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domingo, 3 de febrero de 2013

Música de mi abuelo

Tener un abuelo músico y no haber oído nunca nada compuesto por él es un poco raro. Sobre todo en una familia en la que la música era algo cotidiano y omnipresente, y estábamos todos todo el día oyendo música, cantando o silbando. Yo era un niño rarito, que a los seis años me iba, yo solo, al cuarto donde estaba el tocadiscos familiar y escuchaba con fervor una y otra vez, hasta aprendérmelos de memoria, los discos de Schumann. de Schubert y de Beethoven. Hasta un extracto de la Tercera Sinfonía de Mahler –un brutal resumen perpetrado por el Reader's Digest, más bien un fusilamiento, según descubrí muchos años después, al escucharla íntegra por primera vez– me llegué a aprender, a fuerza de oirlo. Pero de mi abuelo no había manera de oir nada. No había grabaciones, y mi padre,  presumiblemente el único que se sabría algún fragmento de música del suyo, era también el único que no cantaba jamás. En casa había rimeros de partituras suyas, Motetes, Tantum Ergos y Missas Pro Defunctis –palabras misteriosas que aprendí sin saber qué querían decir– devueltas por alguna tienda de música que había desesperado de vender jamás aquellas piezas ignotas, amontonadas durante decenios en sus almacenes y que ahora seguían acumulando polvo en nuestro trastero. Pero nadie sabía leerlas. La música de mi abuelo era un artículo de fe familar, algo en lo que se creía sin pruebas, con solo aquellos papeles amarillentos y mudos, especie de triste reliquia de un culto desaparecido, por todo indicio.

Durante mucho tiempo pensé que entre aquella música nunca escuchada y yo tenía que existir algún vínculo misterioso derivado del familiar, alguna afinidad profunda, algún mensaje privado que me permitiría, si alguna vez llegaba a oirla, encontrar en ella resonancias propias y saber, de algún modo inimaginable pero que yo daba por seguro, que me pertenecía más especialmente que a cualquier otro oyente común; y esa mística seguridad no hizo más que aumentarme el deseo de llegar a oirla y de saber cómo era. Hasta hice algún intento de desentrañar alguna de las partituras, pero la melodía imprecisa y desabrida que obtuve tras laboriosos y torpes esfuerzos de mi solfeo rudimentario no me dijo nada, y renuncié, seguro de haberlo hecho todo mal. Con el tiempo se me fue pasando el interés y me resigné a que la música de mi abuelo siguiera siendo ad aeternum una cuestión inalcanzable y más bien mística.



(La foto es del órgano de la Parroquia de la Santa Cruz, en la calle  de Atocha, una de las iglesias madrileñas  de las que mi abuelo fue organista. El órgano se instaló en 1904, según se informa en esta página, de la que está sacada la foto, por lo que con toda seguridad es el que él tocaba.)



Muchos años después he conseguido oir la única grabación existente: una Misa Pro Defunctis para coro y órgano, grabada por mi padre con micrófono en un magnetófono de bobina abierta en el Monasterio de El Escorial el día 29 de Febrero de 1960. La compuso mi abuelo en 1934, en memoria de su su mujer recién fallecida, y durante el franquismo se interpretó algunos años en El Escorial, durante los funerales por los reyes de las dinastías españolas que se celebraban el último día de Febrero, con asistencia del propio Franco bajo palio y con un féretro con una corona encima presidiendo la Basílica, según describe una de las crónicas publicadas por ABC que he encontrado en su hemeroteca, en la que se reseña que se ofició "la misa de Carrascón". Mi abuelo había sido profesor de música de dos nietos de Alfonso XII, y esa lejana relación con la última dinastía le valió el honor de que fuera su Misa la elegida para estos funerales. (Muy probablemente le valió también el ser detenido en Octubre del 36 y fusilado poco tiempo después, como ya he contado en otro post; aunque quizás para esto último bastara su condición de organista de varias iglesias madrileñas (1) y su inconfundible catadura de burgués, beato y de derechas, candidato nato al paseo por faccioso). La grabación estuvo durante años en paradero desconocido, al menos para mí, hasta que hace unos años uno de mis hermanos la rescató, la pasó a formato digital e hizo unas cuantas copias en CD para el resto de hermanos. Tiene un sonido pésimo, solo soportable por oídos especialmente interesados, por lo que he preferido no colgar aquí ninguna muestra. No es cosa de sacarla de su apacible anonimato solo para desacreditarla. Lo poco que se llega a escuchar de la música no me ha desagradadado, pero tampoco me ha llamado especialmente la atención: es una típica música religiosa de principios de siglo en la que debo decir que no he encontrado, contra lo que me prometían mis expectativas infantiles, ninguna resonancia especial, ni ninguna afinidad misteriosa con mi propia sensibilidad musical.

(1) Mi abuelo, al parecer bastante buen organista, lo fue durante años de, entre otras iglesias, la del Buen Suceso de Madrid, en la calle Princesa. Hace unos años el entonces párroco publicó una completa y detallada historia de la parroquia, llena de interesantes anécdotas y pormenores pero en la que, por algún excelente motivo, a mi abuelo ni se le mencionaba. Debo confesar que una omisión tan llamativa me molestó bastante, tanto que llegué a comentárselo al autor, amigo de la familia de mi mujer. Como era de esperar no me hizo el menor caso...

A la izquierda la antigua Iglesia del Buen Suceso, en la Calle de la Princesa, de Madrid, A la derecha la actual, levantada en los años setenta sobre el mismo emplazamiento. No he podido averiguar si el órgano sigue o no siendo el mismo.






Pero contra lo que siempre había creído resulta que no toda la producción de mi abuelo era música religiosa. Zascandileando por la Biblioteca Nacional, mi hermano descubrió que existía una "patraña lírica" en un acto, titulada "Los Mendigos", compuesta a pachas por Busca de Sagastizábal y por mi abuelo. 

Este Busca era un colega suyo, organista de San Francisco el Grande y de Santa Bárbara. Compuso mucha música religiosa, entre otra el conocido himno eucarístico "Cantemos al amor de los amores" (canteemos aal Señooor) que aún he berreado yo, junto con el resto de la feligresía, en más de una misa dominical de hace no muchos años. Aunque nació en 1868, ocho años antes que Francisco, le sobrevivió otros catorce, pues murió en 1950. Fue, en conjunto, un músico mucho más prolífico y de éxito considerablemente mayor que mi abuelo, aún se siguen tocando cosas suyas e ignoro qué relación tuvo mi abuelo con él, aparte de su colaboración en esta obrita.

La letra de "Los Mendigos" es obra de un tal José Domínguez Manresa, del que no he encontrado que cometiera ninguna otra incursión digna de mención en el terreno de la literatura. Por lo poco que he leído, esta de "Los Mendigos" es más bien digna de piadoso olvido, por cursi y por terrible, como podrán apreciar ustedes mismos en el fragmento que adorna este post un poco más adelante, obra maestra de mi artesanía musical que les recomiendo no perderse. Rebuscando por la hemeroteca virtual de ABC he encontrado que un señor de ese nombre era, en Septiembre de 1914, Secretario General de la Comisaría General del Cuerpo de Vigilancia de Madrid. En Julio de 1921 fue nombrado Delegado del Gobierno en Canarias y en Septiembre de 1930 llegó a Guinea Ecuatorial como Secretario del Gobierno General de la Colonia. No he podido averiguar más de él, pero parece que su interés literario por la mendicidad debía de tener un origen profesional y policíaco, porque toda su vida anduvo, por lo que se ve, ocupado en asuntos de orden público. Tampoco sé qué relación tenía con mi abuelo.

(Adviertan, por favor, en la portada que reproduzco, que se trata de una obra "moral y fácil, muy a propósito para jóvenes educandos de colegios, seminarios, etc, etc.")

En cuanto a la música, no tengo ni idea de cómo se compone una música entre dos personas, ni qué parte de la zarzuelita hay que atribuir a cada uno de sus dos autores. Pero es la primera música de mi abuelo, en la parte en que lo sea, que he podido por fin escuchar extensa y detalladamente. Mi trabajo me ha costado.

Como primera providencia, me transcribí con grandes esfuerzos la partitura de uno de los fragmentos, la "Canción de los huerfanitos", en mi programa mágico, el Finale Notepad; el acompañamiento, con piano, y las voces, con chelo. Tras bastantes horas laboriosísimas pude así oir por primera vez cómo sonaba una música de Francisco Carrascón, al menos en parte. Resulta ser una pieza de aire inequívocamente andaluz, que en sus mejores momentos recuerda a Albéniz y en los peores a Manuel Quiroga.

Una vez aprendido de memoria el fragmento, me grabé la parte vocal, las dos voces de los huerfanitos en cuestión. Para conseguir unas voces adecuadamente infantiles tuve que cantarlas en un tono más bajo y a una velocidad menor –cada una de las dos en distinta proporción, para diferenciarlas– de modo que, al restituirlas, mediante los oportunos sistemas informáticos, a su tono y velocidad naturales, el timbre sonara convenientemente atiplado. El resultado se parece más a los Lunnis que a ninguna otra cosa, pero es lo mejor que he podido conseguir y, en cualquier caso, me he divertido muchísimo haciéndolo. 

Finalmente superpuse y sincronicé las dos voces entre sí y ambas con el acompañamiento pianístico-informático. Aquí tienen ustedes, más para mi deleite que para el suyo, el producto final: (El primer minuto y medio es una introducción pianística que a mí me gusta, pero que quizás aburra a oyentes menos implicados afectivamente. La parte vocal, que es la verdaderamente impresionante –por diversos motivos y en cualquier sentido que quieran dar ustedes a este adjetivo– empieza en el minuto 1:40, más o menos.)


"Canción de los Huerfanitos", de Busca y Carrascón, letra de J. D. Manresa. Al piano, Finale Notepad. Solistas del Coro del Reformatorio Municipal "José María Jarabo"

(Si sonando este archivo como suena lo he considerado digno de ser colgado, pueden ustedes imaginarse cómo suenan los fragmentos de la Missa Pro Defunctis que no me he resuelto a colgar).

(Actualización: el paréntesis anterior se refería a los defectos de sonido de la grabación, no a los de la interpretación, de la que me encuentro muy orgulloso. Tras publicar el post, he dado con un nuevo programa de sonido, el Audacity, que tiene una estupenda función para eliminar ruido de fondo. Lo he aplicado a la parte vocal y he eliminado en buena medida el zumbido que acompañaba a las voces, con lo cual la calidad del sonido del archivo ha mejorado notablemente.)

Reproduzco a continuación la letra de la canción, para edificación de todos ustedes:

Pepillo: 
Sin apoyo y sin amparo, ¡ay!,
sin apoyo y sin amparo
me encuentro sobre la tierra, 
porque he perdido a mis padres
y no tengo quien me quiera,
y no tengo quien me quiera.

Pepillo y Tolín:
Socorred al huerfanito,
socorredle, por favor.
Por Dios, una limosnita.
Una limosna, por Dios.

Tolín:
Al niño que nace pobre, ¡ay!,
al niño que nace pobre 
y se le mueren sus padres,
si un mal viento se lo lleva
¡qué favor le hace tan grande,
qué favor le hace tan grande!

Pepillo y Tolín:
Socorred al huerfanito,
socorredle, por favor.
Por Dios, una limosnita.
Una limosna, por Dios.

Con lagrimitas voy implorando
una limosna, por compasión.
Cuando los niños piden llorando
¡qué amargo llevan el corazón,
qué amargo llevan el corazón!

Dad el óbolo bendito
al niño, por caridad.
Socorred al huerfanito, 
tened del niño piedad,
que es muy triste ver a un pobre
cuando hambriento pide pan,
y en la Gloria hallan consuelo
los que al niño su amor dan.
Y en la Gloria hallan consuelo
los que al niño su amor dan.

Coda nacionalista (que no falte): investigando por Google, como llevo meses haciendo sobre esta cuestión con la aviesa intención de asestarles a ustedes este post con la mayor premeditación posible, me encontré esta joya. Se trata, como verá quien siga el enlace, de la traducción íntegra al vasco, con el título de "Eskaleak" (los mendigos) de la zarzuelita en cuestión. En el encabezado se hace constar la autoría de "Dominguez Manresa jaunaren", así como la responsabilidad musical de "Buska-Sagastizabal eta Carrascon jaunena", todos ellos sin tilde alguna, claro está, que el vascuence no utiliza, ni falta que le hacen. En su afán por euskerizar convenientemente el texto, el diligente traductor ha traducido hasta los nombres de los personajes, que de Pepillo y Tolín han pasado a ser Antton y Txomin. Alberto y Juan, dos mendigos que salen en un número posterior, son ahora Kaitano y Patxi, un "americano" que se llamaba Pablo se llama Paulo y el sargento se ha convertido en un mikelete, que viene a ser como un ertzaina preautonómico. Lo gracioso del asunto es que la página contiene el texto íntegro de la zarzuela, no solo las partes cantadas, que son las que tengo yo en mis partituras. Un texto que de ningún modo me ha sido posible conseguir en su versión original castellana está a mi disposición en su traducción al vasco, merced a la hacendosamente predatoria compulsión patrimonial del nacionalismo...

Todo ello, imagino, debido a que uno de los autores de la música, Busca de Sagastizábal, era vasco, de Zumárraga. (El primer apellido, Busca, no es vasco, sino italiano. Al parecer un abuelo del compositor era piamontés, de una ciudad situada a escasos kilómetros de donde habita actualmente mi hermano pequeño. El mundo es un pañuelo, y Europa una de sus esquinitas más apretadas...) Y quizás, no hay que descartarlo, a que mi abuelo, el otro compositor, era navarro, de Tudela, que en buena doctrina nacionalista es tierra tan eusquérica como la otra, aunque jamás se haya sabido de tudelano alguno que hablara vascuence, ni presentara la más mínima disposición a aprenderlo.

Quien, desde luego, no parece que tuviera la menor relación con Vasconia es el pobre Domínguez Manresa, ni siquiera tras verse euskaldúnicamente privado de su tilde. Tampoco la propia música, una copla andaluza a la que no parece posible emparentar ni lejanamente con aurreskus ni zortzicos. Nada de todo ello ha impedido que la obra, convenientemente eusquerizada, haya pasado con todos los honores a formar parte del patrimonio cultural vascongado...

martes, 4 de diciembre de 2007

Memoria histórica


Salvador Bacarisse - Concertino Op. 72 - Allegro - (Guitarra: N. Yepes)

En 1936 mi tío Luis, hermano de mi madre, dos años mayor que ella, tenía 19 años. No militaba en ningún partido, no tenía la menor actividad política, aunque la familia era conocida en el barrio - no eran tampoco un caso raro, en la calle Castelló, de Madrid - por ser de derechas. Sin un duro, pero de derechas, o sea, “gente de orden”, que iba a misa, usaba corbata y sombrero y a la que la recién llegada República asustaba con tanta iglesia quemada y tanta algarada callejera. ( “Yo a los que no entiendo es a estos que no tienen dinero y van a misa” - oyeron que comentaba una vecina a otra, un Domingo, al ver pasar a mi madre y mi abuela con su misal y su velo. “Con esto, con esto es con lo que hay que acabar” - respondió, sesuda, la interlocutora.) No sé en que fecha, poco después del 18 de Julio, dos milicianos fueron a buscar a mi tío a casa. Meses antes, en una huelga de tranviarios, se había apuntado como voluntario para conducir un tranvía, que le hacía mucha ilusión. Nunca le llamaron y no llegó a conducirlo, pero su nombre quedó en alguna lista y no hizo falta más para que se lo llevaran. No volvieron nunca a saber de él, oficialmente. Extraoficialmente algún alma caritativa les hizo saber, meses después, que había visto su nombre en una relación de “paseados”. Nadie sabe en la familia dónde está enterrado, si lo está. A su hermana pequeña, que lo adoraba, se le retiró la regla ese mismo día. Durante tres años. Le volvió el mismo día en que las tropas de Franco entraron en Madrid. Durante años y años, hasta ser yo lo bastante mayor como para que pudiera hablarme de ello, soñó periódicamente que su hermano Luis entraba por las puertas de casa gritando alegremente: “¡Soy yo! ¡No me han matado!”. Cuarenta años después aún se le quebraba la voz y se le humedecían los ojos al hablar de ello, las raras veces en que consentía en hacerlo para, rápidamente, cambiar de tema y volver a enfrentar la vida con la alegría, la energía y la generosidad con que lo hizo hasta su muerte.

En 1936 mi abuelo Francisco Carrascón, padre de mi padre, cuyo nombre llevo, era un viudo de sesenta años. Muy beato - seminarista rebotado, organista de tres iglesias madrileñas y compositor de música sacra - y, me imagino, bastante monárquico por la cuenta que le tenía - era profesor de música de los hijos de una Infanta - no sé de él que tuviera otras ideas políticas, cuestión en la que jamás entró ni para bueno ni para malo. Pero alguna amenaza para la República debía representar el buen señor, porque tras el golpe de Julio fue detenido y encarcelado, creo que en la Modelo de Madrid. No sé qué tal soportaría el encierro, pero no lo soportó por mucho tiempo. En una de las “sacas” de presos con que, justicieramente, respondían algunos milicianos a los bombardeos franquistas, se lo llevaron y lo fusilaron. Nunca hemos sabido dónde fue enterrado. Sus dos hijos, funcionarios recién ingresados ambos, también sin militancia ni actividad política conocida, tuvieron el tiempo justo tras la detención de su padre para refugiarse en la Embajada de Chile, donde se pasaron los tres años de guerra jugando al mah jong y tallando piezas de ajedrez, actividades no muy apasionantes pero siempre preferibles a seguir la suerte de su padre.

Estas historias las he sabido ya muy mayor, sin apenas detalle, contadas a regañadientes por mis padres. Jamás nos hablaron de la muerte de mi tío ni de mi abuelo, ninguno de los dos, las poquísimas veces que lo hicieron, más que como de un dato remoto y lamentable de un mundo felizmente desaparecido, al que más valía no volver ni con el pensamiento. Los dos, cada uno por su lado - se conocieron tras la guerra - habían renunciado en su momento a averiguar la menor circunstancia de las que rodearon la muerte de sus familiares. Nunca nos dijeron a ninguno de sus hijos, ni creo que lo supieran, ni siquiera la agrupación política a que pertenecían los milicianos de ninguno de los dos casos. A mi abuela materna, tras la guerra, un sobrino policía vino a ofrecerle investigar quiénes habían sido los directos responsables de la muerte de su hijo. Ella se negó en redondo a que lo hicieran diciendo que lo único que deseaba era que Dios los perdonara como lo hacía ella, fueran quienes fueran. Y ahí quedó todo.

Mi madre conservó toda la vida un fervor incondicional por Franco, perfectamente compatible - era una paradójica de mi cuerda, como les contaba hace días - con su antimilitarismo visceral, y con su tácita admisión, solo confesada bajo intensa presión, de que se trataba de un generalote cazurro y sanguinario. Mi padre, más frío y más intelectual, evolucionó antes que ella hacia posiciones teóricas moderadamente democráticas y moderadamente antifranquistas. Recuerdo oirle comentar socarronamente, mientras contemplaba los floridos parterres de El Pardo, lo sorprendente de que Franco permitiera que crecieran pensamientos junto a las mismas tapias de su palacio, agudeza que mi madre escuchaba con cierta reprobación y mi hermano pequeño y yo, que ya empezábamos a tener edad para apreciar las alusiones políticas, con sorprendido regocijo.

Mis hermanos y yo crecimos, comenzamos a tener una mirada propia sobre el mundo en general y sobre España en particular, comenzamos a pensar por nuestra cuenta. Unos antes y otros después, unos más y otros menos, todos fuimos haciéndonos naturalmente antifranquistas y naturalmente izquierdosos. En casa se hablaba y se discutía sobre todos los temas, con rigor intelectual, con libertad y con acaloramiento; naturalmente, también sobre política. Nuestros padres, particularmente mi madre, que era la más vehemente y extrovertida, contestaban nuestros argumentos con sus argumentos, nuestras razones con las suyas. Jamás se puso en duda nuestro derecho a tener opiniones, jamás se zanjó una discusión apelando a la autoridad o a la disciplina. Jamás se perdió el respeto al contrario, ni el cariño y el mutuo aprecio dejaron de presidir ni el más apasionado de los enfrentamientos. Y nunca, ni una sola vez, asomaron los muertos a la disputa. Por enconada que fuera la discusión, a ninguno de nuestros padres - ni a nosotros; es ahora cuando me doy cuenta de ello por primera vez - se les ocurrió jamás que el recuerdo de los asesinados, ni el dolor por su muerte, tuviera nada que ver con lo que se estaba debatiendo, ni fuera un argumento ni una referencia esgrimible cuando de lo que se hablaba era de ideas.

Ambos aceptaron la transición a la democracia con naturalidad. De mi madre me consta, de mi padre, a quien dejé de ver por entonces por motivos que no hacen al caso, lo sé por referencias. Mi madre, de derechas de toda la vida y franquista por adhesión personal inquebrantable, votó a quien le pareciera y convivió alegremente con sus hijos, votantes del PSOE y de cosas aún peores a sus ojos. Jamás perdió el respeto por nuestra independencia personal, ni dejó de celebrar y fomentar que pensáramos por nuestra cuenta, ni perdió el cariño ni la paciencia frente a nuestras impertinencias de adolescentes idealistas. La recuerdo la noche del 28 de Octubre de 1982, despidiéndonos alegremente cuando nos íbamos a la calle, a celebrar la victoria del PSOE, por evitar la cual probablemente llevaba rezando las últimas semanas.

Me viene a la cabeza todo esto, inevitablemente, cuando oigo hablar de la recuperación de la memoria histórica. Y es un motivo más para agradecer y añorar a mis padres que, como tantos españoles de su generación, sobrevivivieron a cuarenta años de dictadura franquista, tras haber sobrellevado otros cinco de república para ellos no menos agresiva, hostil y totalitaria, conservando y transmitiéndonos, a pesar de todos sus pesares, la decencia elemental, el respeto a sí mismos y al prójimo, el amor a la verdad, la tolerancia y la alegría de vivir. No deseo a nadie mejor memoria histórica que esa.