Mostrando entradas con la etiqueta La vida misma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La vida misma. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de marzo de 2016

La vida misma


Escenas de la vida real (unas más que otras)

1.- Los ferreteros son una casta intimidante. Aprendí a lidiar con ellos a los diez años, una vez que quise comprar unos tornillos para algún trabajo manual que por entonces ocupaba mis ocios. Examiné un poco abrumado las diez o doce muestras de tornillos que el demiurgo había extendido displicentemente sobre el mostrador de madera, escogí uno que me pareció adecuado y pregunté tímidamente: «¿Cuánto es la docena?» «Doce», me respondió, ingeniosísimo. Yo echaba cuentas, desesperadamente, y como no me parecía posible que una docena de tornillos costara semejante disparate de dinero, insistí: «¿Doce?» «Sí, sí, la docena son doce», remachó él, en el colmo del regocijo, y entonces caí. Me enfadó tanto su estúpido intento de reirse de mi timidez que saqué fuerzas para seguir adelante y comprar los tornillos, y desde entonces nunca me acerco a un mostrador de ferretería sin el ánimo dispuesto para la pelea. 

Un buen recurso es alardear de entrada de la propia ignorancia, exhibiéndola como una ventaja nuestra sobre su despreciable erudición. «Al fin y al cabo», se trata de que diga nuestra actitud, «tú eres el que no tiene más remedio que entender de estas cuestiones menestrales y menores. Demasiado hago yo, normalmente ocupado en más altos quehaceres, al interesarme momentáneamente por esta tu minúscula e irrelevante parcela del conocimiento».

No siempre funciona, pero ayuda a abandonar el local con cierta dignidad. 



2.- Un atardecer de abril de hace años, sentados en una terraza de una calle romana, A, una novia mía de entonces, y yo mirábamos el mundo. En una mesa cercana se sentaba, solo, un hombre de treinta y tantos o cuarenta años, elegante y bastante guapo. Yo no ví en él nada de particular, esa arrogancia masculina de los italianos que se saben guapos, si acaso. A, después de mirarle un momento en silencio, se estremeció, me agarró del brazo y me rogó con lo que me pareció verdadera angustia que nos volviéramos al hotel. No quiso explicarme nada hasta que no estuvimos lejos, y aun entonces solo me dijo que aquel hombre era «malo». «¿Pero es que lo conoces?» «No lo había visto en mi vida hasta esta tarde». «¿Pero te ha dicho algo, te ha hecho algo?» «No me ha hecho ni dicho nada, apenas me ha mirado. Pero es malo, lo noto. Es peor que malo, es... el mal». Es todo lo que fue capaz de explicarme, pero estaba verdaderamente afectada por la breve visión de aquel buen señor en el que yo apenas me fijé. Pasó los siguientes días inquieta, no acabó de disfrutar Roma, todo el tiempo parecía estar asegurándose de que no había nada malo alrededor. No volvimos a verlo y al poco nos fuimos de Roma. A no volvió a hablar nunca de aquella tarde, y cambiaba rápidamente de tema las pocas veces en que yo aludí a ella. 

(A no usaba relojes porque los estropeaba; enloquecía el cuentarrevoluciones de su coche hasta que renunció a seguir llevándolo a arreglar, y quitaba a sus amigas el dolor de cabeza colocándoles las manos encima. Era agnóstica, psicóloga e incapaz de entender el problema más elemental de la persona más diáfana que tuviera al lado sin complicarlo hasta la ininteligibilidad con alguna teoría mal aplicada de algún manual de su Facultad...) 


3.- En una tienda de una ciudad manchega asistí a una escena muy edificante. Un cliente se sentía estafado y discutía acaloradamente con la dueña, una gorda plácida que escuchaba impertérrita las quejas y los argumentos. El hombre quería, con razón por lo que pude enterarme, que le devolvieran su dinero, y la tendera, sin perder la calma, se negaba en redondo. La cuestión se fue agriando y el cliente, cada vez más frustrado, pasó a los insultos. La llamó ladrona, estafadora, sinvergüenza y choriza sin que a ella le cambiara el gesto, ni respondiera más que con fórmulas corteses, ni dejara de sonreir ni, por supuesto, devolviera una sola peseta. Pero cuando, exasperado, se le ocurrió llamarla gorda... entonces ella se descompuso, salió de detrás de su mostrador clamando que qué se había creído y le echó de la tienda sin más contemplaciones. Era gorda, evidentemente, y me dio toda la impresión de que también un poco ladrona, sinvergüenza y estafadora. Sin embargo que le llamaran esto último no le importaba, debía de considerarlo una opinión discutible pero respetable. En cambio lo de gorda, que era un hecho obvio e incuestionable, no fue capaz de encajarlo con la misma paz.


 
Georges Brassens - Tonton Nestor. Versión libre en español de Júbilo Matinal (Tío Pascual)
(Para estudiar la excelente versión española con más detalle, pinchar aquí)

4.- Es conocido, o debería serlo, el dato verídico –inventado por mí mismo hace solo un rato, de hecho– de que los churros de la madrileña chocolatería de San Ginés los hacen en un polígono industrial del valle del Yang Tse. El mismo en el que precocinan la butifarra amb mongetes que se sirve en la mitad de los bares de carretera de Cataluña. Concretamente en una fábrica que montó hace ya años, con una subvención de Asuntos Exteriores para la expansión empresarial española, un industrial de Mataró. Un ciudadano ejemplar, de la ejecutiva provincial de Convergència, aunque hace años que vota en secreto a Esquerra, porque, cuando su primogénito estuvo a punto de afiliarse al PP, él le prometió a la Moreneta hacerlo así si curaba el españolismo de su pobre hijo. La Virgen atendió su ruego, él dedicó devotamente su voto a los republicanos y el muchacho se fue a vivir a Rentería y se hizo nacionalista vasco. Hasta lo detuvieron en Hendaya una vez, por seguir a un empresario francés, precisamente el socio de su padre en la fábrica china. El francés se molestó un poco, pero el padre andaba muy orgulloso de la iniciativa de que daba muestras su chaval. 

Como suele ocurrir con los milagros realmente útiles, la intervención mariana tuvo lugar a través de mediaciones puramente humanas, concretamente del Servicio de Salud Vasco, Osakidetza o algo así, creo que se llama. Sucedió de este modo: su padre lo matriculó en Deusto, para alejarlo de la pija rubia del PP que le traía a mal traer. El cambio de clima, la abstinencia sexual, el chiquiteo y la poca costumbre de estudiar le provocaron tremendos dolores de cabeza, y acudió a Urgencias (Larrialdiak, para ser exactos), en donde se produjo una pequeña confusión: le desviaron por error al Programa de Normalización de Tallas de Txapelas y allí, en cumplimiento del protocolo previsto a tan eusquérica finalidad, le extirparon el lóbulo frontal del cerebro, la parte de la corteza cerebral donde radican la empatía y el pensamiento abstracto; perfectamente superflua, vamos. Tras cuya operación dejó los estudios, se mudó a Guipúzcoa y entró en contacto con unos abertzales muy simpáticos, que dieron un nuevo sentido a su vida. 

Como él mismo decía a quien le quería oir: los caminos del Señor, oyes, que son muy suyos, joder, me cago en la hostia, pues. (Porque desde que Nuestra Señora le volvió al buen camino se hizo bastante meapilas, también).

viernes, 10 de octubre de 2014

LÓGICA DEL SEGURO


Uncle Ho (Pete Seeger) - Versión para piano de Júbilo Matinal

Hace una semana se rompió uno de los cristales de la puerta de nuestro dormitorio, que es una de esas antiguas con cuatro paneles de vidrio opaco con bultitos. La intimidad de la alcoba conyugal es sagrada, por lo que urgía reponerlo. Y es la puerta que más se ve del vestíbulo según entras en casa, por lo que, además, era importante que el cristal fuera igual que los otros tres, para que no hiciera feo.
Dimos parte al seguro y vino el cristalero, a medir y ver cómo era el cristal. Nos advirtió que era un cristal muy antiguo e iba a ser difícil encontrar uno igual, por lo que probablemente tendría que cambiarnos los cuatro. Nos pareció muy bien. Volvió al cabo de un par de días con un panel de vidrio que no tenía nada que ver con los otros tres. Le dijimos que no lo pusiera, porque queríamos los cuatro iguales. Nos dijo que el seguro no le dejaba reponer más que el roto. Así que se fue con su cristal, en espera de nuevas instrucciones, nuestras y del seguro. 

M llamó al seguro y le confirmaron que, efectivamente, solo nos podían pagar el cristal roto. La póliza, le explicaron, no cubre daños estéticos de cristales. De otras cosas, sí: si una baldosa del suelo se rompe, por ejemplo, y ya no quedan de las originales, reponen toda la habitación para que no se note la diferencia. Pero de cristales, no. Que el cristal nuevo haga o no pandán (esta es una expresión de mi infancia remota, que no he oído nunca a nadie más que a mi madre, y que me encanta) con los otros tres, le da igual.  

M preguntó entonces si el seguro repondría los otros tres cristales en el triste caso de que también se rompieran. "Naturalmente", le contestaron. "Pues es que me parece francamente probable que se rompan en un futuro inmediato, porque no sabe usted lo vieja que está la puerta y las corrientes de aire que hay en mi casa." ¿No le saldría más barato al seguro aprovechar un único viaje del cristalero para cambiar los cuatro, en vez de tener que hacer hasta cuatro visitas distintas si los otros tres cristales se iban rompiendo como, insistió M, estaba ella casi segura de que iba a suceder inminentemente? No, no podía ser. El seguro solo repone los cristales que se rompen, no los que padecen de inadaptación estética sobrevenida. 

Vale, pues. El que avisa no es traidor. 

Volvió a llamar el cristalero, a ver si ya teníamos instrucciones nuevas, y, como sí las teníamos, se las dimos. Le dijimos que buscara cuatro paneles iguales, porque los otros tres se habían roto también. "Enseguida le vamos a dar el nuevo parte al seguro, usted no se preocupe y vaya preparando los cristales". El cristalero encajó la noticia con impavidez notable e incluso dio muestras de cierta satisfacción; es probable que, codicioso como suelen ser los de su gremio, prefiriera cobrar cuatro cristales a cobrar solo uno.

La señorita que atiende el teléfono del seguro, en cambio, no se mostró tan complacida. "¿Se han roto? ¿Y cómo ha sido?" preguntó, un poco consternada. "Pues ya ve usted" –contestó M, con una sangre fría admirable y todo su natural encanto,– "esas cosas que pasan en las casas. Una ventana abierta, un portazo, y allá que fueron todos". No debió de quedar muy convencida pero se aguantó, qué iba a hacer, la pobre. 

Esta tarde, después de comer, pegaré papel engomado en los tres cristales aún intactos y me liaré a martillazos con ellos, si no tienen ustedes un método mejor que aconsejarme. Tengo que darme prisa, porque acabo de hablar con el cristalero y he quedado con él a partir de las cinco. Ya es que ni la siesta le dejan a uno dormir tranquilo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

UN HALLAZGO DESPERDICIADO

El bloguero en el áspero mundo.


El prólogo.

No hay cosa que produzca más tristeza que conseguir algo que llevabas mucho tiempo deseando cuando ya no te sirve para nada. Y es una constante en mi vida, aunque sea triste decirlo. Siempre llego tarde a todo...

Los jueves, por ejemplo, en mi colegio, había misa a primera hora. Era en latín, y los de Parvulitos mirábamos con respeto a los de Párvulos, que se sabían aquellos galimatías y los contestaban con gran soltura. Me propuse llegar a ser tan mayor como ellos y saberme yo también todas aquellas fórmulas de iniciados, pero fue en vano. Ese verano el Concilio resolvió que las misas se dijeran en castellano, y para cuando llegué a Párvulos, ansioso por hacer valer mis atributos de mayor-que-ya-se-sabe-la-misa, resultó que todos partíamos de cero con una nueva misa en español que cualquiera podía entender y aprenderse. 

Es, como les digo, un fenómeno recurrente en mi vida: casi todos los clubs de los que consigo por fin llegar a ser socio deciden poco después cesar en sus actividades por manifiesta falta de interés. 

Fue matricularme yo en mi primer año de Universidad y morirse Franco, con lo que las legendarias carreras ante los grises, tan prestigiosas, perdieron gran parte de su aliciente y enseguida dejaron de existir. Entre luchar por la democracia y luchar por una quinta convocatoria, la verdad es que no hay color, y así lo entendió todo el mundo, los que corríamos delante y los que corrían detrás. Hasta yo lo entendí, pero no por ello me fastidió menos. 

No hablo por hablar, podría ponerles muchos más ejemplos, pero no quiero aburrirles. La cuestión es que tengo con demasiada frecuencia la impresión de haber llegado tarde y haber desperdiciado esfuerzos ingenuos en fines que no interesan ya a nadie. 

(Espero que esta pauta sirva, al menos, para procurarme una vejez tranquila. Pero ya verán cómo para lo que sirve es para que ya se hayan acabado los fondos de la Seguridad Social y me quede también sin jubilación...)


El hallazgo.

Les cuento todo esto porque la otra noche me sucedió uno de estos fenómenos, que me dejó extrañamente melancólico. Como tiene que ver con lo que últimamente les he contado por aquí, y tampoco tengo mejor cosa que hacer...

Fuimos a cenar a casa de unos conocidos. Ella es compañera de colegio de mi mujer, y le da una lata considerable. La llama por teléfono con cierta frecuencia y M, mientras la otra habla, lee o hace otras cosas con el teléfono sujeto con el hombro, y de vez en cuando dice "Claro, claro", o "Sí, sí", o "¡No me digas!", y no necesita decir nada más durante los tres cuartos de hora que dura la conversación, como poco. Luego me dice que no se ha enterado de nada, pero no parece que le importe mucho.

Cada tres o cuatro meses quedamos a cenar con ellos. Nos armamos de paciencia social, y si toca en su casa, ese día yo casi no como, para hacer sitio, porque cocina de miedo. Algo es algo.

Así que fuimos a cenar, como digo. Avanzábamos en procesión, cruzando el recibidor elegantísimo, y la dueña de la casa hablaba sin parar, como de costumbre.

–Estamos quitando la casa de tía Pilita, ya sabes, el piso tan grande de Arenal, ¿te acuerdas de los guateques que montábamos allí cuando se iba a San Sebastián para todo el verano? y estoy encontrando unas cosas divinas. ¡Unos muebles..! que dí que porque ya no nos cabe nada aquí... Y en el trastero... no sabes lo que tenía la pobre amontonado en el trastero. Como era la casa de sus padres... Hay cosas de hace más de cien años, seguro. Vanbrugh, esto te va a gustar a ti, que eres tan músico. ¡Mira qué preciosidad!

Me señalaba un gramófono antiguo, de los de bocina, colocado encima de una cómoda enorme, pintada de blanco decapado. Tremendo. Fingí un moderado entusiasmo.

–Qué bonito– aseguré. –¿Vais a tirar el equipo de música? Seguro que esto suena mejor...

–Dice que es vintage– susurró su marido. –A mí me parece un trasto horroroso.

Por una vez estuve de acuerdo con él. El chisme era un estalabarte de cuidado. Pero el primer secreto para sobrevivir a estas veladas es no tomar nunca partido en las desacuerdos conyugales de las otras parejas. De todas formas nuestra anfitriona no es de las que te deja meter la pata, como habla ella todo el rato casi no hace falta decir nada. Es bastante cómodo.

–Qué dices, si es una maravilla, tú es que no tienes ni idea. Si por él fuera lo tiraríamos todo, con decirte que quería tirar un retrato de tía Pilita que estoy casi segura que es de Goya... Había hasta una caja de latón con agujas dentro, de recambio, pero agujas así de gordas, no vayas a creer, la tengo ahí. Y un montón de discos de esos antiguos, de gramola, pero un montón, no te haces idea, cuplés, coplas, foxtrots.... ¡un horror! ¡Y vas a flipar con lo que encontré, Vanbrugh, mira! Me acordé de tí en cuanto lo ví, te lo he guardado. ¿Qué te parece?

Rebuscó entre los librotes de fotos cuidadosamente expuestos sobre aquella especie de aparador y me puso en las manos un disco viejo, sin funda ni nada. Estaba un poco pringoso.

–Muy bonito, también– asentí cortésmente. –El perrito con la gramola. His master's voice. Qué pasada.

(Lo sé, lo sé. Pero es que es contagioso. Cuando llevo un rato con ellos se me escapan cosas así de vez en cuándo. La empatía...)

–¡Pero míralo!– chilló contentísima. –¡Es el tango de tu blog! ¡El de la partitura que encontraste! ¿A que no te lo puedes creer? Yo no me lo podía creer, acababa de leer lo que contabas en el blog del paraguayo ese y voy y me encuentro con esto. En cuanto lo vi fui a llamar a M, pero no me quedaba casi batería, y como tía Pilita quitó el teléfono, porque estaba como una tapia y no le servía para nada... Pensé que mejor te daba la sorpresa. ¿Qué te parece?

–Pero, Sisita,– dije. (Sí, se llama Sisita. No es mala gente, de verdad, y adora a M, pero se llama Sisita. O por lo menos M y su marido la llaman así). –¿no te has enterado de que lo del tango encontrado era mentira? Me lo inventé todo. El tango lo escribí yo.

–¡Sí, hombre! ¿Cómo va a ser mentira, si está ahí el disco? "Óscar Ascone, Carita morena", ahí lo dice, ¿ves? Qué lo vas a haber escrito tú, tú es que debes de creer que soy tonta, ¡si no sabes tocar el piano! ¿O sí sabes? M, ¿a que no sabe tocar el piano? Es el tango de  Oscar Ascone, lo pone ahí...– Parecía sinceramente dolida por mi falta de entusiasmo, y noté cierto picorcillo en mi encallecida conciencia. Qué madeja de enredos tejemos cuando por primera vez engañamos, y todo eso.

Era una pena tener que decepcionarla, pero qué iba a hacer, observado por la mirada de cachondeo de mi mujer. Examiné el disco con desconfianza. De dónde habría salido.

–Óscar Ascone tampoco existe, Sisita. También me lo inventé. Y esto que pone aquí, "Gozmasagarry Films"... También me lo he inventado yo, bueno, mi tío, en otro post antiguo. Tampoco existe, también es mentira. ¿No lees tú mi blog? Pues ahí lo explico todo.

–Claro que lo leo, un argentino que se hizo falangista y le copiaron el "Cara al Sol". Lo reconocí en cuanto lo oí. Sonaba raro, pero en cuanto lo oí lo reconocí. Cómo no lo iba a reconocer, si lo ponía papá todas las noches en el tocadiscos de casa, que no había quien viera la tele... Y "Montañas nevadas", que la verdad es que era bien bonita, y "Prietas las filas", y no sé cuántas más. Me las sé todas. Pobre papá, lo pesado que se llegaba a poner. Cuando ganó el PSOE la primera vez nos creímos que le iba a dar un infarto, se puso fatal, y eso que mamá le decía "Si son los mismos, Álvaro, no te preocupes que te digo yo que son los mismos..." Mamá es que era de lista... Felipe González le parecía guapísimo, lo decía siempre. En cambio al otro, a... Alfonso Guerra ¿no?, a ese no lo podía ver, decía que era... espera, ¿cómo decía..?

–Ese post no, el siguiente– atajé la crónica familiar, mientras dejaba el dichoso disco encima del mueble y me limpiaba los dedos disimuladamente con la cortina. –En el siguiente post explico que era todo inventado. Tienes que entrar a leerme más a menudo, Sisita. Y hacerme algún comentario, que si no no me entero cuando entras.

–Hijo, si es que como escribes de Pascuas a rábanos...

–A Ramos. Los rábanos son los que hay que cogerlos cuando pasan.

–Bueno, pues de higos a bretes...

–A brevas. Los bretes no son frutos.

–¡Pues los rábanos sí son frutos, listo, y tampoco te sirven!

–Los rábanos son raíces. Pero lo que el dicho...

–¡Ay, qué más dará frutos que raíces! ¡Qué manía tiene tu marido siempre de corregirme, M! El caso es que como no escribes nunca, para qué voy a entrar... Yo entro y entro y siempre pone lo mismo... Y además, hijo, sois todos tan listísimos que cualquiera dice nada allí... y no hay manera de saber cómo se hace... Una vez te escribí una cosa y no sé qué hice, pero se me borró y no salió... Mejor, porque era una tontería, claro.

–Claro.

–¡Un perito resentido, eso decía mamá que era Alfonso Guerra! Un perito resentido, ya me he acordado. Como papá era ingeniero y siempre estaba a vueltas con los peritos, no los podía ver... Pues hijo, vaya chasco me has dado, con lo bonita que era la historia. No sé para qué tienes un blog, si no cuentas más que mentiras. Yo que me había puesto tan contenta con el disco...

–Hombre, a veces no son mentiras –intervino el marido, deseoso de hacerme justicia. –Pero es casi peor. ¿Te acuerdas de aquello larguísimo que escribiste sobre los números, que yo creo que ni tú lo entendías? Menudo rollo, con aquellos gráficos de colorines... ¡Mira que tenéis poco que hacer los funcionarios!– Es del género cordial, de los que te dan palmadas en la espalda y te miran con cara de "¡Bueno, bueno! ¡Tiene que haber de todo en el mundo!" Le cogí la cerveza que me alargaba y le dediqué una sonrisa fija hasta que dejó de reírse y retiró la mirada. Es mi sucedáneo social de la pregunta que me sale de dentro en estos casos "Tú eres idiota, ¿verdad?", que no siempre es posible hacer en voz alta.

Luego nos sentamos a tomar el aperitivo, y luego cenamos, y luego M y yo nos volvimos a casa dando un paseo, y no se volvió a hablar de mi blog, ni de Ascone, en toda la noche. Ni del disco. Allí se quedó, sobre el aparador decapado, entre el tomo de fotos de Venecia y el álbum del viaje a Tailandia. A lo mejor habría tenido que traérmelo, pensé, pobre Sisita, con lo ilusionada que estaba. Pero total... En casa no hay gramófono...


El epílogo.

Tres días después el marido me mandó un correo electrónico, con una foto, un archivo mp3 y un texto escueto: "he hecho lo que he podido con el programa, de sonido del mac, es cojonudo de verdad, que necesitas uno. suena de puta pena pero igual te sirve para esas cosas que escribes".

No sabe poner las comas, pero no es mal tío.

Esta era la foto, el famoso disco ya limpito y brillante:


Y este era el archivo. Efectivamente, suena de pena, ¡se ha pasado ochenta años en el trastero de tía Pilita..!






Una gran melancolía, ya digo. ¡Lo contento que me habría puesto yo con este disco si lo hubiera encontrado solo tres semanas antes! El post sobre Ascone me habría quedado redondo de verdad, se lo habría tragado todo el mundo. Ni Diego se habría atrevido a abrir la boca, por muy raro que me viera el pelo en las fotos. En cambio, ahora no ha conseguido interesarme casi ni a mí, que ando ya con otras cosas en la cabeza. Qué lástima. Qué desperdicio.

Todo tiene su momento, y parece que es mi destino no dar nunca con el mío y llegar siempre tarde a todo...


P.D. - Copio la letra del tango, según la he cogido al oído. Qué tío más bruto, el tal Ascone, menos mal que nunca existió...
No pongás al sol esa carita,
p'al cutis no hay cosa peor.
Sos más linda cuando estás blanquita,
no te sienta el color.

No quemés
tu tez de porcelana,
que el sol no es,
mi amor, cosa muy sana.

Es ardiente y es cruel,
y a él
se debe el cáncer de piel.

Y morena es que, además,
estás
más fea y no me gustás.

No gastés en potingues más viruta,
que olés que atufás a alcanfor.
No tomés más sol, no seás bruta,
ni usés más bronceador.

No embromés,
va en serio mi advertencia.
No abusés,
mi amor, de mi paciencia.

Hacéme caso, no es farol:
¡no pongás esa carita al sol!

viernes, 8 de noviembre de 2013

Una vista oral


Son las diez y cuarto de la mañana, y yo llevo desde las nueve y media –hora marcada en la citación–esperando en una silla incómoda de un pasillo inhóspito, observando el trajín de funcionarios que entran y salen de puertas misteriosas y escuchando, tras la más cercana, en la que me han atendido al llegar –se han llevado mi DNI y mi citación con la vaga promesa de "llamarme enseguida"– una animada conversación femenina, salpicada de risas, que no promete mucho sobre la prisa que se estén dando en hacer lo que tengan que hacer para, efectivamente, llamarme enseguida.

Así que cuando por fin se abre la puerta y sale una señora estupenda con aire de ser la que manda, se dirige resueltamente a otra marcada con el cartel "Sala de vistas" y una de sus acólitas me indica que les siga, no estoy del mejor humor posible. Pensar en todo el tiempo de trabajo que estoy perdiendo y que tendré que recuperar esta tarde para no estar aún más agobiado de lo que ya estoy; y saber que todo ello es perfectamente innecesario e inútil, porque solo la torpeza de un abogado incompetente o apresurado ha hecho que se me cite como testigo en una causa de la que ni sé ni tengo por qué saber nada, no mejora, precisamente, mi disposición de ánimo. 

Me siento, pues, en la única silla situada frente al estrado con el espíritu más inclinado a la pelea que a la colaboración cívica que todo ciudadano debería estar dispuesto a prestarle a la administración de justicia. Frente a mí la señora estupenda, que efectivamente es la juez, coloca legajos sobre su mesa. Nos flanquean a izquierda y derecha los abogados de ambas partes, hembra y macho, haciendo como que leen sus papeles, que tienen que saberse de memoria, porque a releerlos y discutirlos interminablemente en agitados susurros es a lo que han dedicado la última media hora en el pasillo en el que han compartido la espera conmigo y con otros cinco o seis ciudadanos intranquilos. 

–Bueno –me saluda la juez, alzando hasta mí la vista desde sus papelotes.–Es usted el secretario ¿verdad? 

Contesto que sí, que lo soy.

–¿Conoce usted los hechos? 

Este es el momento que llevo esperando desde hace un mes, cuando recibí la citación. El de mi venganza por haber sido llamado a testificar sin aviso, sin motivo y sin posibilidad de excusa. 

 –No– respondo con lacónica satisfacción que no me esfuerzo mucho por ocultar. 

A la juez no parece sorprenderle demasiado mi contestación. Más bien me da la impresión de que es la que esperaba. Sacude la cabeza con aire de dolorosa resignación, se inclina de nuevo sobre sus papeles e intenta convencerme, sin gran ahínco:

–No los conoce. Pero hay aquí un certificado que firma usted... 

–Sí, –digo– lo firmo. Firmo un certificado que da fe de que existe un informe del arquitecto municipal, de que quien firma ese informe es, efectivamente, el arquitecto municipal y de que su contenido es el que transcribo a continuación. Certificar esas cosas es una de mis competencias. Pero conocer las cuestiones de que se ocupa el informe, no.– La juez enarca las cejas, pero parece amistosa. Su mirada me invita a seguir, así que sigo. –Sé que el informe del arquitecto trata de unas fincas, claro, pero ni las conozco, ni he estado nunca en ellas ni, aunque hubiera estado, podría decir si lo que dice de ellas el arquitecto es exacto o no. Porque para eso está el arquitecto, y por eso es él quien informa.

–Quiere usted decir, entonces, que el contenido de ese informe del que certifica no es de su competencia...

–Eso es. No es de mi competencia. Si las cosas de que hablan los informes de los arquitectos fueran competencia de los secretarios, los ayuntamientos no tendrían arquitectos municipales, tendrían solo secretarios.– La última frase es del todo innecesaria, y una vez me he resuelto a añadirla incluso a mí me parece un tanto impertinente. Suena a recochineo. Pero llevo un mes con ella atascada entre oreja y oreja y tenía ganas de soltarla. 

La juez no la encaja mal. Asiente con aire pensativo.

–De modo que usted no sabe nada sobre esta cuestión de que informa el arquitecto...

Le confirmo que no, que no sé nada. Porque realmente no sé nada sobre las abstrusas cuestiones de servidumbres de paso entre fincas contiguas, calles particulares y accesos cerrados sin permiso a las que se refiere el informe del arquitecto y que han dado lugar al pleito. Ni quiero saber, me quedo con ganas de añadir. Pero me parece más prudente no hacerlo. 

Me pregunta entonces el nombre del arquitecto y se lo digo, haciéndole notar con gran cortesía que el dato ya figura en mi certificado, lo que constata diligentemente. Imagino, claro, que ahora citarán al arquitecto para que dentro de otro mes y pico declare lo que ya ha dicho en su informe y que, de ser realmente necesario que ratifique, debería haber ratificado hoy, si se hubiera llamado al testigo correcto. E imagino también que durante ese tiempo el pleito seguirá dormitando en su legajo, para tranquilidad del juzgado, satisfacción de los abogados y desesperación de los litigantes.

–Bueno– dice la juez. –No sé, entonces, si los letrados querrán preguntarle a usted algo...

El abogado hembra, a mi izquierda, interviene en tono respetuosamente quejumbroso.

–Yo iba a preguntarle si conoce las fincas y si es verdad lo que dice el informe. Pero claro, si no ha estado nunca allí... –me mira con escepticismo. Esta claro que le parezco enteramente superfluo, y yo hago todo lo posible por confirmarle esa impresión. No he estado nunca allí, ni ganas, dicen mi cara, mis hombros y mi cabeza. Soy enteramente superfluo. –De todas formas –concluye– la que ha propuesto a este testigo no he sido yo, sino mi compañero– y mira sonriente a su colega de la otra parte, sentado a mi derecha, en frente de ella. El abogado macho, un joven trajeado, barbado y jovial, pone cara de paisaje, mueve unos cuantos papeles y masculla algo sobre que da igual, porque el informe es lo suficientemente claro e inequívoco.

–Pues entonces hemos acabado por hoy –dice la juez poniéndose de pie. Nos levantamos todos obedientemente y nos hacemos en la puerta el correspondiente lío de precedencias corteses. La vista ha durado poco más de cinco minutos. Para los cuales yo he sido citado hace un mes y he esperado hoy tres cuartos de hora, tras un viaje de otra media hora larga desde mi pueblo al del Juzgado, que ahora tendré que repetir de vuelta. 

Firmo las dos líneas escasas de mi declaración en la mesa atestada de papeles de una de las funcionarias a las que oía charlar durante mi espera y, de vuelta al pasillo, me dirijo a la pareja de abogados, que conversa animadamente. En el tono más despreocupado y cordial que consigo impostar les pregunto de cuál de los dos ha sido la idea de citarme. Me miran ambos sonrientes, interrumpidos en alguna broma jurídica especialmente regocijante.

–Mía no –asegura la abogado hembra, mirando maliciosa a su colega.

–Mía tampoco –afirma él con gran aplomo, y los dos me contemplan con desafiante amabilidad. Saben muy bien, evidentemente, cuál de ellos ha metido la pata al citar al primer nombre que ha leído tras un vistazo apresurado a sus papeles, sin pararse a mirar si era o no el testigo adecuado y prolongando con ello en otro par de meses el pleito de su cliente, pero ninguno lo va a reconocer. Al menos no delante de este tipo adusto que soy yo y que disimula apenas su cabreo tras una sonrisa falsa que no engaña a nadie. Me inclino a culpar al abogado macho, pero en realidad me da igual, está claro que los dos pertenecen a la misma parte, que no es ninguna de las dos que litigan. La parte que gana siempre todos los pleitos, o que al menos gana siempre con todos los pleitos.

–Ya veo. Vale, pues nada. Encantado de conoceros. Hasta otra.– me despido.

Y me vuelvo a mi pueblo, meditando en el buen par de horas que he perdido de trabajo, en todo el tiempo que ha empleado el Juzgado en preparar y recibir mi declaración, en las horas vacías e innecesarias que ambos abogados facturarán a sus respectivos clientes. Todo ello perfectamente inútil, holocausto ritual exigido por la suprema majestad de la Justicia Española.

Una más, me digo a mí mismo, de las numerosas deidades que no existen, pero cuyos sacerdotes se las arreglan para estropearnos y complicarnos la vida como si existieran.

martes, 19 de febrero de 2013

Burocracia esotérica

Los Misterios del Registro

Genuino ejemplar de firma por triplicado
Mi trabajo es, en ocasiones, realmente entretenido.

Presento en el Registro de la Propiedad una certificación sobre una parcela municipal. Es propiedad del Ayuntamiento desde hace muchos años, pero nunca ha habido necesidad de inscribirla. Ahora un concesionario que va a invertir en ella sus buenos dineros no quiere hacerlo sin todas las garantías de que se trata, efectivamente, de patrimonio municipal, de modo que allá vamos a cumplir con los trámites de la Ley Hipotecaria.

Aunque actualmente existe un Catastro informatizado, capaz de identificar con razonable exactitud prácticamente cualquier metro cuadrado del suelo español, y de proporcionar de cada parcela un útil plano que hace innecesario cualquier otro detalle, los registradoressiguen practicando anotaciones manuscritas en grandes libros de papel, y en estas inscripciones siguen aferrándose a las antiguas fórmulas, llenas de medievales resonancias campesinas, de su lucrativa actividad. No les basta con la identificación catastral, quieren que en la certificación conste cuáles son las parcelas linderas, porque así se ha hecho siempre, desde los tiempos en que tales indicaciones eran el único medio de establecer con cierta seguridad de qué finca se estaba hablando. (Cualquier cambio en el ritual, me imagino que temen, podría iniciar un peligroso proceso en el que acabaran poniéndose en cuestión los fundamentos mismos de la institución registral, y no están dispuestos a permitir el más mínimo atisbo de que pueda iniciarse semejante camino).

Siguiendo instrucciones expresas de la señora Registradora consigno, pues, diligentemente en la certificación con qué otras parcelas linda la que queremos inscribir (para lo cual me limito a copiar lo que pone en la certificación catastral, que también tengo que presentar en el Registro, de modo que ¿por qué me piden dos documentos distintos para decir en ambos lo mismo? Misterio número uno) y se lo entrego a la Registradora. Me asegura que en un par de días tendremos hecha nuestra inscripción. 

Transcurrido el par de días, y algún otro, me llama por teléfono la Registradora. Con grandes disculpas por no habérmelo advertido desde el principio y por el retraso que ello causará en la inscripción, que nos corre prisa, me explica que, al reseñar las parcelas linderas, hay que consignar en cuál de las direcciones cardinales linda cada una de ellas. ¿Linda al Norte? ¿Linda al Sur? ¿Al Oeste, quizás? Cuestión tan sustancial ha sido omitida tanto en la certificación catastral como en la mía, que se limita a repetir la catastral con algunos adornos específicamente municipales.  


Lo cierto es que la certificación catastral incluye un plano estupendo, con su flechita señalando el Norte, y a cualquiera a quien por místicos motivos le interese el asunto le basta con consultarlo para saber hacia qué bendito punto cardinal viene a caer cada uno de los linderos. Pero por razones sin duda de peso, a la Registradora la información del plano no le sirve. Necesita verla confirmada por la fe pública administrativa de la que soy orgulloso oficiante (fe pública que se basa, exclusivamente, en la información que he obtenido del plano, ese plano que sin embargo ella desdeña. Misterio número dos). 

Debo, pues, rehacer la certificación, para que incluya los dichosos puntos cardinales. ¿Deberé presentarle el original corregido? Ello llevará más tiempo, y nos corre verdaderamente tanta prisa... No, no, se apresura ella a tranquilizarme. Basta con que lo envíe por fax. Estupendo. (Ahora bien ¿por qué, si era inexcusable la presentación en original para la primera certificación que se nos pidió, basta en cambio con su facsímil para esta segunda que ha de sustituirla? Misterio número tres).

Puesto que se muestra tan cordial y cooperadora me creo en el caso de darle un poco de conversación. Le empiezo a comentar que no siempre es sencillo señalar en qué dirección exacta linda una parcela con otra: las formas de las parcelas son irregulares, sus lindes rara vez siguen una recta, y menos aún una recta alineada según las cuatro direcciones cardinales... No me deja acabar mis explicaciones, me interrumpe, llena de entusiasmo: "Sí, es verdad, tiene usted razón. Y además eso del Norte y el Sur es tan relativo..." "¿Cómo, relativo?" –indago, algo alarmado. "Si, ya habrá visto usted lo que pasa, si miras una parcela desde la carretera el Norte está hacia allí, pero si la miras desde el otro lado resulta que está hacia allá..." me explica, encantadoramente convencida de estar dando voz a mis propias perplejidades. "No, no –empiezo a decir con cierta adustez– el Norte está siempre en la misma dirección..." pero me interrumpe de nuevo: "Usted añada los puntos cardinales a los linderos como mejor pueda, mándemelo por fax y en un par de días está hecha la inscripción." Nos despedimos amabilísimos y yo procedo a redactar una nueva certificación que asigna a cada lindero un punto cardinal según Dios y el plano del Catastro, en estrecha colaboración, me dan a entender. Mientras lo hago me pregunto (misterio número cuatro) si es posible llegar a ser Registrador de la Propiedad creyendo que los puntos cardinales cambian de dirección según desde dónde se los mire.


Este último misterio es menos misterioso que los anteriores; es sorprendente pero parece innegable que sí, que es posible. Por otro lado esto me aclara en parte el misterio número dos: si realmente cree tal cosa, es bastante explicable que un plano no le sirva para nada –es imposible que, con tales bases teóricas, llegue siquiera a entenderlo– y que necesite que sea mi intervención profesional la que se comprometa en la problemática cuestión de establecer qué parcela queda al Norte y cuál otra al Sur. 


(En realidad no me coge de nuevas. He conocido notarios para quienes la pretensión de sustituir la bonita expresión "cuatro unidades y siete octavas partes de otra" –ojo: "de otra", no vaya usted a pensar que de alguna de las mismas cuatro, como bien podría entender, sobre todo si es usted notario, sin esa inteligentísima precisión– por esta otra, menos sonora pero más sencilla: "4'875 unidades"constituye un claro intento de atentar contra la verdad misma de las cosas y, peor aún, contra su sacerdotal misión de dejar constancia escrita de ella. Una argucia de contable inescrupuloso, si alguno no lo fuera, sin otro propósito que el de de engañarlos a ellos y tergiversar su sagrada función. Y sé de juristas de larga experiencia y reconocido prestigio que han sufrido un verdadero shock, mezcla de pasmo y de incredulidad, ante la escandalosa aseveración de que "el veinte por ciento", "la quinta parte" y "0'2" son expresiones perfectamente equivalentes e intercambiables). 

Hete aquí que al cabo de un rato vuelve a sonar el teléfono y es de nuevo la Registradora, más deshecha aún en excusas que hace un rato. Ha recibido mi fax, sí. Ahora ya está convenientemente aclarada la orientación de los linderos. Pero... lo siente muchísimo, es que se le olvidó advertirme... como allí todo el mundo presenta los papeles ya con su autoliquidación... pues, en fin, que antes de inscribir la parcela hay que liquidar el impuesto. ¿Sus honorarios? pregunto. No, no, su tasa ya la pagaremos luego. El Impuesto. Pero ¿qué impuesto? Ah, pues, esto... el Impuesto. Aquí todo el mundo nos presenta los papeles con el sellito del Recaudador de haber pagado el Impuesto. 

A esas alturas de nuestro trato he empezado ya a hacerme una idea de con quién me las tengo, y le explico con delicadeza –no es cómodo tener que explicarle estas cosas a una Registradora– que la gente suele registrar inmuebles que acaba de comprar –operación sujeta a un impuesto– o de heredar –operación que también tributa– pero que nuestro caso es distinto. Nosotros, le recuerdo con gran dulzura, inscribimos una parcela que es municipal desde tiempo inmemorial y cuya adquisición no tiene nada que ver con la inscripción. ¿De qué impuesto me habla, pues? 

No sabe, de un impuesto. De El Impuesto. Todo el mundo tiene que liquidar el Impuesto. A lo mejor nosotros estamos exentos, no sabe, el Recaudador nos lo dirá, pero ella necesita que mi papel lleve un sello de la Oficina Liquidadora que diga algo del Impuesto, y en un par de días... 

Me despido tan amablemente como puedo y cuelgo con un suspiro. La inscripción que tanta prisa nos corre tampoco ahora estará "en un par de días", según todas las muestras.

La próxima vez que, para encomiarme la preparación profesional de alguien –no estoy pensando en nadie en concreto, no sean ustedes así– oiga decir que es Registrador de la Propiedad, la verdad es que me impresionará algo menos que hasta ahora.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Al curioso lector


Amancio Prada - Libre te quiero (Agustín García Calvo)

Cuando empecé este blog, va a hacer ya siete años, era bastante normal que pasaran dos y tres meses, y más, sin que publicara nada en él. Como no lo leía prácticamente nadie, a nadie le extrañaban mis silencios y nadie echaba de menos mis escritos. No era la situación ideal para un bloguero, desde luego, pero no dejaba de tener sus ventajas –como todo en la vida, si uno se toma la molestia de buscarlas–.

Andando el tiempo un reducido pero muy selecto número de merodeadores internéticos fue adquiriendo la costumbre de pasar de vez en cuando por aquí, leer, si algo nuevo había para leer, y algunos, incluso, comentar lo que buenamente les apetecía. Paralelamente yo aumenté algo mi ritmo de publicación. No es que nunca llegara a ser lo que se dice profuso, no me acerqué nunca ni de lejos al vertiginoso ritmo de actualización de algunos blogs modélicos que podría citar, pero me situé en un ritmo para mí razonable. A veces pasaba un par de meses sin actualizar y a veces me daba por escribir sendos posts dos semanas seguidas, con lo que la cosa vino a quedarse en los últimos tiempos más o menos en un post al mes. No estaba mal, para lo que yo suelo ser.

Así que cuando ha pasado un mes, y dos, y tres... y me temo que ya cinco desde el ultimo post, sin que haya publicado nada nuevo, algunos de mis amables lectores han empezado a levantar la cabeza, olfatear el aire y preguntarse qué está pasando aquí. Una cosa es ser vago y publicar de Pascuas a Ramos, parecen pensar, y otra cosa es esto. Tanto tiempo sin que este hombre asome la cabeza por su blog ni por los ajenos tiene que deberse a algo.

Pues efectivamente, mis queridos amigos, a algo se ha debido. Enseguida se lo explico.

Antes que nada quiero agradecer las muestras de interés por mis andanzas, o falta de ellas, y de preocupación por mi prolongado silencio que he recibido los últimos tres meses y pico. Lansky, Miroslav, Grillo, Atman, Julián, Paloma.. y todos los que, diciéndolo o no, me habéis echado de menos: muchas gracias. Es una verdadera satisfacción contar con lectores y amigos como vosotros, y solo por ello merecería la pena tener un blog.

El último comentario de Julián en el anterior post da bastante en el clavo: parte de la culpa de mi desaparición la ha tenido el verano, desde luego, y la ocasión que felizmente nos da una vez al año de pasar un mes y pico en un lugar donde no hay Internet, ni falta que hace. Pero la causa fundamental de que durante tanto tiempo haya estado alejado de los blogs, del propio y de los ajenos, y sin mucha gana ni ocasión anímica de dedicarme a la placentera flânerie internética, ha sido un serio problema laboral, que no ha andado muy distante del mobbing a que se refiere Bluff. No entraré en detalles, ni aún ahora que, ya felizmente solucionado, empiezo  a concederme a mí mismo permiso para hablar del asunto, pero les haré por lo menos un bosquejo de la cuestión..

Soy funcionario, como muchos de ustedes saben, y durante este verano, desde unos días después de mi anterior post hasta mediados de Noviembre, he visto mi puesto de trabajo en el alero, sin culpa alguna por mi parte y sin que mediara siquiera ese famoso expediente disciplinario que, en teoría, es el único modo de separar a los funcionarios de su trabajo. Nada de eso, no he hecho nada malo ni nadie lo ha considerado así: simplemente ocurre que suprimir mi puesto de trabajo les ha parecido a unos cuantos polítiquillos de vía estrecha un buen sistema de recortar gastos y de practicar el deporte de moda, la caza del funcionario; y con ello, de hacer carrera en su partido y de ganarse los votos de otros cuantos electores desinformados y prejuiciosos. Así que yo me he visto en la calle a seis meses de plazo, sin que nadie asumiera la obligación legal de procurarme un nuevo puesto de trabajo, como exige la ley que se haga cuando se amortiza un puesto con bicho dentro, y me he tenido que buscar la vida por mi cuenta, hasta dar, por pura casualidad y tras no poco esfuerzos y zozobras, con el nuevo puesto que ahora mismo ocupo. Hemos pasado, mi mujer y yo, un verano amargo y lleno de incertidumbre y angustia, y hace solo unos pocos días que hemos empezado a levantar cabeza y a respirar tranquilos.

En resumen, me han proporcionado motivos contundentes y directos para abominar de los políticos profesionales con más energía y conocimiento de causa que lo hacía antes; y para que la próxima vez que oiga a alguien descalificar a los funcionarios diciendo eso tan inteligente de que "como tenemos seguro un puesto de trabajo para toda la vida..." –como si eso fuera algo malo, en primer lugar, o constituyera un motivo para avergonzarse; y, en segundo lugar, como si eso fuera verdad...– tenga aún más razones para pensar que quien lo dice no sabe de qué habla y haría bien en informarse –en el mejor de los casos– o directamente que es un cretino –en el peor y, me temo,  más frecuente–. Y razones ya no solo teóricas, sino dolorosamente prácticas y personales. 

Dicho lo cual solo me queda añadir unas cuantas consideraciones sobre los blogs en general y sobre el mío en particular que ya me habrán leído en otras ocasiones, pero que nunca está de más recordar, especialmente en épocas de sequía y crisis como la actual, en la que hacen particularmente al caso:

Incluso si en sus últimas visitas han visto ustedes siempre el mismo post, incluso si parece que ya no se actualiza nunca ni se va a actualizar más, este blog funciona. Sí, sí, funciona. Todo el rato, también cuando parece que no. Cumple todas las funciones que un blog debe cumplir: está accesible, recibe comentarios de sus visitantes si estos quieren hacerlos, y hasta produce puntuales (??) respuestas de su dueño, al que le llega inmediata comunicación de cuantos comentarios se producen. Lo visitan a diario entre treinta y cuarenta lectores, mejicanos ignotos que quieren saber qué ingredientes tiene la ensalada toscana de VIPS, ecuatorianos despistados que buscan "cantos de júbilo", catalanes ociosos interesados en conocer la letra de "Les violes grignolent"... 

Todos ellos desaparecen no bien comprueban que no han dado tampoco esa vez con lo que buscan, pero hay también lectores fieles y desconocidos que bucean durante largos minutos en posts antiguos, y esos me confortan el corazón cuando compruebo en mi contador la huella de su paso. 

Y, sobre todo, contra lo que algunos blogueros y algunos lectores de blogs tienden a pensar, este blog cumple su función de tal simplemente estando, y ofreciéndome todo el rato la posibilidad de escribir en él lo que de repente sienta la necesidad de compartir con el mundo en general y con mis lectores habituales en particular. Incluso aunque esto sucediera solo dos veces al año. O una. La mayor o menor frecuencia no cambia nada importante en la naturaleza esencial y misión del blog: hay ritmos vitales más lentos y otros más rápidos, autores más prolificos y menos, metabolismos más y menos activos. 

San Pablo, nos cuentan, permaneció trece años tras su camino de Damasco en un aparentemente inactivo pero muy fecundo anonimato, antes de arremangarse y ponerse a organizar un chiringuito que dura hasta hoy en gran medida gracias a su impulso; los trece años de silencio fueron tan útiles a sus fines, o más, que los de actividad, viajes y predicación que les siguieron. Que el campo parezca muerto durante el invierno no le impide florecer meses después, al contrario, la aparente inactividad invernal es condición necesaria de la fecundidad posterior. Y a un elefante no se le puede pedir el mismo ritmo de actividad que a una ardilla. Entre dos latidos consecutivos del corazón del elefante transcurre un tiempo mucho más largo que entre dos del de la ardilla, sí, pero eso no nos autoriza a creer que la ardilla esté más viva que el elefante, ni que entre latido y latido el corazón del elefante haya dejado de funcionar.

En cualquier caso, como ya he dicho en alguna ocasión, este blog es por completo ajeno a nada que tenga que ver con plazos, cupos u objetivos. Se actualiza cuando buenamente le sale de dentro, a él, ni siquiera a su autor, que soy yo. Le encanta tener lectores y comentarios, pero se ha mantenido largas temporadas sin unos ni otros, y ha sobrevivido. Ni reclama el derecho a ser leído ni, en contrapartida, reconoce en nadie el derecho a leerlo. Ni admite exigencias ni exige nada.

Es un blog muy suyo, ya les digo. E insisto en lo de suyo porque, como García Calvo a la chica de la canción, yo, su titular pero no su dueño, lo quiero libre, ni de Dios, ni de nadie, ni mío siquiera. Y espera de sus lectores que lo quieran, también, precisamente así. 

De modo que estén ustedes atentos, porque nadie, ni yo, sabe el día ni la hora; pero por mucho que parezca lo contrario, no les quepa duda de que llegará, ni de que Júbilo Matinal alumbrará un nuevo post, como no ha dejado de hacerlo desde el lejano y feliz día de su inauguración. 

 (Y si desean ustedes saber más sobre mi particular punto de vista sobre cómo y para qué usar este blog, lean, si aún no lo han hecho, el post que dediqué al asunto con ocasión de su 4'05 aniversario.)


martes, 23 de noviembre de 2010

La madre y el guitarrista


Salvador Bacarisse - Concertino Op. 72, 2º Mov. (Narciso Yepes, guitarra)

En mis años mozos coincidí más de una Semana Santa con Narciso Yepes,  formando parte ambos del heterogéneo grupo de huéspedes a los que durante esos días daba cobijo y alimento, así material como espiritual, un solitario monasterio de monjas de clausura de un pueblecito abandonado de Guadalajara, en los páramos ásperos y magníficos, poblados de sabinas, del Alto Tajo. (Al contrario de lo que cuentan algunos de mis distinguidos contertulios internéticos, durante mi juventud compaginé la frecuentación de diversos antros con algún período de recoleta vida monástica. Es una mezcla muy recomendable, en mi opinión.) 

 
Yepes era extraordinariamente tímido, y sus actividades piadosas en aquel santo lugar tenían pocos puntos de contacto con las mías, más orientadas a triscar por el monte y llevar a cabo distintas -y no muy eficaces, me temo- tareas de mantenimiento para el Monasterio. No le traté mucho, por tanto (aunque me enorgullece decir que un día, tras ensayar animosamente todo el grupo de huéspedes diversos cánticos litúrgicos a varias voces para alguna de las celebraciones religiosas propias de las fechas, tuvo la amabilidad de declarar públicamente que si no se había perdido por los vericuetos del canto era gracias al firme apoyo que había encontrado en la sólida voz del joven que cantaba detrás de él. Que era yo.)

Aunque con tan poco motivo, consideré que nuestra relación era lo suficientemente íntima como para, al acabar un concierto que el maestro dió en ese mismo Monasterio y al que habíamos asistido  mi madre y yo, ofrecerme a presentárselo. Para mi sorpresa, mi madre se negó en redondo. “No, no. No me presentes a Narciso Yepes. Otro día, si acaso”. Insistí, y como persistía en la negativa, en un tono más bien misterioso, además, quise indagar la causa. Siguió mostrándose sospechosamente reacia a dar explicaciones, pero ante mi curiosidad acabó por confesar.

“Ya me he presentado yo”- me explicó.- “Nos hemos cruzado en la puerta, al salir de la iglesia. No había manera de evitar la conversación y me he puesto nerviosísima. No se me ha ocurrido nada mejor que preguntarle: ¿Es usted el violinista, verdad? Me ha mirado muy serio y me ha contestado: No, señora. Soy el guitarrista. Y entonces me he dado media vuelta y me he marchado. Así que, casi mejor, no me lo presentes, no.”

(Hay que tener en cuenta que no solo mi madre era una melómana que llevaba muchos años sabiendo quién era Narciso Yepes y qué instrumento tocaba, sino que acababa de escuchar íntegras dos horas de concierto de guitarra solista a su cargo…)

domingo, 27 de junio de 2010

El jardín



Los Fronterizos - Serenata del 900 (1)


A Marta, que entiende que me pasen estas cosas.

Cuando se tienen seis años un jardín llega a ser tan grande como el mundo. Sobre todo un jardín de la sierra de Madrid, que en unos pocos cientos de metros cuadrados en cuesta acumula senderos, escaleras, cancelas, terrazas, setos, balaustradas de granito, encinas, acequias, porches y pinos en infinitas posibilidades de recorridos en torno a la casa. Un mundo maravilloso en el que jugar eternamente a policías y ladrones -la eternidad es una tarde de verano de la infancia- leer innumerables tebeos o dejar pasar el tiempo charlando y embriagándote de sol y olor a pino.


No llegué a pasar un día entero en aquel jardín y no sé cuántas de mis tardes, no más de dos o tres, supongo, transcurrirían en él. Visitas de un día a la casa que alquiló mi tío en el lejano verano del 64, excursiones desde Madrid a El Escorial para charlar los padres y jugar los primos al aire libre. Sé que nunca entré en la casa, que para mí se limitó siempre a su exterior, una parte más del jardín, su límite y su núcleo: muros de piedra con contraventanas verdes metálicas siempre cerradas y una puerta abierta a un vestíbulo oscuro y fresco, del que salía mi tía con la merienda. Pero el jardín quedó para siempre en mi memoria como el paradigma de los jardines, como la personificación de la sierra, como la quintaesencia de El Escorial. Y también como uno de mis emblemas privados del verano, las vacaciones, el juego, la aventura. La felicidad.


He estado luego en El Escorial incontables veces, y alguna, pasados los años, traté de localizar la casa y el jardín, pero siempre sin éxito. Nunca más lo encontré después de aquel verano. Sus senderos, sus recovecos, sus plantas, sus escaleras, sus terrazas y sus árboles, o más bien mis recorridos de niño que jugaba en el pequeño universo que todo ello formaba, así hurtados del mundo real, cuajaron entretanto en mi memoria como un escenario privado, casi onírico que, como muchos otros, -no sé si a alguien más le pasa esto que me pasa a mí:  los recuerdos, emociones, sensaciones y estados de ánimo me cristalizan en paisajes mentales, de cuya permanente y discreta presencia en mi cabeza soy apenas consciente- me ha acompañado desde entonces, catalizando calladamente, a modo de inadvertido pero luminoso telón de fondo, buena parte de mis pensamientos, sentimientos y vivencias. Buena parte de mi vida.


No es fácil, por eso, explicar mi impresión cuando hace unos días, tras deambular un rato por el laberinto de caminos flanqueados de jardines que se extiende entre la Herrería y el Horizontal, en la falda sur de Abantos, me encontré de repente frente al murete de granito. No era muy alto y tras él se elevaba, ofreciéndose a mi mirada en exacta materialización de mi impreciso decorado mental, todo el jardín en pendiente. Todo estaba allí, idéntico a mi recuerdo, cada escalera, cada seto, cada sendero, balaustrada y árbol colocándose obedientemente en su sitio a medida que mi vista y mi memoria iban constatando su asombrosa coincidencia en un único lugar real, al cabo de cuarenta y seis años de buscarlo cada una por su cuenta.


La casa parecía cerrada y vacía. Me subí al muro y, ya a punto de poner el pie en aquella mágica materialización de mis recuerdos más remotos, caí en la cuenta de que no es conveniente allanar moradas ajenas, por propias que sean en nuestro ánimo; menos aún con mi hijo mirando escandalizado cómo por una vez era yo el infractor. Me contuve, pues, y me conformé con mirarlo desde fuera. Lo rodée y pasé un largo rato acodado en el muro del otro lado, el que dominaba el jardín desde arriba, sumido en la fascinada contemplación de aquella irrupción del pasado, súbita y arrasadora. (Se me revivió, incluso -y me llevó un tiempo identificarla- una leve sensación de ansiedad que sin duda tenía -pero nunca había vuelto a recordarlo conscientemente- aquel lejano mes de agosto: la inminencia de mi primer curso de colegio, que yo sabía que iba a empezar poco después, a primeros de octubre.)


Es muy raro que se produzcan estos encuentros, tan completamente coincidentes y tan inopinados, entre nuestros recuerdos y la realidad recordada. A mí me ha ocurrido, con esta, en dos ocasiones, y en ambas me ha supuesto una experiencia intensa y algo catártica, una especie de aglutinación  y renovación repentinas de la propia personalidad, que tiende a diluirse y a atenuarse al  irse extendiendo a lo largo del tiempo y de improviso se encuentra reunida consigo misma en un momento concreto y olvidado del pasado. No es posible provocarlos, claro. Deben su potencia, su enorme y reveladora capacidad de trastornarnos, precisamente a que son incontrolables, por completo inesperados y muy poco frecuentes. Revulsivos, enriquecedores y, desde luego muy recomendables, si de algo sirviera recomendarlos.

(Imagino que la célebre magdalena no supuso para Proust una experiencia muy distinta de esta mía.  Pero mientras que el sabor y el tacto de unas pocas migas de bollo en una taza de té bastaron para desencadenar en la cabeza de Marcel su prodigiosa búsqueda del tiempo perdido, en la mía la aparición de todo un jardín no ha alcanzado a provocar -en  lo que a escribir se refiere, quiero decir- más que este modesto post. Es duro ver tan patentemente resumida en esa diferencia la distancia que me separa del genio. Mirémosle, no obstante, el lado bueno: esos siete tomos que nos hemos ahorrado todos.)

 * * * * * 


(1) La música elegida no parece tener gran relación con el texto, pero la tiene, y mucha. Es una canción que aquel verano cantábamos incansablemente mis hermanos y yo, traída a casa por nuestra particular y musical Cigarra, que la había aprendido no sé si en el colegio o con las guías. La cantábamos con otro ritmo y con letra ligeramente distinta, sin la menor idea de que fuera argentina. Muchos años después, recopilando con fervor de coleccionista por tiendas de segunda mano viejos vinilos de zambas, chacareras y vidalas, encontré en uno de ellos esta versión de Los Fronterizos, cuyo título no me dijo nada de entrada pero en la que, al oírla, reconocí con sorpresa la casi olvidada canción de mi infancia. Está aquí doblemente indicada, porque fue también alguno de aquellos veranos de los sesenta cuando entró en casa y en mi vida, de la mano esta vez de mi hermano Ricardo, la pasión que aún me dura por el folclore argentino.

Las fotos las he hecho en una visita posterior, más sosegada y ya no bajo los efectos del primer reencuentro. Tampoco esta vez me resolví a invadir el jardín, y tuve por tanto que hacerlas desde fuera. La fotografía nunca ha sido mi fuerte, y no me han salido muy allá. Pero permiten hacerse una idea.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Un servicio del Ayuntamiento de Madrid (2)


Georges Brassens - Stances à un cambrioleur

De modo que allí estábamos I y yo,esperando el regreso de nuestra, respectivamente, madre y esposa, que se había adentrado en el territorio hostil del Depósito Municipal de Vehículos con la única compañía de un guía nativo inamistoso, y de la que ahora nos separaban una alambrada cerrada con candados y cerrojos y unos cuantos miles de metros cuadrados llenos de coches abandonados. Recé mentalmente para que, si llegaba a producirse el enfrentamiento –cosa muy probable, dada por un lado la catadura general del segurata y por el otro el estado de ánimo cercano a la ebullición en el que sabía a mi mujer– a ella no le fallaran los reflejos. "Si consigue pillarle desprevenido puede tener alguna posibilidad", calculé. "No parece en muy buena forma y no esperará ser atacado por una madre de familia. Espero que tenga el sentido común de quitarle la pistola antes de golpearle. Mientras está conduciendo, sería el mejor momento..." Me distrajo de estos pensamientos la llegada de una pareja.

–¿Esto es el puto depósito de coches?– nos saludó, más expeditiva que cortés, el miembro femenino, una jovencita que parecía atormentada por una pena secreta. Asentimos, y mientras él, siguiendo nuestras indicaciones, entraba en el cobertizo, ella decidió hacer su pena un poco menos secreta y, sin duda para bajar presión, comenzó a rociarnos con unos cuantos escapes de su caldera interior. Atraje a I hacia mí, para protegerle en caso necesario y para que su evidente condición de no beligerante nos identificara a primera vista como neutrales y posibles aliados.

–Me llaman ayer al trabajo –soltó su primer chorro la recién llegada– para decirme que se me han llevado el coche, porque van a rodar no sé qué mierda de película, y que lo puedo recoger en... no sé cómo cojones lo llaman, pero por lo menos estaba en un sitio civilizado, joder. Que lo tendrían allí cinco días y luego lo traerían al depósito si no lo recogíamos antes. Vamos allí esta mañana y me dicen que ya no está allí, que se lo han traído a este puto culo del mundo... ¡Y que traiga una grúa, porque a lo mejor ahora no anda! Ayer andaba perfectamente, así que ¿por qué leches no va a andar hoy? ¿Qué le han hecho, los cabrones estos? ¿Quién coño me va a pagar a mí el arreglo? ¿Y el taxi que hemos tenido que coger para venir a este jodido vertedero? ¿Y de dónde cojones saco yo una grúa, y quién la va a pagar?

Reconocí lo justo de su ira y desplegué toda mi simpatía. Tanto por solidaridad elemental como por regular en lo posible el flujo de denuestos, que I, siempre interesado en el lenguaje, escuchaba con gran atención, probablemente tomando nota mental de los hallazgos expresivos más felices. Nuestra nueva amiga pasó de lo que podríamos llamar parte expositiva de su desahogo a la dispositiva, una explicación fervorosa de sus proyectos inmediatos, que incluían explícitamente el homicidio indiscriminado y la destrucción a gran escala de objetos, de modo que, prefiriendo prevenir a curar, la conduje con mano firme y palabras de aliento hacia el interior del chamizo, donde me pareció que sus iniciativas encontrarían un campo de acción más amplio y útil. Allí la dejé con su novio, estrellando sus iras al alimón contra la estolidez imperturbable del tipo del mostrador y salí de nuevo a la relativa paz exterior. I aplastaba la cara contra la alambrada, en busca vana de algún atisbo de su madre.

–No vienen...– me dijo.

La verdad era que ya tardaban en volver. "No se han oído disparos ni gritos de auxilio", me dije para tranquilizarme. "M es muy rápida corriendo, y entre tanto coche no le será dificil darle esquinazo. Si han llegado hasta el Golf, allí hay una llave inglesa..."

Pero al fin oímos llegar al cochecillo a toda velocidad. Se detuvo al otro lado de la verja con un frenazo y, como en los atracos, las dos puertas se abrieron a la vez y M y el sicario, sin señales visibles de violencia en sus personas, se bajaron cada uno por su lado. M nos saludó con la mano y nos hizo señas de que entráramos en la caseta, mientras seguía la rápida marcha del rufián hacia la puerta trasera. Nos reunimos todos en la oficinilla, ellos entrando por detrás y nosotros por delante, y nuestra entrada interrumpió por un momento la batalla del mostrador. M comenzó a ponerme en autos, nunca mejor dicho, de sus andanzas por la Frontera, y algo magnético había en su tono y ademán que hizo que, según empezaba a hablar, el habitáculo todo quedara suspenso, pendiente de sus labios:

–No tiene gota de gasolina. Le he hecho el puente y el motor de arranque funciona, pero la grúa lo ha dejado caer al fondo de un terraplén y no creo que pueda subir aunque consigamos que ande, porque la cuesta es enorme y está encima de un matorral. Lo ha debido de aplastar al caer y se ha quedado medio encajado. He tenido que romper unas cuantas ramas para abrir el maletero, me he hecho cisco las manos. Ese señor del jersey azul –señaló sin mirarlo al Guardia de Inseguridad, que nos miraba hosco– no ha movido un dedo para ayudarme. Ni se ha acercado al coche. Se ha quedado arriba, cruzado de brazos. Cuando le he dicho que si no nos lo sacan de ese agujero en que lo han tirado no nos lo podemos llevar, me ha contestado que traigamos nosotros una grúa, que el coche se queda donde está hasta que nosotros lo movamos.

La jovencita prorrumpió en una especie de ovación triunfal: se confirmaban sus peores sospechas y le traían combustible de refuerzo y una aliada de su sexo, siempre más de fiar que los contemporizadores varones. El del mostrador, contento de poder desentenderse aunque fuera un momento del acoso de la pareja, creyó llegado el momento de intervenir.

–Si quieren ustedes volver con una grúa, nosotros tenemos abierto hasta...

–Lo que es yo –declaró en ese momento el segurata– no pienso volverla a acompañar. Ya he ido una vez y no voy más.

–Alguien se ha llevado del maletero el balón de fútbol de I– siguió contándonos M, mirándole fijo. –El ladrón se ha dejado dentro un montón de cosas suyas, hasta un pico, así que no creo que haya sido él.

–¡El balón de mi cumpleaños!– clamó I.

–Yo te compraré otro, hijo, no te preocupes.– dijo M.– Ahora lo que quiero es irnos de aquí. Cuanto antes.

–Pues vámonos– concluí yo.

–¿Pero no se llevan ustedes el coche?– quiso saber el del mostrador.

–Hoy no. Ya vendremos otro día que tengamos más ganas. Y si se les ocurre a ustedes cobrarnos ni un solo euro por el depósito del coche... –busqué una amenaza verosímil y, como no la encontré, acabé con cierta prisa– los denunciaré por receptación de vehículo robado y saldremos todos en los periódicos.

Y nos fuimos los tres. Fué una salida más o menos digna y tuvimos el consuelo, mientras cruzábamos la puerta exterior en busca de mi coche, de oir a nuestra espalda cómo redoblaban los gritos de la jovencita, cubriéndonos la retirada.

* * * * *

Mi jefa, que se ríe mucho con mis historias y conoce a todo el mundo, nos consiguió un desguace que no solo fue con una grúa una semana después a sacar el Golf del depósito, sino que no nos cobró nada y hasta nos pagó cien euros por lo que de él pudiera aprovechar.

Gracias, pues, al Ayuntamiento de Madrid, un coche que andaba estupendamente y que el primer ladrón había dejado en razonables condiciones de uso y decentemente aparcado en una calle céntrica, a tiro de Metro, pasó a ser un montón de chatarra inerte arrojada a un barranco del extrarradio más inaccesible.

¿No está la Administración Pública precisamente para eso, para llegar donde la iniciativa privada no puede o no quiere?

Como dueña del coche M tuvo que acompañar a la grúa para retirarlo. Cuando entraron a buscarlo, y contra lo que había dicho el segurata sin afeitar (ese día ya había otro, afeitado. Los deben de mandar allí temporadas cortas, como castigo), el Golf ya no estaba al fondo del terraplén, encajado en un arbusto, sino correctamente aparcado en un llano, del que ella solita se lo habría podido llevar sin más que echarle un poco de gasolina. Pero ¿cómo despedir de vacío al de la grúa y volverse atrás del trato con el desguace? Y ¿qué hacer con un tercer coche en un barrio como el nuestro, en el que aparcar a diario dos ya es un serio problema y en el que puedes conseguir tantas tarjetas de residente como conductores haya en el domicilio, pero no más?

M me contó este segundo viaje muy tranquila y objetiva, sin la menor muestra de emoción. Pero la conozco y sé que esta última y definitiva despedida de su Golf, que la esperaba allí tan dispuesto, el pobre, y al que tuvo que abandonar para el desguace, debió de resultarle muy dura.

* * * * *

Cosa de dos meses después a M le han llegado cinco denuncias por estacionar sin distintivo que lo autorice, todas ellas del lugar en que el ladrón dejó el coche y de los días en que aún no nos habían avisado, pero ya el robo llevaba denunciado una semana. (Dos de ellas, por cierto, del mismo día, cosa legalmente imposible.) La Policía Municipal, que tardó cinco días en darse cuenta de que era un coche robado y en avisar a su dueña, fue capaz en cambio desde el mismo principio de advertir y denunciar que estaba mal aparcado. Por esto último el Ayuntamiento cobra sustanciosas multas. Por lo otro, solo nuestros vulgares impuestos, que va a recibir de todos modos, lo haga bien o mal, antes o después.

M ha presentado otros tantos pliegos de descargo contra las denuncias, explicando que el coche estaba robado y su robo denunciado, pero la Concejalía ha hecho caso omiso y, a su debido tiempo, le han llegado las multas. Las hemos recurrido, pero desestimarán los recursos, seguro. Y como no las pagaremos –no se debe jamás cooperar con el verdugo– nos embargarán la cuenta del banco o la devolución del IRPF y nos tendremos que aguantar.

Bien dice Brassens que también entre los ladrones hay clases, y que van quedando pocos como Dios manda...

lunes, 31 de agosto de 2009

Un servicio del Ayuntamiento de Madrid (1)


Pablo Milanés - Hombre preso que mira a su hijo

Le robaron el coche a M, mi mujer, y fue una historia. Era un Golf ya muy viejo, iba a cumplir dieciocho años –I, mi hijo de once años, hizo el diagnóstico más certero: "Ha visto ahí mismo la mayoría de edad y se ha ido de casa"– y tenía bastante más de trescientos mil kilómetros. La carrocería estaba hecha un asco y, en cuanto se quedaba aparcado tres días y empezaba a acumular resina, hojas secas y volantes publicitarios parecía un coche abandonado. Consumía cantidades ingentes de gasolina, no toda en hacer funcionar el motor, a juzgar por cómo olía. Pero andaba como un rayo y su dueña le tenía mucho apego. Y, sobre todo, lo necesitaba para su trabajo, de modo que inmediatamente nos dimos a buscarle el sustituto más barato que pudiéramos encontrar. Nos llevó una semana bastante agotadora de recorrer concesionarios, examinar cochecillos y regatear con los vendedores, –operación novedosísima y muy entretenida que ahora, gracias a la crisis, es posible hacer con resultados engañosamente halagüeños– pero al fin M eligió y apalabró su coche nuevo.

La tarde que volvíamos de comprarlo, cuando ya había cerrado la operación y entregado una sustanciosa señal, llamó la policía municipal. Contra todo pronóstico –estábamos seguros de que había acabado hecho piezas en un desguace– el Golf había aparecido, a veinte o treinta manzanas de donde M lo había dejado y diez días después, pero por lo demás, según dijo el policía, no en mucho peor estado que antes del robo. Solo una puerta forzada, el contacto con el puente hecho y algo más de basura en su interior. (Luego vimos que había hasta un pico, que sin duda utilizó el ladrón para hacer alguna clase de butrón pero que por lo visto no interesó a la policía como prueba. Sangre no parecía tener.) En cuanto la policía científica acabara de examinarlo, nos dijeron, podíamos pasar a recogerlo por el depósito municipal Mediodía II.

A mi mujer se la llevaron todos los demonios: ella no quería un coche nuevo, ni mucho menos gastarse la pasta que le había costado. Ella quería su Golf de toda la vida. E iba a aparecer justo ahora, cuando ya se había comprado otro. Con solo que la hubieran llamado unas horas antes... (Yo, en cambio, estaba secretamente encantado de que las cosas hubieran venido así, porque no me gustaba nada que anduviera por el mundo en semejante cacharro, y convencerla de cambiar de coche sin robo mediante no habría sido nada fácil. Pero no me pareció el momento oportuno para decírselo. Hay que respetar el duelo.)

Así pues, el Sábado por la mañana, haciendo un hueco entre las otras dieciocho cosas que normalmente uno va dejando para hacer el Sábado por la mañana, nos encaminamos al depósito de Mediodía II. No es que tuviéramos especial interés, a esas alturas, en recuperar el coche, con el que no sabíamos muy bien qué íbamos a hacer, pero nos advirtieron que, si no lo recogíamos, pasados quince días su estancia en el depósito empezaría a costarnos dinero.

Localizar el Depósito no fue fácil. Todo lo que la página del Ayuntamiento ofrece como indicación es la desalentadora dirección Camino de la China s/n y este escueto plano:


que si tuviera dibujada la gran piedra en forma de calavera sería al menos tan vistoso como el de John Silver pero que así, sin más referencias que las locales, la verdad es que no resulta muy eficaz para saber de dónde estamos hablando. No nos desanimamos, empero, y con el nombre del camino en cuestión y la pista de Mercamadrid, nos metimos en Google Earth, que nos localizó el lugar justo donde marca el cuadradito:


y nos suministró, además, numerosas indicaciones sobre cómo llegar, algunas un tanto crípticas e incompatibles entre sí (Toma la salida 20 hacia la Calle Embajadores, y, justo a continuación, Toma la salida 19B e incorpórate a carretera de Villaverde, por ejemplo) pero en general bastante alentadoras. Daban toda la impresión de que acabaríamos llegando.

Y acabamos llegando. No recuerdo haber dado nunca tantas vueltas por las autopistas que rodean Madrid pero, tras algo más de cincuenta kilómetros recorridos a base de cambiar de sentido diez o doce veces –cada vez que resultaba evidente que habíamos vuelto a pasarnos de la desviación correcta– por distintas carreteras, durante cerca de tres cuartos de hora, conseguimos llegar a un sitio llamado Centro de Transportes de Madrid, que era la última referencia que los lugareños –gasolineros, fundamentalmente– fueron capaces de darnos antes de abandonar la civilización y adentrarnos en la terra incognita. Allí un jovial guarda de seguridad nos dió las últimas instrucciones –según dijo lo tenía que hacer unas cien o doscientas veces al día– y siguiéndolas nos adentramos por un camino de tierra, lúgubre e interminable, con el que jamás habríamos dado si no nos lo hubiera dicho él, porque carecía de la menor indicación que permitiera suponer que conducía a parte alguna, y menos aún a una dependencia municipal de uso público. Ni una señal, ni un cartel. Nada. Un camino desierto, siniestro y larguísimo, recorrido solo por algún que otro indigente con el inequívoco aspecto de ir buscando su ración de droga, flanqueado a la derecha por las inmensas instalaciones de Mercamadrid, desérticas e inaccesibles, y a la izquierda por una tapia de piedra artificial coronada de alambre de espinos.


En la foto, bajada de Internet, se ve el interior del "depósito". Nosotros recorríamos el otro lado de la tapia, sin saber qué había tras ella ni si encontraríamos en algún momento alguna puerta con algún cartel que nos permitiera saber que habíamos llegado a algún sitio.

Pero al fin el camino se ensanchó un poco, no demasiado, lo justo para permitir el giro hacia el portón que se abría –es un decir, estaba cerrado a cal y canto– en la tapia. Ni un solo sitio para aparcar, ni un solo cartel indicando que has llegado al Depósito de Vehículos, nada. Arrimamos el coche a un lado del camino, confiando sin mucho más motivo que nuestro buen ánimo en encontrarlo a nuestro regreso en el mismo lugar y estado, y franqueamos con paso inseguro la puertecilla de peatones abierta junto al portón. Nos encontramos así en un pequeño recinto separado por una alta alambrada del depósito de vehículos, inmenso, desolado y desolador, abarrotado de coches en distintos grados de deterioro hasta donde la vista se aburría de intentar alcanzar.

A la derecha había una casamata pequeña, que más que otra cosa parecía un almacén de herramientas en desuso, pero que era el único edificio a la vista, de modo que entramos. Eran las oficinas. Había un mostrador y tras él un tipo, el primer ser humano que veíamos en un buen rato y cuya presencia nos resultó casi inesperada en aquel páramo semiabandonado. Nos saludó con desgana, buscó el coche en una lista y nos confirmó que sí, que estaba allí. Nos pidió los papeles del coche, para asegurarse de que M era la dueña y tenía derecho a llevárselo. Le hicimos notar que los papeles del coche estaban en el coche, o eso esperábamos. Se quedó un rato considerando el problema con aire de perplejidad.

–Bueno,– resolvió al fin –pues tendrá que entrar usted a buscarlos.– Parecía que la situación se le presentara por primera vez. ¿Cómo lo hacen en otras ocasiones?, me preguntaba yo. ¿Nadie más que mi mujer guarda la documentación del coche en la guantera, o es que somos los primeros que consiguen llegar aquí a recoger su coche, y es por eso por lo que hay tantos? Entretanto el aborigen se había debido de poner en contacto telefónico, o quizás telepático, con un congénere, porque tras una espera no muy larga de no se sabía bien qué, por una puertecilla de detrás del mostrador apareció un rufián sin afeitar que vestía los restos arrugados, mugrientos y que le venían francamente estrechos, de lo que en tiempos mejores debió de ser un uniforme de guardia de seguridad. Nos echó a todos una mirada de hostilidad aburrida y si no mascó un palillo de dientes fué por una carencia notoria de sentido artístico por su parte. Habría tenido que hacerlo, para acabar de redondear el tipo. El del mostrador le tendió un papelillo.

–Tienes que acompañarlos a que recojan los papeles del coche– le informó con lo que me pareció un tono inequívoco de "Jódete". El segurata resopló, como confirmando sus peores sospechas, nos miró más hostilmente aún e hizo un vago gesto con la mano, que interpretamos como que debíamos volver a salir al recinto de entrada. Lo hicimos y él reapareció al otro lado de la alambrada. Con mucho despliegue de llaves y golpeteo de cerrojos, abrió una cancela.

-¡Solo uno!- ladró cuando I y yo intentamos franquearla, siguiendo los ansiosos pasos de mi mujer. Volvió a cerrarla tras ella. M se encogió de hombros, nos hizo un gesto de despedida y se metió con el rufián en un cochecillo pintado con el logotipo de una Empresa de Seguridad Canaria. (Preferí no tratar de imaginar con qué criterios ha adjudicado el Ayuntamiento de Madrid este servicio a una empresa geográficamente tan cercana y comercialmente tan atractiva. La contratación administrativa, bien lo sé, tiene estos misterios.) Mi hijo y yo, apretados el uno contra el otro, la vimos partir a toda velocidad, rumbo al mismísimo corazón del Santuario Caníbal (¿del que nunca nadie ha regresado?): las remotas y, por todas las muestras, vírgenes profundidades del Depósito. De vehículos, no de cadáveres, tuve que recordarme a mí mismo. Por unos instantes luché con la impresión repentina de estar despidiéndola a las puertas de una cárcel o de un campo de concentración, conseguí vencerla y sonreí esforzadamente, para hacer ver a I que todo iba bien.