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miércoles, 5 de abril de 2006

Me preocupa la aparente incapacidad que muestra mucha gente para comprender el lenguaje escrito. Quizás sea que yo me exprese muy mal, pero siempre he tenido la impresión de pecar por el extremo opuesto, de ser excesivamente pesado, machacón y reiterativo en mis argumentaciones. No me sorprende que no se me dé la razón, pero sí, la verdad, que no se me entienda.

Después del rollo que le dediqué el otro día a D. Amando de Miguel sobre lo mal que en mi opinión está formar nuevos verbos a partir de sustantivos que derivan, a su vez de otros verbos, leo en su columna del pasado 4 de Abril: “Javier Carrasco Garrido vuelve por sus fueros con su apasionado alegato a favor de rechazar verbos fútiles como visionar o posesionarse. El principio que don Javier aduce es que no deben derivarse verbos de sustantivos.”

Paso por que me llame Carrasco en vez de Carrascón. Me revienta, pero tras una vida entera de añadir “con ene y acento” cada vez que doy mi nombre, para comprobar que, aún así, sigo siendo Carrasco para el cincuenta por ciento de los mortales, ya me he acostumbrado. Además, puede ser una errata.

Pero ¿de verdad es ese principio que dice todo lo que ha sacado de mi sesudo escrito? Y, si de veras cree que yo sostengo semejante despropósito ¿cómo no me lo afea y me lo discute?

A lo mejor es que estoy equivocado en todo, sí se puede decir versionar y yo me llamo Carrasco. No sé si contestarle o irme directamente al registro civil a cambiarme el apellido.

martes, 21 de marzo de 2006

Yo visiono, tú lecturas, él audiciona

Regañé un poco a Amando de Miguel por algunas meteduras que se le escapaban en su columna de hace unas semanas, y hoy, como un caballero, acusa recibo de mi reprimenda y la acepta en casi todos sus términos (Libertad Digital, 21 de Marzo de 2006). Casi todos. Sigue insistiendo en que “visionar” es un verbo aceptable y útil. Alguna concesión tiene que hacer, el pobre, a la barbarie lingüística imperante, para que no puedan acusarle de facha también por ese lado. Qué difícil se lo pongo. Como yo afirmaba en mi mensaje que la costumbre de hacer nuevos verbos a partir de sustantivos que derivan, a su vez, de un verbo debería estar tipificada en el Código Penal, me dice D. Amando: Los "delitos" léxicos de hoy son los usos de mañana. Ese es el sentido de "Lengua viva”. Qué fácil me lo pone él a mi. Vean lo que le contesto, y díganme si tengo o no razón:

Le honran a usted, D. Amando, la prontitud y el buen humor con que acepta las correcciones de sus lectores cuando estima que son acertadas. Así lo hace en su columna de hoy con las que le envié hace unos días y, a mi vez, me considero obligado a pedirle disculpas por el tono, de una adustez que rozaba la acrimonía, con que se las formulé.

Dicho lo cual, debo insistir en la única de mis observaciones que no me acepta usted.
“No es lo mismo – dice usted – ver una película (por un espectador) que visionarla (por un profesional)”

Bien, en primer lugar no veo por qué no ha de ser lo mismo. Lo que un lector casual hace con un libro es leerlo, exactamente lo mismo que con el mismo libro hace un erudito filólogo. Nadie, hasta ahora, ha pretendido que Menéndez Pidal lecturara el Romance de Mío Cid, para distinguirse de los pobres mortales que, como yo, se limitan a leerlo. Tanto Menéndez Pidal como yo leemos. Las diferencias entre las consecuencias que D. Ramón y yo saquemos de nuestras respectivas lecturas no traen causa de que estas sean distintas, sino de que lo son nuestros conocimientos, nuestros propósitos y nuestras células grises. Pero la operación es idéntica y no veo ningún motivo para emplear un verbo distinto en su caso que en el mío.

Cuando yo oigo la novena sinfonía de Beethoven, sin duda no la oigo de igual manera que un músico profesional. ¿Vamos a empezar a decir que, mientras que yo la
oigo, él la audiciona? Le digo lo mismo, las consecuencias que un músico saque de su audición serán evidentemente distintas que las que saque yo de la mía, porque él tiene otros conocimientos, otras capacidades y otros intereses; pero ambos habremos hecho lo mismo: oir la sinfonía.

(Y ahora le apuesto a usted un café con porras a que en menos de cinco años algún listo empieza a usar completamente en serio los verbos
“lecturar” y “audicionar” que yo acabo de inventarme por burla, y a que en menos de diez se ve usted obligado a defender semejantes aberraciones, en estricta aplicación de los mismos criterios con los que hoy defiende visionar).

Bien, hasta aquí el primer argumento. Pero no el más importante. Porque, incluso si aceptamos que cuando un profesional ve una película tiene lugar una operación completamente distinta que cuando quien la ve es un lego, y que esta operación distinta requiere un verbo diferente, seguirá siendo verdad que ese verbo diferente, que tendremos que inventarnos, nos lo tendremos que inventar bien. Digamos, si quiere usted, que el profesional
contempludia la película (hermoso compuesto de estudiar y contemplar) o que la vexamina (no menos bello híbrido de ver y examinar). Digamos lo que usted quiera e inventémonos las palabras que nos sean necesarias, pero hagámoslo sin forzar nuestro pobre idioma y ateniéndonos a las mismas reglas con las que se viene formando desde hace mil y pico años. Nadie discute que un niño de diez años deba crecer, pero sí que, para conseguir este laudable fin, debamos estirarlo en un potro o colgarlo con pesos en los pies. Palabros como versionar, visionar, posesionar o explosionar (y estos dos últimos están reconocidos y bendecidos por nuestra Academia) son, para el idioma castellano, el equivalente de las fracturas y distensiones que provocarían en el tierno infante tan mal encaminados esfuerzos por desarrollar su organismo. Nadie, ni la Real Academia puesta de rodillas en la Plaza Mayor de Salamanca con togas, birretes y puñetas, logrará convencerme de que pueda ser correcto un verbo formado a partir de un sustantivo que, a su vez, se refiere a la “acción y efecto” de un verbo anterior. Semejante mecanismo atenta directamente contra las reglas intrínsecas más elementales del español, y sus resultados no pueden nunca ser más que adefesios que nadie que se respete a sí mismo y respete a su idioma puede usar más que en broma y como burla.

Para comprender que esto es así bastan unas simples preguntas: ¿Cuál será la “acción y efecto” de visionar: visionación? ¿Visionamiento? ¿Cuál la de posesionar: posesionamiento? ¿Posesionación? ¿Cuál la de explosionar: explosionación? ¿Explosionamiento? ¿Qué nuevos verbos podremos formar a partir de estos engendros, una vez admitido el mecanismo por el que sustantivos formados a partir de un verbo pueden dar nacimiento a nuevos verbos: visionamentar? ¿Posesionacionar? ¿Explosionamentar? ¿Qué sustantivos darán estos nuevos verbos: visionamentación? ¿Posesionacionamiento? ¿Explosionamentación? ¿Dónde se parará la cadena, si es que llega a pararse?

“¿Qué hacemos con posesionarse?” se pregunta usted en su columna. Fácil: NO USARLO. Nunca. Huir de él, y de las muchas otras aberraciones que hoy se adueñan de nuestro idioma con el beneplácito general, como huímos de pasear en chandal los domingos por la mañana por los caminillos de la urbanización, aunque tampoco esta conducta esté tipificada, como quizás debiera, en el Código Penal; como evitamos gritar en el fútbol insultando al árbitro o a los jugadores más hábiles del equipo contrario, aunque este comportamiento sea un "uso" muy extendido hoy y que amenaza con estarlo más aún mañana; como nos abstenemos de comer palomitas en el cine y de limpiarnos luego las manos en la butaca, aunque la opinión más aceptada proclame estos dudosos placeres como inseparables del de "visionar" películas en los multicines del centro comercial más próximo a nuestro adosado.

Del mismo modo que el comportamiento adecuado no es el que la legislación penal deja impune, sino el que se esfuerzan por observar las personas civilizadas que se respetan a sí mismas y a los demás, el idioma correcto no es el que "admite" la Real Academia, sino el que trata de emplear la gente medianamente instruída que tiene un mínimo de respeto y de interés por la conservación y el correcto desarrollo de un bien común tan fundamental. Ciertamente, las innovaciones léxicas de hoy serán los usos de mañana. Por eso mismo, esforcémonos, quienes podemos, por procurar que esas innovaciones no tengan carácter “delictivo”, y quizás así logremos evitar que nuestro idioma del futuro sea un idioma de delincuentes. Si así lo hacemos, que Dios nos lo premie, y, si no, que nos lo demande.

miércoles, 25 de enero de 2006

Bacilaciones léxicas

Transcribí aquí el otro día la carta que envié hace ya tiempo a Amando de Miguel, en la que le comentaba lo mal que me parecía su tolerancia hacia lo que él considera meras vacilaciones léxicas - y yo alarmantes muestras de la barbarie idiomática creciente - y en la que enunciaba las simples reglas que transgrede quien incurre en tres de las más extendidas: el leísmo, el laísmo y loísmo, y el "delante mío", "encima mía" y crímenes similares.

Unos días después D. Amando acusó en su columna recibo de mi escrito. Con estas palabras (Libertad Digital, 15 de Octubre de 2004) :

"Javier Carrascón Garrido (Madrid) ─presumo que filólogo, pero mucho más docto que el lendakari de Extremadura─ me acompaña una completísima lección sobre el uso del lo, la, le... ...Sin embargo, no estoy muy conforme con la admonición de don Javier de que sobre lo dicho no caben vacilaciones. Don Javier las compara con las posibles "vacilaciones en la estructura de un edificio: Yo no lograría evitar el fundado temor de que se nos acabara cayendo encima”. Mala comparación es esa, don Javier. Precisamente un edificio alto oscila, se mueve, y gracias a eso, normalmente no se derrumba. Si la estructura no oscilara un poquitín, entonces es cuando se derrumbaría al menor soplo de un ventarrón. Vea usted las palmeras cómo resisten los huracanes: moviéndose, vacilando. En cambio, en esas condiciones el vidrio de un ventanal oscila poco y se rompe. Hágame caso, seor filólogo, vacilemos lo justo para no tener que bacilar o bacigalupar demasiado."

A lo cual, tras aclararle que no soy filólogo y mostrar mi sorpresa por que me comparara con el presidente extremeño sin haberle faltado yo en nada, le envié la siguiente respuesta, de la que nunca más se supo, como es lógico, porque tampoco va D. Amando a dedicar su columna a mis expansiones sociolingüísticas, que para eso ya está este blog:

"Me halaga usted y se lo agradezco sinceramente, pero no deja de preocuparme que unos conocimientos básicos que adquirí en el Bachillerato (bien es verdad que en un Bachillerato pre-LOGSE) y que deberían presumírsele a cualquier hispanohablante medianamente instruido, basten para que me suponga usted filólogo. Si tener nociones tan elementales como las mías sobre el correcto uso del español requiere estudios de filología, no me extraña que los bachilleres de a pie hablen como hablan.

No, mi interés por el lenguaje no tiene ninguna relación ni con mi formación académica ni con mi profesión; es el de un hablante común, que utiliza su idioma como herramienta de pensamiento, de comunicación y, desde luego, también de trabajo, y que, por lo mismo, tiene una sana curiosidad sobre el funcionamiento de esta herramienta y cierto empeño en que se mantenga en buen uso.

Si usted trata de ajustar una tuerca del doce con una llave del trece, lo logrará a duras penas y, lo que es más grave, la llave se deformará, cogerá holgura y la siguiente vez no servirá ni para el doce ni para el trece, a lo sumo para darle con ella en la cabeza al que se la cargó. Pregúntele usted a cualquier artesano, y le dirá que en el mantenimiento de las herramientas no caben vías intermedias: o se cuidan, se engrasan, se guardan limpias y ordenadas y se utiliza cada una para la tarea específica para la que se concibió y respetando las instrucciones del fabricante y las reglas del oficio, o acaba uno quedándose sin ellas: el destornillador se queda sin filo por querer usarlo de palanca, la garlopa se embota si no se emplea del modo adecuado y la broca pierde toda eficacia horadante si se la usa para remover el cemento. Al final tenemos una surtida colección de objetos vistosos, pero inútiles.

Con el idioma pasa lo mismo: su mal uso lo deforma, lo estropea y le quita utilidad. Si las palabras dejan de usarse con sus significados precisos, o en la forma correcta (¡la sintaxis!) en que deben emplearse para contener con eficacia esos significados, lo pierden (en el único sitio donde lo tienen, que es en la cabeza de los hablantes), de lo que se siguen dos consecuencias bastante desastrosas: un significado se queda sin el medio de ser expresado, y un significante deja de serlo para convertirse en un ruido, una muletilla, uno más de los cada vez más numerosos sonidos huecos e imprecisos que pasan por palabras en el habla de nuestros políticos, nuestros juristas, nuestros comentaristas deportivos, nuestros expertos en técnicas abstrusas y gran parte - cada vez mayor - de nuestros hablantes corrientes y molientes. Y, con ser grave el menoscabo que sufre el habla, es más grave aún, aunque sea menos notorio, el que sufre el pensamiento: hablamos siempre del idioma como un medio de comunicación, pero, antes que eso, es el instrumento con el que pensamos. Quien domine mal su idioma, pensará mal. No tenemos otro medio de producir y manejar conceptos que las palabras, y si tenemos pocas e inútiles palabras, tendremos pocas y malas ideas.

Es quizás consolador, pero yo pienso que inútil y peligroso, querer presentar este deterioro, sea de las herramientas o del idioma, como una evolución natural, inevitable y hasta deseable. Naturalmente que el idioma evoluciona, y que hoy no hablamos, ni escribimos, como hace cien años. El uso correcto de las herramientas les descubre nuevas utilidades, las necesidades nuevas determinan la invención de nuevas técnicas y nuevos utensilios... tiene que existir, lógicamente, un crecimiento y una renovación de cualquier panoplia de herramientas que sea realmente usada, y, perseverando en mi comparación, también de cualquier idioma que esté realmente vivo.

Pero así como no podemos atribuir al crecimiento natural de un cuerpo humano las deformaciones de columna, ni el desarrollo de tumores, ni la esclerosis de los tejidos, ni siquiera las torceduras de tobillo, por mucho que se trate de “cambios” y que el crecimiento también sea un “cambio”, así tampoco deberíamos celebrar cualquier novedad lingüística como síntoma de la vitalidad del idioma. Hay cambios para crecer y cambios para morir, hay innovaciones que enriquecen y aportan mayor precisión y mayor capacidad de diferenciación y de matiz (y en esto consiste la evolución de un idioma: en pasar del gruñido inicial a la creación de un vocabulario cada vez más amplio y preciso) y hay novedades que hacen “avanzar” justo en el sentido contrario: hacia el comodín indistinto que pretende servir para decir cualquier cosa de cualquier manera y, en consecuencia, no sirve en manera alguna para decir nada. Son esas las que, lejos de hacer crecer un idioma, lo destruyen, o lo deterioran considerablemente.

El único medio de asegurar que las naturales innovaciones en los usos lingüísticos vayan en el sentido adecuado, es decir, aporten mayor capacidad de ideación y de expresión al idioma, es que se produzcan respetando las reglas que han presidido la creación de ese idioma, reglas que no son solo un requisito formal, más o menos omisible y del que solo se deben preocupar los eruditos, sino que, muy al contrario, constituyen la esencia misma, el alma, poniéndonos un poco cursis, de cualquier idioma. Y para que esto suceda es ineludiblemente necesario que estas reglas estén firmemente asentadas en el único lugar donde, insisto, existe realmente el lenguaje: en las mentes de quienes lo emplean.

Mi hijo de seis años es incapaz de enunciar ni una sola norma de las que regulan su modo de hablar. No sabe qué es un sustantivo, ni un verbo copulativo, ni un objeto directo. Ni, añado, falta que le hace. Porque sin conocerlas de un modo consciente ni explícito, las aplica con notable destreza y habla con una corrección que para sí quisieran muchos portavoces de grupos parlamentarios. Con esto, además de hacer notar lo listo que es mi niño, quiero decir que este “asentamiento mental” de las normas no necesita conocimientos especializados ni estudios de gramática, necesita tan solo el hábito de hablar bien. He conocido pastores castellanos analfabetos que empleaban su idioma con una riqueza, una precisión y una elegancia admirables; y todos conocemos, en cambio, periodistas, abogados, políticos e historiadores llenos de títulos universitarios cuya prosa hablada o escrita induce al vómito con gran eficacia, y no solo por lo que dicen, sino sobre todo por cómo lo dicen. Porque el idioma es a la vez fondo y forma, y lo que se dice es inseparable, y está fundamentalmente determinado, por cómo se dice.

Es posible, por tanto, que, como usted me advertía amablemente, convenga que los edificios sean capaces de oscilar ligeramente para que sean verdaderamente seguros frente a los ataques del viento o de los terremotos, pero estas oscilaciones son habitualmente imperceptibles para quienes los habitan, se producen en torno a un punto estable de equilibrio y tienen un límite pasado el cual la estructura se resquebraja, los paramentos se rajan y la construcción se va al carajo, para hablar sin ambages. El edificio del idioma castellano es solidísimo y firmemente asentado, y de momento no parece que vaya a sucederle ninguna catástrofe tan definitiva. Pero un deterioro lento y progresivo es casi tan dañino como el colapso repentino, y puede acabar por provocarlo. Para evitarlo, los hablantes que aún somos conscientes de la importancia de conservar en buen uso nuestro idioma debemos seguir, contra viento y marea, hablando y escribiendo lo mejor que sepamos, proclamando la necesidad de hacerlo así y corrigiendo, cuando la buena educación lo permita, a los que lo maltratan y lo usan de cualquier manera. Aunque sea más cómodo pretender que sus patadas al idioma común no son más que simpáticas “vacilaciones”.

lunes, 23 de enero de 2006

Delante mío

Mi hermano Ricardo tiene un blog aquí al lado, según van ustedes leyendo, a mano derecha, en el que pueden encontrar, además de otras muchas cosas interesantes, un artículo con este mismo título. Como verán cuando lo lean, está dedicado a anatematizar con toda la razón esta expresión horrenda y otras similares, y a afearle la conducta al distinguido sociólogo Amando de Miguel, que en su columna de "Libertad Digital" poco menos que las defiende con el popular argumento de que el idioma es algo vivo que crece y se enriquece gracias a semejantes aberraciones, piadosamente llamadas por él "vacilaciones léxicas". De paso habla bien de mi, lo que no por ser su obligación de hermano mayor es menos de agradecer. Por cierto, no le hagan ustedes ni caso, no es en absoluto cierto que yo sea más hábil que él, ni escribiendo ni en ningún otro campo. Lo que pasa es que yo meto más palabras al hablar y al escribir, me enrollo mucho y parece que hace más bulto. Pero saber, saber, el que realmente sabe es él. Es el listo de la familia, como lo prueba el hecho verídico de que haga relojes, o por lo menos finja arreglarlos con bastante éxito.

El caso es que prácticamente al tiempo y sin habernos puesto de acuerdo escribimos los dos sendas cartas a D. Amando, escandalizados ambos por su culpable tolerancia hacia una expresión que debería estar tipificada en el código penal. La suya la reproduce en su artículo; y, siguiendo sus consejos - con los que siempre me ha ido muy bien - reproduzco aquí la mía, para ilustración y regocijo de mis lectores, a los que tanto quiero. Decía así:

Estimado D. Amando: por mucho que me esfuerzo, y aunque aprecio su buena intención y su “talante”, no consigo compartir su aparente entusiasmo por las “vacilaciones léxicas”. En mi opinión las que usted bondadosamente llama así no son más que el resultado de que un número significativo de hablantes haya dejado de conocer, y por tanto de aplicar, reglas clarísimas que no permiten vacilación alguna. Comprendo que se le haga duro considerar llanamente inculta a una gran parte de castellano hablantes, y que recurra a ese bienintencionado eufemismo de la “vacilación”, pero las cosas son como son. A saber:

1 a) “Lo” y “la” deben usarse siempre que se refieran al objeto directo del verbo. Da igual que sea persona, animal o cosa: si puede ser puesto como sujeto paciente del verbo en pasiva, es decir, si es el objeto directo del verbo en activa, debe ser sustituido por “lo” o por “la”, según su género. NO DEBERÍA HABER EXCEPCIONES. La tolerancia que muestra la Academia a usar “le” como objeto directo cuando se refiere a una persona masculina carece de ningún fundamento, y solo da pie a confusiones, errores y vacilaciones, a mi juicio nada maravillosas. (Insignes hablantes, y hasta escribientes, de nuestro idioma, han sido y son leístas; todos mis respetos hacia ellos, pero el leísmo sigue siendo atroz, incluso cuando son ellos quienes incurren en él. La espléndida traducción de Proust que hizo Salinas esta plagada de “les” donde debería haber “las” o “los”. Cada vez que la leo me duelen los ojos con cada uno de ellos. Mi querida familia política segoviana es tan encantadora como culta, pero cada vez que les oigo decir “le” donde deberían decir “lo” o “la” me cuesta trabajo evitar el respingo)

1 b) En justa correspondencia, “le” SOLO debe usarse, y SIEMPRE debe usarse, para sustituir al objeto indirecto, con total independencia de que se trate o no de una persona, y de cuál sea su género, sexo o inclinación amatoria.

1 Resumen:
“¿Has visto a Pedro?” – “Sí, LO encontré el otro día y LE dije que te llamara.” – “¿Y a Maria?” – “No, no LA he visto desde hace tiempo. O LA han echado o LE han dado unas vacaciones.” – “¿Has decapitado al pollo?” – “No, no LO he decapitado. Solo LE he dado un tajo en el cuello. LO he degollado.”

Como diría Bugs Bunny, esto es todo, amigos. No hay ningún otro criterio para decidir entre “le”, “la” y “lo” y, aplicándolo, no hay lugar a la menor vacilación. Es decir, sí: podemos vacilar entre decirlo bien y decirlo mal. (Y, por cierto, no sé de ningún otro idioma afín al español en que suceda nada parecido. Los franceses y los italianos no consiguen entender qué nos pasa a los españoles con este asunto. Ellos lo tienen clarísimo, no se equivocan jamás en su idioma - ni, cuando lo hablan, en el nuestro - y no se explican por qué nosotros nos equivocamos tanto)

2 a) “Mío”, “mía” y su común apócope “mi” son adjetivos. Como tales solo pueden predicarse de sustantivos. Basta esta sencillísima regla para explicar por qué ninguno de ellos puede acompañar a palabras tales como “delante”, “detrás”, “encima” , “debajo”, “enfrente” o “en contra”. Como todas ellas son adverbios, y no sustantivos, no pueden hacerse acompañar de ningún adjetivo. Para hacer esta imposibilidad más evidente, tienen la amabilidad, como buenos adverbios, de carecer de género, con lo cual recuerdan al hablante distraído su naturaleza y lo disuaden de decir burradas ¿Debajo “mío” o “mía”? ¿Es “debajo” masculino o femenino? ¿”Un debajo” o “una debajo”?¿Ninguna de las dos cosas? ¡Ah, claro, NO es un sustantivo! ¡Por tanto no se le puede acoplar ni “mío” ni “mía”, sólo “de mi”! Este debería ser el proceso lógico de nuestro hablante distraído, si no tuviera el oído estragado por tanta y tan maravillosa vacilación léxica.

2 b) No obstante lo cual hay algunas “locuciones adverbiales” (qué horror, qué cosas podemos llegar a decir), como “al lado”, que, mire usted por dónde, resultan estar formadas con un sustantivo. “Lado” es un honorabilísimo sustantivo de género masculino y, como tal, admite sin el menor problema que se le califique de “mío”, “tuyo”, “suyo” o cualquier otra cualidad adjetiva. Puede, por tanto, decirse “al lado mío” o “a mi lado” con entera corrección, y esto, lejos de ser una excepción a la regla enunciada en 2 a), es, muy al contrario, el resultado lógico de aplicarla estrictamente.

2 Resumen :LOS ADJETIVOS SOLO PUEDEN ACOMPAÑAR A SUSTANTIVOS (por eso no pueden acompañar a “en contra” o a “debajo”) Y SIEMPRE PUEDEN HACERLO (por eso pueden acompañar a “lado”). Una vez más, solo puede vacilar quien no sepa lo que todos deberíamos saber.

Insisto, D. Amando: estimo en lo que se merece su bienhumorada tolerancia, pero las vacilaciones léxicas me parecen, personalmente, tan maravillosas como me lo parecerían las “vacilaciones” de la estructura de un edificio en el que todos viviéramos. Siempre cabría la hipótesis optimista (“
No, es que el edificio está creciendo, por eso se mueve”) pero yo no lograría evitar el fundado temor de que se nos acabara cayendo encima.