
Chicho Sánchez Ferlosio - Hoy no me levanto yo
Mal día hoy para ir a los tribunales. Un vistazo al periódico de esta mañana me hace saber que sigue la huelga de funcionarios de Justicia, desde hace dos meses; que el Tribunal Supremo ha tenido que absolver a un asesino porque la Audiencia Nacional decidió que bien podía condenarlo sin escuchar a la principal testigo, que esa mañana no estaba fácil de localizar; que hay una juez que está siendo juzgada por haber dejado más de un año en la cárcel a un inocente, se le pasó a la mujer tramitar debidamente la absolución, qué quiere usted, no se puede estar en todo; y todo eso mientras estamos tratando aún de asimilar la noticia de que, si el Juzgado se hubiera ocupado con mediana eficacia de hacer cumplir la condena que le había impuesto, el asesino de Mari Luz habría estado en la cárcel y no matando niños por ahí. Mal día, digo, para ir a los tribunales, si es que hay alguno que no lo sea. Pero estoy citado a las doce, y allá voy, con mi mejor disposición cívica. Si el Juez me mira feo, me propongo, pondré cara de no haber leído un periódico en mi vida.
Paseo de un extremo a otro el largo pasillo, y voy escuchando en cada sala la charla de los funcionarios, o más bien de las funcionarias: prácticamente todas son mujeres. Teclean en sus ordenadores mientras se cuentan animadamente de mesa a mesa sus dietas de adelgazamiento y sus planes de fin de semana. Una chica joven se acerca al mostrador. Quiere saber qué ha pasado con una denuncia que puso en Julio. “Llevo ya no sé cuantas puestas y es como si no pusiera nada...” –dice, entre agresiva y suplicante. La funcionaria le pide fechas y números de expediente en el inconfundible tono del que espera poder contestar: “Es que si usted no me da más datos yo no le puedo decir...”, pero la chica ha venido bien pertrechada y empieza a sacar papeles. “Pues no sé, se estará tramitando. Espere usted, voy a ver...” Vuelve a su mesa la funcionaria y remueve carpetas un largo rato, mientras en el mostrador la chica desgrana una letanía que ni ella misma debe saber bien a quién dirige: “Otra vez, por lo de siempre, impago de la pensión por alimentos... Nunca la paga y no le pasa nada, nadie hace nada... Un desgraciado, un maleante, que me ha hecho de todo y ahí anda, en la calle, y encima me amenaza... pero el hijo es tan suyo como mío y tiene que comer...” Me da vergüenza de repente estar escuchando intimidades y me alejo pasillo adelante, pero no puedo dejar de oir. Otra funcionaria ha intervenido desde su mesa, alzando la voz como quien da la cuestión por concluida: “Señora, es que si está en la calle, como usted dice, ya me dirá cómo va a pagarle a usted nada...” La chica intenta explicar que no es que esté en la calle de estar en la calle, que lo que ella quiere decir... pero la interrumpe la primera funcionaria, que viene con una carpeta: “Mire, sí, lo que yo le decía, se está tramitando. Pero es que por lo penal no va usted a conseguir nada. Pida usted un abogado, porque lo que tiene que hacer...” “Si no me lo dan –dice la chica, con un cabreo sordo, universal y crónico que se ve que trata de controlar para no dirigirlo contra nadie en concreto– un abogado no me lo dan porque se supone que tengo medios... para meterme en abogados estoy yo, yo lo que tengo es un niño de doce años que tiene que comer...” pero se cansa a la mitad y escucha las largas explicaciones de la funcionaria, que le habla de abogados y del procedimiento civil. “¿Y cuándo puedo hablar con la Jueza o con la Secretaria?” Hoy no puede ser, tienen declaraciones. Mañana a primera hora, a las nueve o las diez... Se acaba despidiendo y se va dando las gracias, como si quisiera hacerse perdonar el tono reivindicativo con que entró. Las funcionarias comentan animadamente el caso. “Cuando se pase el síndrome de Mari Luz...” oigo que dice la lista, la concluyente que más grita. Deseo que fuera ella mi contrincante del teléfono.
–¿Sabe usted de qué se trata? –me pregunta. Hombre, precisamente de eso quería yo hablar.
–Pues mire, no debería saberlo. La citación no decía nada, y cuando llamé a este Juzgado para que me informaran tampoco quisieron hacerlo. De modo que no volví a pensar en ello hasta hace unos días, cuando le dije a mi jefa que hoy tenía que venir aquí. Fue ella la que me explicó que debía de ser por el asunto de aquel ordenador de la Subdirectora que apareció forzado y con el disco duro roto, y que también ella estaba citada. De modo que sí, más o menos sé de qué se trata.
–“Su jefa” ¿es la señora Directora que acaba de salir? –Asiento y me mira con severidad: –Espero que eso no le impida decir la verdad –No sé a qué se refiere, ni por qué parece tan alarmada. Por un momento me asalta la absurda idea de que haya leído el post que dediqué a mi citación como testigo. Acaba de despertarme la mala conciencia, debe de ser el primer truco que les enseñan en la Escuela de Jueces.
–No, naturalmente… siempre que la recuerde…
Entonces nos enfrascamos en una larga serie de preguntas a las que voy contestestando lo más sinceramente que puedo. ¿Cuándo supe yo que la Directora había destituído a la Subdirectora? ¿Sabía yo que habían regañado? ¿Sabía por qué? ¿Me contó la Subdirectora por qué había decidido pasarse a la competencia? ¿Cuándo supe que su ordenador no funcionaba? ¿Estaba yo delante cuando se lo comunicó a la Directora? ¿Estaba yo delante cuando hizo el acta de arqueo?.. La Juez parece sincera y personalmente interesada en averiguar detalles que no sé a cuento de qué vienen, y a mí me hace sentir algo incómodo, todo el interrogatorio tiene un cierto aire de cotilleo de patio de vecindad. “Naturalmente que me contaron, Señoría. Las dos. Mucho más de lo que yo hubiera querido oir. Yo era compañero y amigo de ambas y sigo siéndolo de una de ellas, y tengo todas las versiones verosímiles y hasta algunas inverosímiles, de lo que pasó, de lo que no pasó y de lo que vaya usted a saber si pasó o no. Pero no querrá que yo le cuente a usted, por muy juez que sea, confidencias que he recibido en privado de quienes confiaban en mi discreción, y de las que la mitad me parecen conjeturas y suposiciones sin ninguna prueba…” Eso me gustaría decirle y dar la cuestión por amistosamente concluida, pero no es posible, claro. Me limito a decir que no recuerdo, que no me contaron, que sabía lo que todo el mundo en la oficina… Es posible que estuviera delante, visitaba su despacho con frecuencia, pero no recuerdo esa ocasión concreta… ¿A qué se refiere exactamente cuando me habla del acta de arqueo?... Acabo por tener la incómoda sensación de estar mintiendo, porque la Juez insiste, vuelve de otro modo sobre lo dicho y parece que tratara de pillarme en un renuncio. He jurado mal. Debería haber jurado, solo, no decir ninguna mentira. ¿Cómo va nadie a decir toda la verdad? Hasta ahí podíamos llegar, qué disparate… Hasta un juez puede comprender que eso no es ni posible, ni deseable, ni de buena educación.
