Yo comprendo que insistir en la importancia de usar bien el idioma es pedante e impopular. Intento hacerlo poquito y como de broma, para ver si así pasa mejor. Pero al fin y al cabo este es mi blog, hablo en él de lo que me da la gana y, al que no le guste, que no me lea. O mejor, que me lea y luego me lo diga. Y lo del gerundio viene atacándome los nervios desde hace mucho tiempo.
¿Ya no se aprende en los colegios una norma muy sencilla sobre el uso del gerundio que a mí sí me enseñaron y que dice que solo se puede utilizar si la acción que expresa es anterior o simultánea a la del verbo principal?
“Fleming descubrió la penicilina investigando sobre los hongos”, o “Le abrieron la cabeza golpeándole con un martillo” son frases correctas, en las que el gerundio se usa adecuadamente, para indicar las circunstancias en las que Fleming hizo su descubrimiento, o el sistema de que se sirvieron para desnucar a la víctima; porque el gerundio, me explicaba años ha mi profesor de Lengua, viene a funcionar como un adverbio, que precisa la forma, la causa o la circunstancia en que se desarrolla la acción del verbo al que acompaña.
Pero ya nadie lo usa así. Lo que con toda probabilidad leeremos o escucharemos ahora es todo lo contrario: “Fleming investigó sobre los hongos, descubriendo la penicilina”, o “Le golpearon con un martillo, abriéndole la cabeza”. Y aunque a fuerza de oírlas estas frases ya casi no nos suenan mal, lo están. Atrozmente mal. De hecho implican que abrirle la cabeza a alguien es una de las formas que pueden usarse para golpearle con un martillo – cuando lo cierto es exactamente lo contrario – y que descubrir la penicilina es un medio muy recomendable para acabar investigando sobre los hongos – cuando en realidad es justo al revés.
Con lo fácil, además, que sería decir: “Fleming investigó los hongos Y descubrió la penicilina”, “Le dieron con un martillo Y le abrieron la cabeza”. Afirmaciones sencillas, correctas y exactas. Pero que, ah, no tienen gerundios. Y precisamente los que no saben usarlos son los que sufren una atracción más fatal, compulsiva e irreprimible por ellos, y necesitan meter uno cada tres frases para sentir que les ha quedado el párrafo verdaderamente redondo.
El Gobierno debería plantearse seriamente la promulgación de una buena ley, restrictiva, como a Él le gustan - salvo cuando afectan a Batasuna - que regulara estrictamente el empleo del gerundio en escritos públicos de más de cien líneas, y hasta en conversaciones privadas, si hay niños delante. Y que estableciera la obligación ciudadana de denunciar los malos usos escuchados al amigo, al cónyuge o al compañero de trabajo. Además de ir muy en consonancia con los tiempos, eso sí que nos normalizaría lingüísticamente, limpiaría el ambiente de intoxicadoras y nefandas terminaciones en “ndo” e incluso me parecería bien a mi, que soy tan difícil de contentar.
A ver si lo hacen, hombre. Fumando espero.
¿Ya no se aprende en los colegios una norma muy sencilla sobre el uso del gerundio que a mí sí me enseñaron y que dice que solo se puede utilizar si la acción que expresa es anterior o simultánea a la del verbo principal?
“Fleming descubrió la penicilina investigando sobre los hongos”, o “Le abrieron la cabeza golpeándole con un martillo” son frases correctas, en las que el gerundio se usa adecuadamente, para indicar las circunstancias en las que Fleming hizo su descubrimiento, o el sistema de que se sirvieron para desnucar a la víctima; porque el gerundio, me explicaba años ha mi profesor de Lengua, viene a funcionar como un adverbio, que precisa la forma, la causa o la circunstancia en que se desarrolla la acción del verbo al que acompaña.
Pero ya nadie lo usa así. Lo que con toda probabilidad leeremos o escucharemos ahora es todo lo contrario: “Fleming investigó sobre los hongos, descubriendo la penicilina”, o “Le golpearon con un martillo, abriéndole la cabeza”. Y aunque a fuerza de oírlas estas frases ya casi no nos suenan mal, lo están. Atrozmente mal. De hecho implican que abrirle la cabeza a alguien es una de las formas que pueden usarse para golpearle con un martillo – cuando lo cierto es exactamente lo contrario – y que descubrir la penicilina es un medio muy recomendable para acabar investigando sobre los hongos – cuando en realidad es justo al revés.
Con lo fácil, además, que sería decir: “Fleming investigó los hongos Y descubrió la penicilina”, “Le dieron con un martillo Y le abrieron la cabeza”. Afirmaciones sencillas, correctas y exactas. Pero que, ah, no tienen gerundios. Y precisamente los que no saben usarlos son los que sufren una atracción más fatal, compulsiva e irreprimible por ellos, y necesitan meter uno cada tres frases para sentir que les ha quedado el párrafo verdaderamente redondo.
El Gobierno debería plantearse seriamente la promulgación de una buena ley, restrictiva, como a Él le gustan - salvo cuando afectan a Batasuna - que regulara estrictamente el empleo del gerundio en escritos públicos de más de cien líneas, y hasta en conversaciones privadas, si hay niños delante. Y que estableciera la obligación ciudadana de denunciar los malos usos escuchados al amigo, al cónyuge o al compañero de trabajo. Además de ir muy en consonancia con los tiempos, eso sí que nos normalizaría lingüísticamente, limpiaría el ambiente de intoxicadoras y nefandas terminaciones en “ndo” e incluso me parecería bien a mi, que soy tan difícil de contentar.
A ver si lo hacen, hombre. Fumando espero.