We wish you a Merry Christmas - Columbus Boychoir
Todas las Navidades, año tras año, constato un estado de opinión bastante contradictorio entre mis amigos y conocidos creyentes. (Otro día hablaremos de esta palabra tan útil, "creyente") Por un lado, encontramos muy normal - como ven ustedes me incluyo: soy creyente y me considero un buen amigo mío - que media humanidad, calendarios oficiales incluídos, haya hecho suyas a todos los efectos unas celebraciones específicamente cristianas. Nos parece de perlas que Navidad y Reyes sean días no laborables y que los niños tengan vacaciones escolares, y no tenemos nada que objetar a que se engalane el dominio público municipal, las radios transmitan villancicos, los servicios de Correos se colapsen con las felicitaciones y el mundo, en general, se transforme durante mes y pico en un parque temático de la buena voluntad de escaparate y la ternura de peluche vestidas de invierno, del que solo los muy forofos y los menores de doce años no acaban un poco hartos. Y no solo no nos extraña que esto pase en nuestros paises de tradición cristiana - a pesar de que son estados aconfesionales con un gran porcentaje de población agnóstica o adepta de otras religiones - sino que ni siquiera nos sorprende enterarnos de que lo mismo ocurre en Japón o en Israel, donde los cristianos son y siempre han sido una pequeña minoría. La Navidad se ha convertido en una fiesta universal, al menos del mundo occidental, y los creyentes hemos aceptado esto como un fenómeno natural y obligado. No faltaría entre nosotros quien se molestara si dejara de ser así.
Pero al mismo tiempo queremos reservarnos el derecho de ponernos melindrosos en cuanto a la forma exacta en que el resto del mundo celebra "nuestras" fiestas. "Los abetos son un símbolo pagano", "Papá Noel no fué a adorar al Niño Jesús", "Las iluminaciones de las calles no tienen contenido religioso", "Un Concejal de IU dice que es la Fiesta del Solsticio de Invierno", "En un Colegio Público han puesto un Belén sin Niño, ni Virgen, ni San José, ni Portal"... Comentamos estas cosas francamente escandalizados y molestos, como si con ellas estuvieran quitándonos algo que se nos debiera, o faltándonos al respeto.
Salvando las distancias, es un comportamiento que me recuerda mucho al de los famosos de la telebasura cuando, tras forrarse con la venta de exclusivas sobre su vida privada, gimotean contra los periodistas del corazón y reclaman respeto para su intimidad.
El razonamiento es muy sencillo: si queremos que todo el mundo celebre la Navidad, tendremos que resignarnos a que deje de ser una fiesta religiosa, porque en su gran mayoría ese "todo el mundo" ya no tiene ni desea la menor relación con nuestra religión. Mientras que si lo que queremos es preservar su carácter de celebración religiosa, tendríamos no sólo que aceptar, sino que fomentar activamente que dejara de ser una vaga celebración universal de las buenas intenciones teóricas y del más desenfrenado consumo práctico, y se redujera al ámbito privado y personal, sin vacaciones, sin cenas de empresa y sin iluminaciones municipales.
Pretender las dos cosas a la vez no es ni realista, ni siquiera justo. No es defendible ni desde el punto de vista laico, ni desde el creyente. Y nos deja en un antipático papel de plañideras, o de reina madre desplazada, al que tengo la creciente impresión de que los cristianos estamos aficionándonos con preocupante entusiasmo, en esta cuestión y en otras mucho más importantes.
Pero al mismo tiempo queremos reservarnos el derecho de ponernos melindrosos en cuanto a la forma exacta en que el resto del mundo celebra "nuestras" fiestas. "Los abetos son un símbolo pagano", "Papá Noel no fué a adorar al Niño Jesús", "Las iluminaciones de las calles no tienen contenido religioso", "Un Concejal de IU dice que es la Fiesta del Solsticio de Invierno", "En un Colegio Público han puesto un Belén sin Niño, ni Virgen, ni San José, ni Portal"... Comentamos estas cosas francamente escandalizados y molestos, como si con ellas estuvieran quitándonos algo que se nos debiera, o faltándonos al respeto.
Salvando las distancias, es un comportamiento que me recuerda mucho al de los famosos de la telebasura cuando, tras forrarse con la venta de exclusivas sobre su vida privada, gimotean contra los periodistas del corazón y reclaman respeto para su intimidad.
El razonamiento es muy sencillo: si queremos que todo el mundo celebre la Navidad, tendremos que resignarnos a que deje de ser una fiesta religiosa, porque en su gran mayoría ese "todo el mundo" ya no tiene ni desea la menor relación con nuestra religión. Mientras que si lo que queremos es preservar su carácter de celebración religiosa, tendríamos no sólo que aceptar, sino que fomentar activamente que dejara de ser una vaga celebración universal de las buenas intenciones teóricas y del más desenfrenado consumo práctico, y se redujera al ámbito privado y personal, sin vacaciones, sin cenas de empresa y sin iluminaciones municipales.
Pretender las dos cosas a la vez no es ni realista, ni siquiera justo. No es defendible ni desde el punto de vista laico, ni desde el creyente. Y nos deja en un antipático papel de plañideras, o de reina madre desplazada, al que tengo la creciente impresión de que los cristianos estamos aficionándonos con preocupante entusiasmo, en esta cuestión y en otras mucho más importantes.