Amancio Prada - Libre te quiero (Agustín García Calvo)
Cuando empecé este blog, va a hacer ya siete años, era bastante normal que pasaran dos y tres meses, y más, sin que publicara nada en él. Como no lo leía prácticamente nadie, a nadie le extrañaban mis silencios y nadie echaba de menos mis escritos. No era la situación ideal para un bloguero, desde luego, pero no dejaba de tener sus ventajas –como todo en la vida, si uno se toma la molestia de buscarlas–.
Andando el tiempo un reducido pero muy selecto número de merodeadores internéticos fue adquiriendo la costumbre de pasar de vez en cuando por aquí, leer, si algo nuevo había para leer, y algunos, incluso, comentar lo que buenamente les apetecía. Paralelamente yo aumenté algo mi ritmo de publicación. No es que nunca llegara a ser lo que se dice profuso, no me acerqué nunca ni de lejos al vertiginoso ritmo de actualización de algunos blogs modélicos que podría citar, pero me situé en un ritmo para mí razonable. A veces pasaba un par de meses sin actualizar y a veces me daba por escribir sendos posts dos semanas seguidas, con lo que la cosa vino a quedarse en los últimos tiempos más o menos en un post al mes. No estaba mal, para lo que yo suelo ser.
Así que cuando ha pasado un mes, y dos, y tres... y me temo que ya cinco desde el ultimo post, sin que haya publicado nada nuevo, algunos de mis amables lectores han empezado a levantar la cabeza, olfatear el aire y preguntarse qué está pasando aquí. Una cosa es ser vago y publicar de Pascuas a Ramos, parecen pensar, y otra cosa es esto. Tanto tiempo sin que este hombre asome la cabeza por su blog ni por los ajenos tiene que deberse a algo.
Pues efectivamente, mis queridos amigos, a algo se ha debido. Enseguida se lo explico.
Antes que nada quiero agradecer las muestras de interés por mis andanzas, o falta de ellas, y de preocupación por mi prolongado silencio que he recibido los últimos tres meses y pico. Lansky, Miroslav, Grillo, Atman, Julián, Paloma.. y todos los que, diciéndolo o no, me habéis echado de menos: muchas gracias. Es una verdadera satisfacción contar con lectores y amigos como vosotros, y solo por ello merecería la pena tener un blog.
El último comentario de Julián en el anterior post da bastante en el clavo: parte de la culpa de mi desaparición la ha tenido el verano, desde luego, y la ocasión que felizmente nos da una vez al año de pasar un mes y pico en un lugar donde no hay Internet, ni falta que hace. Pero la causa fundamental de que durante tanto tiempo haya estado alejado de los blogs, del propio y de los ajenos, y sin mucha gana ni ocasión anímica de dedicarme a la placentera flânerie internética, ha sido un serio problema laboral, que no ha andado muy distante del mobbing a que se refiere Bluff. No entraré en detalles, ni aún ahora que, ya felizmente solucionado, empiezo a concederme a mí mismo permiso para hablar del asunto, pero les haré por lo menos un bosquejo de la cuestión..
Soy funcionario, como muchos de ustedes saben, y durante este verano, desde unos días después de mi anterior post hasta mediados de Noviembre, he visto mi puesto de trabajo en el alero, sin culpa alguna por mi parte y sin que mediara siquiera ese famoso expediente disciplinario que, en teoría, es el único modo de separar a los funcionarios de su trabajo. Nada de eso, no he hecho nada malo ni nadie lo ha considerado así: simplemente ocurre que suprimir mi puesto de trabajo les ha parecido a unos cuantos polítiquillos de vía estrecha un buen sistema de recortar gastos y de practicar el deporte de moda, la caza del funcionario; y con ello, de hacer carrera en su partido y de ganarse los votos de otros cuantos electores desinformados y prejuiciosos. Así que yo me he visto en la calle a seis meses de plazo, sin que nadie asumiera la obligación legal de procurarme un nuevo puesto de trabajo, como exige la ley que se haga cuando se amortiza un puesto con bicho dentro, y me he tenido que buscar la vida por mi cuenta, hasta dar, por pura casualidad y tras no poco esfuerzos y zozobras, con el nuevo puesto que ahora mismo ocupo. Hemos pasado, mi mujer y yo, un verano amargo y lleno de incertidumbre y angustia, y hace solo unos pocos días que hemos empezado a levantar cabeza y a respirar tranquilos.
En resumen, me han proporcionado motivos contundentes y directos para abominar de los políticos profesionales con más energía y conocimiento de causa que lo hacía antes; y para que la próxima vez que oiga a alguien descalificar a los funcionarios diciendo eso tan inteligente de que "como tenemos seguro un puesto de trabajo para toda la vida..." –como si eso fuera algo malo, en primer lugar, o constituyera un motivo para avergonzarse; y, en segundo lugar, como si eso fuera verdad...– tenga aún más razones para pensar que quien lo dice no sabe de qué habla y haría bien en informarse –en el mejor de los casos– o directamente que es un cretino –en el peor y, me temo, más frecuente–. Y razones ya no solo teóricas, sino dolorosamente prácticas y personales.
Dicho lo cual solo me queda añadir unas cuantas consideraciones sobre los blogs en general y sobre el mío en particular que ya me habrán leído en otras ocasiones, pero que nunca está de más recordar, especialmente en épocas de sequía y crisis como la actual, en la que hacen particularmente al caso:
Incluso si en sus últimas visitas han visto ustedes siempre el mismo post, incluso si parece que ya no se actualiza nunca ni se va a actualizar más, este blog funciona. Sí, sí, funciona. Todo el rato, también cuando parece que no. Cumple todas las funciones que un blog debe cumplir: está accesible, recibe comentarios de sus visitantes si estos quieren hacerlos, y hasta produce puntuales (??) respuestas de su dueño, al que le llega inmediata comunicación de cuantos comentarios se producen. Lo visitan a diario entre treinta y cuarenta lectores, mejicanos ignotos que quieren saber qué ingredientes tiene la ensalada toscana de VIPS, ecuatorianos despistados que buscan "cantos de júbilo", catalanes ociosos interesados en conocer la letra de "Les violes grignolent"...
Todos ellos desaparecen no bien comprueban que no han dado tampoco esa vez con lo que buscan, pero hay también lectores fieles y desconocidos que bucean durante largos minutos en posts antiguos, y esos me confortan el corazón cuando compruebo en mi contador la huella de su paso.
Y, sobre todo, contra lo que algunos blogueros y algunos lectores de blogs tienden a pensar, este blog cumple su función de tal simplemente estando, y ofreciéndome todo el rato la posibilidad de escribir en él lo que de repente sienta la necesidad de compartir con el mundo en general y con mis lectores habituales en particular. Incluso aunque esto sucediera solo dos veces al año. O una. La mayor o menor frecuencia no cambia nada importante en la naturaleza esencial y misión del blog: hay ritmos vitales más lentos y otros más rápidos, autores más prolificos y menos, metabolismos más y menos activos.
San Pablo, nos cuentan, permaneció trece años tras su camino de Damasco en un aparentemente inactivo pero muy fecundo anonimato, antes de arremangarse y ponerse a organizar un chiringuito que dura hasta hoy en gran medida gracias a su impulso; los trece años de silencio fueron tan útiles a sus fines, o más, que los de actividad, viajes y predicación que les siguieron. Que el campo parezca muerto durante el invierno no le impide florecer meses después, al contrario, la aparente inactividad invernal es condición necesaria de la fecundidad posterior. Y a un elefante no se le puede pedir el mismo ritmo de actividad que a una ardilla. Entre dos latidos consecutivos del corazón del elefante transcurre un tiempo mucho más largo que entre dos del de la ardilla, sí, pero eso no nos autoriza a creer que la ardilla esté más viva que el elefante, ni que entre latido y latido el corazón del elefante haya dejado de funcionar.
En cualquier caso, como ya he dicho en alguna ocasión, este blog es por completo ajeno a nada que tenga que ver con plazos, cupos u objetivos. Se actualiza cuando buenamente le sale de dentro, a él, ni siquiera a su autor, que soy yo. Le encanta tener lectores y comentarios, pero se ha mantenido largas temporadas sin unos ni otros, y ha sobrevivido. Ni reclama el derecho a ser leído ni, en contrapartida, reconoce en nadie el derecho a leerlo. Ni admite exigencias ni exige nada.
Es un blog muy suyo, ya les digo. E insisto en lo de suyo porque, como García Calvo a la chica de la canción, yo, su titular pero no su dueño, lo quiero libre, ni de Dios, ni de nadie, ni mío siquiera. Y espera de sus lectores que lo quieran, también, precisamente así.
De modo que estén ustedes atentos, porque nadie, ni yo, sabe el día ni la hora; pero por mucho que parezca lo contrario, no les quepa duda de que llegará, ni de que Júbilo Matinal alumbrará un nuevo post, como no ha dejado de hacerlo desde el lejano y feliz día de su inauguración.
(Y si desean ustedes saber más sobre mi particular punto de vista sobre cómo y para qué usar este blog, lean, si aún no lo han hecho, el post que dediqué al asunto con ocasión de su 4'05 aniversario.)






