Mostrando entradas con la etiqueta Jueces. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jueces. Mostrar todas las entradas

jueves, 3 de abril de 2008

Juro decir toda la verdad




Chicho Sánchez Ferlosio - Hoy no me levanto yo

Mal día hoy para ir a los tribunales. Un vistazo al periódico de esta mañana me hace saber que sigue la huelga de funcionarios de Justicia, desde hace dos meses; que el Tribunal Supremo ha tenido que absolver a un asesino porque la Audiencia Nacional decidió que bien podía condenarlo sin escuchar a la principal testigo, que esa mañana no estaba fácil de localizar; que hay una juez que está siendo juzgada por haber dejado más de un año en la cárcel a un inocente, se le pasó a la mujer tramitar debidamente la absolución, qué quiere usted, no se puede estar en todo; y todo eso mientras estamos tratando aún de asimilar la noticia de que, si el Juzgado se hubiera ocupado con mediana eficacia de hacer cumplir la condena que le había impuesto, el asesino de Mari Luz habría estado en la cárcel y no matando niños por ahí. Mal día, digo, para ir a los tribunales, si es que hay alguno que no lo sea. Pero estoy citado a las doce, y allá voy, con mi mejor disposición cívica. Si el Juez me mira feo, me propongo, pondré cara de no haber leído un periódico en mi vida.
La última vez que estuve en los Juzgados de Pueblo Gordo, hace algo más de dos años, estaban en los bajos de un bloque de pisos baratos, un local sórdido, desangelado e incómodo. Testigos, abogados, imputados y litigantes soportaban, de pie y cambiando observaciones anodinas, o rumiando en silencio pensamientos ominosos, la espera interminable, inexplicable e inexplicada, en una sala angosta de paredes desconchadas, cubiertas de edictos, avisos sindicales y anuncios de remotas campañas institucionales, mientras un par de guardias de seguridad los observaban con recelo distante. Muy de vez en cuando un funcionario hosco y apresurado asomaba por la misteriosa puerta del fondo y voceaba el nombre de la siguiente víctima. Bastaba pasar allí diez minutos para sentirse vagamente culpable, contagiado del clima general de irremediable desaliento. Pero los han trasladado a un edificio nuevo en las afueras y han mejorado notablemente.
Hoy no hay prácticamente nadie en el pasillo soleado de grandes ventanales que hace de sala de espera y al que se abren, en largos mostradores, las oficinas de los tres juzgados. Todo está limpio, nuevo y forrado de madera clara, y una funcionaria amable –que quizás sea la misma sicaria feroz con la que forcejeé telefónicamente hace un par de meses, pero hoy en uno de sus días buenos– nos atiende con gran eficacia y nos asegura que enseguida nos tomará la Jueza declaración. (Me sigue sobresaltando ese femenino forzado, esa A adosada con brutales paletadas de cemento sobre la pulcra fachada de la Z, y lo que más me atribula es comprender que acabaré por acostumbrarme y por usarlo yo también, porque el espantoso invento no parece tener marcha atrás.) Y, efectivamente, a los cinco minutos de nuestra llegada invitan amablemente a mi jefa a que pase a uno de los despachos que hay entre mostrador y mostrador.
Paseo de un extremo a otro el largo pasillo, y voy escuchando en cada sala la charla de los funcionarios, o más bien de las funcionarias: prácticamente todas son mujeres. Teclean en sus ordenadores mientras se cuentan animadamente de mesa a mesa sus dietas de adelgazamiento y sus planes de fin de semana. Una chica joven se acerca al mostrador. Quiere saber qué ha pasado con una denuncia que puso en Julio. “Llevo ya no sé cuantas puestas y es como si no pusiera nada...” –dice, entre agresiva y suplicante. La funcionaria le pide fechas y números de expediente en el inconfundible tono del que espera poder contestar: “Es que si usted no me da más datos yo no le puedo decir...”, pero la chica ha venido bien pertrechada y empieza a sacar papeles. “Pues no sé, se estará tramitando. Espere usted, voy a ver...” Vuelve a su mesa la funcionaria y remueve carpetas un largo rato, mientras en el mostrador la chica desgrana una letanía que ni ella misma debe saber bien a quién dirige: “Otra vez, por lo de siempre, impago de la pensión por alimentos... Nunca la paga y no le pasa nada, nadie hace nada... Un desgraciado, un maleante, que me ha hecho de todo y ahí anda, en la calle, y encima me amenaza... pero el hijo es tan suyo como mío y tiene que comer...” Me da vergüenza de repente estar escuchando intimidades y me alejo pasillo adelante, pero no puedo dejar de oir. Otra funcionaria ha intervenido desde su mesa, alzando la voz como quien da la cuestión por concluida: “Señora, es que si está en la calle, como usted dice, ya me dirá cómo va a pagarle a usted nada...” La chica intenta explicar que no es que esté en la calle de estar en la calle, que lo que ella quiere decir... pero la interrumpe la primera funcionaria, que viene con una carpeta: “Mire, sí, lo que yo le decía, se está tramitando. Pero es que por lo penal no va usted a conseguir nada. Pida usted un abogado, porque lo que tiene que hacer...” “Si no me lo dan –dice la chica, con un cabreo sordo, universal y crónico que se ve que trata de controlar para no dirigirlo contra nadie en concreto– un abogado no me lo dan porque se supone que tengo medios... para meterme en abogados estoy yo, yo lo que tengo es un niño de doce años que tiene que comer...” pero se cansa a la mitad y escucha las largas explicaciones de la funcionaria, que le habla de abogados y del procedimiento civil. “¿Y cuándo puedo hablar con la Jueza o con la Secretaria?” Hoy no puede ser, tienen declaraciones. Mañana a primera hora, a las nueve o las diez... Se acaba despidiendo y se va dando las gracias, como si quisiera hacerse perdonar el tono reivindicativo con que entró. Las funcionarias comentan animadamente el caso. “Cuando se pase el síndrome de Mari Luz...” oigo que dice la lista, la concluyente que más grita. Deseo que fuera ella mi contrincante del teléfono.
Mi jefa lleva casi una hora declarando. Sale por fin y me guiña un ojo mientras me invitan a pasar a mí. Es una sala grande, tan pulcra y luminosa como todo en este edificio, con una gran mesa ovalada en el centro. En un extremo de la mesa está sentada la que supongo la Juez, una chica joven, de cara tensa y concienzuda, que me invita amablemente a sentarme yo también. Tras ella, en una mesita auxiliar con un ordenador, hay otra mujer, ¿secretaria? ¿administrativa? Así sentados los dos alrededor de la gran mesa parecemos una visita de poca confianza o una reunión de trabajo, más que un juzgado. La Juez me parece algo ansiosa al preguntarme si juro o prometo decir la verdad. Juro decir toda la verdad. Me dice que el falso testimonio, o quizá el perjurio, no recuerdo, es un delito penado con no sé cuántos años de cárcel, y a mí me suena como un comentario casual con el que tratara de romper el hielo y de dar con un buen tema de conversación. Asiento amistosamente. Me gustaría mucho que esta chica, que parece buena gente, se relajara un poco.
–¿Sabe usted de qué se trata? –me pregunta. Hombre, precisamente de eso quería yo hablar.
–Pues mire, no debería saberlo. La citación no decía nada, y cuando llamé a este Juzgado para que me informaran tampoco quisieron hacerlo. De modo que no volví a pensar en ello hasta hace unos días, cuando le dije a mi jefa que hoy tenía que venir aquí. Fue ella la que me explicó que debía de ser por el asunto de aquel ordenador de la Subdirectora que apareció forzado y con el disco duro roto, y que también ella estaba citada. De modo que sí, más o menos sé de qué se trata.
–“Su jefa” ¿es la señora Directora que acaba de salir? –Asiento y me mira con severidad: –Espero que eso no le impida decir la verdad –No sé a qué se refiere, ni por qué parece tan alarmada. Por un momento me asalta la absurda idea de que haya leído el post que dediqué a mi citación como testigo. Acaba de despertarme la mala conciencia, debe de ser el primer truco que les enseñan en la Escuela de Jueces.
–No, naturalmente… siempre que la recuerde…
Entonces nos enfrascamos en una larga serie de preguntas a las que voy contestestando lo más sinceramente que puedo. ¿Cuándo supe yo que la Directora había destituído a la Subdirectora? ¿Sabía yo que habían regañado? ¿Sabía por qué? ¿Me contó la Subdirectora por qué había decidido pasarse a la competencia? ¿Cuándo supe que su ordenador no funcionaba? ¿Estaba yo delante cuando se lo comunicó a la Directora? ¿Estaba yo delante cuando hizo el acta de arqueo?.. La Juez parece sincera y personalmente interesada en averiguar detalles que no sé a cuento de qué vienen, y a mí me hace sentir algo incómodo, todo el interrogatorio tiene un cierto aire de cotilleo de patio de vecindad. “Naturalmente que me contaron, Señoría. Las dos. Mucho más de lo que yo hubiera querido oir. Yo era compañero y amigo de ambas y sigo siéndolo de una de ellas, y tengo todas las versiones verosímiles y hasta algunas inverosímiles, de lo que pasó, de lo que no pasó y de lo que vaya usted a saber si pasó o no. Pero no querrá que yo le cuente a usted, por muy juez que sea, confidencias que he recibido en privado de quienes confiaban en mi discreción, y de las que la mitad me parecen conjeturas y suposiciones sin ninguna prueba…” Eso me gustaría decirle y dar la cuestión por amistosamente concluida, pero no es posible, claro. Me limito a decir que no recuerdo, que no me contaron, que sabía lo que todo el mundo en la oficina… Es posible que estuviera delante, visitaba su despacho con frecuencia, pero no recuerdo esa ocasión concreta… ¿A qué se refiere exactamente cuando me habla del acta de arqueo?... Acabo por tener la incómoda sensación de estar mintiendo, porque la Juez insiste, vuelve de otro modo sobre lo dicho y parece que tratara de pillarme en un renuncio. He jurado mal. Debería haber jurado, solo, no decir ninguna mentira. ¿Cómo va nadie a decir toda la verdad? Hasta ahí podíamos llegar, qué disparate… Hasta un juez puede comprender que eso no es ni posible, ni deseable, ni de buena educación.
La Juez está especialmente interesada en saber quién tenía que hacer lo que llama “el acta de arqueo”. No sé de dónde ha sacado esta expresión que, consigo averiguar, no tiene nada que ver con lo que en realidad desea saber. Me despierta la vena didáctica y le explico detalladamente qué es un anticipo de caja, la obligación que tiene su titular de justificar el empleo y situación de los fondos en cualquier momento en que se le pida y mi propia función como controlador de cada céntimo que se mueve en la oficina. No soy mal profesor, creo, y disfruto explicando. Pero me esfuerzo en vano. Pertenece a esa numerosa especie de juristas deliberada y previamente bloqueados frente a cualquier cuestión que sospechen mínimamente relacionada con “las cuentas”. He tenido alumnos particulares de matemáticas mucho menos torpes. Al fin finge haberlo entendido, pero continúa preguntándome cosas como “¿Pero entonces la titular del arqueo, o del anticipo, era usted o ella?” “Pero quíen tenía que hacer el anticipo, o el arqueo: ¿ella o usted?” Tras su ordenador, la escribana me mira y enarca las cejas. Luego, al leer mi declaración, comprobaré que ella sí ha entendido mis explicaciones y las ha reflejado con notable claridad, haciendo caso omiso de las confusas instrucciones que de vez en cuando la Juez se vuelve a darle.
Pasamos más de media hora en esta interesante conversación y al fin mi anfitriona decide darla por terminada. Leo y firmo mi declaración, inesperadamente bien resumida y redactada. Me da la mano para despedirse y la adivino planeando nuevas comparecencias: el informático de la oficina, otra vez la Subdirectora… la veo firmemente determinada a llegar hasta el final, a acabar averiguando por qué riñeron hace un año dos amigas que dirigían juntas una oficinita rural y quién, exactamente, forzó uno de sus ordenadores e inutilizó su disco duro. Aunque el empeño le lleve otro año y otras tres o cuatro mañanas de declaraciones.
En el bar donde entro a reponerme de la prueba me encuentro a la chica que preguntaba por su denuncia. Mira al infinito dando sorbos a una cerveza. Ya ha perdido la mañana de hoy y tendrá que perder también la de mañana si quiere, por fin, hablar con la Jueza y tratar de enterarse de qué puede hacer para que sus denuncias sirvan de algo y alguien obligue al maleante de su exmarido a pagar la pensión que ella necesita para dar de comer a su hijo.

miércoles, 23 de enero de 2008

A buen juez, mejor testigo

Mis relaciones con la Justicia.

Carlos Gardel - A la luz de un candil

Me han citado como testigo. El Juzgado de Instrucción número tantos, del Pueblo Gordo de al lado del Pueblo Pequeño donde está mi puesto de trabajo, me ha mandado una “Cédula de Citación a Testigo” en la que me dice que el próximo 3 de Abril, a las doce, deberé comparecer ante él para prestar declaración “en calidad de testigo, sobre DAÑOS ocurrido (sic) el 1 de Abril de 2007 en Pueblo Pequeño.”
Si se me ocurre no ir “sin alegar causa justa que me lo impida” “me aperciben que” se me podrá imponer una multa de 30’05 a 150’25 euros.
Aparte de estas instrucciones, tan corteses como bien redactadas, la Cédula no contiene mucho más. Un encabezamiento con la identificación del Juzgado y su número de teléfono, la indicación de que el procedimiento son unas “DILIGENCIAS PREVIAS PROC. ABREVIADO xxxx/2007”, y un pie con la fecha, la firma de “EL/LA SECRETARIO”, el sello del Juzgado y mi nombre seguido del cargo que ocupo en mi empresa, que es donde me han mandado la citación.
Esto último, y la mención de que los “daños” de que al parecer fui testigo ocurrieron el 1 de Abril de 2007 en el Pueblo Pequeño donde trabajo son las únicas pistas de que dispongo para tratar de adivinar sobre qué demonios quiere el señor Juez que preste mi testimonio. Quiero decir que ya sé, por ejemplo, que no se trata de una riña entre vecinos de mi casa de Madrid, ni de un accidente de tráfico en la autopista. Es algo, unos "daños", "ocurrido" donde tengo el curro y de lo que al parecer debería estar yo enterado por razón de mi trabajo. Y eso es todo lo que sé.
Pero el caso es que yo, y así lo proclamo solemnemente, no tengo la menor idea de haber sido testigo de "daños" algunos, ni en esa fecha ni en ninguna otra, ni en ese pueblo ni en ningún otro sitio, ni por mi profesión ni por ningún otro motivo. No sé de qué rayos me están hablando -y, lo que es peor, me requieren para que hable yo- y no veo, sinceramente, de qué puede servir mi testimonio sobre un asunto que, si alguna vez he conocido, ha debido de borrárseme de la cabeza.
Por lo que cojo el teléfono y llamo diligentemente -nunca mejor dicho- al Juzgado en cuestión. Tras varias llamadas en tres días seguidos, porque la persona que se ocupa de estas cosas no está el Lunes a tres horas distintas, ni el Martes a otras tres, por fin el Miércoles consigo llamarla a una hora a la que sí está y me atiende. Le cuento mi caso y cuando me dispongo a darle los datos exactos para que me diga de qué se tratan las diligencias y sobre qué voy a tener que testificar, me interrumpe: imposible darme ninguna información por teléfono. Yo puedo ser quien digo que soy, pero puedo también no serlo. Si quiero esa información, tengo que ir en persona al Juzgado. Cualquier día de Lunes a Viernes, de nueve a dos.
Pero, señorita -objeto- en esas horas y días que usted dice yo estoy trabajando. Podré abandonar mi puesto el día para el que he sido citado, porque tengo una citación. Pero no puedo irme alegremente cualquier otro día, solo porque usted no quiera contarme ahora lo que necesito saber.
Pues lo lamenta, me responde, pero así están las cosas. Si quiero saber sobre qué asunto se va a requerir mi testimonio, tengo que ir allí a preguntarlo. Por teléfono, ni soñarlo.
Señorita -insisto, aún cortésmente- siendo así mi testimonio no le va a servir de nada a ese Juzgado. Yo no recuerdo haber sido testigo de nada que pueda ser objeto de un juicio penal. Si se me advierte de antemano de cuál es el asunto puedo hacer memoria, consultar apuntes - ya que, al parecer es algo relacionado con mi trabajo- recopilar datos... algo. Pero si no puedo hacer nada de todo eso y solo el día en que se me ha citado me entero de para qué, nada podré contar. -Y qué quiere usted que yo le haga, me responde. -Pues decirme en la citación de qué asunto se trata, por ejemplo, quién demanda a quién por qué daños y cuál de los dos, demandante o demandado, ha requerido mi testimonio, cosas todas que lógicamente tengo yo derecho a saber si he de ser testigo, le respondo yo. -Me va usted a enseñar a hacer cédulas de citación, dice ella. -No, no parece que haya muchas esperanzas de que pueda enseñársele a usted a hacer nada, digo yo.
Frase esta que, siento decirlo, señala el deterioro definitivo de las buenas maneras en esta conversación. Ella me acusa de querer enseñarle a hacer su trabajo y yo la acuso a ella de conculcar mis derechos de ciudadano y perjudicar el curso de la justicia. Prudentemente no he dado aún dato alguno que permita identificarme; a esa precaución tendré que agradecer el que el día de mi comparecencia no me manden prender según cruce las puertas del Juzgado. Me dejo llevar por la retórica. Lamento que la Justicia española siga empleando en sus tratos con los ciudadanos los mismos modales que la Inquisición, y le ruego que al menos me informe de si va a emplearse la tortura judicial para asegurar la veracidad de mi declaración. Por ir preparado al menos en eso, concluyo antes de colgar airadamente.
Comprendo que he hecho mal. La señorita que me ha atendido es grosera, prepotente y refractaria al razonamiento lógico, pero sin duda no hace más que cumplir normas que no está en su mano cambiar, y no está bien por mi parte buscar querella a quien no puede responderme más que así.
Pero el caso es que este es un razonamiento que empieza a cansarme. Quienes están a mi alcance nunca tienen la culpa, quienes tienen la culpa nunca están a mi alcance. Y yo ya no quiero sufrir más atropellos ni más arbitrariedades mansamente, sonriendo comprensivo a quienes solo cumplen -a veces con visible satisfacción- su obligación de imponérmelos. Si solo puedo protestarles a ellos, bien, les protestaré a ellos. Es posible que esto sea obrar mal, pero pienso seguir haciéndolo. ¿Por qué he de ser yo el único que no obre mal? Pretender tal cosa es soberbio, insolidario y poco realista. Renuncio.
El día en que declare, además, le explicaré al Juez que no puedo decir nada sobre el caso porque nada recuerdo y se me ha impedido hacer lo necesario para recordar. Que no tengo nada que declarar y que, si algo hubiera podido tener, la forma absurda, prepotente e irrespetuosa de mis derechos con que he sido citado nos ha privado a todos de ese algo. Por lo cual todos, la Justicia, él, mi empresa y yo estamos perdiendo el tiempo con mi no declaración, en beneficio de nadie, por culpa de un procedimiento estúpido y de unos ejecutores obtusos.
Aunque también es posible que ese día no diga nada de todo eso y me limite a declarar que no recuerdo. Desahogarse es estupendo, pero con los jueces más vale andarse con cuidado. Ellos pueden dejar escapar a narcotraficantes, descuidar plazos o diligencias elementales o faltar al debido sigilo con sus mujeres sin que les pase nada (a ellos; a la mujer, que no tiene obligación alguna de ser discreta, sí la sancionan), pero los demás tenemos que mirar mucho qué decimos sobre ellos, porque se nos puede caer el pelo. Bien pensado, no, no creo que le diga al Juez ninguna de estas cosas.
Desde luego no le diré que la Justicia española es un cachondeo. Ya hubo un Alcalde que se vio en aprietos por decirlo y, además, yo no veo el cachondeo por ninguna parte.
Maldita la gracia que me hace, de hecho.