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martes, 9 de septiembre de 2014

Confesiones de un falsificador

Para Diego, mi desconocido lector,
con un cordial saludo y todo mi agradecimiento por su interés y su perspicacia. 






 
Carlos Gardel - A la luz de un candil


La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

La verdad es que estoy avergonzado. Tengo que hacerles a ustedes una confesión, y no sé ni por dónde empezar... ¿Cómo puedo decirles..? ¿Qué van a pensar ahora de mí..?

Me dejaré de ambages: les he mentido a ustedes. Como un bellaco y sobre un montón de asuntos. Este blog, que había sido siempre un dechado de franqueza, contiene desde hace poco, emboscada entre más de cien honrados posts que no reflejan otra cosa que la sincera expresión de mis meditaciones, una entrada, una sola, que, en cambio, consta casi solamente de mentiras, engaños y falsificaciones. Un verdadero fraude, en resumen, cuya existencia viene pesando cada vez más sobre mi atribulada conciencia. Creo llegado el momento de librarme de este peso, con el que se me está haciendo muy penoso vivir.

Por un  lado agrava mi mala conciencia la amable impasibilidad con que, en general, han encajado ustedes mis embustes. No es que  me haga ilusiones sobre mi propia pericia como falsario, no, ni sobre su credulidad de ustedes: estoy seguro de que, torpe además de mentiroso, ni siquiera he logrado engañar de veras a gran parte de mis lectores.  Pero esto, como les digo, no hace más que empeorar mi grave falta. O bien, me digo, he abusado de la buena fe de estos amigos, a los que ni se les ocurre pensar que pueda yo mentirles, o bien de su cortesía, que les impide desenmascarar mis ardides y dejar en evidencia mis chapuceras invenciones, y les lleva a fingir que se las creen y hasta a hacer como que se interesan por mis conclusiones engañosas. En cualquiera de los dos casos, mi conducta es imperdonable.

Y por otro, empiezan a surgir ciertas voces... Sin perder la amabilidad, e incluso llevándola al extremo de alabarme por el post, ¡y hasta de pedirme disculpas por su intromisión! hay quien pone en duda la veracidad del asunto. Diego, un cortés comentarista, confieso que desconocido para mí hasta el momento pero que parece ser lector habitual del blog, señala que advierte cosas raras en las fotos de Ascone, y en algunos otros puntos del post. Ha ampliado las fotos, ha examinado el pixelado... El nombre del autor de uno de los libros citados le choca... ¡Si no podía ser de otra manera! ¿Cómo pude pensar..?

Mi conciencia atormentada, los derechos de la verdad pisoteada y los de todos ustedes, amables y engañados lectores, exigen, no puedo seguir eludiéndolo por más tiempo, que haga una completa confesión de mis numerosos delitos. Por muy amargo y embarazoso que el trance pueda resultarme.

Paso, pues, a darles pormenorizada cuenta de mis iniquidades. Espero de su bondad que, a pesar de lo dicho líneas arriba, puedan perdonármelas. Trataré de merecerlo exponiéndoles, esta vez, la cruda verdad.

La verdad es que no encontré en Internet la partitura del tango Carita morena. Lo compuse yo mismo durante largas horas de ocio obligado, pasando a tono menor el himno falangista original compuesto en mayor, ajustando la melodía resultante a un nuevo ritmo, añadiéndole unas cuantas florituras de inspiración más o menos porteña y arrabalera y pergeñándole al conjunto el único tosco acompañamiento de tango que he sido capaz de idear en toda mi mal empleada vida, el mismo con que, hace ya años, les espeté mi versión de La Cumparsita.



Júbilo Matinal - Carita morena, versión libre del himno falangista Cara al Sol.

Si recuerdan ustedes, se trata de una maniobra que ya he perpetrado contra otros himnos, como cuando convertí La Internacional en una Habanera triste o cuando hice de la mismísima Marcha Real una especie de foxtrot sincopado que titulé Little Spaniard. Es uno de mis muchos y lamentables vicios, quizás el más arraigado, este de manipular músicas ajenas con culpable desprecio de la sacrosanta propiedad intelectual (contra la que de tantas otras maneras, ¡ay!, tengo atentado), por no hablar de otras víctimas aún más dignas de respeto, como sin duda lo son la Patria y la Revolución. En mi torpe afán no me detengo ni ante lo más sagrado. Trato de enmendarme, se lo aseguro, me prometo a mí mismo no volver a hacerlo nunca más, pero recaigo una y otra vez...

(Mi comentarista Ricardo casi adivinó la verdad, el tango es solo un remedo del himno, está compuesto después que, e inspirado por él, y su título es una clara alusión al del original al que así mancilla. ¿Un patético intento de hacerme perdonar el plagio? ¿Una oculta llamada de socorro, quizás, para que pueda alguien desenmascarar mi engaño e impedirme así perseverar en él?).

(También otra comentarista, C.C., en su ingenuidad de extranjera que probablemente no haya escuchado jamás el Cara al Sol –Dios se la conserve muchos años– anduvo cerca de la verdad. Entendió mal el post, que no acabó de leer, y, sin duda por recordar mis anteriores fechorías musicales, creyó que hablaba de alguna composición mía que andaba por medio de todo este asunto, (como efectivamente sucedía, aunque el propósito del post fuera enmascararlo). Me abochorna ahora recordar con qué despiadada sangre fría deseché sus despistadas suposiciones, para alejarla de la verdad a la que inconscientemente se había acercado tanto).

La verdad es también, por tanto, que ni busqué el dichoso tango entre mis grabaciones de Gardel –mejor que nadie sabía yo que no podía encontrarlo allí– ni lo transcribí trabajosamente con ayuda del Finale. Fue justo al revés. Escribí mi composición con el Finale, (único modo en que mi ignorancia me permite escribir música, pues sin él sería incapaz de comprobar si suena como yo pretendo) y solo una vez hecho esto copié sobre papel pautado –y eso sí que fue trabajoso– los primeros compases de la partitura desde la pantalla de mi ordenador.

Mías son, pues, y achacables solo a mi propio e inepto desaliño, las lamentables patas de mosca que atribuí al pobre Ascone; y la copia en papel de la partitura, lejos de figurar en ningún catálogo internético, yace aún sobre mi mesa de llamémosle trabajo, acumulando polvo como merece. Ni siquiera existe la segunda página –me cansé de copiar antes de llegar a ella– y, por tanto, los falsos datos que sitúan su composición en Punta del Este, en Enero de 1930, son solo una afirmación mía, no figuran escritos en parte alguna. Doblemente falsos, pues. La foto que colgué en el post la hice con mi móvil, como por otra parte es fácil deducir por lo clamorosamente mala que es.


La verdad es, por todo ello, que el autor de la fraudulenta musiquita no es Óscar Ascone. De hecho Óscar Ascone, lamento decirlo, no existe ni nunca existió. Es solo un nombre que ideé con el único criterio de que sonara lo más parecido posible al mío propio. (¿Otro intento inconsciente de desalentar la credulidad de los lectores? Me gustaría creerlo así...) Mi apellido, que muchos de ustedes conocen y que pueden averiguar, los que no, con gran facilidad –basta con ver cuál era el de mi abuelo paterno, que ha aparecido alguna vez en este blog– suena de modo muy similar al conjunto "oscarascone". Me bastó con inventarme otro que pareciera más o menos italiano, Ascone, y añadirle por delante un nombre de pila que terminara en "car". Dudé un tiempo entre Amílcar y Óscar, y me decidí por este último para no ensañarme innecesariamente con mis lectores, dicho sea en mi levísimo descargo.

La verdad es también que llegado a este punto tuve un inesperado golpe de suerte. Mi propósito era fingir que el tal Ascone había sido un oscuro músico argentino, de ascendencia italiana como tantos de ellos. Para comprobar si era posible que un italo-argentino llevara semejante apellido, metí en Google "Ascone", a ver si alguien realmente existente se llamaba así. Y descubrí, con asombro y regocijo –ahora me avergüenza recordar mi júbilo de entonces, la malsana satisfacción con que vi facilitarse mi torticero empeño; pero el diablo ciega a los que quiere perder, y en aquel momento, me alegré– que no solo existía el apellido en cuestión, sino que uno de sus portadores era, además de uruguayo –esto es, casi argentino– músico de profesión y coetáneo de la mejor época del tango. ¡Pues qué bien!, me dije, comprendiendo que todo ello hacía más verosímil la existencia del inexistente Óscar. Y me afirmé, siento decirlo, en mi reprobable propósito.

No es por tratar de disculparme, pero la verdad es que las siguientes invenciones no fueron sino consecuencias lógicas, casi inevitables, de este malhadado hallazgo. Si Óscar debía aparecer como un hermano menor, bohemio y descarriado, del respetable Vicente de igual apellido que había encontrado yo en la Wiki, bien podía ser que en los medios musicales de Buenos Aires se le conociera como el pibe Ascone, para diferenciarlo del otro. Y si se dedicaba al tango en los años treinta ¿cómo no relacionarlo con Gardel? Para lo cual no hallé mejor modo, en mi insania, que falsificar una foto del insigne cantante, añadiendo en ella la presencia de un cualquiera al que hacer pasar por el pibe. 

Aquí he de confesar un nuevo pecado, el de vanidad. La verdad es que no teniendo Ascone, por motivos evidentes, facciones propias, decidí darle las mías, –¡bravo, Diego!– para así adornarme de algún modo con la gloria que me proponía atribuirle. Escogí, de entre las muchas fotos de Gardel que pueden encontrarse en Google, la que mejor se adaptaba a mis vituperables designios, que resultó ser el anuncio de una de sus películas (enhorabuena de nuevo a Diego, tan culto, por lo que se ve, como observador):

y la manipulé vergonzosamente. La recorté, le cambié el color y, más grave aún, al rostro del inocente y anónimo actor que juega a las cartas en el lado derecho le superpuse una foto mía tomada, creo, durante mi ya lejano viaje de novios:










La verdad es que tuve que trabajar un montón para obtener el rácano resultado que colgué en mi  post mendaz. Sin más medios que el Paint, bastante rudimentario, y el editor de imágenes de mi teléfono movil, no mucho mejor, dediqué algunas horas, que habrían hallado mejor empleo en cualquier otra tarea, a tratar de disimular –difuminándolos pixel a pixel– los llamativos contrastes que denunciaban la chapuza, hasta conseguir la imagen, tan poco convincente para un ojo mínimamente crítico, como hemos visto, que todos ustedes han podido ver –seguro que sin dejarse engañar por ella, aunque la cortesía les haya llevado, todo lo más, a sugerir amables dudas–. 

Ignoraba por completo, claro está, dónde ni cuándo había sido tomada la foto, ni quiénes eran los que acompañaban en ella a Gardel. Pero, sin freno ya en mi vertiginoso deterioro moral, no tuve el menor empacho en inventarme todos los datos que creí necesarios. Escogí dos argentinos cualesquiera que la Wiki me proporcionó como coetáneos y amigos del cantante, les añadí al Ascone espurio y los situé a todos en el mismo lugar y época que había atribuído a la falsa partitura. Y, la verdad, me quedé, así de embrutecido estaba ya a esas alturas, tan ancho.

Tenía ahora que encontrar la manera de relacionar a Ascone con España, y más concretamente con la Falange. Lo medité largo tiempo, porque lo de un uruguayo seducido por los ideales joseantonianos no acababa de convencerme. Y recordé haber leído algo sobre posibles simpatías entre Primo de Rivera y Pestaña, la bandera roja y negra de la Falange inspirada en la anarquista... Eso ya sonaba mejor. Un uruguayo anarquista entraba dentro de lo posible y ¿que perspectivas más prometedoras para un anarquista sudamericano que las que ofrecía en los años treinta la joven y revuelta República española?

Faltaba explicar cómo había yo llegado a saber de este viaje de Ascone, pero para ese género de cosas ya tenía práctica en utilizar, en empresas más confesables, la utilísima hemeroteca virtual del periódico ABC.  

La verdad es que fue coser y cantar dar con un suelto sobre una detención de anarcosindicalistas. Había cientos de ellos, y escogí uno cualquiera que me conviniera por la fecha y en el que se mencionara el nombre de alguno de los detenidos. La habilidad adquirida en la falsificación de la primera foto me permitió sustituir, con muy poco trabajo, a "D. Juan Ramón González Olaso, presidente que fué de la Unión Patriótica" por "el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad." Cuestión de borrar, copiar y pegar letras, tareas bien fáciles para quien, como yo, tenga cierta destreza en el uso del Paint. Y el hecho, enteramente fortuito, de que la noticia elegida se refiriera a una redada en la que cayeron anarquistas y monárquicos en alegre mezcla fue, desde luego, otra afortunada casualidad, porque favorecía tanto la ambigüedad de la ideología política atribuible a Ascone como la de mi supuesta búsqueda, que así pude presentar como si dudara, al iniciarla, entre las dos direcciones del espectro político.

(La verdad es, por tanto, que la búsqueda de "ascone" en la hemeroteca no ofrece doce resultados. Son once los que aparecen, y ninguno de ellos, naturalmente, tiene nada que ver con Óscar Ascone. Espero fervientemente que por mucho tiempo siga siendo así, y que mi fraude no acabe siendo el argumento de una noticia de ABC en la que sí figure Óscar Ascone...)

Visto lo eficaz que se había mostrado la maniobra de adulterar imágenes, y lo fácil del recurso de "encontrar" fotografías oportunas en libros inexistentes ¿por qué no seguir el mismo procedimiento para relacionar a Ascone con los políticos españoles que mejor convinieran a mis propósitos? (Ya nos advirtió De Quincey que, cometido el primer crimen, los demás vienen rodados en temible y creciente progresión). Busqué fotos de Primo de Rivera y de Pestaña en las que pudiera encajar alguna mía y me enfangué, como si no hubiera un mañana, en las viles labores del fraude gráfico y la añagaza icónica, que tan familiares y hacederas comenzaban, ¡ay!, a resultarme.

Los mentirosos resultados de mi actividad ya los han visto. Los inocentes medios empleados por mi culpable mano, –esto es, la verdad– aquí los tienen ustedes:


En la foto de la izquierda, obtenida de la página de Wikipedia sobre Ángel Pestaña, aparecen él, Salvador Quemades y Salvador Seguí. La Wiki no dice cuándo, dónde ni quién la hizo. La de la derecha, sacada de esta página, corresponde a un mitin de las derechas celebrado en Arcos de la Frontera en noviembre de 1933, en la campaña de las elecciones generales de ese año. Se publicó en el Diario de Cádiz y no he identificado en ella más que a Primo de Rivera, aunque tiene que andar por ahí también Pemán, por lo menos, que fué otro de los oradores.

En cuanto a las fotos del suplantador, es decir, mías, la verdad es que no tengo muchas de mi juventud, y menos aún en formato digital. Algunas pocas –la de mi viaje de novios que ya han visto, sin ir más lejos– escaneé cuando aún funcionaba mi escáner, actualmente escacharrado, y tuve ahora que usar otra de ellas, la que aquí pueden ver:

en la que se me ve disfrutando de mi juventud, inocente como entonces era, en compañía de tres amigos de toda la vida que temo –pero no es cosa ya de echarse atrás por vergüenza de más o de menos– que puedan encontrarse hoy entre mis lectores. ¡Hola, Ana! ¡Hola, Rafa! ¡Hola, Javier! ¡Ya véis qué cosas!

(Advierto con sorpresa que hace treinta y tantos años usaba yo el mismo exacto modelo de zapatos que ahora mismo).

En resumidas cuentas, la verdad es que es mi cara, la de la foto que han visto, la que suplantó a la de Quemades en el acto anarcosindicalista (tras darle la vuelta, eso sí, por necesidades geométrico-anatómicas) y es también la que, levemente retocada, superpuse en el mitin de Falange a la de pasmarote que exhibía un anónimo candidato derechista.

¡Qué vergüenza, por Dios, qué vergüenza! ¡Qué cara más dura! ¡Qúe tomadura de pelo!


El coloreado es, claro, para disimular en lo posible las diferencias de tono y de luz entre las fotos originales y sus respectivos pegotes. (Pero ni así...) El retoque del pelo en la foto falangista trata de resolver un pequeño problema del que, con todo, se dió cuenta una comentarista sagaz de mi anterior post: la foto con mis amigos (1981, Paseo de La Concha de San Sebastián, por si quieren saberlo) es de diez años antes que la del pibe sin barba y con grandes entradas de Punta del Este (1992, yo días después de mi boda, vaya) , y tengo en ella, por tanto, mucho más pelo –y eso que no cuento el de la barba–. Como estas fotos pretendían ser posteriores en dos o tres años a aquella, no tuve más remedio que intentar clarearme la sien. La verdad es que no con demasiado éxito.
 
Poco queda por añadir. Las consideraciones sobre posibles contactos entre la Falange y la CNT son lo único no mentiroso de todo el post. La cita del libro de Abad de Santillán es también auténtica. Creo que lo leí hace años y que es donde conocí la noticia, que en su día me sorprendió mucho, de que Pestaña y Primo de Rivera se tenían mutua simpatía. Ya ven que el culpable, en último término, de que yo decidiera hacer anarcosindicalista a Ascone para proporcionarle alguna vía de contacto verosímil con la Falange y con el Cara al Sol, es el libro de este señor Abad. ¡Lo que son las malas influencias y las perniciosas lecturas de una juventud mal aconsejada!

Al buscar en Internet su texto para justificar con él mi supuesta hipótesis, volví a leerlo y me sorprendió enterarme de que anarquistas argentinos se habían interesado por la suerte de José Antonio, dato verídico –o al menos no inventado por mí– que encajaba estupendamente con mi historia. Como también me vino al pelo saber, buscando en la Wiki una vez más, que Abad de Santillán había pasado muchos años en Argentina, circunstancia que me dió un buen pretexto para dejar entender que Ascone y él se habían conocido allí, anarquistas como ambos eran, y habían decidido venirse juntos a España. Efectivamente, las coincidencias convenientes se dan con más frecuencia de lo que creemos.

Y hablando de libros y de coincidencias, la verdad es que no sé cómo pudo ocurrírseme que el autor de una biografía de Gardel pudiera llamarse Tobias (¡Tobías, por Dios!) Angosto, T. ANGOsto, (¡Editorial Tangente..!), ni que la autora de un estudio sobre anarquismo llevara por nombre el improbable de Ana Arconada, (¡Editorial Anaquel..!). Buenas están las coincidencias, pero solo se debe exagerar con moderación.

En fin, espero que esta exhaustiva y penosa confesión me valga el que ustedes, hipócritas lectores, mis iguales y hermanos,... perdonen mi censurable conducta. Y si, de paso, les ha entretenido un rato...

jueves, 4 de septiembre de 2014

Un descubrimiento musical de consecuencias políticamente sorprendentes

Investigaciones casuales, histórico-político-musicales, con acertijo incluído.

Los mejores hallazgos, es un tópico, se deben con frecuencia a la casualidad. Díganlo Arquímedes y su Principio, Newton y su manzana o Fleming y su penicilina. O, más modestamente, yo y el descubrimiento musical del que me propongo darles cuenta.

Los más observadores de ustedes habrán notado, quizás, que llevo desaparecido de estos blogs, así del propio como de los ajenos, un cierto tiempo. Por motivos higiénico-sanitarios que no hacen al caso me vi, a finales del invierno pasado, temporalmente impedido de asomarme por Internet. Superados los primeros y más bien incómodos obstáculos que causaban este alejamiento, descubrí, como Dios al séptimo día de la Creación, que era bueno. Y, como Él, decidí descansar un tiempecillo, la perspectiva de dar el cual por concluído solo ahora comienza a aparecérseme como posible. Este largo asueto, que durante los dos primeros meses fue, por decirlo así, absoluto, aunque allá por Mayo tuve que reintegrarme al trabajo propiamente dicho –esto es, al que me procura el sobre mensual–, me dió para dedicarme con intensidad aún mayor de la acostumbrada a mis amadas actividades inútiles, laterales y abstrusas.

Lo han adivinado, sí. Me apliqué con especial dedicación a mis musiquitas. Decidido a mejorar mis habilidades en lo tocante a la composición y transcripción de tangos, que eran –y siguen siendo, a Dios gracias– perfectamente autodidactas –como pueden ustedes comprobar en mi hasta la fecha única pero afortunada incursión en la materia–, me dediqué a buscar, para estudiarlas, cuantas partituras de tango pudiera encontrar con Google.

Que resultaron ser muchísimas. Hasta que no se hace la búsqueda, no se imagina uno la cantidad enorme de partituras de tangos que ofrece Internet. Como de cualquier otra cosa, me imagino, que uno se proponga buscar con este invento prodigioso.

Como suele ocurrir, el exceso de información estuvo a punto de ahogar mi interés. Tras la dificultosa lectura de las tres o cuatro partituras más accesibles estaba a punto de desistir y dedicarme a cualquier otra inutilidad placentera cuando me llamó la atención una de ellas, la que a continuación expongo a su curiosidad y que encontré en uno de los muchos catálogos que exhiben los innumerables sitios de venta de documentos antiguos que pueblan la red:


¿Y cuáles fueron, se preguntarán, las carácterísticas de esta partitura, en concreto, que despertaron mi huidizo interés? Pues varias y distintas, pero fundamentalmente las que paso a enumerar:

- En primer lugar, la sonoridad del nombre de su autor, Óscar Ascone. Óscar Ascone, oscarascone... No sé a ustedes, pero hay algo en estas sílabas que a mí me resultó particularmente atractivo. Como si me llamara...

- Advertí, en segundo lugar, que el autor utilizaba un compás de cuatro partes –cuatro negras– para transcribir el ritmo de tango, en vez del de dos que parecía ser el habitual y canónico en las partituras de tango que hasta ese momento había examinado. Como lo que, en mi ignorancia, me pide a mí el cuerpo es considerar que el compás de tango tiene, efectivamente, cuatro partes, esa coincidencia reavivó considerablemente mi decaído ánimo.

-Y acabé de interesarme cuando advertí que el acompañamiento –la mano izquierda del piano, el tercer renglón de cada grupo de tres– estaba compuesto por acordes sincopados de tres notas, cinco acordes por compás, de tres corcheas cada uno, separados entre sí los cuatro primeros por un silencio de corchea. Exactamente el mismo, y torpe –pero eficaz– acompañamiento que yo había pergeñado, años ha, para mi estupenda versión de La Cumparsita cuyo enlace les he puesto líneas arriba, acompañamiento que, con mi búsqueda, trataba precisamente de mejorar y superar. ¿Sería este tal Ascone un alma gemela mía?

Bien podía serlo, porque el desaliño con que la partitura estaba manuscrita sugería que se trataba de un músico tan inexperto e improvisado como yo mismo. Si yo no tuviera el Finale NotePad y me viera obligado a escribir a mano mis pobres intentos compositivos, sospecho que mis partituras no serían muy distintas del notable galimatías que pueden ustedes apreciar en la foto, y que solo con gran esfuerzo, mucha imaginación y dejándome los ojos fui capaz de transcribir con mi mágico programita musical.

Porque eso, transcribirlo para ver cómo sonaba, fue, naturalmente, lo que acabé por hacer. Y lo que de ello resultó, que pueden ustedes escuchar a continuación pulsando sobre la flechita, fué lo que terminó de encender no ya mi interés, sino una autética obsesión por averiguar quién era este Óscar Ascone, y cuál era la historia de su sorprendente Carita morena. Escúchenlo, escúchenlo ustedes y díganme luego si es para menos:


Oscar Ascone - Carita morena  (Mi transcripción con Finale NotePad)

Advierten ustedes el inequívoco parecido ¿no? Para mí, al menos, resultó evidente ya tras escuchar los primeros compases. De hecho, solo parecen diferir el ritmo y la tonalidad. Constaté que la segunda y última hoja de la partitura estaba fechada en "Punta del Este, Enero de 1930", comprobé en Google algunas otras fechas que enseguida acudieron a mi mente y una curiosísima, pero creo que verosímil hipótesis comenzó a tomar forma en ella.

Ya antes de hacer y escuchar la reveladora transcripción había buscado a Ascone en la Wikipedia. No lo encontré, aunque sí a un tal Vicente Ascone, músico uruguayo de la primera mitad del XX. Según la Wiki no parece que nunca compusiera tangos, aunque sí "destacó como compositor folclórico de raíces americanas". Las fechas y la zona del globo en que vivió, en cualquier caso, hacen bastante probable que incurriera ocasionalmente en la composición de tangos. Y Punta del Este, donde está fechada la partitura, es una conocida playa uruguaya. Pero la torpeza de la escritura no parece corresponder a un músico profesional, y, sobre todo, Óscar no es Vicente. ¿Un hermano, quizás, aficionado también a la música por tradición familiar y capaz de hacer sus propios pinitos musicales, sin alcanzar el nivel que permite figurar en la Wikipedia ochenta años más tarde?

Todo puede ser, me dije antes de emprender la búsqueda de un problemático "Carita morena" entre las más de cuatrocientas grabaciones de Carlos Gardel, su obra completa, creo, que conservo en mi disco duro. (En el de mi ordenador, quiero decir. En el mío propio hay también unas cuantas, pero no todas). Tenía la esperanza de poder escucharlo y ahorrarme así la dificultosa lectura y transcripción de las patitas de mosca de Ascone, pero no hubo suerte. Si Gardel cantó alguna vez a esta carita morena –cosa que, a la luz de lo que luego descubrí, parece bastante probable– no dejó constancia grabada de ello, o al menos yo no la tengo.

Perseveré en mis investigaciones, empero. No todo puede encontrarse en Google, me dije. Y como en la biblioteca pública de mi barrio hay dos buenas monografías dedicadas al tango, amén de una excelente biografía de Carlos Gardel,  dediqué una tarde entera al examen detenido, casi lectura completa, de las tres obras. Los índices onomásticos no recogían a ningún Ascone, ni Vicente ni Oscar. La cosa no parecía prometer mucho, pues. Pero la constancia siempre tiene su recompensa y la casualidad vino en mi ayuda una vez más. Entre las fotos reunidas en las últimas páginas de la biografía (1) se encontraba la que aquí ven:

El pie, al dorso, explica: "Yacht Club de Punta del Este, Uruguay. Verano de 1930. Carlos Gardel juega a cartas con unos amigos. A su derecha Francisco Canaro, a su izquierda el pibe Ascone y enfrente, de espaldas a la cámara, Enrique Santos Discépolo".

¡El pibe Ascone! Puede tratarse de Vicente, desde luego, del que no he encontrado en Internet ninguna foto. Pero en 1930 Vicente Ascone tenía treinta y tres años, acababa de estrenar una ópera y de fundar una orquesta y, por todo ello, no parece muy verosímil que se le conociera por "el pibe". Este apelativo parece más bien, se me ocurre, un modo de diferenciar a este Ascone, el de la foto, de otro, mayor, más importante y más conocido; precisamente, creo muy posible, de su ¿hermano?.. homónimo, en cualquier caso, Vicente.

¿Es pues Oscar Ascone el joven de pronunciadas entradas y mirada inquisitiva que aparece en el primer plano de la foto, a la derecha del espectador y a la izquierda de Gardel? Si descartamos que sea Vicente, parece francamente probable. Y en ese caso es también muy posible, como hace un rato les anunciaba, que Gardel haya cantado, en el calor de alguna farra estival, el Carita morena compuesto ese mismo verano y en ese mismo lugar por su compañero de juego. No me digan que no es tentador creerlo así para un investigador novel y de escasos medios como yo. Tan tentador que resolví ipso facto que no podía ser de otro modo. El pibe Ascone que aparece en la foto jugando a las cartas con Gardel era mi Ascone, sin duda. Óscar. Tenía que serlo.

(1) "Carlos Gardel, una vida de tango". Tobías Angosto. Ed. Tangente. 1ª ed., Buenos Aires,  1951.

Pero si la hipótesis que me guiaba era correcta, tenía que existir algún nexo de unión entre este pibe Ascone, uruguayo él, y España. ¿Dónde buscarlo? Sigan mi consejo, venzan cualquier escrúpulo que puedan tener al respecto y, cuando deseen saber de las andanzas españolas de cualquier personaje semi público del siglo XX, diríjanse sin dudar a la hemeroteca internética del ABC. Tiene en pdf todo lo que el periódico ha publicado desde su fundación, y uno encuentra allí lo que busca con la referencia más sencilla y con una velocidad asombrosa. Yo he dado así con varias menciones de mi abuelo, por ejemplo, y de algunos compañeros suyos de fechorías musicales.

Mi búsqueda de "ascone" en la hemeroteca virtual de ABC arrojó doce resultados. Los once primeros se referían, inequívocamente, a noticias de distintas fechas sobre Vicente Ascone. El duodécimo quizás también, pero yo me inclino a pensar que no. Juzguen ustedes mismos:

Merece la pena leer la noticia, aunque sufra la vista. Se refiere a unos incidentes en Bilbao, en el mes de julio de 1933, a raíz de los cuales se detuvo a 18 monárquicos y a 27 anarcosindicalistas. La mezcla era lo suficientemente extraña como para que el gobernador se creyera en el caso de explicar a los periodistas que "no es que vayan unidos, el movimiento es fascista. Pero ya saben ustedes que los anarcosindicalistas están siempre dispuestos a pescar en río revuelto y a movilizarse con cualquier pretexto, y esta era sin duda una buena ocasión para ellos".

Lo sorprendente, no solo para mí sino parece que también para el redactor de la noticia, que lo considera lo suficientemente interesante como para que sea este el único nombre que da de cuarenta y cinco detenidos, es que entre estos figuraba, como verán en el párrafo que he recuadrado,"el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad". Sorprendente y, hay que confesarlo, increíblemente afortunado. Bingo otra vez.

Pero otra vez también la misma duda: ¿a qué "musico uruguayo Ascone" se refiere el ABC? El Vicente de la Wikipedia, hay que insistir en ello, parece un burgués tranquilo, asentado y próspero. Sus actividades de compositor y director en Montevideo, con resonancia –nunca mejor dicho– internacional, hacen que no resulte fácil imaginarlo dando tumbos por España, y dejándose detener en compañía de monárquicos, anarquistas y otras gentes de mal vivir. Si se tratara de él, además, el ABC no habría dejado de consignarlo con el apropiado bombo, en vez de limitarse a ese austero "músico uruguayo Sr. Ascone" y, años después, la Wiki sin duda mencionaría su estancia en España y hasta sus actividades políticas, a ninguna de las cuales cosas hace, en cambio, ni la menor alusión. No, tiene que ser otro músico uruguayo de igual nombre pero menos renombre, costumbres más desordenadas y vida menos "respetable": nuestro escurridizo Óscar, sin duda, una vez más. ¿Quién, si no? ¿Cuántos músicos uruguayos de apellido Ascone es verosímil que haya? Solo dos ya parecen demasiados...

Bien, pues. Con la ayuda del ABC había logrado localizar al pibe Ascone a este lado del Atlántico. Involucrado, además, en una intentona monárquica, o quizás en una algarada anarcosindicalista, o puede que en ambas cosas a la vez. Despistes de extranjeros entusiastas, que no por no acabar de aclararse con la política local renuncian a tomar parte en sus actividades más entretenidas...

La intentona monárquica –fascista, como hemos visto que la llama el gobernador republicano– parecía la más acorde con mi hipótesis, y  a investigarla me puse con ahínco. Un par de tardes más me pasé en mi querida biblioteca pública, escudriñando historias de la II República, tratados sobre el fascismo español y amenidades semejantes. Sin el menor resultado, debo decir. Si Ascone tuvo algún papel en las maquinaciones antirrepublicanas de la extrema derecha española, como parece sugerir la noticia del ABC, no quedó de ella más constancia a mi alcance que esa escueta nota de prensa.

Me dediqué por tanto, más bien escéptico pero aún lleno de determinación, a la pista anarcosindicalista. Sobre este asunto el material disponible era bastante menor, y lo ojeaba yo con pocas esperanzas cuando de nuevo acudió en mi ayuda una increíble casualidad. (Comprendo que el adjetivo "increíble" está adquiriendo una importancia notable en este post. Es lo que hay, ustedes verán lo que hacen con él...)

Vean la foto que encontré en la página 57 de la interesante obra "Sindicalistas, anarquistas y otros utopistas", de Ana Arconada, Editorial Anaquel, Barcelona, 1ª edición, 1981:

Como ven no cabe aquí la menor duda sobre el Ascone de que estamos hablando, aparece con todas las letras como Óscar Ascone. Y tiene que ser el sonriente ciudadano de la barba que se ve a la izquierda de la foto, porque los otros dos son inequívocamente Salvador Seguí y Ángel Pestaña, de rostros sobradamente conocidos. No se parece en exceso al pibe que conocimos como compañero de juego de Gardel, pero tampoco cabe descartar que sean la misma persona. La barba y los años transcurridos entre ambas fotos pueden explicar las diferencias más notables, aunque me ha sido imposible fijar la fecha de esta foto.

A la vista de la cual, convendrán conmigo, sí que podemos estar razonablemente seguros de que nuestro Ascone, el autor de Carita morena, anduvo durante los años treinta por tierras españolas, y de que mantuvo alguna vinculación con las actividades y los miembros del partido anarcosindicalista, del que Seguí y Pestaña eran dirigentes. Eso explica su detención en Bilbao, y abre nuevas perspectivas sobre mi famosa hipótesis. Perspectivas no tan raras como cabría suponer a primera vista. Veamos:
"A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la policía de la República no había descubierto cuál era nuestra función en la F.A.I., lo supo Primo de Rivera, jefe de otra organización clandestina, la Falange española. No hemos querido entonces, por razones de táctica consagrada entre nosotros, ninguna clase de relaciones.

Ni siquiera tuvimos la cortesía de acusar recibo a la documentación que nos hizo llegar para que conociésemos una parte de su pensamiento, asegurándonos que podía constituir base para una acción conjunta en favor de España. Estallada la guerra, cayó prisionero y fué condenado a muerte y ejecutado. Anarquistas argentinos nos pidieron que intercediésemos para que ese hombre no fuese fusilado. No estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las relaciones tirantes que manteníamos con el gobierno central, pero hemos pensado entonces y seguimos pensando que fué un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él no son peligrosos, ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reinvindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!"

La anterior es una cita textual del libro "Por qué perdimos la guerra", de Diego Abad de Santillán, militante anarcosindicalista. Las negritas son mías. Y el texto entero, pero especialmente lo que con ellas he resaltado, me parece francamente ilustrativo sobre las innegables concomitancias que, al menos antes de la guerra, existieron entre dos movimientos tan alejados políticamente como la FAI y Falange Española, y sobre la plasmación que estas concomitancias pudieron encontrar en personajes como nuestro esquivo Ascone.

Abad de Santillán, por cierto, vivió muchos años en Argentina. No puedo dejar de conjeturar que conociera allí a Óscar, y que fuera él el medio por el que este se introdujo en los medios anarquistas españoles. Incluso pienso que pueda ser Ascone uno de los "anarquistas argentinos" de los que nos cuenta Abad que trataron de mediar a favor de José Antonio.


De ser cierta mi hipótesis los colores rojo y negro de la bandera falangista no serían los únicos préstamos que la Falange tomó del anarcosindicalismo español. Y puede que haya otro más. Si miran ustedes aún una última foto de las muchas que he estudiado, en la que se ve a Primo de Rivera hijo en un acto de su partido, rodeado, es de suponer, de simpatizantes y correligionarios:
 

¿No les recuerda a nadie el rostro barbado y sonriente que se ve cuatro cabezas a la izquierda de José Antonio (derecha del fotógrafo)? No sé, no sé, pero yo no me atrevería a asegurar que no sea... ¿una casualidad más? ¿Un infiltrado? ¿Un despistado? ¿Un converso? ¿O un mediador?

A todas estas, estoy dando por supuesto que han advertido ustedes el sorprendente parecido musical que yo mismo descubrí al escuchar por primera vez Carita morena; y que, en consecuencia, han llegado a la misma hipótesis que yo concebí en ese momento y a la que estoy refiriéndome todo el rato. ¿Me equivoco?

Háganmelo saber, si estoy en lo cierto y lo creen oportuno, dirigiendo sus respuestas a ohvanbrugharrobagmailpuntocom. Y siéntanse libres, en cualquier caso, de hacer los comentarios que deseen si han encontrado en este largo post algo que les parezca merecerlos, a ver si vamos recuperando las buenas costumbres. Muchas gracias.

lunes, 11 de mayo de 2009

Más experimentos musicales

Fabrica tu propio karaoke

Quienes de ustedes, queridos lectores, juzguen que tuvieron más que suficiente con mi anterior post musical, cierren este y tengan la amabilidad de esperar unas cuantas semanas al siguiente, a ver si hay más suerte y se me ha pasado. De momento estoy con más de lo mismo.

Resulta que mi hermano el italiano, probablemente con la esperanza de que le deje tranquilo y no le pida más acompañamientos guitarrísticos, me descubrió un nuevo programa informático musical, el Finale NotePad. Hace más de un mes de mi primera toma de contacto con él y aún no me he recuperado de la impresión. Si los ordenadores no tuvieran otra aplicación, solo por esta merecería la pena inventarlos.

El Finale es un programa en el que tú escribes partituras y la máquina te las toca. En la pantalla te aparece un pentagrama, con el compás y la tonalidad que tú le hayas indicado, en el cual vas escribiendo notas. Luego basta apretar un botoncito para que suenen las notas que has escrito, con distintos timbres que imitan con éxito desigual los sonidos de los diferentes instrumentos. Admirablemente, portentosamente sencillo.


El único problema, claro, es que hace falta saber escribir música, cosa de la que yo tengo las nociones más rudimentarias que se pueda imaginar. A eso de mis diez años mi madre trató de enseñarme el poco solfeo que ella sabía, pero lo dejamos enseguida, en cuanto comprobó que yo prefería irme a seguir leyendo a Julio Verne o a jugar con mi hermano a nuestros juegos misteriosos, cortésmente interrumpidos en cuanto un adulto cualquiera asomaba por nuestro cuarto y reanudados solo cuando se volvía a marchar. De modo que mis conocimientos no pueden ser más básicos.

Sé que, según su duración, las notas pueden ser redondas, blancas, negras, corcheas, semicorcheas, fusas y semifusas, cada una de estas categorías exactamente la mitad de larga que la anterior: dos negras duran lo que una blanca, dos corcheas lo que una negra, dos semicorcheas lo que una corchea... Cuantos más ganchos lleve en el rabito, más veces hay que dividirla por dos... (Felizmente el programa, que está en inglés, no utiliza estos nombres absurdos, sino que las llama directamente "whole note", "half note", "quarter note", "eighth note"... con lo que no necesitas recordar a qué condenada fracción de nota equivale una fusa o una semicorchea, cosa de la que a mis años ya no me siento capaz.) Sé que las notas son do, re, mi, fa, sol... y que cada una de ellas es bien una rayita, bien un espacio entre rayitas del pentagrama, hacia arriba subiendo y hacia abajo bajando, y con el sol o el fa colocados en la rayita -o en el espacio entre rayitas- que diga la correspondiente clave. Y sé, por último, que una almohadilla rara, #, colocada sobre la correspondiente rayita o espacio, sube en medio tono la nota en cuestión, que pasa a ser do, o la nota que sea, "sostenido" en vez de do a secas, mientras que una especie de "b" cursiva y picuda la baja en medio tono y la convierte en "bemol". Hasta ahí, la totalidad de mis conocimientos de solfeo hasta hace cosa de cinco semanas. El último mes he aprendido algo más, pero tampoco vayan ustedes a creerse que mucho.

(Reconocerán que no caben una terminología ni un sistema de notación más arbitrarios, arcaicos e irracionales, y que al mérito intrínseco que tienen los músicos por ser capaces de inventarse músicas y de interpretarlas hay que añadirle casi otro tanto por que hayan aprendido a leerlas y a escribirlas en un lenguaje tan abstruso, que parece inventado exprofeso para desalentar y alejar.)

Bueno, pues armado con este impresionante bagaje teórico me dediqué a ver si era capaz de escribir, con este invento prodigioso, las músicas que iba recordando. Hacía mucho tiempo que ninguna tarea me absorbía tanto, me hacía disfrutar tan intensamente y me ponía tan nervioso. Determinar si hay que poner un do sostenido o un mi bemol es bastante sencillo, al fin y al cabo uno sabe si la nota que busca es más alta o más baja que la anterior, y si no es dos tonos más alta, será dos tonos y medio. Cuestión de tantear. Pero ¡ah, averiguar cuánto tiene que durar la bendita nota, si se trata de una corchea, de una negra o de la madre que la parió! Me he tirado horas contando golpecitos de dedo sobre la mesa -tras haber establecido, con grandes dificultades, cuántos "golpecitos de dedo" tiene cada compás, y si cada golpecito es una "eighth note", una "16th note" o qué rayos de "note" es- para luego escribirlo rápidamente, antes de que se me olvidara y tuviera que volver a empezar, y por fin, darle al botoncito y ver si lo que había escrito sonaba como tenía que sonar o si había vuelto a calcularlo todo mal, una vez más.

Eso sí, cuando por fin suena lo que pretendes ¡qué extasis! Creo que si demostrara el Teorema de Fermat y descubriera el modo de salir de la Crisis, todo al tiempo, no experimentaría una satisfacción semejante a la que me produjo el primer "chin-chin-pún" con ritmo reconocible de tango que sonó en mi ordenador después de media hora de cálculos y tanteos fallidos.

Tengo que decir que tras estos primeros ensayos me creo capaz, si persevero en ello, de llegar a escribir con cierta soltura músicas que no sean muy complicadas; pero sé con absoluta certeza que jamás, aunque dedicara a ello el resto de mi vida a razón de diez horas diarias de estudio, llegaría a ser capaz de leer ni la más sencilla. Considero un misterio que haya personas capaces de colocarse frente a una partitura, ese galimatías de símbolos caprichosos y visualmente herméticos, y "leerla" de corrido; y las virguerías que luego hagan con el violín, el piano o la voz me impresionan solo un poco más que esta primera y fundamental proeza de, simplemente, leer.

El programa crea archivos con la extensión .mus -partituras sonoras- que solo pueden ser abiertos y manejados con él, y archivos con la extensión .mid -archivos de sonido- que sirven, además, para otros muchos programas. Buscando en Internet he conseguido uno de ellos (Direct MIDI to MP3 Converter, de PistonSoft, por si a alguien le interesa) que convierte estos archivos MID en MP3, además de hacer con ellos maravillas tales como cambiarlos de tono o de tempo sin distorsionarles el timbre. Y una vez obtenido el MP3, ya puedo abrirlo con GoldWave y usarlo como cualquier otro archivo de sonido: cortarlo, pegarlo y superponerle mi propia voz. En resumidas cuentas, he venido a inventarme mi propio karaoke, y ya no dependo de mi hermano el exilado para este papel. Para cuando se aburra definitivamente de mandarme acompañamientos de guitarra, ya tengo un sucedáneo.

Naturalmente suena mecánico, sin gracia y con un timbre solo lejanamente similar al de una guitarra o un piano de verdad -por no hablar de cuando trata de imitar al violín, lo que suena abiertamente horroroso-. Pero no se puede tener todo. Lo importante es que ahora puedo "tocar" mis propios acompañamientos y, sobre todo, que mientras jugueteo con estas cosas estoy entretenido y no ando por los bares.


La Cumparsita - Júbilo Matinal

El archivo anterior es mi versión particular de "La Cumparsita", la primera pieza cuya partitura he sido capaz de escribir yo solito, tras oir la versión de Gardel para refrescármela y poder escribirla en el mismo tono. Gardel la cantaba con un austero acompañamiento de guitarra, de modo que todas las florituras pianísticas de esta versión hay que achacarlas al residuo que dejan cuarenta años de escuchar tangos. Igual que si le dan ustedes un jardín a un jubilado lo llenará de enanos, fruto de sus fantasías infantiles sobre el campo reprimidas durante una larga vida de oficinista, denle ustedes un tango a un arreglista aficionado como yo y ya ven de qué clase de fantasías morunas, o más bien pseudo porteñas, lo deja sembrado. En cuanto a la interpretación vocal, nada puedo decir en mi descargo sino que está cantado a las diez de la mañana y en estado de perfecta sobriedad. Así no hay manera, claro.

miércoles, 4 de junio de 2008

Tango



Carlos Gardel - Tomo y obligo

Me he criado oyendo cantar tangos. A mi madre, concretamente, que cantaba casi constantemente, prácticamente siempre que estaba sola y no haciendo algo, como leer u oir música, que se lo impidiera. (De algún sitio tenía yo que haber sacado mi manía de silbar todo el rato y la universalidad de mis gustos musicales.) Mi madre cantaba de todo, pero principalmente tangos, aprendidos por alguna ósmosis misteriosa -¿había radio en las casas españolas de los años veinte y treinta?- además de copla española -esta sí sé que aprendida directamente de una "muchacha" de su casa de pequeña; Concha Piquer me ha llegado por rigurosa tradición oral- zarzuela y versiones vocales, arregladas sobre la marcha por ella misma, del principal repertorio clásico para piano, aprendido este de mi abuela, su madre, que era una excelente pianista. Y cantaba tangos de Gardel, cuya fulgurante carrera coincidió con su infancia y juventud. Cuando mi madre murió, hace catorce años, tenía más de cien letras de tangos de Gardel, tomadas al oído, manuscritas en dos o tres cuadernos. Mi hermana, que es la bibliotecaria de la familia, los tendrá guardados por algún sitio.

El tango, por tanto, forma parte del paisaje de mi infancia como las piezas del exin bloc, los soldaditos de plástico o las novelas de Guillermo Brown, JulioVerne, Louise M. Alcott, P.C. Wren y Enid Blyton. Aquel mundo de música desgarrada e historias sombrías - sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando; eche, amigo, no más, échele y llene hasta el borde la copa de champán; barrio plateado por la luna, rumores de milonga, es toda mi fortuna; cieguita, dije yo con gran dolor; sentir que es un soplo la vida; arrésteme, sargento, y póngame cadenas; te quise tanto que al rodar, para salvarte sólo supe hacerme odiar; decí, por Dios, qué me has dao... - forma un temprano sedimento de mi vida que probablemente es uno de los motivos de mi arrebatada simpatía por todo lo argentino. Ya mayorcito, trece o catorce años, escuché por primera vez una grabación de Gardel y descubrí dos cosas: que era un cantante excepcional, con un manejo de la voz como personalmente no creo haber oído otro semejante, y que mi madre tenía un oído excelente, porque las versiones que yo había aprendido de ella no diferían ni en una nota de las del maestro. Las letras, en cambio, si habían sufrido alguna transformación, los giros porteños más indescifrables sustituidos por equivalentes fonéticos más inteligibles para un oído madrileño.

De manera que para mí el tango ha sido Gardel, y pare usted de contar. He ignorado, más o menos culpablemente, cualquier manifestación tanguera posterior a 1935, pero a cambio tengo la obra completa de Carlitos metida en mi ordenador, y gran parte de ella también en mi cabeza. Si el ambiente es el apropiado y la cantidad de alcohol en sangre la suficiente, llego incluso a cantarla con buena voz, excelente entonación y mucho sentimiento. Por parte del intérprete y también, aunque de otra naturaleza, por parte de los oyentes. Tranquilícense ustedes, sucede rara vez.

A cuento de qué toda esta intempestiva autobiografía, se preguntarán ustedes. Pues de nada . O sí, en realidad: de contarles que hace cosa de un mes renové por fin mi anticuada visión del tango escuchando las espléndidas versiones que de un buen número de tangos de los años cuarenta y cincuenta -que supe entonces que son la Edad de Oro del tango; por lo que mi adorado Gardel debe de ser más o menos la Prehistoria- toca un grupo de cuatro violoncellos, o chelos, como al parecer lo llaman los profesionales: el cuarteto Quattricelli. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien con una música escuchada en directo. Los arreglos para una formación instrumental tan poco frecuente son magníficos, compuestos por uno de sus miembros. Y la interpretación es insuperable, un disfrute ininterrumpido. De lo más recomendable que he escuchado en mucho tiempo. Si pueden, no se lo pierdan. Yo no dejaré de avisarles en cuanto sepa de una nueva actuación.
Actualización: Creo que mi comentarista anónimo se ha ganado una ilustración musical. El tango con que me obsequia, "Enfundá la mandolina", es una obra maestra -empezando por el título, sutilmente alusivo- que merece ser conocida de todos ustedes. También "Garufa", con el que yo le contesto, hubiera quedado muy bien colgado aquí, pero no lo tengo. Debe de ser que, contra lo que yo creía, ese no lo grabó Gardel, porque creo tener su obra completa.


Carlos Gardel - Enfundá la mandolina