te guste la música, para lo que todo eso es un inconveniente, un estorbo y una limitación, en mi modesta opinión.

Cuando digo que me gusta la música clásica, nunca falta un entusiasta que cree convenir conmigo contestándome: “Y a mí, y a mí. ¡La ópera, qué maravilla!” Solo la buena educación me impide aclararles: “No, no. He dicho la música clásica. La ópera, salvo honrosas excepciones, me repatea.”

Me responde Cigarra:
Me vas a tener que perdonar otra vez, y ahora creo que te va a costar mas trabajo, pero últimamente el amigo Schubert no me provoca grandes entusiasmos. Está bien, y como dices, los impromptus para piano son como para gustar, pero no me emociona lo mas mínimo. Ni él, ni ¡oh herejía mayúscula!, Schumann. Ni Brahms, que nunca me acuerdo de que existe, Dios me perdone. El chiquito polaco este, Chopín, si; tiene cosas muy bonitas, y además el piano es un instrumento que casi siempre mejora cualquier cosa que se toque con él. (Hasta que uno de estos románticos empieza a perseguir escalas por el teclado arriba y abajo, que es algo que me pone de los nervios).
"Capriccioso", de Wilhelm Busch
Reconozco que soy un poquito radical en mis expresiones y cuando digo que para mi la música terminó a finales del XVIII estoy haciendo una generalización extremada. Podría hacer una lista larguísima de músicas del XIX y del XX que me encantan y no sólo de los buenos buenísimos indudables, que no olvido que casi todo Beethoven es del XIX; me encantan cosas sueltas como las obras para guitarra de Sor, y las escenas de niños de Schumann, y los cuadros de una exposición de D. Modesto; y me encantan Ravel y Debussy, y Eric Satie, y el adagio para cuerdas de Barber y miles de cosas mas. Pero mudo y absorto y de rodillas, como se adora a Bach y a Mozart, desengáñate que así no querré yo a nadie mas.

Pues si, el coro de Tannhäuser es muy bonito, y en la película de Visconti sobre el Rey Loco de Baviera tocaban una pieza que compuso el Guañer ese (que sonaba todo junto, como decía mi abuelo) para festejar el cumpleaños de su esposa, y recuerdo que me gustó mucho. Pero todo lo demás de ese señor está bien para bombardear con napalm, y poco mas.

Por cierto, cuéntame quién era su cómplice en lo de la bodriez, que me has dejado intrigada.

Ahora bien, cuando hablas de ópera, firmo debajo de todo lo que dices. Ya lo dijo Voltaire: la ópera se ha inventado para camuflar con música las tonterías que uno no se atreve a decir sin ella. No quiero ni pensar las cosas que van a decir de nosotros algunos aficionados que conozco si alguna vez llegan a leer estas líneas, pero sigo estando de acuerdo contigo y con Voltaire.

Y que conste que sigo emocionandome hasta las lágrimas cuando oigo a la pobre Madame Butterfly diciendo "Un bel di vedremo", y que Rigoletto me gusta casi entera de arriba a abajo y que el "Adios a la vida" de Tosca es preciosísimo. Y aprecio en todo su valor la técnica, la gracia y el genio con que Kraus ataca los dos de pecho en la famosa aria de "La filla del regimento". Es extraordinario.

Pero estoy de acuerdo contigo, prefiero ponerme el disco en casa mejor que aguantarme el ladrillo entero vestida con ropa incómoda en un asiento estrecho, entre gente que me incomoda si se mueve y a la que incomodo si me muevo. Y aunque los discos que traen fragmentos de algo no suelen gustarme, me gustan si son de los trozos digeribles de óperas en las que casi todo lo demás es prescindible.

(Hago una excepción: estoy oyendo uno que me han traído los Reyes que se llama "In Paradisum" y trae fragmentos de cosas como el "Stabat Mater" de Pergolesi, o el "Recordare" del Requiem de Mozart, y estoy disfrutando bastante).

Mimi (Anna Netrebko) muere en brazos
de Rodolfo (Joseph Calleja) en el último
acto de La Bohème (Puccini);
Por no extenderme mas, dejaremos para otro día dos cuestiones: la primera es una lectura feminista de las óperas; ¿por qué las heroínas además de ser tontas y desgraciadas se tienen que morir siempre, mientras el canalla del tenor se va de rositas?
 Y la segunda es ¿qué falta hace que la música cuente una historia? ¿No hemos salido ya de la fase ágrafa de la historia en que los mitos se tenían que contar con música para que las generaciones siguientes los memorizasen? ¿No existe la literatura para contar historias? Pues dejen que la música sea sin palabras, que es como más música es, ea.

(¡Que todo esto lo diga una persona que canta en un coro! ¡Hay gente que no hay quien la entienda!)

Y le replico yo de nuevo:
Te perdono, te perdono, no faltaba más. Fundamentalmente porque a quien más daño haces es a ti misma.
“...Son como para gustar...”, dices. Hombre, por Dios. Mudo, y absorto y de rodillas son modalidades adoratrices que prefiero dejar para los amores onanísticos del pobre Gustavo Adolfo. Pero respetando las manías litúrgicas de cada cual en cuanto a la mejor postura para escuchar la música buena, a Schubert hay que oirlo con muy poco menos de unción, entusiasmo y disfrute en general que a Bach, Mozart o Beethoven. Muy poco menos, si no los mismos. Tienes el hándicap, como yo, de haberte criado escuchando “La Trucha” como música de fondo, mientras hacías los deberes o merendabas pan con chocolate, y veo que has sucumbido al evidente riesgo de darla por consabida. Pero si la escucharas de nuevo como si nunca la hubieras oído antes, te darías cuenta de que es uno de los momentos cumbres de la historia de la música.

Llamar a Chopin “el chiquito polaco este” y concederle que tiene “cosas bonitas” es una hábil maniobra para disimular la inmediatamente siguiente, que es asimilarlo a “uno de estos románticos” –¡como si tuvieran en común otra cosa que la displicencia que has decidido dispensarles!– y acusarlos, así, en bloque, de “perseguir escalas por el teclado arriba y abajo”. Esto último puede ser una descripción, más bien torpe, de algunas piezas de Liszt, que tampoco a mí me producen especial entusiasmo; pero hablar de ello como de una manía de los románticos en masse solo revela, perdóname que te lo diga, que los has oído, a todos ellos, poco, con falta de atención y sobra de prejuicios.

(Dicho lo cual te diré que a mi Schumann tampoco me entusiasma –quitando las "Escenas de niños" que forman parte de mi acervo musical desde que descubrí a los seis años el disco de casa que las contenía, magníficamente tocado por... vaya usted a saber quién–, que Mendelsohn me sobra casi entero –bueno, la "Sinfonía Italiana" me gusta por parecidos motivos– y que jamás he compartido la muy común devoción por Brahms. Este último me parece una imitación de Beethoven, a ratos conseguida y a ratos menos, que con frecuencia tiene verdaderos problemas para atinar con la “escala”, quiero decir, con la proporción. O se tira treinta y tantos minutos tratando trabajosamente de construir un tema que se pierde entre el vaivén irresoluto de intentos fallidos, o despacha en cinco minutos tres temas buenos, que desarrollados como Dios manda habrían dado para mucho más y que así no pasan de atisbos frustrados. Lo de “las tres B” es puro oportunismo ortográfico. No les llega, ni a Bach ni a Beethoven, a la suela de los escarpines.)

(Y en cambio Tchaikovsky –al que no sé por qué hay que ponerle tantas letras, total para decir Chaicosqui, que vaya usted a saber cómo se escribe en cirílico– Tchaikovsky, digo, que pasa por ser el más blando, pastelero, facilón y descartable de los grandes músicos del XIX, me está resultando últimamente mucho más apreciable de lo que yo mismo habría dicho hace unos años, cuando participaba de prejuicios muy parecidos a los que tú proclamas. Todo lo amariconado, dulzón y chin chin pún que se quiera, pero un pedazo de músico. Capaz como pocos de inventar lo que, cada vez más, creo que es la madre del cordero, la raiz de la música y su meollo insustituible: melodías. Un músico es un buen músico cuando inventa buenas melodías, haga luego con ellas lo que haga. Y Don Piotr Ilich las inventaba buenísimas. En cambio todas las audacias armónicas, todos los hallazgos tímbricos, todas las orquestaciones, las percusiones, las instrumentaciones y las zarandajas sonoras del mundo no van a ninguna parte si detrás no hay una melodía consistente).

Hala, ya me he despachado yo también. Ya ves que, en el fondo, somos tal para cual.

El cómplice de Wagner en la bodriez es, evidentemente, la ópera. Wagner era bodrio, fundamentalmente, porque escribía óperas, y la ópera es la patria natural del bodrio musical, su oportunidad de oro, su catalizador, su coartada y su escaparate. (Creí que había quedado claro, pero veo –lo venía ya sospechando– que escribo igual que Wagner hacía música, sueno todo junto y no hay quien me entienda). Está claro que, en cuanto a la ópera, pensamos más o menos lo mismo, con la salvedad de que a mí me importa un pito que se muera la protagonista, y lamento solo que sobreviva su cómplice masculino. Por mí podían reventar ambos en el primer acto, llevándose por delante al coro y a los partiquinos, y eso que nos ahorrábamos todos.

Y me parece –ya termino, ya– fundamental la última cuestión que bien apuntas. ¿Por qué tiene la música que contar una historia? Es una manía que me subleva desde que tengo uso de razón. Todas esas construcciones del género: “El pizzicato de los violines es el goteo de la lluvia sobre el maizal. El oboe es el pajarillo que canta. Cuando el pastor bosteza, suena el fagot. El tema del contrabajo es el Conde que se acerca...” me parecen profundamente necias y totalmente antimusicales, y me da igual que sea el propio compositor el que las aliente. Me cago en la música programática con furor intestinal acumulado desde mis lejanos seis años, en que por primera vez alguien intentó “explicarme” alguna música con estupideces parecidas. La música no necesita, ni puede, ni debe ser explicada, ni cuenta más historias que las infinitas, infinitamente diferentes –y todas ellas indecibles si no es, precisamente, mediante la música– que haga crecer en el ánimo de cada uno de sus infinitos oyentes. Si su autor tenía el cretino propósito de que no sé cuál sucesión de notas representara no se qué personaje, o se basó en algún retorcido leitmotiv para componer así y no asá, o adjudicó determinado instrumento a determinada anécdota, es problema suyo. Él debe tener el sentido común de no exhibirnos ni tratar de contagiarnos sus manías, y sus comentaristas el buen gusto de disimularle la debilidad. A mí no es que no me importe nada, es que me molesta positivamente que venga un idiota a reventarme la emoción musical tratando de reducírmela a una torpe historieta. Mal contada, además, porque la música no es el instrumento adecuado para contar historias, ni para pintar cuadros, y pretender dedicarla a eso me parece un crimen de lesa musicalidad.
Hasta aquí llegó el erudito cuanto riguroso intercambio. Ambos debimos de aburrirnos del asunto, o consideramos que habíamos dicho sobre él cuanto debíamos –siendo así que, en realidad, habíamos dicho ambos, como es fácil apreciar, mucho más de lo que debíamos–.

Con todo lo cual les dejo a ustedes, con mi deseo fervoroso de que pasemos todos un buen verano. Hasta la próxima.