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martes, 9 de septiembre de 2014

Confesiones de un falsificador

Para Diego, mi desconocido lector,
con un cordial saludo y todo mi agradecimiento por su interés y su perspicacia. 






 
Carlos Gardel - A la luz de un candil


La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

La verdad es que estoy avergonzado. Tengo que hacerles a ustedes una confesión, y no sé ni por dónde empezar... ¿Cómo puedo decirles..? ¿Qué van a pensar ahora de mí..?

Me dejaré de ambages: les he mentido a ustedes. Como un bellaco y sobre un montón de asuntos. Este blog, que había sido siempre un dechado de franqueza, contiene desde hace poco, emboscada entre más de cien honrados posts que no reflejan otra cosa que la sincera expresión de mis meditaciones, una entrada, una sola, que, en cambio, consta casi solamente de mentiras, engaños y falsificaciones. Un verdadero fraude, en resumen, cuya existencia viene pesando cada vez más sobre mi atribulada conciencia. Creo llegado el momento de librarme de este peso, con el que se me está haciendo muy penoso vivir.

Por un  lado agrava mi mala conciencia la amable impasibilidad con que, en general, han encajado ustedes mis embustes. No es que  me haga ilusiones sobre mi propia pericia como falsario, no, ni sobre su credulidad de ustedes: estoy seguro de que, torpe además de mentiroso, ni siquiera he logrado engañar de veras a gran parte de mis lectores.  Pero esto, como les digo, no hace más que empeorar mi grave falta. O bien, me digo, he abusado de la buena fe de estos amigos, a los que ni se les ocurre pensar que pueda yo mentirles, o bien de su cortesía, que les impide desenmascarar mis ardides y dejar en evidencia mis chapuceras invenciones, y les lleva a fingir que se las creen y hasta a hacer como que se interesan por mis conclusiones engañosas. En cualquiera de los dos casos, mi conducta es imperdonable.

Y por otro, empiezan a surgir ciertas voces... Sin perder la amabilidad, e incluso llevándola al extremo de alabarme por el post, ¡y hasta de pedirme disculpas por su intromisión! hay quien pone en duda la veracidad del asunto. Diego, un cortés comentarista, confieso que desconocido para mí hasta el momento pero que parece ser lector habitual del blog, señala que advierte cosas raras en las fotos de Ascone, y en algunos otros puntos del post. Ha ampliado las fotos, ha examinado el pixelado... El nombre del autor de uno de los libros citados le choca... ¡Si no podía ser de otra manera! ¿Cómo pude pensar..?

Mi conciencia atormentada, los derechos de la verdad pisoteada y los de todos ustedes, amables y engañados lectores, exigen, no puedo seguir eludiéndolo por más tiempo, que haga una completa confesión de mis numerosos delitos. Por muy amargo y embarazoso que el trance pueda resultarme.

Paso, pues, a darles pormenorizada cuenta de mis iniquidades. Espero de su bondad que, a pesar de lo dicho líneas arriba, puedan perdonármelas. Trataré de merecerlo exponiéndoles, esta vez, la cruda verdad.

La verdad es que no encontré en Internet la partitura del tango Carita morena. Lo compuse yo mismo durante largas horas de ocio obligado, pasando a tono menor el himno falangista original compuesto en mayor, ajustando la melodía resultante a un nuevo ritmo, añadiéndole unas cuantas florituras de inspiración más o menos porteña y arrabalera y pergeñándole al conjunto el único tosco acompañamiento de tango que he sido capaz de idear en toda mi mal empleada vida, el mismo con que, hace ya años, les espeté mi versión de La Cumparsita.



Júbilo Matinal - Carita morena, versión libre del himno falangista Cara al Sol.

Si recuerdan ustedes, se trata de una maniobra que ya he perpetrado contra otros himnos, como cuando convertí La Internacional en una Habanera triste o cuando hice de la mismísima Marcha Real una especie de foxtrot sincopado que titulé Little Spaniard. Es uno de mis muchos y lamentables vicios, quizás el más arraigado, este de manipular músicas ajenas con culpable desprecio de la sacrosanta propiedad intelectual (contra la que de tantas otras maneras, ¡ay!, tengo atentado), por no hablar de otras víctimas aún más dignas de respeto, como sin duda lo son la Patria y la Revolución. En mi torpe afán no me detengo ni ante lo más sagrado. Trato de enmendarme, se lo aseguro, me prometo a mí mismo no volver a hacerlo nunca más, pero recaigo una y otra vez...

(Mi comentarista Ricardo casi adivinó la verdad, el tango es solo un remedo del himno, está compuesto después que, e inspirado por él, y su título es una clara alusión al del original al que así mancilla. ¿Un patético intento de hacerme perdonar el plagio? ¿Una oculta llamada de socorro, quizás, para que pueda alguien desenmascarar mi engaño e impedirme así perseverar en él?).

(También otra comentarista, C.C., en su ingenuidad de extranjera que probablemente no haya escuchado jamás el Cara al Sol –Dios se la conserve muchos años– anduvo cerca de la verdad. Entendió mal el post, que no acabó de leer, y, sin duda por recordar mis anteriores fechorías musicales, creyó que hablaba de alguna composición mía que andaba por medio de todo este asunto, (como efectivamente sucedía, aunque el propósito del post fuera enmascararlo). Me abochorna ahora recordar con qué despiadada sangre fría deseché sus despistadas suposiciones, para alejarla de la verdad a la que inconscientemente se había acercado tanto).

La verdad es también, por tanto, que ni busqué el dichoso tango entre mis grabaciones de Gardel –mejor que nadie sabía yo que no podía encontrarlo allí– ni lo transcribí trabajosamente con ayuda del Finale. Fue justo al revés. Escribí mi composición con el Finale, (único modo en que mi ignorancia me permite escribir música, pues sin él sería incapaz de comprobar si suena como yo pretendo) y solo una vez hecho esto copié sobre papel pautado –y eso sí que fue trabajoso– los primeros compases de la partitura desde la pantalla de mi ordenador.

Mías son, pues, y achacables solo a mi propio e inepto desaliño, las lamentables patas de mosca que atribuí al pobre Ascone; y la copia en papel de la partitura, lejos de figurar en ningún catálogo internético, yace aún sobre mi mesa de llamémosle trabajo, acumulando polvo como merece. Ni siquiera existe la segunda página –me cansé de copiar antes de llegar a ella– y, por tanto, los falsos datos que sitúan su composición en Punta del Este, en Enero de 1930, son solo una afirmación mía, no figuran escritos en parte alguna. Doblemente falsos, pues. La foto que colgué en el post la hice con mi móvil, como por otra parte es fácil deducir por lo clamorosamente mala que es.


La verdad es, por todo ello, que el autor de la fraudulenta musiquita no es Óscar Ascone. De hecho Óscar Ascone, lamento decirlo, no existe ni nunca existió. Es solo un nombre que ideé con el único criterio de que sonara lo más parecido posible al mío propio. (¿Otro intento inconsciente de desalentar la credulidad de los lectores? Me gustaría creerlo así...) Mi apellido, que muchos de ustedes conocen y que pueden averiguar, los que no, con gran facilidad –basta con ver cuál era el de mi abuelo paterno, que ha aparecido alguna vez en este blog– suena de modo muy similar al conjunto "oscarascone". Me bastó con inventarme otro que pareciera más o menos italiano, Ascone, y añadirle por delante un nombre de pila que terminara en "car". Dudé un tiempo entre Amílcar y Óscar, y me decidí por este último para no ensañarme innecesariamente con mis lectores, dicho sea en mi levísimo descargo.

La verdad es también que llegado a este punto tuve un inesperado golpe de suerte. Mi propósito era fingir que el tal Ascone había sido un oscuro músico argentino, de ascendencia italiana como tantos de ellos. Para comprobar si era posible que un italo-argentino llevara semejante apellido, metí en Google "Ascone", a ver si alguien realmente existente se llamaba así. Y descubrí, con asombro y regocijo –ahora me avergüenza recordar mi júbilo de entonces, la malsana satisfacción con que vi facilitarse mi torticero empeño; pero el diablo ciega a los que quiere perder, y en aquel momento, me alegré– que no solo existía el apellido en cuestión, sino que uno de sus portadores era, además de uruguayo –esto es, casi argentino– músico de profesión y coetáneo de la mejor época del tango. ¡Pues qué bien!, me dije, comprendiendo que todo ello hacía más verosímil la existencia del inexistente Óscar. Y me afirmé, siento decirlo, en mi reprobable propósito.

No es por tratar de disculparme, pero la verdad es que las siguientes invenciones no fueron sino consecuencias lógicas, casi inevitables, de este malhadado hallazgo. Si Óscar debía aparecer como un hermano menor, bohemio y descarriado, del respetable Vicente de igual apellido que había encontrado yo en la Wiki, bien podía ser que en los medios musicales de Buenos Aires se le conociera como el pibe Ascone, para diferenciarlo del otro. Y si se dedicaba al tango en los años treinta ¿cómo no relacionarlo con Gardel? Para lo cual no hallé mejor modo, en mi insania, que falsificar una foto del insigne cantante, añadiendo en ella la presencia de un cualquiera al que hacer pasar por el pibe. 

Aquí he de confesar un nuevo pecado, el de vanidad. La verdad es que no teniendo Ascone, por motivos evidentes, facciones propias, decidí darle las mías, –¡bravo, Diego!– para así adornarme de algún modo con la gloria que me proponía atribuirle. Escogí, de entre las muchas fotos de Gardel que pueden encontrarse en Google, la que mejor se adaptaba a mis vituperables designios, que resultó ser el anuncio de una de sus películas (enhorabuena de nuevo a Diego, tan culto, por lo que se ve, como observador):

y la manipulé vergonzosamente. La recorté, le cambié el color y, más grave aún, al rostro del inocente y anónimo actor que juega a las cartas en el lado derecho le superpuse una foto mía tomada, creo, durante mi ya lejano viaje de novios:










La verdad es que tuve que trabajar un montón para obtener el rácano resultado que colgué en mi  post mendaz. Sin más medios que el Paint, bastante rudimentario, y el editor de imágenes de mi teléfono movil, no mucho mejor, dediqué algunas horas, que habrían hallado mejor empleo en cualquier otra tarea, a tratar de disimular –difuminándolos pixel a pixel– los llamativos contrastes que denunciaban la chapuza, hasta conseguir la imagen, tan poco convincente para un ojo mínimamente crítico, como hemos visto, que todos ustedes han podido ver –seguro que sin dejarse engañar por ella, aunque la cortesía les haya llevado, todo lo más, a sugerir amables dudas–. 

Ignoraba por completo, claro está, dónde ni cuándo había sido tomada la foto, ni quiénes eran los que acompañaban en ella a Gardel. Pero, sin freno ya en mi vertiginoso deterioro moral, no tuve el menor empacho en inventarme todos los datos que creí necesarios. Escogí dos argentinos cualesquiera que la Wiki me proporcionó como coetáneos y amigos del cantante, les añadí al Ascone espurio y los situé a todos en el mismo lugar y época que había atribuído a la falsa partitura. Y, la verdad, me quedé, así de embrutecido estaba ya a esas alturas, tan ancho.

Tenía ahora que encontrar la manera de relacionar a Ascone con España, y más concretamente con la Falange. Lo medité largo tiempo, porque lo de un uruguayo seducido por los ideales joseantonianos no acababa de convencerme. Y recordé haber leído algo sobre posibles simpatías entre Primo de Rivera y Pestaña, la bandera roja y negra de la Falange inspirada en la anarquista... Eso ya sonaba mejor. Un uruguayo anarquista entraba dentro de lo posible y ¿que perspectivas más prometedoras para un anarquista sudamericano que las que ofrecía en los años treinta la joven y revuelta República española?

Faltaba explicar cómo había yo llegado a saber de este viaje de Ascone, pero para ese género de cosas ya tenía práctica en utilizar, en empresas más confesables, la utilísima hemeroteca virtual del periódico ABC.  

La verdad es que fue coser y cantar dar con un suelto sobre una detención de anarcosindicalistas. Había cientos de ellos, y escogí uno cualquiera que me conviniera por la fecha y en el que se mencionara el nombre de alguno de los detenidos. La habilidad adquirida en la falsificación de la primera foto me permitió sustituir, con muy poco trabajo, a "D. Juan Ramón González Olaso, presidente que fué de la Unión Patriótica" por "el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad." Cuestión de borrar, copiar y pegar letras, tareas bien fáciles para quien, como yo, tenga cierta destreza en el uso del Paint. Y el hecho, enteramente fortuito, de que la noticia elegida se refiriera a una redada en la que cayeron anarquistas y monárquicos en alegre mezcla fue, desde luego, otra afortunada casualidad, porque favorecía tanto la ambigüedad de la ideología política atribuible a Ascone como la de mi supuesta búsqueda, que así pude presentar como si dudara, al iniciarla, entre las dos direcciones del espectro político.

(La verdad es, por tanto, que la búsqueda de "ascone" en la hemeroteca no ofrece doce resultados. Son once los que aparecen, y ninguno de ellos, naturalmente, tiene nada que ver con Óscar Ascone. Espero fervientemente que por mucho tiempo siga siendo así, y que mi fraude no acabe siendo el argumento de una noticia de ABC en la que sí figure Óscar Ascone...)

Visto lo eficaz que se había mostrado la maniobra de adulterar imágenes, y lo fácil del recurso de "encontrar" fotografías oportunas en libros inexistentes ¿por qué no seguir el mismo procedimiento para relacionar a Ascone con los políticos españoles que mejor convinieran a mis propósitos? (Ya nos advirtió De Quincey que, cometido el primer crimen, los demás vienen rodados en temible y creciente progresión). Busqué fotos de Primo de Rivera y de Pestaña en las que pudiera encajar alguna mía y me enfangué, como si no hubiera un mañana, en las viles labores del fraude gráfico y la añagaza icónica, que tan familiares y hacederas comenzaban, ¡ay!, a resultarme.

Los mentirosos resultados de mi actividad ya los han visto. Los inocentes medios empleados por mi culpable mano, –esto es, la verdad– aquí los tienen ustedes:


En la foto de la izquierda, obtenida de la página de Wikipedia sobre Ángel Pestaña, aparecen él, Salvador Quemades y Salvador Seguí. La Wiki no dice cuándo, dónde ni quién la hizo. La de la derecha, sacada de esta página, corresponde a un mitin de las derechas celebrado en Arcos de la Frontera en noviembre de 1933, en la campaña de las elecciones generales de ese año. Se publicó en el Diario de Cádiz y no he identificado en ella más que a Primo de Rivera, aunque tiene que andar por ahí también Pemán, por lo menos, que fué otro de los oradores.

En cuanto a las fotos del suplantador, es decir, mías, la verdad es que no tengo muchas de mi juventud, y menos aún en formato digital. Algunas pocas –la de mi viaje de novios que ya han visto, sin ir más lejos– escaneé cuando aún funcionaba mi escáner, actualmente escacharrado, y tuve ahora que usar otra de ellas, la que aquí pueden ver:

en la que se me ve disfrutando de mi juventud, inocente como entonces era, en compañía de tres amigos de toda la vida que temo –pero no es cosa ya de echarse atrás por vergüenza de más o de menos– que puedan encontrarse hoy entre mis lectores. ¡Hola, Ana! ¡Hola, Rafa! ¡Hola, Javier! ¡Ya véis qué cosas!

(Advierto con sorpresa que hace treinta y tantos años usaba yo el mismo exacto modelo de zapatos que ahora mismo).

En resumidas cuentas, la verdad es que es mi cara, la de la foto que han visto, la que suplantó a la de Quemades en el acto anarcosindicalista (tras darle la vuelta, eso sí, por necesidades geométrico-anatómicas) y es también la que, levemente retocada, superpuse en el mitin de Falange a la de pasmarote que exhibía un anónimo candidato derechista.

¡Qué vergüenza, por Dios, qué vergüenza! ¡Qué cara más dura! ¡Qúe tomadura de pelo!


El coloreado es, claro, para disimular en lo posible las diferencias de tono y de luz entre las fotos originales y sus respectivos pegotes. (Pero ni así...) El retoque del pelo en la foto falangista trata de resolver un pequeño problema del que, con todo, se dió cuenta una comentarista sagaz de mi anterior post: la foto con mis amigos (1981, Paseo de La Concha de San Sebastián, por si quieren saberlo) es de diez años antes que la del pibe sin barba y con grandes entradas de Punta del Este (1992, yo días después de mi boda, vaya) , y tengo en ella, por tanto, mucho más pelo –y eso que no cuento el de la barba–. Como estas fotos pretendían ser posteriores en dos o tres años a aquella, no tuve más remedio que intentar clarearme la sien. La verdad es que no con demasiado éxito.
 
Poco queda por añadir. Las consideraciones sobre posibles contactos entre la Falange y la CNT son lo único no mentiroso de todo el post. La cita del libro de Abad de Santillán es también auténtica. Creo que lo leí hace años y que es donde conocí la noticia, que en su día me sorprendió mucho, de que Pestaña y Primo de Rivera se tenían mutua simpatía. Ya ven que el culpable, en último término, de que yo decidiera hacer anarcosindicalista a Ascone para proporcionarle alguna vía de contacto verosímil con la Falange y con el Cara al Sol, es el libro de este señor Abad. ¡Lo que son las malas influencias y las perniciosas lecturas de una juventud mal aconsejada!

Al buscar en Internet su texto para justificar con él mi supuesta hipótesis, volví a leerlo y me sorprendió enterarme de que anarquistas argentinos se habían interesado por la suerte de José Antonio, dato verídico –o al menos no inventado por mí– que encajaba estupendamente con mi historia. Como también me vino al pelo saber, buscando en la Wiki una vez más, que Abad de Santillán había pasado muchos años en Argentina, circunstancia que me dió un buen pretexto para dejar entender que Ascone y él se habían conocido allí, anarquistas como ambos eran, y habían decidido venirse juntos a España. Efectivamente, las coincidencias convenientes se dan con más frecuencia de lo que creemos.

Y hablando de libros y de coincidencias, la verdad es que no sé cómo pudo ocurrírseme que el autor de una biografía de Gardel pudiera llamarse Tobias (¡Tobías, por Dios!) Angosto, T. ANGOsto, (¡Editorial Tangente..!), ni que la autora de un estudio sobre anarquismo llevara por nombre el improbable de Ana Arconada, (¡Editorial Anaquel..!). Buenas están las coincidencias, pero solo se debe exagerar con moderación.

En fin, espero que esta exhaustiva y penosa confesión me valga el que ustedes, hipócritas lectores, mis iguales y hermanos,... perdonen mi censurable conducta. Y si, de paso, les ha entretenido un rato...

jueves, 4 de septiembre de 2014

Un descubrimiento musical de consecuencias políticamente sorprendentes

Investigaciones casuales, histórico-político-musicales, con acertijo incluído.

Los mejores hallazgos, es un tópico, se deben con frecuencia a la casualidad. Díganlo Arquímedes y su Principio, Newton y su manzana o Fleming y su penicilina. O, más modestamente, yo y el descubrimiento musical del que me propongo darles cuenta.

Los más observadores de ustedes habrán notado, quizás, que llevo desaparecido de estos blogs, así del propio como de los ajenos, un cierto tiempo. Por motivos higiénico-sanitarios que no hacen al caso me vi, a finales del invierno pasado, temporalmente impedido de asomarme por Internet. Superados los primeros y más bien incómodos obstáculos que causaban este alejamiento, descubrí, como Dios al séptimo día de la Creación, que era bueno. Y, como Él, decidí descansar un tiempecillo, la perspectiva de dar el cual por concluído solo ahora comienza a aparecérseme como posible. Este largo asueto, que durante los dos primeros meses fue, por decirlo así, absoluto, aunque allá por Mayo tuve que reintegrarme al trabajo propiamente dicho –esto es, al que me procura el sobre mensual–, me dió para dedicarme con intensidad aún mayor de la acostumbrada a mis amadas actividades inútiles, laterales y abstrusas.

Lo han adivinado, sí. Me apliqué con especial dedicación a mis musiquitas. Decidido a mejorar mis habilidades en lo tocante a la composición y transcripción de tangos, que eran –y siguen siendo, a Dios gracias– perfectamente autodidactas –como pueden ustedes comprobar en mi hasta la fecha única pero afortunada incursión en la materia–, me dediqué a buscar, para estudiarlas, cuantas partituras de tango pudiera encontrar con Google.

Que resultaron ser muchísimas. Hasta que no se hace la búsqueda, no se imagina uno la cantidad enorme de partituras de tangos que ofrece Internet. Como de cualquier otra cosa, me imagino, que uno se proponga buscar con este invento prodigioso.

Como suele ocurrir, el exceso de información estuvo a punto de ahogar mi interés. Tras la dificultosa lectura de las tres o cuatro partituras más accesibles estaba a punto de desistir y dedicarme a cualquier otra inutilidad placentera cuando me llamó la atención una de ellas, la que a continuación expongo a su curiosidad y que encontré en uno de los muchos catálogos que exhiben los innumerables sitios de venta de documentos antiguos que pueblan la red:


¿Y cuáles fueron, se preguntarán, las carácterísticas de esta partitura, en concreto, que despertaron mi huidizo interés? Pues varias y distintas, pero fundamentalmente las que paso a enumerar:

- En primer lugar, la sonoridad del nombre de su autor, Óscar Ascone. Óscar Ascone, oscarascone... No sé a ustedes, pero hay algo en estas sílabas que a mí me resultó particularmente atractivo. Como si me llamara...

- Advertí, en segundo lugar, que el autor utilizaba un compás de cuatro partes –cuatro negras– para transcribir el ritmo de tango, en vez del de dos que parecía ser el habitual y canónico en las partituras de tango que hasta ese momento había examinado. Como lo que, en mi ignorancia, me pide a mí el cuerpo es considerar que el compás de tango tiene, efectivamente, cuatro partes, esa coincidencia reavivó considerablemente mi decaído ánimo.

-Y acabé de interesarme cuando advertí que el acompañamiento –la mano izquierda del piano, el tercer renglón de cada grupo de tres– estaba compuesto por acordes sincopados de tres notas, cinco acordes por compás, de tres corcheas cada uno, separados entre sí los cuatro primeros por un silencio de corchea. Exactamente el mismo, y torpe –pero eficaz– acompañamiento que yo había pergeñado, años ha, para mi estupenda versión de La Cumparsita cuyo enlace les he puesto líneas arriba, acompañamiento que, con mi búsqueda, trataba precisamente de mejorar y superar. ¿Sería este tal Ascone un alma gemela mía?

Bien podía serlo, porque el desaliño con que la partitura estaba manuscrita sugería que se trataba de un músico tan inexperto e improvisado como yo mismo. Si yo no tuviera el Finale NotePad y me viera obligado a escribir a mano mis pobres intentos compositivos, sospecho que mis partituras no serían muy distintas del notable galimatías que pueden ustedes apreciar en la foto, y que solo con gran esfuerzo, mucha imaginación y dejándome los ojos fui capaz de transcribir con mi mágico programita musical.

Porque eso, transcribirlo para ver cómo sonaba, fue, naturalmente, lo que acabé por hacer. Y lo que de ello resultó, que pueden ustedes escuchar a continuación pulsando sobre la flechita, fué lo que terminó de encender no ya mi interés, sino una autética obsesión por averiguar quién era este Óscar Ascone, y cuál era la historia de su sorprendente Carita morena. Escúchenlo, escúchenlo ustedes y díganme luego si es para menos:


Oscar Ascone - Carita morena  (Mi transcripción con Finale NotePad)

Advierten ustedes el inequívoco parecido ¿no? Para mí, al menos, resultó evidente ya tras escuchar los primeros compases. De hecho, solo parecen diferir el ritmo y la tonalidad. Constaté que la segunda y última hoja de la partitura estaba fechada en "Punta del Este, Enero de 1930", comprobé en Google algunas otras fechas que enseguida acudieron a mi mente y una curiosísima, pero creo que verosímil hipótesis comenzó a tomar forma en ella.

Ya antes de hacer y escuchar la reveladora transcripción había buscado a Ascone en la Wikipedia. No lo encontré, aunque sí a un tal Vicente Ascone, músico uruguayo de la primera mitad del XX. Según la Wiki no parece que nunca compusiera tangos, aunque sí "destacó como compositor folclórico de raíces americanas". Las fechas y la zona del globo en que vivió, en cualquier caso, hacen bastante probable que incurriera ocasionalmente en la composición de tangos. Y Punta del Este, donde está fechada la partitura, es una conocida playa uruguaya. Pero la torpeza de la escritura no parece corresponder a un músico profesional, y, sobre todo, Óscar no es Vicente. ¿Un hermano, quizás, aficionado también a la música por tradición familiar y capaz de hacer sus propios pinitos musicales, sin alcanzar el nivel que permite figurar en la Wikipedia ochenta años más tarde?

Todo puede ser, me dije antes de emprender la búsqueda de un problemático "Carita morena" entre las más de cuatrocientas grabaciones de Carlos Gardel, su obra completa, creo, que conservo en mi disco duro. (En el de mi ordenador, quiero decir. En el mío propio hay también unas cuantas, pero no todas). Tenía la esperanza de poder escucharlo y ahorrarme así la dificultosa lectura y transcripción de las patitas de mosca de Ascone, pero no hubo suerte. Si Gardel cantó alguna vez a esta carita morena –cosa que, a la luz de lo que luego descubrí, parece bastante probable– no dejó constancia grabada de ello, o al menos yo no la tengo.

Perseveré en mis investigaciones, empero. No todo puede encontrarse en Google, me dije. Y como en la biblioteca pública de mi barrio hay dos buenas monografías dedicadas al tango, amén de una excelente biografía de Carlos Gardel,  dediqué una tarde entera al examen detenido, casi lectura completa, de las tres obras. Los índices onomásticos no recogían a ningún Ascone, ni Vicente ni Oscar. La cosa no parecía prometer mucho, pues. Pero la constancia siempre tiene su recompensa y la casualidad vino en mi ayuda una vez más. Entre las fotos reunidas en las últimas páginas de la biografía (1) se encontraba la que aquí ven:

El pie, al dorso, explica: "Yacht Club de Punta del Este, Uruguay. Verano de 1930. Carlos Gardel juega a cartas con unos amigos. A su derecha Francisco Canaro, a su izquierda el pibe Ascone y enfrente, de espaldas a la cámara, Enrique Santos Discépolo".

¡El pibe Ascone! Puede tratarse de Vicente, desde luego, del que no he encontrado en Internet ninguna foto. Pero en 1930 Vicente Ascone tenía treinta y tres años, acababa de estrenar una ópera y de fundar una orquesta y, por todo ello, no parece muy verosímil que se le conociera por "el pibe". Este apelativo parece más bien, se me ocurre, un modo de diferenciar a este Ascone, el de la foto, de otro, mayor, más importante y más conocido; precisamente, creo muy posible, de su ¿hermano?.. homónimo, en cualquier caso, Vicente.

¿Es pues Oscar Ascone el joven de pronunciadas entradas y mirada inquisitiva que aparece en el primer plano de la foto, a la derecha del espectador y a la izquierda de Gardel? Si descartamos que sea Vicente, parece francamente probable. Y en ese caso es también muy posible, como hace un rato les anunciaba, que Gardel haya cantado, en el calor de alguna farra estival, el Carita morena compuesto ese mismo verano y en ese mismo lugar por su compañero de juego. No me digan que no es tentador creerlo así para un investigador novel y de escasos medios como yo. Tan tentador que resolví ipso facto que no podía ser de otro modo. El pibe Ascone que aparece en la foto jugando a las cartas con Gardel era mi Ascone, sin duda. Óscar. Tenía que serlo.

(1) "Carlos Gardel, una vida de tango". Tobías Angosto. Ed. Tangente. 1ª ed., Buenos Aires,  1951.

Pero si la hipótesis que me guiaba era correcta, tenía que existir algún nexo de unión entre este pibe Ascone, uruguayo él, y España. ¿Dónde buscarlo? Sigan mi consejo, venzan cualquier escrúpulo que puedan tener al respecto y, cuando deseen saber de las andanzas españolas de cualquier personaje semi público del siglo XX, diríjanse sin dudar a la hemeroteca internética del ABC. Tiene en pdf todo lo que el periódico ha publicado desde su fundación, y uno encuentra allí lo que busca con la referencia más sencilla y con una velocidad asombrosa. Yo he dado así con varias menciones de mi abuelo, por ejemplo, y de algunos compañeros suyos de fechorías musicales.

Mi búsqueda de "ascone" en la hemeroteca virtual de ABC arrojó doce resultados. Los once primeros se referían, inequívocamente, a noticias de distintas fechas sobre Vicente Ascone. El duodécimo quizás también, pero yo me inclino a pensar que no. Juzguen ustedes mismos:

Merece la pena leer la noticia, aunque sufra la vista. Se refiere a unos incidentes en Bilbao, en el mes de julio de 1933, a raíz de los cuales se detuvo a 18 monárquicos y a 27 anarcosindicalistas. La mezcla era lo suficientemente extraña como para que el gobernador se creyera en el caso de explicar a los periodistas que "no es que vayan unidos, el movimiento es fascista. Pero ya saben ustedes que los anarcosindicalistas están siempre dispuestos a pescar en río revuelto y a movilizarse con cualquier pretexto, y esta era sin duda una buena ocasión para ellos".

Lo sorprendente, no solo para mí sino parece que también para el redactor de la noticia, que lo considera lo suficientemente interesante como para que sea este el único nombre que da de cuarenta y cinco detenidos, es que entre estos figuraba, como verán en el párrafo que he recuadrado,"el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad". Sorprendente y, hay que confesarlo, increíblemente afortunado. Bingo otra vez.

Pero otra vez también la misma duda: ¿a qué "musico uruguayo Ascone" se refiere el ABC? El Vicente de la Wikipedia, hay que insistir en ello, parece un burgués tranquilo, asentado y próspero. Sus actividades de compositor y director en Montevideo, con resonancia –nunca mejor dicho– internacional, hacen que no resulte fácil imaginarlo dando tumbos por España, y dejándose detener en compañía de monárquicos, anarquistas y otras gentes de mal vivir. Si se tratara de él, además, el ABC no habría dejado de consignarlo con el apropiado bombo, en vez de limitarse a ese austero "músico uruguayo Sr. Ascone" y, años después, la Wiki sin duda mencionaría su estancia en España y hasta sus actividades políticas, a ninguna de las cuales cosas hace, en cambio, ni la menor alusión. No, tiene que ser otro músico uruguayo de igual nombre pero menos renombre, costumbres más desordenadas y vida menos "respetable": nuestro escurridizo Óscar, sin duda, una vez más. ¿Quién, si no? ¿Cuántos músicos uruguayos de apellido Ascone es verosímil que haya? Solo dos ya parecen demasiados...

Bien, pues. Con la ayuda del ABC había logrado localizar al pibe Ascone a este lado del Atlántico. Involucrado, además, en una intentona monárquica, o quizás en una algarada anarcosindicalista, o puede que en ambas cosas a la vez. Despistes de extranjeros entusiastas, que no por no acabar de aclararse con la política local renuncian a tomar parte en sus actividades más entretenidas...

La intentona monárquica –fascista, como hemos visto que la llama el gobernador republicano– parecía la más acorde con mi hipótesis, y  a investigarla me puse con ahínco. Un par de tardes más me pasé en mi querida biblioteca pública, escudriñando historias de la II República, tratados sobre el fascismo español y amenidades semejantes. Sin el menor resultado, debo decir. Si Ascone tuvo algún papel en las maquinaciones antirrepublicanas de la extrema derecha española, como parece sugerir la noticia del ABC, no quedó de ella más constancia a mi alcance que esa escueta nota de prensa.

Me dediqué por tanto, más bien escéptico pero aún lleno de determinación, a la pista anarcosindicalista. Sobre este asunto el material disponible era bastante menor, y lo ojeaba yo con pocas esperanzas cuando de nuevo acudió en mi ayuda una increíble casualidad. (Comprendo que el adjetivo "increíble" está adquiriendo una importancia notable en este post. Es lo que hay, ustedes verán lo que hacen con él...)

Vean la foto que encontré en la página 57 de la interesante obra "Sindicalistas, anarquistas y otros utopistas", de Ana Arconada, Editorial Anaquel, Barcelona, 1ª edición, 1981:

Como ven no cabe aquí la menor duda sobre el Ascone de que estamos hablando, aparece con todas las letras como Óscar Ascone. Y tiene que ser el sonriente ciudadano de la barba que se ve a la izquierda de la foto, porque los otros dos son inequívocamente Salvador Seguí y Ángel Pestaña, de rostros sobradamente conocidos. No se parece en exceso al pibe que conocimos como compañero de juego de Gardel, pero tampoco cabe descartar que sean la misma persona. La barba y los años transcurridos entre ambas fotos pueden explicar las diferencias más notables, aunque me ha sido imposible fijar la fecha de esta foto.

A la vista de la cual, convendrán conmigo, sí que podemos estar razonablemente seguros de que nuestro Ascone, el autor de Carita morena, anduvo durante los años treinta por tierras españolas, y de que mantuvo alguna vinculación con las actividades y los miembros del partido anarcosindicalista, del que Seguí y Pestaña eran dirigentes. Eso explica su detención en Bilbao, y abre nuevas perspectivas sobre mi famosa hipótesis. Perspectivas no tan raras como cabría suponer a primera vista. Veamos:
"A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la policía de la República no había descubierto cuál era nuestra función en la F.A.I., lo supo Primo de Rivera, jefe de otra organización clandestina, la Falange española. No hemos querido entonces, por razones de táctica consagrada entre nosotros, ninguna clase de relaciones.

Ni siquiera tuvimos la cortesía de acusar recibo a la documentación que nos hizo llegar para que conociésemos una parte de su pensamiento, asegurándonos que podía constituir base para una acción conjunta en favor de España. Estallada la guerra, cayó prisionero y fué condenado a muerte y ejecutado. Anarquistas argentinos nos pidieron que intercediésemos para que ese hombre no fuese fusilado. No estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las relaciones tirantes que manteníamos con el gobierno central, pero hemos pensado entonces y seguimos pensando que fué un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él no son peligrosos, ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reinvindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!"

La anterior es una cita textual del libro "Por qué perdimos la guerra", de Diego Abad de Santillán, militante anarcosindicalista. Las negritas son mías. Y el texto entero, pero especialmente lo que con ellas he resaltado, me parece francamente ilustrativo sobre las innegables concomitancias que, al menos antes de la guerra, existieron entre dos movimientos tan alejados políticamente como la FAI y Falange Española, y sobre la plasmación que estas concomitancias pudieron encontrar en personajes como nuestro esquivo Ascone.

Abad de Santillán, por cierto, vivió muchos años en Argentina. No puedo dejar de conjeturar que conociera allí a Óscar, y que fuera él el medio por el que este se introdujo en los medios anarquistas españoles. Incluso pienso que pueda ser Ascone uno de los "anarquistas argentinos" de los que nos cuenta Abad que trataron de mediar a favor de José Antonio.


De ser cierta mi hipótesis los colores rojo y negro de la bandera falangista no serían los únicos préstamos que la Falange tomó del anarcosindicalismo español. Y puede que haya otro más. Si miran ustedes aún una última foto de las muchas que he estudiado, en la que se ve a Primo de Rivera hijo en un acto de su partido, rodeado, es de suponer, de simpatizantes y correligionarios:
 

¿No les recuerda a nadie el rostro barbado y sonriente que se ve cuatro cabezas a la izquierda de José Antonio (derecha del fotógrafo)? No sé, no sé, pero yo no me atrevería a asegurar que no sea... ¿una casualidad más? ¿Un infiltrado? ¿Un despistado? ¿Un converso? ¿O un mediador?

A todas estas, estoy dando por supuesto que han advertido ustedes el sorprendente parecido musical que yo mismo descubrí al escuchar por primera vez Carita morena; y que, en consecuencia, han llegado a la misma hipótesis que yo concebí en ese momento y a la que estoy refiriéndome todo el rato. ¿Me equivoco?

Háganmelo saber, si estoy en lo cierto y lo creen oportuno, dirigiendo sus respuestas a ohvanbrugharrobagmailpuntocom. Y siéntanse libres, en cualquier caso, de hacer los comentarios que deseen si han encontrado en este largo post algo que les parezca merecerlos, a ver si vamos recuperando las buenas costumbres. Muchas gracias.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Maniobras orquestales en la oscuridad

Hace una semana que publiqué otro de mis acertijos musicales. Lo bueno de este género es que una sola idea te da para dos posts, el de la pregunta y el de la respuesta, lo que dada mi habitual sequía, acentuada en los últimos tiempos por el estiaje, es francamente conveniente. Así que me propongo ahora sacarle las últimas gotas de jugo a la ocurrencia.

Se trataba, como recordarán, de averiguar sobre qué conocidas melodías estaba compuesta cada una de estas dos maquinaciones mías: 

Primera maquinación:

¡Que no! - Júbilo Matinal

Segunda maquinación:

Little Spaniard - Júbilo Matinal

Bien, pues aquí van las respuestas a ambos enigmas:

La primera de las dos melodías está enmascarada por el sistema de añadirle un acompañamiento de piano y superponerle otras dos melodías de mi invención, armónicamente compatibles con ella -esto es, que suenan bien juntas.- Un buen oído debe ser capaz de seguir identificándola a través de esta superposición, es decir, de aislar, entre todas las notas que suenan simultáneamente, las que pertenecen al tema buscado. La tarea se facilita mucho suprimiendo las voces añadidas, es decir, pelando la pieza como una cebolla, retirando las capas superpuestas hasta dejar solo la central y original. Vamos a hacerlo:

Retiramos primero la capa añadida más exterior, el tema del oboe, y esto es lo que queda:


Lo pelamos ahora un poco más, suprimiendo también la voz alta del piano:


y seguro que ya todos ustedes están reconociendo sin problemas el tema de que se trata. Pero para estar seguros del todo, le quitamos, por fin, el acompañamiento, la mano izquierda del piano:


y, como pueden ver, queda el tono de Nokia, que todos oímos unas treinta veces al día en algún teléfono móvil cercano. Yo me he limitado a repetirlo seis veces, cambiándolo de tono la tercera y la cuarta para que la secuencia armónica que esboza se complete con una cierta lógica que permita encajar en ella las otras dos melodías de mi invención.

(De paso: "Nokia" suena igual que "¡No!, ¡Quia!".  "¡Que no!, además de ser otra forma de decir eso mismo, es lo que me da ganas de gritar cada vez que oigo el irritante tonillo.)

J. S. Bach, uno de mis más señalados precursores, maquinando orquestalmente en la penumbra.

La segunda melodía no se ha disfrazado con el mismo método, sino que ha sido cambiada de ritmo y sustituída por otra equivalente, es decir, correspondiente a la misma secuencia armónica. Por decirlo más inteligiblemente, la he cambiado por otra melodía distinta pero que podría ser acompañada por los mismos acordes que la original. Como si en el tema anterior no solo hubieramos superpuesto al tema de Nokia las dos melodías nuevas, sino que a él mismo lo hubiéramos hecho desaparecer. A estas melodías armónicamente equivalentes a una dada se les llama "variaciones" sobre esa melodía, y componerlas es una tradición que se ha mantenido a lo largo de toda la historia de la música.

No soy el primero, ni seré el último, en componer variaciones. El del disco de en medio, Brahms, también lo hacía sobre temas ajenos, como yo. Aquí, concretamente, sobre un tema de Haydn. En aquel dichoso tiempo no había SGAE...


  La sandalia es al pie como la variación al tema


Lo que en este caso debe hacer un buen oído es lo contrario que en el anterior, o sea imaginarse la melodía principal ausente -siempre que la conozca, claro- solo con oir la que la sustituye y la secuencia de acordes que la acompaña; y lo hará tanto más fácilmente cuanto más las nuevas melodías, "variaciones" de la original, le "sugieran" esta última o le ayuden a evocarla. (Si escuchan ustedes, por ejemplo, las "Variaciones Goldberg" de Bach, cosa que les recomiendo encarecidamente, verán que la primera es la melodía principal, el tema alrededor del cual se construyen las siguientes. Y es muy instructivo oir cada una de las demás mientras tratamos de silbar al tiempo la primera, para comprobar la perfección con la que se ajusta a todas ellas.)

En la siguiente pieza he superpuesto, a mi composición, la melodía original sobre la que está compuesta -he metido el pie en la sandalia- para que suenen las dos al tiempo (la melodía original suena por el altavoz izquierdo, mi variación por el derecho); y creo que todos ustedes reconocerán la nueva incorporación, y advertirán que encaja bastante bien con el acertijo al que se superpone y del que es la respuesta:



En efecto, Little Spaniard es, una vez más, la Marcha Real, que ya sirvió de motivo, hace un par de años, para otro de mis acertijos. Es, si lo recuerdan, una nueva versión, algo más adornada, del arreglo que ya colgué entonces, al dar la solución, como ejemplo de las muchas transformaciones que pueden hacerse a partir de cualquier melodía, con solo un poco de imaginación; y debo decir que estoy muy orgulloso de él. ¡De qué misteriosos caminos se sirve la Providencia para conseguir que un iconoclasta irredento, como yo, sienta alguna clase de orgullo por su himno nacional!(*) De hecho uso esta versión mía como tono de mi teléfono móvil -que, por cierto, no es Nokia.- (Ven que, finalmente, hay una sutil relación entre ambos acertijos. Todo va  encajando...)
(*) Suponiendo que a la Providencia le parezca que el orgullo acerca de los himnos nacionales es cosa digna de ser fomentada, lo cual es muy dudoso, a poco providente que sea.


Quizás hayan advertido que, además de cambiarle el ritmo y variarle la melodía, he alterado ligeramente, aquí y allá, la armonía de la Marcha Real. En algunos compases los acordes no son exactamente los mismos que los de la versión original, que me resultaban excesivamente marciales y obvios (**); su nuevo carácter de fox trot me parecía requerir un pequeño toque de sutileza armónica, además de rítmica.

(**) Ya saben ustedes que la música militar es a la Música lo que la justicia militar a la Justicia...
 Podemos decir, como conclusión, que lo que he hecho con nuestro Himno Nacional ha sido una himnovación. (El chiste no es mío, que conste, es de Les Luthiers. Reconozcan que es bueno...)

Este dibujo, aunque no tenga firma, es también de QUINO. Gracias, maestro.

Pues sepan que hay quien ha reconocido las melodías enmascaradas, a pesar de mis maquinaciones. No muchos, pero algunos, y todos ellos han optado, cortésmente, por enviar sus respuestas a mi correo, como sugerí, en vez de publicarlas en los comentarios.

- El primer acertante de todos fue Ricardo. Reconoció inmediatamente ambos temas, aún antes de publicado el post, dado que lo utilizo como banco de pruebas y le envío siempre mis tropelías musicales antes de hacerlas públicas. (Si él no las identifica, lo que hasta ahora no ha sucedido nunca, ya sé que nadie lo hará).

- Apenas media hora después de publicado el post me enviaron su respuesta María y Johannes. Ella dió con el tema de Nokia, me dicen, y él con el de la Marcha Real, lo cual tiene doble mérito habida cuenta de que es alemán y no tenía por qué conocerlo siquiera. (No, ella no es finlandesa. Es madrileña.) (No, él no es Brahms. Otro Johannes.)

- Un par de días después Carmen me escribió para comunicarme que había identificado la Marcha Real "ella solita". De la primera maquinación no me dijo nada.

- He tenido incluso un acertante de ultratumba, un nuevo contacto llamado Herbert Von Karajan, cuyo mensaje rezaba como sigue:
I have been strongly impressed by the musical quality of your work. I guess that the songs that you propose are the Nokia aria and the national anthem of Spain. I will try to contact you in an upcoming trip to Spain.
Sincerely yours,
Herbert
Me hizo verdaderamente mucha ilusión, de modo que resolví ignorar que Von Karajan lleva muerto cosa de veinte años y que la cuenta remitente era la de uno de mis asiduos e ingeniosísimos lectores; y les ruego que lo ignoren ustedes también y que cuenten entre los acertantes a mi nuevo amigo Herb.

- Por último Miroslav me anunció en un comentario que creía saber qué tema era el segundo; pero ha debido de preferir guardar para sí sus sospechas. Espero que este post se las confirme.

Enhorabuena a los acertantes por su buen oído, y muchas gracias a todos por leerme. Y, lo que tiene aún más mérito, por escucharme.


W. A. Mozart
P.S.- A modo de despedida les dejo un nuevo ejemplo de Variaciones, este debido al talento de otro al que tampoco se le daban mal estas cosas. Las Variaciones en Do Mayor K 265 están compuestas sobre una canción infantil francesa, Ah, vous dirai-je, Maman (también conocida en inglés como Twinkle, twinkle, little star, y en español como Campanitas del lugar) y en ellas hay modificaciones de melodía, de ritmo y hasta de tonalidad, sin que en ninguna deje de reconocerse el sencillo tema original. El autor es un tal Wolfgang Amadeus Mozart, y aquí las interpreta al piano Aldo Ciccolini.



(Para los que les interesen estas cosas: el tema original es el que suena desde el minuto 0:00 hasta el 0:50. Sus doce variaciones empiezan, respectivamente, en: 1ª-0:51  2ª-1:22  3ª-1:53   4ª-2:27   5ª-3:00   6ª-3:39   7ª-4:14   8ª(en tono menor)-4:43    9ª-5:19   10ª-5:46   11ª-6:15 y 12ª-8:05.)

La canción infantil que estas variaciones de Mozart han hecho famosa es uno de esos temas que perviven y reaparecen a lo largo de toda la historia de la música. Además de Mozart la han utilizado como tema de sus composiciones muchos otros músicos, como pueden comprobar en este artículo de la Wiki; y aún ahora mismo sigue asomando la cabeza aquí y allá. Por ejemplo, (esto ya son elucubraciones mías, no me hagan mucho caso) en la famosa Somewhere over the Rainbow, de Harold Arlen, que Judy Garland cantaba en El Mago de Oz (1939), puede descubrirse sin mucho esfuerzo la huella de esta misma canción: la melodía principal a mí al menos me parece una variación sobre las primeras catorce notas de Ah, vous dirai-je, Maman, perfectamente encajable en ellas, como se comprueba en este montaje: (El oboe toca Ah, vous dirai-je... y el piano Somewhere... Sí, lo siento, es que el oboe es el instrumento solista que menos estridente suena en el Finale, por eso abuso tanto de él...) (***)



Israel Kamakawiwo'ole
Más claramente aún: en esta versión de Somewhere over the rainbow, grabada por Israel Kamakawiwo'ole a mediados de los noventa del siglo pasado, y concretamente en el pasaje que va del minuto 2:09 al 2:50, suenan inequívocamente las catorce primeras notas de Ah, vous dirai-je..., sin variación alguna. (Debo a mi hijo Ignacio el conocimiento de esta preciosa versión):



(***) Y además un bisabuelo mío fue catedrático de oboe en el Conservatorio de Madrid. Y -Dios castiga sin piedra ni palo- compuso gran cantidad de marchas militares...


Actualización.- No tengo más remedio que actualizar este post, a la vista de las últimas noticias. Habrán visto en los comentarios el de Cigarra que atribuía a Fernando Sor el tema de Nokia, y el mío posterior que, hechas las correspondientes investigaciones, dejaba claro que el tema en cuestión es, en realidad, de Tárrega. Por si tienen curiosidad, aquí está su Gran Vals en que apareció por primera vez la famosa musiquilla (suena al final de la primera frase, a partir del 00:11, y vuelve a sonar al final. Todo el vals es precioso, así que se lo dejo entero:



Mi reconocimiento a María, que fue la primera en advertírmelo, aunque yo no la hiciera entonces caso, y a Cigarra, que me ha vuelto a poner sobre la pista.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Acedía tardoestival

Lo sé, lo sé, estoy muy perezoso. Desde finales de mayo no escribo nada en este blog y, para ser sinceros, lo último que escribí era una chorrada. (Optimista afirmación que parece dar por supuesto que el resto de lo que he escrito, no). Pero es que me he cambiado de trabajo, operación que, entre despedidas y estrenos, consume una cantidad de energía francamente agotadora, y luego me he ido de vacaciones, y ando ahora en esa fase posvacacional en la que uno se pregunta por qué cuernos no puede vivir todo el año como durante el último y bienaventurado mes; o sea, que tengo la cabeza en otra parte, no sabría exactamente precisar en cuál, y no me da la vida para ocuparme de Internet, o solo poquito: ese poquito que mi avatar Vanbrugh desparrama a ratos en forma de comentarios por tres o cuatro blogs cercanos que consiguen de vez en cuando sacarme del marasmo mental en que yazgo.


(Este estupendo dibujo de Grillo, que se está convirtiendo en algo así como mi ilustrador oficial, puede darles una idea aproximada de mi actual disposición vital. No se alarmen por la ametralladora, debe de simbolizar -tengo que preguntárselo a mi psicoanalista en cuanto me consiga uno- el ánimo agresivo y eficaz con que encaro mis nuevas obligaciones profesionales. Del significado del resto tampoco tengo ni la menor idea.)

A pesar de todo lo cual algo hago, no crean, aparte de trabajar. Sigo, cómo no, maquinando aberraciones musicales con el Finale, por ejemplo. He aquí, en forma, una vez más, de

Acertijo musical

un par de resultados de estas actividades:


¡Que no! - Júbilo Matinal


Little Spaniard - Júbilo Matinal

(Aprovecho para probar un alojamiento nuevo de música, Goear, en vista de que el mío habitual, Divshare, parece estar colapsado por algún motivo y ni me deja subir músicas, ni me permite escuchar las que ya tengo subidas y colgadas. Esperemos que no dure, o tendré que transmigrar toda la del blog al nuevo sitio.)

(DivShare vuelve a estar en uso, y me apresuro a utilizarlo de nuevo. Goear, como habrán quizás tenido que padecer -ojalá no- ¡mete publicidad! ¡En mi blog! Hasta ahí podíamos llegar.)

El primero, al que he titulado "¡Que no!" por motivos que quizás entiendan si dan con la respuesta, es una pieza para oboe y piano. El oboe toca una voz cantante de mi invención. La mano izquierda del piano -las teclas más graves- hacen el acompañamiento. Y la mano derecha toca dos voces: de ellas la más aguda es también obra mía, pero la más grave es un tema muy conocido, que todos ustedes oyen unas cuantas veces al día y que quizás puedan reconocer, a pesar de presentarse amalgamado con el resto de voces. Averiguar cuál es este último tema es la primera parte de mi acertijo de hoy.

El segundo, llamado "Little Spaniard", también por motivos fáciles de deducir cuando se sabe de qué tema se trata, es mi particular arreglo de otro conocido tema musical. Los lectores atentos de este blog quizás recuerden que ya han tenido ocasión de escucharlo, en un post de hace cosa de un par de años, aunque la que ahora cuelgo es una nueva versión enriquecida. Igual que en el anterior, hay un oboe que lleva la voz cantante y un piano que le acompaña y hace, además, una especie de antífona a la melodía principal. En este caso se trata de adivinar, como segunda parte de mi acertijo, cuál es la obra musical versionada.

(Pueden enviar sus respuestas a jubilomatinalarrobagmailpuntocom, casi mejor que escribirlas en los comentarios, para la cosa de si alguien más quiere intentarlo).
De verdad que siento no ofrecerles otra cosa más interesante, pero es que no estoy para nada.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Habanera Triste: la solución


La Internacional

(Este post es la respuesta al acertijo del anterior)

Como su propio nombre indica -no siempre se puede fiar uno de los nombres para estas cosas, pero en este caso parece ser que sí- la habanera es una forma musical de origen cubano. Tal y como está Cuba en los últimos tiempos, parece bastante inevitable que una habanera sea triste. Y si tenemos en cuenta la considerable parte de responsabilidad que en el estado actual de Cuba tiene el régimen comunista que la gobierna desde hace cincuenta años, resulta también bastante apropiado que la melodía de esa Habanera Triste sea la de La Internacional, himno comunista por excelencia. Una Internacional cansada y melancólica, que ha sustituído su brioso tono mayor original por otro menor, tristón y resignado. Como si estuviera ya preparándose para dejar de sonar de un modo definitivo, al menos allí y al menos como repertorio único y obligatorio.


(Pero esto son elaboraciones posteriores, sugeridas por las consideraciones de algunos comentaristas perspicaces. Lo cierto es que escogí La Internacional porque me parece un buen himno, que todo el mundo ha oído en alguna ocasión y puede reconocer fácilmente; y que decidí transformarla en una habanera porque me gustan las habaneras.)

Así que las respuestas a las dos primeras cuestiones que plantée en mi acertijo de hace unos días son:
  • La melodía enmascarada es la de La Internacional.
  • La modificación fundamental que le he hecho sufrir, aparte de cambiarle el ritmo -esto es, la distribución y duración relativa de notas y silencios- para convertirla en una habanera, es la de cambiarle el modo mayor, convencido y enardecedor, en el que como buen himno está el original, por otro menor, más meditativo y escéptico. Lo cual, como ustedes saben -y, si no lo saben, ya se lo expliqué yo aquí: repasen, repasen- consiste básicamente en bajar medio tono algunas, no todas, elegidas sabiamente, de las notas de la melodía original.
(Repasemos juntos: si en el verso inicial, por ejemplo: "Arriba, parias de LA TIErra", bajamos medio tono a las dos notas correspondientes a las sílabas LA y TIE que he puesto en mayúsculas, y dejamos igual todas las demás, el resultado es que la frase entera pasa de estar en tono mayor a estar en tono menor -y, de paso, que tenemos la primera frase de mi habanera, sin más que cambiarle un poco el ritmo.- Ello sucede -si yo mismo no lo he entendido mal, que, por otra parte, es lo más probable- porque cada una de esas dos notas es la tercera mayor de la tónica del acorde del pedazo de frase a que pertenece, -el acorde, por entendernos, que debe acompañar a ese pedazo para que suene bien - y esta bajada la convierte en su tercera menor. Con cuya transformación se produce la de todo el acorde, que pasa de ser un acorde mayor a ser un acorde menor.)


Y en eso ha consistido, básicamente, mi transformación: en bajar medio tono cada una de las notas que coinciden con la tercera mayor de la tónica del acorde correspondiente a su pedazo de melodía.




Aunque esto, claro, es la explicación teórica y a posteriori. En la práctica no ando buscando cuál es el acorde de cada pedazo, ni cuál la tónica de ese acorde, ni cuál la tercera mayor ni menor de esa tónica: me limito a ir poniendo, según tarareo, las notas que veo que hay que poner para que aquello suene como yo quiero que suene.


Una vez así obtenida la nueva melodía en tono menor, basta redistribuir la colocación y duración de las notas para que encajen lo más convincentemente posible en un ritmo de habanera, añadir algunas pocas que resultan necesarias para que la melodía sea coherente con el nuevo ritmo, suprimir algunas otras pocas que no acaban de ajustarse a él e inventarse un acompañamiento que dé al conjunto una armazón rítmica y armónica o, por decirlo de otro modo, que lo barnice con cierta apariencia de música de verdad.

Hasta aquí es tarea puramente mental y ligeramente obsesiva, y puede hacerse, y de hecho se hace, mientras se trabaja en otra cosa, se pasea, se conduce, se come o se juega al pádel. A condición, claro está, de que no suene otra música que nos distraiga e interfiera con el silbido constante, unas veces más audible y otras menos, pero ininterrumpido y tenaz, en que van cuajando nuestras cavilaciones; porque hay que silbar, silbar o tararear todo el rato, aunque solo sea mentalmente, para que lo que vamos estableciendo se nos quede en la cabeza hasta que podamos sentarnos a escribirlo con el Finale Notepad y no suceda que se nos olvide y haya que volver a empezar, lo que sería una lástima y un desperdicio. Y a condición también de que nuestros allegados sean pacientes y comprensivos, y nosotros mismos prudentes, y nadie acabe por pedirnos cortésmente si por favor podemos dejar un ratito de silbar esa cosa. Cumpliéndose todo ello, esta parte no tiene por qué ocuparnos más que una mañana de Domingo.


Luego hay que ponerse a transcribir lo hallado a una partitura, con ayuda del ordenador  y del Finale. Es decir, tratar de atrapar las notas que suenan alegremente en nuestras neuronas para fijarlas sobre el papel, o más bien sobre la pantalla, con esos signos abstrusos y herméticos que, oh milagro, sirven sin embargo para que podamos oirlas de verdad, nosotros y los demás. Al tiempo que tratamos de averiguar de qué notas exactamente, distribuídas cómo y escritas de qué manera, se compone ese acompañamiento con que soñamos, que tiende a convertirse en un chin chin pum ruidoso y obvio cada vez que tratamos de plasmarlo en corcheas y semicorcheas concretas.




Para esto último los legos prudentes, como yo, que conocemos nuestras limitaciones, tenemos un método que suele funcionar muy bien en este y otros campos: aprender de los maestros, valga decir, copiar.






Buscamos, pues, una habanera que nos guste de un autor que nos merezca respeto, por ejemplo Solace, de Scott Joplin (aunque, curiosamente, él no la llamó habanera, sino Mexican serenade; los norteamericanos nunca han sido capaces de distinguir un hispano de otro) y oímos una y otra vez la versión de, por ejemplo Joshua Rifkin, que la toca que da gloria oírlo, tratando de aislar las notas que acompañan la melodía principal en los primeros compases de la segunda parte, y de fijarlas en nuestra sesera hasta estar razonablemente seguros de sabérnoslas de memoria.


Scott Joplin - Solace, 2ª parte (Piano: Joshua Rifkin)

Como resulta que casualmente también este pedazo de Solace está en tono mayor, las cambiamos a menor -es decir, bajamos medio tono las que coincidan con las terceras mayores de... etc, etc...- calibramos qué tal encajan con las primeras notas de nuestra habanera, encontramos que no mal del todo y nos aplicamos a escribirlas en nuestra partitura, lo cual nos sirve, además, para empezar a vislumbrar cómo funciona el acompañamiento de Joplin y, en la escasa medida de nuestras posibilidades, tratar de imitarlo a lo largo de los treinta y dos compases de habanera que laboriosamente hemos logrado escribir.

Enseguida descubrimos lo que temíamos desde el principio: que La Internacional y Solace tienen muy poquito que ver y que, por tanto, lo que en el caso de Joplin suena evidente -mayormente porque ya lo ha escrito él- en el de nuestra habanera tiene que ser trabajosamente reinventado -¡por nosotros!- para adecuarlo a sus numerosos subeybajas, más bien inopinados, armónicamente hablando. Recaemos un rato en la fase obsesivo-mental y recorremos de nuevo buena parte del camino que ya habíamos recorrido para la melodía.

Pero algo de tranquillo ya le hemos cogido al asunto, así que no nos lleva tanto tiempo acabar por obtener eso que todos ustedes han oído, espero, y que, naturalmente, dista enormemente de parecerse, siquiera de lejos, a la grácil música de Joplin. Escúchenlo, escúchenlo de nuevo. ¡Si están deseándolo..!


Júbilo Matinal - Habanera Triste


Suena mazacote y arbitrario, parecen sobrarle un montón de notas  por todas partes y en cambio, aquí y allá, le faltan precisamente las que, pensamos, elevarían el conjunto y le darían esa gracia y ligereza de las que escandalosamente carece. Pero estamos ya lanzados, así que decidimos que la culpa no es solo de que nosotros no seamos Scott Joplin, sino también de que el Finale no es un piano de verdad, ni lo toca Joshua Rifkin. Y además queremos publicar el post ya, hemos hecho imprudentemente una prueba que ha disparado las alarmas en tres o cuatro blogs amigos, llevamos un montón de horas con ello y ya casi no queda Domingo. De modo que, si no está bien, tendrá que ir mal.


Y en esto que se nos ha pasado el fin de semana como el que no quiere la cosa.



En fin...   ¿Por dónde íbamos?    Ah, sí.   Pues eso, que

ahí está la respuesta a la tercera pregunta de mi acertijo:
  • El acompañamiento de los primeros compases está directamente inspirado en el de la segunda parte de Solace, de Scott Joplin. (Y el del resto también, pero como la melodía coge enseguida otros derroteros, el acompañamiento se ve obligado a seguirla, preguntándose -y fallando estrepitosamente en la respuesta- qué habría hecho Joplin en su lugar.)
El Lunes trae su recompensa. Comienzan a llegar los comentarios y en ninguno de ellos se propone el linchamiento sumario del autor. (Aunque sí hay quien sugiere alguna clase de amputación traumática. La envidia es muy mala.) En general, son bondadosos.

¡Y HAY ACERTANTES!
  • Cigarra, excelente bloguera y lectora fiel, que para algo canta en un coro, escribe en un primer comentario mañanero su respuesta acertada a la segunda y tercera preguntas:
    Partamos de la base de que no tengo ni idea de qué música es, pero como dice Miroslav, "me suena". Una vez sentada esa premisa empiezo a contestar por el final: 1. el acompañamiento recuerda (por no decir que es el mismo) al de "Solace" pieza lenta de ragtime de Scott Joplin. No tiene mérito porque la hemos debido escuchar juntos unas 15.000 veces,sin exagerar. 2. la modificación sustancial, puede ser en mi opinión,un cambio de tonalidad en algunos momentos. Usease, que lo que en la pieza original era tono mayor aquí se ha vuelto menor (o a la vizconversa) A esa conclusión llego por lo abrupto de algunos finales de estrofa, que le han salido algo forzados al maestro. Después de decir tanto para no decir nada, vuelvo a la escucha porque sigo sin saber cual es la pieza original. Pero no desisto.
    Es de señalar su sagaz observación sobre el final de algunas estrofas, aunque deje algo malparadas mis actividades de arreglista aficionado.

  • Una hora después Cigarra ya ha dado también con la respuesta a la primera pregunta:
    ¡Creo que lo tengo! Y es de lo más propio convertirlo en habanera, habida cuenta de los aires políticos que corren por la Habana. Increíble, cómo funciona la cabeza por su cuenta. Lo he estado escuchando y he escrito el comentario anterior, sin tener ni idea de lo que era. Y me he ido a tomar el café de las 11, como buena funcionaria. Según bajaba se me ha venido a la cabeza, sin relacionarla, una música archiconocida, y no me he vuelto a acordar. Y a la vuelta me siento a escucharla otra vez, y ¡se ha hecho la luz! ¡Por eso bajaba yo cantando "Arriba, parias de la tierra"! Asombroso, cómo la memoria por su cuenta ha encontrado la música en cuestión y me la ha hecho tararear de un modo inconsciente. Si es que yo todo lo hago mejor si lo hago de un modo inconsciente, si es que soy el Inconsciente Colectivo con patas, materialmente!
    Huelgan los comentarios, ella solita se lo dice todo.

  • Al rato Raleigh aventura un par de respuestas sobre los autores del tema enmascarado y del acompañamiento inspirador, pero no acierta con ninguna de ellas. Sí acierta, en cambio, con su hipótesis de que la modificación sustancial haya sido convertir un modo mayor original en el menor en que está la habanera. Incomprensiblemente este acierto no le ayuda a dar con La Internacional, cosa que hubiera logrado con solo hacer él el cambio inverso y echarle un poco de imaginación. Atribuye este cambio armónico a la perversidad de mi mente. Teniendo en cuenta que somos amigos desde hace treinta y siete años -supe de Joplin por primera vez gracias a él- y me conoce como poca gente, por algo lo dirá.

  • Un lector que prefiere permanecer Anónimo acierta a primera hora de la tarde cuál es el tema transformado, y como no lo nombra, sino que lo da a entender con una elegante elipsis, publico el comentario. Abunda en las consideraciones sociopolíticas de Cigarra y tiene la amabilidad de alabar con desmesura mi cambio de tonalidad. Tanto más agradezco sus elogios cuanto sé no merecerlos.

  • A eso de las seis, Zafferano, también bloguera -buenísima, aunque casi tan intermitente como yo- lectora asidua y concursante pertinaz, acierta la primera y principal pregunta:
    Para mí que La Internacional...! Ahora voy a volver a escucharla para las demás respuestas. Demasiadas preguntas para un oído tan sordo como el mío!
    En otros dos comentarios responde las otras dos cuestiones, ya sin acertar, aunque su hipótesis de que la haya bajado medio tono no va tan descaminada. ¡Qué constancia la de esta chica, y cuánto se la agradezco!

  • Luis, que dice no responderme en un comentario porque no sabe cómo diantres se hace eso, me responde el Martes por la tarde, en correo privado:
    Es la Internacional (Arriba, parias...), pasada de mayor a menor. El autor del acompañamiento es (no sé cómo se escribe) Scott Joplin (el de la música de El golpe).
    No se puede ser más certero con menos palabras. Lo de que atribuya la totalidad del acompañamiento a Joplin, con el trabajo que me ha costado inventármelo, me causa cierto sobresalto, pero se entiende lo que quiere decir. Hago mención de su acierto, aunque no haya sido público, para que su nombre figure en estos egregios anales.

  • Dejo en ellos constancia, asimismo, de que esa noche mi amiga Mercedes me cuenta por teléfono que Víctor, su jefe, ha diagnosticado tras oir las primeras notas de mi habanera: "Es La Internacional". Pero Víctor es músico profesional, compositor, chelista y el único ser humano con oído absoluto que he tenido el honor de conocer personalmente, de manera que lo suyo tiene menos mérito...

  • El Jueves Ricardo responde, con el laconismo que le caracteriza:
    1ª La Internacional
    2ª Cambio de tono mayor a tono menor
    3ª Me recuerda a uno de los rag-time de "El Golpe".
    Como en el caso de Luis, hay que considerarlo acierto triple, aunque no recuerde el nombre de Joplin ni dé exactamente con la obra plagiada. Pero tengo que rectificar lo que dije sobre la respuesta de Luis: Sí se podía ser igual de certero con aún menos palabras.

A la vista de cuyas respuestas, concluyo que las aptitudes musicales de los lectores de este blog son excelentes. Doy de nuevo la enhorabuena a todos los acertantes, que pueden contar con mi Certificado Oficial de Buen Oído, y las gracias más sinceras a todos los que han participado de algún modo, por hacerlo y por aguantar estas expansiones de mi mal natural. Si les consuela saberlo, estos pretextos tan complicados que me busco para poder escribir mis larguísimos posts me hacen pasar, como habrán visto, unos ratos de lo más entretenido...