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jueves, 23 de mayo de 2013

Elucubraciones que produzco -en ocasiones- acerca de

Para  Ātman, vegetariano confeso para quien reservo, de momento, la totalidad del aprecio que me considero
capaz de sentir por un vegetariano. Para que no se ofenda por la última de estas lucubraciones, con afecto. 





Ayer murió Georges Moustaki, una de las numerosas y variopintas compañías musicales, y no solo, que me han iluminado la vida desde que, preadolescente perdido, lo descubrí, de la mano, supongo, de alguno de mis hermanos o hermanas mayores, y que no he dejado de escuchar y disfrutar desde entonces. Aquí canta Je suis un autre, una especie de presentación musical en la que se define de muchas maneras: debutante de sienes que blanquean, patriarca novicio, viajero inmóvil, soñador despierto. Uno de esos galgos que nacen cansados, optimista amargo, pesimista alegre. Y, siempre, un autre, otro. Un utópico, digo yo, de los que el mundo necesita y al que echará en falta, un músico excelente y un letrista maravilloso que, según sus propias palabras, nunca tuvo ni la vocación ni la misión de imponer sus ideas. Para gustarme más aún cambió su nombre de pila original, Giuseppe, por el de Georges –mi santo favorito– en honor de otro de mis mentores musicales, Georges Brassens. 

Ya ha encontrado ese jardín donde vivir desnudo y sin preocupaciones, esa casa de puertas abiertas que buscó toda su vida sin encontrarla, pero sin perder el entusiasmo en la búsqueda y transmitiéndonoslo a los demás. Que la disfrute, con nuestro agradecimiento.




los nuestros, la verdad...- Ni 'los buenos' son nunca, en la práctica, buenos del todo, sin resquicios ni sombras, ni 'los malos' el Mal absoluto, sin rastro de bien alguno. Esto es una verdad de sentido común, es sabio profesarla y muy recomendable, cuando nos enfrentamos a 'los malos', tenerla en cuenta y dedicarnos en primer lugar a estudiar y establecer los límites, la modalidad y la forma exacta de su maldad. Cuánto son de malos, por qué son malos, o por qué nos lo parecen a nosotros, a qué otro malos se asemejan y de cuáles otros se diferencian, en qué... Con ello no los defendemos ni los absolvemos, conviene dejarlo claro, solo tratamos de entenderlos mejor. 

Conviene, digo, dejarlo claro, pero es propósito la mayor parte de las veces inútil, porque siempre hay entre 'los buenos' –entre los 'nuestros', quiero decir, entre esos a los que mis malas costumbres me acaban siempre impidiendo pertenecer de pleno derecho– quien considera que este empeño de estudiar, matizar y clasificar al 'enemigo' no es más que simple connivencia con él; y estigmatiza, desalinea y condena a quienes incurrimos en el indisciplinado delito de distinguir. 

Consecuencia: no nos alineemos, única manera de que nadie pueda desalinearnos. No hay que formar grupos –mira por dónde vengo a acatar aquella orden de los grises de mi juventud: '¡No me hagan grupos!'– no hay que pensarse nunca a uno mismo como integrante de un grupo. Es una elemental medida de higiene y, como suele pasarle a las medidas de higiene, a primera vista parece incómoda, pero acaba compensando. Los grupos, habitualmente, detestan el matiz, el distingo y, en general, cualquier cosa que dé lugar al razonamiento individual libre. Necesitan la consigna, la unanimidad previa y acrítica en torno a lo simple, las verdades embaladas en paquetes sencillos, fáciles de manejar –y de arrojar a la cabeza del contrincante, llegado el caso–. 

Pero las verdades de verdad tienen formas muy raras y se niegan a dejarse empaquetar. Las verdades son como los vinos: ¡desconfiad de las que se presentan en tetrabrick!

Yo elucubrando, según un estupendo y hermético dibujo de Grillo, el culpable de que este post se llame así

* * * * * 


...el arte, la felicidad y todo lo demás...- Tengo a medio desarrollar –y una vez publicado esto, y desfogados con ello mis bajos instintos más apremiantes al respecto, lo más probable es que quede para siempre en ese estado; un inconveniente más, o una ventaja, según se mire, de tener un blog– una teoría general según la cual todo lo valioso aparece como resultado sobrevenido y no buscado de un proceso que no lo tiene por fin originario; se desarrolla y crece mientras conserva esa condición de secundario y se esclerotiza y muere cuando se independiza del proceso que lo originó, y se erige en fin él mismo. 

En el arte, mala palabra a la que últimamente le estoy cogiendo bastante manía, se ve muy claramente: no puedo evitar la impresión de que una condición indispensable para que las actividades a las que se suele considerar "arte" produzcan belleza –o nos hagan disfrutar de cualquier otro modo equivalente– es que no sea esa su finalidad consciente y expresa. Del mismo modo en que una de las condiciones de la "gracia" infantil es que sus poseedores la ignoren; y la pierden no bien se hacen conscientes de ella e intentan "ejercerla" de modo deliberado, hay una espontaneidad, una autenticidad casi infantiles en el modo en que una obra de arte busca su objetivo, sea el que sea, que es parte fundamental de la belleza que en ella apreciamos y del disfrute que, en general, nos produce. Y que se pierde irremisiblemente cuando se sabe observada y, en consecuencia, "posa". 

Por eso la música y la pintura, por ejemplo, florecieron mientras fueron herramientas litúrgicas o sociales al servicio de las religiones o las políticas de los poderosos; en el romanticismo empezaron a independizarse de estos papeles sociales, a convertirse en "Arte" con las finalidades crecientemente importantes y explícitas de 'crear belleza', 'expresar el genio' de sus autores y cosas así, y a partir de ahí, primero lenta pero siempre firmemente, a irse al carajo, con breves estertores agónicos de esplendor impresionista, modernista o –penúltimo suspiro– 'vanguardista'. Y en el carajo se hallan ahora mismo. Sobreviven donde siguen cumpliendo una función ajena a sí mismas, y en la medida en que la cumplen: algún rock, alguna música popular, algunos comics. El resto es, en considerable medida, manierismo estúpido, desmesurado y onfaloscópico, y huele a falso que echa para atrás. Y es, sobre todo, tranquilamente omisible, nadie lo aprecia ni lo necesita ni piensa en ello más que, en todo caso, como emblema o icono de otra cosa, poder económico o prestigio 'cultural'. (Sí, es paradójico: cuando el de pregonar la importancia de quien la pagaba era el fin confesado de la actividad artística, alcanzaba otros mucho más importantes. Ahora que proclama que su propósito expreso y único es conseguir estos otros fines 'superiores', se ha quedado reducida a aquel).

(La arquitectura, en cambio, que no puede, aunque lo intente, prescindir de su utilidad funcional y social, ha aguantado mucho mejor la modernidad. En la medida en la que sigue siendo herramienta artesana al servicio de otros fines, sigue estando viva y siendo interesante. Mientras que en la misma medida en que el arquitecto se pretende "artista", su obra se convierte en aspaviento hueco e inútil, o en aberración directamente dañina.)

Uno puede ser artista, pienso, mientras no lo desea ni se lo propone ni lo sabe, y se dedica, sin otras consideraciones, a hacer lo mejor que puede cosas que le interesan, le gustan o, por cualquier otro motivo, quiere hacer. Pero si decide explícitamente dedicarse a hacer 'Arte' y se proclama 'Artista', se convierte a mis ojos, diría que invariablemente, en un pobre tipo innecesariamente enfático y tirando a penoso. 

En otro orden de cosas, pero ajustándose exactamente a la misma ley, que considero universal: uno es feliz mientras vive esforzándose por alcanzar otros fines distintos de la felicidad: desde la mera subsistencia hasta la obtención de la vacuna del sida. Deja automática e inevitablemente de serlo en cuanto se propone como fin, precisamente, el de ser feliz. 


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...gobernantes, cocineros...- Gobernar es como cocinar, un coñazo necesario. Solo hay un buen motivo para querer ser uno el que cocina, como para querer ser uno el que gobierna: que así evita tenerse que comer una comida mal guisada por otro, o vivir en una sociedad mal gobernada por otro. Hay, en cambio, muchos malos motivos para querer cocinar, como para querer gobernar: notoriamente, el de ser uno el que disponga de las pelas para ir al mercado, de la cocina para manejarla a su antojo y de lo guisado para repartirlo como mejor le parezca. Y luego hay motivos más o menos respetables para ambas cosas: el de ligar, sin ir más lejos. Hay quien dice que no solo a los hombres, también a las mujeres se las conquista por el estómago; y parece que también los que gobiernan ligan bastante...

Personalmente cocino con eficacia cuando no hay otro remedio y, modestia aparte, hay dos o tres cosas que no me salen del todo mal. Una vez fui presidente de mi comunidad de vecinos y lo hice estupendamente: es mi única experiencia de gobierno. Pero para ligar, cuando tal hacía, siempre preferí otros métodos. Y conozco pocos placeres comparables al de sentarme a comer platos exquisitos que otro haya guisado para mí. Vivir en una sociedad estupenda que otro gobierne para mí debe de estar también muy bien, ya les contaré si alguna vez me pasa... 



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...perdedores, losers, fracasados...- Recuerdo a Joaquín Sabina, hace unos años, cuando tuvo un arrechucho que por poco lo manda al otro barrio. Salió en la tele alardeando de haber sobrevivido como si fuera mérito suyo y lo debiera exclusivamente a lo listo que es y lo bien que se lo monta. Casi daban ganas de desearle otro patatús. 

Esta actitud de Sabina, que cito solo como ejemplo de la de mucha otra gente, es, me parece, el resultado de una creencia moderna que a mí me irrita particularmente, con origen, creo, por un lado en los tópicos de la autoayuda, los manuales para triunfar en esto o aquello y la actual autocomplacencia en el éxito, y por otro en la confortadora mitología new age de la 'armonía universal', la 'conciencia cósmica', las 'energías positivas' y todas esas mandangas; según la cual puedes conseguir cualquier objetivo, desde curarte del cáncer hasta hacerte millonario, solo con que te lo propongas realmente, 'luches' por ello y 'tengas fe en ti mismo'. (Buen ejemplo de esto que digo es esa frase tan dañina, tan injusta y que tanto oigo emplear en cuanto alguien sobrevive a una enfermedad grave: Fulanito ha vencido al... cáncer, infarto o lo que sea). Esta creencia es, en mi opinión, un verdadero opio del pueblo, tan nocivo como pueda serlo la más nociva de las religiones convencionales. Es muy estimulante y ameniza mucho la vida de sus adeptos, pero tiene como efecto secundario, entre otros, el descrédito y la culpabilización de los pobres idiotas que, evidentemente por culpa suya –no se lo han propuesto con la suficiente energía– se mueren, se quedan en el paro, son abandonados por sus parejas o no pasan de reponer género en el supermercado. El desprecio del ‘perdedor’. Esta palabreja, por cierto, repugnante cuando se usa para designar una categoría permanente –se puede hablar del perdedor de un concurso, de una carrera o de un juego; pero no se puede hablar de 'un perdedor', en general, o al menos no sin que a mí me den vómitos y ganas de agredir violentamente a quien lo hace– es otro efecto secundario maligno, una mala traducción de una expresión inglesa ya detestable en el idioma original. En castellano correcto a eso se le había llamado toda la vida un ‘fracasado’. 

Aunque ahora que lo pienso el ‘perdedor’ anglosajón y el ‘fracasado’ español no son exactamente lo mismo. El fracasado lo ha intentado y no lo ha conseguido, ser 'un fracasado' no constituye su naturaleza congénita e irremediable sino que es algo más o menos fortuito que le ha sobrevenido a partir de un suceso catastrófico determinado, el fracaso, antes del cual no pertenecía a la categoría. Ese intento y ese fracaso le otorgan, incluso, una cierta grandeza. En cambio el perdedor no necesita haberlo intentado sin éxito, es ‘un perdedor’ por adelantado y antes de haber empezado a perder nada, está abocado de antemano al fracaso. Predestinado, porque el origen de esta mentalidad es, creo, calvinista. Pero como también los calvinistas se han secularizado ahora el perdedor ya no lo es porque Dios lo haya señalado como muestra de su desagrado, como le ocurría al pecador clásico, sino porque él mismo se ha elegido para el fracaso, por falta de nervio, de fe en sí mismo, de la actitud necesaria o de la lectura de los manuales adecuados. 

Yo soy católico, no lo puedo evitar, y los calvinistas, crean en el terrible Dios de los puritanos o en el aún más terrible del éxito, me caen muy gordos. No es que me haga muy feliz la actitud tradicional católica hacia los pobres, paternalista y autocomplaciente –"siempre habrá pobres entre vosotros, ¡qué bien!"– pero, al menos, para ella los fracasados, los mediocres y los pobres en general no arrastran ningún estigma por serlo, al contrario, tienen, como digo, una especie de dignidad específica, y además forman parte necesaria del paisaje social, son el medio por el que los triunfadores expían su triunfo –para los católicos el éxito no es ninguna garantía de virtud, muy al contrario– ejercitando la caridad. En cambio el perdedor de los anglosajones y protestantes en general no merece más que censura, desprecio y burla, y no tiene ningún hueco en una sociedad pensada exclusivamente para ‘triunfadores’. Otra palabra, por cierto, que me da náuseas, imagino que por los mismos motivos que 'perdedor': reflejan las dos una concepción de la vida basada en la competición, y debe de haber pocas que sean más opuestas a la mía.


* * * * * 

...parchear el mundo...- El mundo real es complejo y contradictorio, fruto de un proceso de siglos en el que trabajan ignorándose o combatiéndose millones de agentes distintos, parcialmente coincidentes y parcialmente opuestos. Contar semejante follón como un proceso lineal y lógico con propósitos discernibles y bandos bien dibujados es una tentación muy explicable en la que todos caemos con más o menos frecuencia, y para determinados fines es incluso hasta útil, pero en contrapartida lo falsea irremediablemente. Y hace algo peor: condiciona, a mi juicio para mal, nuestra posible actuación en él. Nos prohibe, por ejemplo, por un prurito de 'pureza' integrista que las considera cómplices del 'lado malo', actuaciones paliativas que en la práctica, sin embargo, resuelven problemas concretos y alivian puntualmente los peores síntomas. 

Yo creo que esta actitud, la que se enfrenta a situaciones específicas tratando de lograr una mejora local del problema, la que no se propone objetivos globales ni radicales –inalcanzables, desalentadores o de consecuencias imprevisibles– sino que se ajusta a las dimensiones que puede abarcar, es la única forma no dañina, realista y eficaz de intentar mejorar el mundo. Pero es con frecuencia muy mal vista. Ponerle al mundo real parches que, de modo más o menos precario y chapucero, traten de arreglar los problemas más urgentes, es una actividad poco vistosa y que hasta puede ser considerada, desde un punto de vista fundamentalista, cómplice de los males que intenta paliar, ya que no se dirige a resolverlos ni a erradicarlos y, al aminorar sus efectos, siempre puede entenderse que estorba y retrasa la tarea verdaderamente importante de combatirlos (¡Cuanto peor, mejor!).

Pero el mundo es más habitable gracias a esos parches, y a mi personalmente dedicarse a ponerlos me parece una tarea abnegada y meritoria.


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...y otras hierbas.- Hay pocas obsesiones que me irriten más que la de los maniáticos de la alimentación 'correcta', creo que porque es una de las que más manía proselitista provocan en quienes la padecen (y la hacen padecer). Tuve una compañera de trabajo que se pasaba el día dando traguitos a sospechosas infusiones con olor a anís, que hacían que toda la oficina oliera como la consulta de un naturópata; y que cada vez que entraba yo en su despacho me ofrecía puñados de frutos secos con el mismo entusiasmo con que podría yo haberle ofrecido gambas al ajillo, si hubiera tenido, como ella, el mal gusto de llevar tal cosa al trabajo. Cuando no nos quedaba más remedio que hablar de algo que no fuera asunto profesional, me ilustraba amablemente sobre los alimentos que debería evitar –sistemáticamente los que más me gustan– mientras miraba significativamente el generoso contorno de mi cintura. Era muy desagradable.

-¡Os conduciré a la tierra que mana leche y miel!
- Esto... perdón, pero ¿y los que no consumimos productos animales?
Una tierra que mana  leche y miel no nos parece un incentivo, precisamente.
¿Os dais cuenta de que las patitas de las abejas se rompen muy fácilmente
cuando se les quita la miel?
Y eso por no hablar de lo que sufren las ubres de las pobres cabras... 
No conozco católico, marxista ni adepto de las teorías conspiratorias más monotemático y aficionado a predicar con ocasión o sin ella que un vegetariano: el mundo gira para ellos en torno a la necesidad de no comer carne, y a lo conveniente de mascar muesli (¡!) y de aderezar todo lo comestible –bien poca cosa, para ellos– con algún repelente derivado de la soja, vegetal erradicable. Dan una importancia a todas luces desmesurada a una cuestión, qué se debe comer, que a los demás nos parece por completo secundaria y muy poco interesante, y, encima, la enfocan desde un punto de vista francamente lúgubre y desalentador. La vida social con ellos es complicada e incómoda, son unos anfitriones nefastos y unos invitados insoportables, y en vez de tratar de disimular sus defectos, peroran incansablemente sobre ellos, o sea, que nos obligan a padecerlos por duplicado. No los puedo aguantar. No digamos si, además, basan su aberrante doctrina en alguna consideración sobre el sufrimiento de los animales y sus derechos a la vida (y a la educación primaria, y a la asistencia sanitaria, y al voto...) Entonces los sacrificaría gustoso junto con unos cuantos rebaños de vacas y cerdos, como ofrenda de desagravio al dios de la gastronomía, que no sé cuál es.

jueves, 9 de mayo de 2013

Cosas que pienso -a veces- sobre (5)


Frédéric Chopin - Estudio nº 1 en Do mayor, Opus 10.- Idil Biret, piano

la música contemporánea.- Oyendo el otro día un programa de Radio Clásica sobre la vida de Chopin, constaté que en la década de 1830, solo en París, coincidían Chopin, Schumann, Berlioz, Mendelsohn... ya no me acuerdo, pero citaron como siete compositores de primera fila, todos autores de música estupenda que se sigue escuchando casi doscientos años después pero que ya tenía éxito entonces. Si se amplía a Europa entera, a lo largo del XIX debió de haber no menos de cincuenta o sesenta músicos de primera fila. Y lo mismo o más pasó en el XVIII, y en el XVII.

En el XX no creo que llegaran a veinte, el mejor de los cuales es probable que solo apenas alcance la categoría de los normalitos de cualquiera de los siglos anteriores. Y, salvo escasas excepciones –casi todas de la primera mitad del siglo y casi todas directamente herederas y continuadoras de lo anterior– son músicos a los que en su época no oía nadie y a los que sesenta o setenta años después se oye menos aún. E hicieron –y siguen haciendo– una música áspera e inhóspita, experimentos abstrusos y, para mi oído al menos, completamente inexplicables, que no interesan más que a otros músicos, y por motivos gremialistas, intelectuales y teóricos, en absoluto musicales. Una música que, en mi sincera opinión, no hay nadie, ni creo que vaya a haberlo nunca, que desee espontáneamente escuchar por simple placer.

No sé qué ha pasado con la música clásica, ni por qué, pero es evidente que ha pasado algo. Si se lo dices a cualquier profesional de la música te mira con suficiencia y te explica que no, que siempre ha sido así, que lo que pasa es que la gente está acostumbrada a lo de antes y que lo nuevo siempre tarda en hacerse hueco... Es inútil que les digas que la gente hacía colas en Viena y en París para ir a los estrenos de Mozart, y que ningún aficionado a la música, ni de su época ni posterior, tarda más de un par de audiciones en entender y en disfrutar lo que hacían Tchaikovsky o Brahms. De nada sirve recordarles que el jazz, el rock y la música popular, que se basan en los mismos presupuestos melódicos, armónicos y rítmicos que la música clásica de hasta 1900, siguen moviendo multitudes, mientras que la música clásica contemporánea, que considera esos presupuestos obsoletos, superados o inaplicables, no sé bien; pero que, en cualquier caso, ha prescindido de ellos, solo se escucha en ghettos minúsculos de 'entendidos' exquisitos, que no dan la impresión de disfrutar con ella tanto como con la imagen de intelectuales cultos y desapasionados con que creen que los adorna. Se niegan a admitir que pase nada y siguen afirmando que la música de Berg es una maravilla comparable a la de Beethoven... Es sorprendente el tamaño de las evidencias de las que alguna gente consigue no enterarse cuando está realmente dispuesta a no hacerlo.



violencia de género.- Sé que esta abstrusa expresión se usa habitualmente para referirse a otra cosa, pero a mí me resulta mucho más útil, y más exacta, para hablar de determinadas atrocidades, cada vez más extendidas, que se cometen con el género de algunas palabras.

Por ejemplo: 'presidente' e 'interesante' son participios activos y, en su calidad de tales, invariables en cuanto al género, lo cual no quiere decir que sean siempre masculinos, sino que tienen igual desinencia en masculino que en femenino. Algo similar ocurre con 'principal', con 'arribista' o con 'atroz'; son adjetivos cuya terminación es la misma para ambos géneros, por lo que se usan igual acompañando a sustantivos masculinos que femeninos o, sustantivizados, para referirse a hombres que a mujeres. Excepciones a estas reglas consagradas por el uso y hasta por la literatura, como 'asistenta', 'modisto', 'gobernanta' o 'regenta', son eso, excepciones, que no procede invocar para crear otras nuevas, porque el que una barbaridad cometida en el pasado haya logrado incorporarse al campo de lo admitido no debería servir para alentarnos a cometer nuevas barbaridades, sino para todo lo contrario: como sana advertencia de a dónde puede llevarnos una momentánea bajada de guardia y de lo que ocurre en cuanto nos descuidamos. Nadie, hasta ahora, pretende que las mujeres sean importantas, principalas ni soezas. Bien, pues exactamente por los mismos motivos no pueden tampoco ser presidentas, concejalas ni juezas.

'Arquitecto', 'secretario' o 'médico', en cambio, sí admiten sin el menor problema una desinencia distinta para el género femenino. No hay ningún inconveniente en decir arquitecta, médica o secretaria, y cabría esperar, por tanto, que ya que con tanto entusiasmo nos hemos puesto a hablar de juezas y concejalas, estos otros femeninos, formados sin violencia alguna, se emplearan pacífica y universalmente. Bueno, pues tampoco. Conozco mujeres que firman sus escritos profesionales como 'la arquitecto' o 'la secretario del Ayuntamiento', lo que me parece un caso aún más sangrante de esta dolorosa brutalización del idioma a que me refiero. Parecen entender que la desinencia femenina en el nombre de su profesión le rebaja categoría (lo que es, digamos de paso, un curioso punto de vista para alguien que se dice feminista). Entienden que ser arquitecta es menos que ser arquitecto. No digamos ya ser secretaria, que es, evidentemente, muchísimo menos que ser secretario.

Lo sorprendente es que he sido tratado exactamente con la misma ira justicieramente feminista cuando he afeado que se diga 'la concejala' que cuando me he sorprendido de que se diga 'la arquitecto'. Son barbaridades de signo opuesto, pero defendidas desde trincheras vecinas, si no las mismas, y con argumentos parecidos, similarmente carentes del menor fundamento. Solo puedo concluir que lo que verdaderamente les gusta es forzar el idioma; y que los adornos teóricos feministas no son, en realidad, más que un pretexto para practicar esta auténtica y brutal violencia de género. Que les debe de poner, por algún oscuro motivo que mejor no investiguemos.


 
An die Nachgeborenen.- «Qué tiempos estos en que hablar sobre árboles es casi un crimen, porque supone callar sobre tantas fechorías», dice el poema de Brecht «A los que todavía no han nacido». «Nosotros, que queríamos preparar el camino para la amabilidad, no pudimos ser amables», explica; y pide para ellos nuestra indulgencia, la de quienes viviremos «en los tiempos en que el hombre sea amigo del hombre», una vez que hayamos nacido y sus tiempos sombríos hayan quedado atrás.

Bien, yo ya he nacido y tales tiempos no han llegado, ni sé si nunca llegarán. Brecht, y tantos que como él comieron y comen «el pan entre batalla y batalla, hacen el amor sin prestarle atención, duermen entre los asesinos y contemplan la naturaleza con impaciencia», quizás no son especialmente culpables de que no hayan llegado, pero tampoco creo, honradamente, que con todo ello hayan hecho gran cosa por su advenimiento. Les reconozco la buena fe, y hasta pueden contar quizás con mi indulgencia, pero no dejan por ello de estar, en mi opinión, profundamente equivocados. Su equivocación, que además de estropearles la vida tan notablemente les llevó y les lleva a cometer o consentir, también ellos, tantas fechorías, y a hacer el camino tan impracticable para la amabilidad que añoran, no es tanto confundir el orden de importancias relativas, diciendo, por ejemplo, que hablar de árboles es menos importante que hablar de fechorías, como creer que hay un orden de importancias relativas que acatar, que para hablar de unas cosas hay que dejar de hablar de otras, que cuando en el mundo se cometen fechorías los árboles dejan de ser importantes.

No es verdad, claro. En el mundo se cometen fechorías todo el rato, los árboles son importantes todo el rato. Yo intuyo cada vez con más claridad que probablemente los tiempos no dejarán nunca de ser sombríos pero que, por eso mismo, no hay otro modo de preparar el camino para la amabilidad que ser uno mismo amable, ni otra actitud útil frente a las fechorías que la que sabe que seguir hablando de árboles es también un modo de combatirlas.

martes, 19 de junio de 2012

Cosas que pienso -a veces- sobre (4)

Este magnífico dibujo es de Matías Tolsà y está cogido de aquí


amar a la Humanidad.- Decir que se ama a la Humanidad es de una soberbia insultante. Si alguien dice amarme así, solo porque soy parte de la Humanidad a la que ama genéricamente, le hincho un ojo. (Y consideraré mi acto, dirigido específica y personalmente a él, mucho más respetuoso y verdaderamente amoroso que su presunto y cochambrosamente diluído amor.)  


  
contemplación.- Soy un contemplativo, es decir, un sensual. Me gusta, sencillamente, sentirme vivir. Es cierto que vivir a ratos duele, pero a ratos es sencillamente, indescriptiblemente maravilloso. (Tiene que ver con la profundidad de la vida, que es lo que más apreciamos en ella los contemplativos, de igual modo que su anchura es lo que más aprecian los activos).  




más vale prevenir.- Siempre he pensado que el seguro a todo riesgo de los coches es para los pobres. Los ricos, si tienen un accidente, pagan, porque pueden; y, si no ¿para qué se van a gastar un duro? Somos los pobres los que no tenemos más remedio que pagar los poquitos del seguro, a nuestro alcance, porque no podríamos permitirnos pagar el mucho del posible accidente. El seguro es eso: conjurar un posible mal calamitoso sometiéndose, a cambio, a pequeños males, seguros pero llevaderos. Y eso es siempre la prevención, irse operando de a poquitos, todos los días, para no tener que entrar nunca en el quirófano. Una triste transacción, para mi gusto. Así que yo no prefiero prevenir a curar. No vale más, vale menos. Por eso podemos pagarlo, y, prudentemente –pero que la prudencia sea conveniente no significa que debamos enorgullecernos de ella– lo pagamos.

(Tuve una novia que no quería salir de casa con la lavadora puesta, por si acaso funcionaba mal y al volver se encontraba una inundación. Yo le argüía que era mejor salir cincuenta veces y encontrarse la inundación a la vuelta de una de ellas que no encontrársela nunca, ni salir tampoco nunca. A este argumento mío jamás supo darle una respuesta satisfactoria, pero eso no hacía que le cabrease menos, sino más. Acabamos rompiendo, claro.)



ocurrencias.- La categoría de "ocurrente" no es, sin duda, la más alta de las posibles, pero está muy bien. El ochenta por ciento de lo que por el mundo se escribe y se publica está a muchos niveles por debajo de lo ocurrente, y si todo lo que yo leo o escucho al cabo del día fuera, al menos, ocurrente, yo sería mucho más feliz. En último término un humus de "ocurrencias" nutrido y extenso me parece el medio con más probabilidades de que en él broten, de vez en cuando, las ideas profundas, el talento y hasta el genio. Yo me daría con un canto en los dientes si la media de lo que escribo alcanzara el nivel de "ocurrente".  



filosofía contemporánea.- Los filósofos, para explicar el mundo, o darle sentido, o como queramos llamar a lo que quiera que hagan los filósofos, necesitan antes conocerlo. Conocer el mundo, saber cómo es y cómo funciona, fue relativamente sencillo hasta hace unos cuantos años. Era un saber que se suponía común a las personas medianamente cultas. Con su bachillerato más o menos asimilado ya podía cualquier filósofo ponerse a crear su particular explicación de por qué las cosas eran como todos creían saber que eran. Pero a partir de Einstein, y no digamos de lo que vino después, cómo está hecho y cómo funciona el mundo es cada vez más un saber especializado, al alcance de muy pocos; y, al tiempo, fundamental para cualquier explicación o sentido que se le quiera dar. O eres físico o es mejor que no aventures muchas teorías sobre metafísica, porque con gran probabilidad serán disparates o inanidades. (Sí lo haces en francés quizás se note menos, sí, o al menos así lo cree un cierto número de filósofos franceses que, como mucho, aprobaron las matemáticas de Sexto; pero igual se acaba notando). Por eso es por lo que los filósofos se dedican ahora a comentar la actualidad: porque las cosmogonías a que antes se dedicaban ya solo están al alcance de los especialistas en física de partículas. 



nacioncitas.- No puedo evitarlo: cada uno de los patéticos intentos de nuestras nacioncitas por procurarse alguno de los atributos del Estado –los catalanes abriendo embajadas, los vascos organizando su Selección Nacional de Levantadores de Piedrolos, los canarios fabricándose su mini DNI– me hacen pensar en niños pequeños jugando a ser mayores, pero imitando los peores clichés de la mediocridad paterna. "Vamos a jugar a que éramos papá y mamá y teníamos una bronca..." 

(Un viejo secretario de Ayuntamiento me contaba que en los primeros sesenta, estando él en un Ayuntamiento gallego de esos que tienen cien aldeas desperdigadas, hicieron un programa para construir en cada una un lavadero público. En una de las aldeas no quedaba más que una sola vecina, y el Ayuntamiento le ofreció, en vez de construirle el lavadero a que tenía derecho, comprarle una lavadora de las que se empezaban a fabricar. La vecina se opuso: ella era una parroquia como las demás, y tenía derecho a su lavadero, con su pileta y su tenderete. Así que en vez de agua corriente en su casa y lavadora automática, obtuvo su anticuado e incómodo lavadero, que le daba estatus de parroquia. Los nacionalistas, aferrándose al anticuado e incómodo aparato estatal, que les da estatus de "país", me recuerdan a esa obtusa aldeana. Cuando lo lógico parece simplificar la maquinaria estatal o hasta sustituir el Estado por cualquier otro mecanismo más barato y eficaz, ellos insisten en tener el suyo propio, para no ser menos que nadie.

La estupidez se manifiesta de muchas formas distintas, pero el nacionalismo es una de las formas más extendidas y dañinas en que lo hace.)



el medio y la virtud.- Dada una cuestión polémica cualquiera entiendo que se esté a favor o en contra. Lo que jamás entenderé es que se esté a la vez a favor y en contra. Las medias tintas, los sí pero nos y las pretendidas soluciones de compromiso que tratan de satisfacer a todo el mundo jamás me incluyen a mí en ese "todo el mundo". Siempre me descubro emocional e intelectualmente más cercano a quien me lleva la contraria abiertamente que a quien pretende darme "un poco" la razón afirmando a la vez una cosa y la opuesta. 



respetar todas las ideas.- Absalón de Cirene, filósofo de cabecera del sátrapa Tiburcio, que profesaba la teoría de que el Cosmos no era sino una idea en la mente del propio Tiburcio, era un tipo muy simpático, sobre todo para Tiburcio; pero sus ideas eran escasamente respetables, como tuvo que acabar reconociendo el propio Tiburcio, cuando los arqueólidos invadieron Cirene, pasaron por las armas a todos sus habitantes y se comportaron, en líneas generales, como Tiburcio jamás hubiera esperado de una construcción mental suya. 



gusto por el viaje.- ¿Quién no cree que le gusta viajar? Insisto en el cree: hay mucha gente a la que no le gusta, pero casi ninguno lo confiesa, ni a sí mismos. Lo más que dicen es que "se cansan" y, al final, que "están deseando volver". Síntoma inequívoco de que no, que no les gusta viajar. Para disimular y poder creer que sí, que es lo socialmente celebrado, hacen turismo y se apuntan, por ejemplo, a viajes organizados, que son exactamente lo opuesto de viajar, aunque ellos no lo sepan, y en los que se trasladan rodeados de una burbuja de sí mismos que excluye la menor posibilidad de viaje real. Pero el gusto por el viaje es como el sentido del humor, nadie está dispuesto a confesar que no lo tiene. 



multitudes.- Siempre he pensado que la inteligencia de un grupo es, como mucho, la del menos inteligente de sus miembros. Y que, sin embargo, la destructividad de un grupo es, como mínimo, la del más destructivo de quienes lo forman. ¿Hay algún motivo para pensar que el agrupamiento potencia las peores cualidades de los agrupados y amortigua las mejores? ¿O es más exacto decir que a mí me parecen buenas las cualidades que se amortiguan con el agrupamiento, y malas las que se potencian con él? Ni idea. Odio las muchedumbres, es todo lo que sé. Pero no sé si por culpa mía o suya. 



opinión pública.- Yo creo que no hay nada a lo que se pueda llamar así. Y no porque el público no tenga opinión, sino porque, en la mía, no tiene nada. Como cualquier otro colectivo, como el pueblo, como la nación, el público se construye por agregación pasiva y no es nunca sujeto activo de nada, solo objeto. Es, de hecho, una mera construcción mental, una metáfora. Cualquier afirmación que use un colectivo como sujeto es, lo creo firmemente, el principio de un peligroso error. 



discriminaciones positivas. Las cuotas, los porcentajes mínimos, las paridades obligatorias, me parecen una de las cosas más insultantes que se le pueden hacer a un grupo humano cualquiera (prefiero no llamarlos "colectivos", que me suena a autobuses porteños.) No comprendo que nadie pueda ir por el mundo sabiendo, sin sentirse humillado, que le han hecho ministro, o diputado, o conserje porque había que cumplir un cupo con alguien como él, y que cualquier otro mérito se le ha tenido en cuenta –si se le ha tenido– solo después de asegurarse de que pertenecía a la ganadería requerida. Que las feministas acepten y hasta soliciten un trato tan degradante para las mujeres me dice mucho acerca del feminismo. Y que la progresía considere progresistas semejantes medidas me dice mucho acerca de la progresía. 



Estado español.- Siempre me ha sorprendido la inconsistencia etimológica de los que prefieren "Estado español" a "España". ¿Qué otro significado creen que puede tener "español" más que el que se refiere a "España"? ¿Cómo creen que se puede dar por bueno el adjetivo sin aceptar al mismo tiempo el sustantivo? A los necios siempre los denuncia su mala relación con el idioma. Al fin y al cabo, el idioma, antes que de comunicarse es una herramienta de pensar... 



valor y precio.- Casi seguro se debe a mi indolencia congénita y no es una virtud, sino todo lo contrario, pero siempre he valorado más, paradójicamente, las cosas que no tienen precio que las que sí. Cuanto más me cuesta conseguir una cosa, en esfuerzo o en dinero –que en mi triste caso de esclavo asalariado vienen a ser lo mismo– menos valor les doy. Las que más disfruto son las que se me dan gratis, deslumbrante y maravillosamente porque sí. De aquellas por las que tengo que pagar, acabo invariablemente descubriendo que valen menos que lo que pagué por ellas.



toponímicos.- Me niego a llamar Beijing a Pekín, Myanmar a Birmania o Sri Lanka a Ceilán, fundamentalmente porque pienso que si chinos, birmanos y cingaleses mandan en sus idiomas, en el mío mando yo. No voy a empezar a estas alturas a decir London, en vez de Londres –y tampoco, claro, Donosti en vez de San Sebastián...–

Y más digo: me irrita considerablemente que lo que fue Servia, con v, toda la vida de Dios, se haya convertido de repente en Serbia, con b, solo porque el periodista semianalfabeto que oyó por primera vez hablar de tal lugar en 1991, lo hizo a través de una noticia escrita en inglés... (Y porque los que escribieron después de él no eran semianalfabetos, sino analfabetos del todo).  



metáforas: Nada que objetarles por mi parte, todo lo contrario: creo que son fundamentales para pensar y para comunicarnos. Pienso, de hecho, que el lenguaje no es, funcionalmente, más que un sistema convencional y regulado de metáforas. Pero creo también que en su uso debemos atenernos lo mejor que podamos a dos principios esenciales, opuestos y complementarios entre sí: 1, deben servir para ilustrar o iluminar algún aspecto de lo metaforizado que sin ellas no sería tan evidente; y, 2, sin embargo, no debemos tratar de hacerlas pasar por explicaciones. Tenemos cierta tendencia a ponerle nombre a nuestras preguntas y creernos que al hacerlo les estamos dando ya una respuesta; que el nombre es la respuesta. No es así. Las metáforas ponen un nuevo nombre a lo metaforizado, cambian de sitio el problema, formulan de otro modo la misma pregunta. Si están bien escogidas, en ocasiones, –y es entonces cuando merece la pena usarlas– pueden dar pistas para contestar la pregunta, resolver el problema o entender lo estudiado. Pero en ningún caso son en sí mismas la explicación, la solución ni la respuesta.  



poetas.- La de poeta, pienso, nunca puede ser una profesión. La poesía, como el Espíritu, sopla donde quiere, y huye de los que creen poder apropiársela como atributo personal o condición permanente. Creo que la poesía debe ser un poco tarea de todos y de ninguno, "para que nunca recemos como el sacristán los rezos, ni como el cómico viejo digamos los versos. Para enterrar a los muertos como debemos, cualquiera sirve, cualquiera, menos un sepulturero". Y para hacer poesía, muchas veces sin saberlo, puede servir cualquiera, menos quien se cree y se proclama "poeta". Como muy bien sabía León Felipe, que ese sí que lo era.  



ortodoxia.- Respetar la ortodoxia y ser buen cristiano son cosas por completo distintas, y buen número de veces opuestas. Respetando la ortodoxia se acaba, antes o después, en la extinción como cristiano. Mantener la condición de buen cristiano, en cambio, exige una permanente lucha por evitar la esclerosis, lo que implica combatir muchas cosas, la ortodoxia muy principalmente entre ellas.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Cosas que pienso –a veces– sobre (3)


Antonio Soler - Sonata 90 en Fa sostenido mayor (Gilbert Rowland, clave)


las fiestas patrióticas.- Un año, hace ya bastantes, pasé el 14 de Julio en un hotelito familiar de la Costa Brava cuya propietaria y escaso personal, así como la totalidad de los huéspedes, excepto mi madre y yo, eran franceses. Por la tarde, cuando volvíamos de recorrer los pueblecillos del Alto Ampurdán, la dueña vino, muy cortés, a preguntarnos, en el cantarín francés que era el único idioma que hablaba tras no sé cuántos años de vivir en Gerona –ahora que lo pienso, quizás hablara catalán; pero castellano, desde luego, ni una palabra– si "queríamos unirnos a la pequeña celebración" que estaba teniendo lugar en el comedor. Y allá nos fuimos. En el comedor, adornado con banderitas y guirnaldas tricolores, se miraban unos a otros, sonriendo forzadamente y dando traguitos a sus bebidas, los veintitantos miembros de las seis o siete familias francesas que allí pasaban sus vacaciones. Colorados de sol, repeinados, vestidos intempestivamente con sus mejores galas veraniegas y sin saber muy bien qué decirse ni qué hacer, pero dispuestos a no defraudar a su anfitriona en sus iniciativas sociales. Me pareció enternecedor aquel despliegue de trasnochado –para mis ojos iconoclastas y escépticos de joven español de la transición– civismo europeo, aquella voluntad de celebración y festejo ejemplarmente ciudadana y disciplinada. Traté de imaginarme la escena recíproca –españoles celebrando en un hotel de Francia... ¿el 12 de Octubre?– y comprendí que, para bien o para mal, había algo en lo que éramos completamente diferentes.



la economía.- Siempre me ha divertido mucho esa idea tan generalizada, a la que, si no se quiere sentar plaza de ingenuo, es preceptivo adherirse en cuanto la enuncia alguno de los muchos 'enterados' que gustan de proclamarla como si fuera un secreto que ellos acaban de descubrir, de que la economía está detrás de cualquier otra cuestión, decidiéndola y definiéndola, y de que los demás asuntos no pasan de ser las fachadas tras las que se esconde siempre un problema de más o menos dinero. Sentaré plaza de ingenuo: yo no creo que sea verdad. Y bien que lo siento, ya me gustaría a mí que lo fuera. El ser humano –en la mayor parte de los casos hay que añadir aquí por desgracia– es bastante más irracional que lo que esa idea supone, y sus móviles rara vez son tan simples, diáfanos y, en última instancia, respetables como el elemental deseo de hacer un buen negocio.

Respetable he dicho, sí. En comparación con otros, casi me lo parece. Ya sé que lo normal es que lo parezca más –respetable, digo– el 'asesino idealista', que mata por 'fines nobles': la fe, la patria, el honor, la revolución... que el sicario a sueldo, que asesina para ganarse la paga. Pero a mí me pasa más bien lo contrario, me siento más inclinado a entender a quien mata por cosas concretas y que le suponen una ventaja positiva: dinero, poder... que a quien lo hace por odio, por 'amor', por ideas o por ideales. El asesino 'altruista', a quien su actividad no le reporta personalmente el menor beneficio, me parece más execrable aún, moralmente, que el egoísta. Las guerras que se hacen por controlar mercados o por conseguir pozos de petróleo o ventajas geoestratégicas me dan mucho asco, pero las que se hacen para mantener el honor de la patria, la dignidad nacional, la verdadera fe o alguna otra cosa por el estilo me dan todavía más.



defender la cultura nacional.- Qué empeño tan necio. Qué manía tan dañina. Defenderla ¿del ataque de quién? ¿No será mejor limitarnos a disfrutarla, y dejar que se defienda ella sola, si es que llega el caso? Dar por supuesto que es necesaria la defensa de la propia cultura –y, como elemento primordial suyo, del propio idioma–, es decir, dar por supuesto que está siendo atacada, es el primer y decisivo paso en el camino victimista y agraviado del nacionalismo. El primer síntoma visible en que se manifiesta esa grave enfermedad, de las pocas cuyos peores síntomas no padecen los afectados, sino los desgraciados que les rodean.

Detesto los nacionalismos, el vasco y el catalán como el español, el servio o el albanés, pero siento en cambio un interés profundo y afectuoso por todos los idiomas que alguien hable. Lo que, precisamente, me lleva a lamentar muy sinceramente que tantos de ellos hayan caído en manos de nacionalismos que los utilizan como coartada, como arma de agresión y como rehén: que los 'defienden', vaya. Así llaman a convertirlos en víctimas lastimeras y agresivas, en objeto de cuidados indeseables y asfixiantes, en criaturas monstruosas artificialmente cebadas y mantenidas en un mundo irreal de mitologías tribales y agravios identitarios.

El español, el francés, el vasco, el catalán, el gallego... cualquier idioma, todos los idiomas, son para hablarlos, coño, y para escribirlos y leerlos, para usarlos sin complejos, con libertad y con alegría. No para erigirlos en tótem sacrosanto o en ciudadela alzada en armas, ni para emplearlos como liturgia consagradora de identidades colectivas, ni para inventárselos a la medida de la burocracia administrativa, ni para convertirlos en programa de oposición para funcionarios, ni para exhibirlos en los museos, ni para coserlos en las banderas. Menos aún, claro, para imponerlos o para atizarle a nadie con ellos en la cabeza. La cultura, que yo prefiero considerar universal, única y felizmente variopinta, y no como distintas 'culturas' contrapuestas unas a otras, es de la gente que la hace y la usa libremente, no del estado o sucedáneo que la 'defiende'... contra no se sabe qué, pero nunca contra el más grave ataque que puede sufrir, que es esa misma indeseable defensa.


 
la telebasura.- Entre las necesidades básicas del ser humano, no mucho después que el alimento o el sexo, está la ficción. Salir de la vida real y propia siquiera un rato y escaparse a vidas ajenas y ficticias –o como si lo fueran– de las que se es espectador, omnisciente, irresponsable e invulnerable. Quienes no tienen abuelos que les cuenten cuentos ni hábito de leer, una gran parte de la humanidad, satisfacen esta necesidad con la televisión. Con la que les echen. No dejan de verla porque sea mala, del mismo modo que el hambriento no deja de comer pan porque esté seco y mohoso. Es lo que tienen y de ello tiran. Y se aficionan a ello, como el hambriento se aficionaría al pan mohoso si nunca hubiera comido otra cosa. No eligen la mierda libremente, eligen mierda porque necesitan algo y mierda es lo que se les ofrece. Y el cabrón que les ha atiborrado de mierda y aficionado a ella, luego se escuda en que "es la mierda lo que les gusta" para seguir dándosela. Por eso creo que el discurso de "la culpable es la audiencia, que pide esas cosas" es mentiroso, un mecanismo más de que se sirven los que han hecho su profesión y su lucro de producir una televisión especialmente estúpida, adormecedora, manipuladora y barata. Darlo por bueno sería como si absolviéramos a los narcotraficantes porque se limitan a facilitar la mercancía que les exigen los drogadictos.



la efeméride.- Montar (consentir y alentar, quiero decir: montarlo es algo excesivamente complicado, y se parece demasiado a trabajar) un golpe de estado; que salga una chapuza, tener que pararlo en el último momento (¿quién puede frenar un coche –o un tanque, si a eso vamos– mejor que quien se sienta a sus mandos?) y pasar a la historia como el héroe que lo evitó es una maniobra tan redonda que, si no fuera porque no le creo capaz de pensar tanto, diría que tuvo que ser fruto de una maquinación maquiavélicamente planeada. Pero en realidad creo que fue la chiripa, una vez más, de un chapucero irresponsable, golfo por vocación propia y por tradición familiar, al que todo le ha ido saliendo bien gracias a estar en el lugar en el que a quienes de veras mandan les viene bien que esté, y gracias a la inestimable papanatez de los españoles, a los que nos encanta creer en cuentos bonitos y nos irrita, en cambio, que se pretenda hacernos ver lo que hemos decidido no ver.

Estoy cada vez más convencido de que la corrupción por la que toda la clase política española resolvió ignorar lo que con toda probabilidad pasó de verdad hace hoy treinta y un años, y en cambio se instaló, y nos instaló a todos, en la bonita versión del rey que salva la democracia frente a los golpistas, es la fuente y el origen de todas las corrupciones que han venido después: tú calla sobre lo mío, que yo callaré sobre lo tuyo, ya que todos seguimos callando sobre Lo Suyo. 

domingo, 15 de enero de 2012

Cosas que pienso –a veces– sobre (2)



Chicho Sánchez Ferlosio, Rosa Jiménez - Coplas retrógradas


Prólogo: Se me han juntado hoy, probablemente por alguna clase de atracción entre semejantes y como una especie de propósito de Año Nuevo a la inversa (¿depósito de Año Viejo?), unas consideraciones especialmente impresentables, tirando a cínicas y bastante indefendibles. Más aún, quiero decir, de lo que suelen serlo las mías. No las defiendo, pues. Es más, les recomiendo que no se las tomen muy en serio ni me hagan mucho caso. A menos, claro, que por casualidad resultara que están ustedes de acuerdo con ellas...


Todas las fotos de este post están cogidas de la página de Street Art Utopía


la mentira.- Yo soy bastante partidario. En realidad no tan partidario de la mentira –siempre fea, sobre todo si la llamamos así– como de una prudente administración de la verdad, que es una mercancía no solo escasa, y por tanto valiosa, sino, sobre todo, muy peligrosa. Creo que atemperar la aplicación directa de la verdad en estado bruto es en muchos casos un acto de cortesía, una manera muy conveniente de lubricar la vida, mitigar sus inevitables fricciones y suavizar las aristas de este áspero mundo. Y en muchos también una precaución de elemental sensatez, impuesta por la prudencia y que evita molestias innecesarias, disgustos y a veces auténticas calamidades a uno mismo y a los demás. En consecuencia creo que hay que ser muy insensato, muy irresponsable o muy inmaduro para dar a la sinceridad ese valor supremo que con frecuencia pretende tener, por encima, por ejemplo, de la compasión o de la buena educación.

Yo no creo tener ninguna obligación genérica y a priori de decir la verdad, menos aún de decir toda la verdad y desde luego tampoco de decir nada más que la verdad. La verdad que yo conozco, por tanto, la dispenso, como un don y sin obligación alguna, a los que creo que la merecen o que la necesitan. Y la niego, con todo mi derecho, a aquellos de los que temo que harán mal uso de ella, o que les perjudicará, o simplemente que no la necesitan para nada. En el legítimo empeño de negar la verdad a estos últimos hay un medio irreprochable, que es el de callarla. Y si no fuera suficiente este, hay otros: embellecerla, empaquetarla, sustituirla por sucedáneos más cómodos o útiles, lo que comúnmente se llama mentir, que pueden ser, según las circunstancias, igualmente legítimos. Lo que sucede con estos últimos métodos, a los que por abreviar y sin la menor connotación peyorativa llamaré mentiras, es, en primer lugar, que su empleo es casi igual de peligroso y bastante más complicado que la administración de la verdad en estado puro, razón por la que deben ser empleados con moderación, discernimiento y discreción. Y en segundo, que tienen una inmerecida mala prensa, fruto de la no siempre beneficiosa influencia del protestantismo, hija a su vez de la inflexibilidad y de la falta de imaginación características de los sajones. Es, creo, esta influencia nórdica y luterana la que ha dado origen al culto de la "sinceridad a ultranza", un mito moderno, despótico y peligroso. Su observancia me parece, más que nada, un rasgo de cómodo egoísmo. Decir siempre la verdad, pase lo que pase, no deja de ser una forma, injustamente bien vista, de irresponsabilidad.

Reivindico, en conclusión, mi derecho a mentir. Lo tengo clarísimo en la teoría, lo que en la práctica me permite no tener que recurrir a la mentira casi nunca; porque como digo, aunque útil con frecuencia y necesaria en ocasiones, es también francamente incómoda, y considerablemente difícil de manejar. Las conductas altruistas es lo que tienen, que rara vez resultan confortables. El sendero de la virtud es, ya sabemos, estrecho, abrupto y sembrado de maleza.



la lectura.- Es una de esas actividades cuya supuesta buena imagen es el resultado de un enorme ejercicio de hipocresía colectiva. El hábito de leer goza de tan buena consideración teórica y pública como, en la práctica privada, es justo objeto de recelos, desconfianzas y malquerencias varias y enconadas. Justo objeto, digo, porque, seamos sinceros, leer –y cuando hablo de leer hablo de leer ficción, fundamentalmente; los manuales de informática o de jardinería, los tratados de Economía, los libros de autoayuda, las vulgarizaciones de Historia y las biografías de hombres célebres no cuentan– es un vicio adictivo, escapar del cual resulta mucho más difícil que dejar el tabaco o la bebida; y, sobre todo, porque leer es una pérdida de tiempo, como bien sabemos los lectores compulsivos a los que se nos ha ido en ello más de media vida, por culpa de lo cual nos hemos convertido en los ciudadanos escépticos, indóciles, inútiles y descontentadizos que hoy somos. (Perder el tiempo, lo más gozoso que puede hacerse con esa mercancía escurridiza y fugaz. Por eso precisamente, porque es perder el tiempo, es por lo que leer me gusta tanto.)

Tengo conocidos que han cambiado sutil pero claramente su actitud hacia mí a partir del momento en que entraron por primera vez en mi casa y vieron en ella paredes cubiertas enteramente de estantes con libros. Hasta ese momento éramos colegas, nos llevábamos estupendamente, no había sombras entre nosotros; a partir de ahí  ("Este imbécil ¿se habrá leído de veras todos estos mamotretos?"–podía, casi, oírseles pensar.– "¿Esperará que los haya leído yo?") una cortés distancia, una especie de desconfianza amablemente recelosa se instalaron entre nosotros. Su reacción no habría sido muy distinta si me hubieran descubierto pinchándome heroína en el baño, o mirando fotos de niños desnudos.



el trabajo.- Cuando digo –lo digo poco, solo en confianza– que el trabajo es para mí una maldición bíblica y que mis ambiciones profesionales se cifran, fundamentalmente, en no tener necesidad de ninguna profesión, la gente se escandaliza, o decide pensar que hablo en broma para no tener que escandalizarse. Me tienen, ellos sabrán por qué, por un funcionario concienzudo y competente para quien su trabajo es lo primero de todo. No saben que si lo pongo lo primero de todo es para acabarlo antes y poder olvidarlo más deprisa; y que si procuro hacerlo bien no es tanto por tener la sensación de que me gano el sueldo como por cierto prurito de carácter más deportivo que otra cosa –el mismo por el que quiero, por ejemplo, que me salga el sudoku– y, sobre todo, para evitar que colee y moleste más de lo inevitable.

Todo mi respeto, claro está, por esas personas para quienes su trabajo es el centro de su vida, le dedican la mayor parte de sus energías y no parecen deseosas, ni capaces siquiera, de dejar de pensar en él aunque solo sea algún rato que otro. Pero no los envidio ni un poquito, y estoy enormemente agradecido de que no me pase nada parecido.

(No me refiero a los artistas, por ejemplo, que evidentemente disfrutan su trabajo porque es algo objetivamente disfrutable; aunque sea remunerado y modus vivendi, el suyo no me parece trabajo en el sentido etimológico –para mí el auténtico sentido de esta palabra– de tripalium, tortura. Aunque tampoco a estos los envidio: debe de ser cansadísimo y, por momentos, demasiado obsesivo y exigente.)

No, hablo de esos empresarios, o asalariados, como yo, que se quedan en la oficina todos los días hasta las tantas y hablan con entusiasmo de sus ventas, de sus clientes, de sus proyectos. Esos que han conseguido reducir sus vidas al tamaño de sus empleos, y parecen satisfechísimos con el resultado. Esos que dicen, en serio, que "temen" la jubilación, porque les da miedo la inactividad y la sensación de no ser necesarios. Son fenómenos para mí muy respetables, sí, pero totalmente incomprensibles, que miro con una mezcla de repulsa y compasión.



Epílogo.- Según garabateo va ganándome un gran desasosiego, luego una amarga congoja que llega a ser genuina angustia. Me agarra de golpe la seguridad de no lograr apaciguarla, de que el gutural grafismo que genera mi agobio conseguirá, haga yo lo que haga, colgar su negro gancho en algún lugar de los largos renglones en que gusto de desahogar mi imaginación, y lo esgrimirá, lúgubre y negador, igual que un ambiguo signo de interrogación que derogue el gozo y la alegría por los siglos de los siglos.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Cosas que pienso –a veces– sobre (1)



Eduardo Falú, Ariel Ramírez, Los Fronterizos - El Churito

Como quizás hayan observado yo tiendo a enrollarme mucho al escribir, y nunca creo haber dejado clara mi opinión sobre una cuestión si no le he dedicado dos o tres folios de apretada escritura. En consecuencia mis posts tienden a ser largos, mucho más de lo que aconsejan los expertos en estas cosas, que aseguran que la vista de demasiado texto espanta a los lectores –aunque yo, por mi parte, pienso que un lector que se desanima por ver demasiado texto es una birria de lector, sin el que me paso tan contento–. Y como consecuencia secundaria, cuando sobre alguna cuestión mis opiniones no llegan a cubrir los dos o tres folios de rigor, la pobre cuestión en cuestión pierde toda posibilidad de protagonizar un post de mi blog, porque, claro, publicando como publico cada dos meses ¿cómo voy a sacar un post de quince o veinte míseras líneas? Un círculo vicioso, ya lo ven: como solo escribo largo, cuando no me sale largo, no escribo. Mal planteamiento.

Así que he decidido imitar el ejemplo de ilustres colegas e inaugurar un nuevo formato de post, ya me dirán ustedes qué les parece. Reúno unos cuantos esbozos de... (chorradas me parece poco respetuoso para conmigo mismo: digamos, neutramente,) ...elucubraciones sobre distintas cuestiones que alguna vez he escrito pero que no han alcanzado el tamaño medio de mis kilométricos posts, y los publico todos juntos bajo el título genérico de cosas que pienso sobre, por ejemplo,


los hijos.- Mientras no los tienes piensas que cuando los tengas los educarás a tu manera y les transmitirás tus gustos y tu forma de ver la vida. Pero cuando llega al mundo tu hijo de verdad, ese individuo  insolentemente convencido de estarlo inventando todo él, enseguida empieza a pasar de tu música, de tus libros, de tus puntos de vista –que discute con suficiencia desde los seis años– y de tus costumbres en general y tú, en vez de cabrearte y mandarle al cuerno, como sería lo lógico, te aficionas a su música, oyes sus historias, escuchas indulgentemente sus disparatados puntos de vista y vas amoldando imperceptiblemente, o no tanto, tus costumbres a las suyas. A esa particular forma de memez se la llama paternidad, y se considera una virtud.


los bolígrafos.- Casi nunca escribo nada a mano. Como bien decía Jardiel Poncela, para tener un carácter metódico y ordenado lo mejor es escribir a máquina (es la única consecuencia inteligente que nadie ha sacado nunca de la grafología). Y una vez inventado el procesador de textos, me parece la forma más cómoda y civilizada de escribir. Pero desde luego, si hay que escribir a mano –cartas y esas cosas que la gente ve con malos ojos recibir mecanografiadas– me decido vehementemente por la pluma. El bolígrafo roza desagradablemente el papel, interrumpe el flujo de tinta de modo autónomo y arbitrario, suele tener un color horrible y siempre termina perdiéndosele el capuchón, o atascándosele el mecanismo de meter y sacar la puntita. Y acabas teniendo siete u ocho en un bote, todos secos, mordidos o de tinta roja, algunos con publicidad de empresas inverosímiles, gestorías ignotas, restaurantes donde nunca vas a comer o partidos políticos a los que te avergonzarías de votar. Nunca los tiras, nunca los usas. Un invento espantoso, en líneas generales.


los jóvenes.- A veces me ocurre hacer, por ejemplo, cola en un Burger, rodeado de aborígenes de ese país extraño, la juventud, que tanto parece haber cambiado desde que yo mismo era uno de sus ciudadanos. No existo para ellos, su mirada me descarta tras el primer vistazo indiferente, y eso me permite una observación de campo amplia y cómoda: hablan como si yo no estuviera delante –para ellos no estoy, de hecho– y yo obtengo datos inmediatos, de primera mano. Impresiones directas del frente. Superada la primera sensación de extrañeza: las ropas, los modales, el idioma, que, de lejos y en bloque, los hacen casi alienígenas, vagamente hostiles, incluso, a mis ojos, descubro siempre, pero siempre con la misma sorpresa, no solo que yo fui efectivamente así, aunque no vistiera ni hablara exactamente como ellos, sino que eso que fui y que ellos son no es esencialmente distinto de lo que soy ahora. En cuanto me meto en la conversación, aparentemente abstraído en mi periódico o en la contemplación ceñuda del infinito, descubro las mismas emociones, las mismas ideas, los mismos mecanismos por y con los que nos movíamos mis contemporáneos y yo, y los extraterrestres ajenos se me vuelven de repente semejantes próximos e inteligibles. Hasta ahora no me ha fallado nunca: diez minutos de observación directa e inmediata no es que me regresen a mi juventud, sino que traen la suya a mi mundo y me la hacen comprensible y cercana. Acabo descubriendo que somos de la misma especie, básicamente iguales, con pequeñas diferencias de presentación, muy llamativas, pero de muy poco fondo. Fui igual que son, serán igual que soy.

 
el Quijote.- El problema con él es que a estas alturas es inseparable de su espesa aura de glosistas, vulgarizadores, panegiristas, estudiosos y parásitos en general. Siempre me he preguntado cómo lo leería un lector virgen, que no hubiera sido apabullado desde pequeño con los molinos, los gigantes, Dulcinea, la Mancha, Sancho, la Triste Figura, los odres de vino, ladran luego cabalgamos y con la Iglesia hemos topado (las dos últimas, por cierto, perfectamente apócrifas, pero incrustadas en el lote tan inextirpablemente como todo lo demás). Habitualmente leemos un libro y luego decidimos si nos gusta o no. Con el Quijote es imposible, lo leemos –los que lo leemos– sabiendo que nos tiene que gustar. Peor aún, sabiendo que no estamos, en realidad, leyendo un libro, sino cumpliendo un trámite formal que, a lo sumo, nos servirá para rellenar los huequecillos y dar cierta consistencia a la nebulosa quijotil con la que más o menos hemos nacido. Es un claro caso de alienación, de la que también pueden ser víctima los libros y que, en este caso, creo totalmente irreversible e irremediable.

 
la televisión.- Todo lo que existe de un modo medianamente público es a la vez dos cosas: lo que sea, en sí, y un contenido televisivo. Como suceso, acto, institución... tendrá cada uno sus propias leyes, su lógica y su proceso; pero como contenido televisivo tienen todos: terremotos, investiduras presidenciales, actuaciones policiales, debates parlamentarios, sorteos de lotería, bodas reales, riñas callejeras, misas solemnes, manifestaciones populares, partidos de fútbol, atracos con toma de rehenes, todos... que someterse a las leyes que regulan el comportamiento y la existencia de los contenidos televisivos. Ya no manda el cura en su misa, ni el presidente en su congreso, ni el atracador en su banco. Por encima de ellos están siempre el realizador y los cámaras, con una autoridad muy superior y que nadie sueña siquiera en cuestionar. A un bombero, por resumir, ya no le basta con apagar bien incendios y salvar bien víctimas de catástrofes: además, e incluso antes, tiene que ser "mediático", o sea, pegar bien en televisión.


mi blog.- Cuando yo era pequeño vivía en una calle comienzo de carretera nacional, por la que pasaban coches y camiones en abundancia haciendo un ruido de todos los diablos. En verano, con la ventana abierta por el calor, era ensordecedor. Recuerdo un día en que, tras el paso de un camión especialmente atronador que nos tuvo a todos medio minuto sin oír otra cosa que el rugido de su motor y el vibrar de los cristales, mi hermano mayor se asomó a la ventana y berreó a todo pulmón: ¡¡Aaaaaaaaa!! Y se quedó a gustísimo. Fue su respuesta a la Avenida de América. También él podía hacer ruido, hombre.

Lo digo porque yo escribo en mi blog por motivos bastante parecidos. Cuando el nivel de ruido exterior llega al punto crítico, desahogo con mi propio berrido la tensión acumulada, escribo un post tajante y me quedo más ancho que largo. Me ahorra horas de discusiones tediosas con tontos bienintencionados (con los malintencionados no me hablo) y me permite resumir en unas cuantas frases, de una sola vez, los cientos de puntualizaciones, distingos, refutaciones y puntos sobre las íes que me van surgiendo de la lectura del periódico, la escucha de la radio y el trato con mis semejantes (por llamarlos de algún modo, más quisieran algunos). Así me quedo tranquilo y me puedo dedicar a cosas serias con la mente despejada. Y, como diría Wodehouse, estoy un rato entretenido y no ando por los bares.

¿Comunicación? Bueno... Si alguien escucha, estupendo. Pero aunque no, yo me quedo igual de pancho, como mi hermano después del grito. He reivindicado mi derecho a formar parte de la batahola general. Y he ejercitado las cuerdas vocales, que se entumecen por falta de uso.