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viernes, 7 de marzo de 2008

Yo aún diría más

Una importante institución nacional -no viene al caso cuál, está por completo dentro del tono dominante- que se caracteriza por medir cuidadosamente el significado y alcance de sus palabras, y de la sinceridad de cuyos sentimientos no cabe dudar, ha condenado hoy el último crimen de ETA diciendo, entre otras cosas, que "no solo vulnera el derecho a la vida, sino que es muestra de la más dura intolerancia..."

A mí, que debo de ser muy raro, no me harían peor efecto estas palabras si hubieran añadido "y lo que es peor, atenta gravemente contra el buen gusto..."

Thomas de Quincey quizás creyera ser un humorista, pero en realidad fue un precursor.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Realmente paradójico

"Libre te quiero" - Amancio Prada, A. García Calvo


Por qué nunca consigo ser de los míos.

No es un secreto, ni la monarquía como institución teórica ni la concretamente existente en España, titular a la cabeza, me inspiran grandes simpatías, sino todo lo contrario. No tengo la menor intención ni deseo de llegar a ser nunca jefe del Estado, pero me ofende intelectualmente que se me prive de la posibilidad de serlo. Y lo mismo que con eso, que es el meollo del asunto, me pasa con el resto de las características del invento. Me parece indefendible que solo un ciudadano goce, por derechos de nacimiento, de un montón de circunstancias que, en la práctica, la verdad es que no deseo en absoluto para mí ni para ningún ciudadano normal. (Por el sencillo motivo de que, directamente, no puedo considerar normal a ningún ciudadano que desee para sí tales cosas.)

O eso me había pasado hasta anteayer, en que por primera vez el titular de la corona ejerció una de sus prerrogativas - una, por cierto, que yo no sabía que tenía, pero si la ejerció y no pasó nada debe de ser que sí, que la tenía - que le envidié profundamente: la de ser maleducado, contundentemente maleducado, con un sujeto que lleva años pidiendo a voces que alguien sea contundentemente maleducado con él.

La intervención del rey Juan Carlos en la Cumbre Iberoamericana fue para mí inaugural en varios aspectos: como ya he dicho, fue la primera vez que envidio al rey algo que hace por ser rey y que yo, por no serlo, no podré hacer nunca. Fue también la primera vez en que Juan Carlos hace algo que despierte en mí cierta simpatía personal; nunca hasta ahora me había encontrado ni el menor vestigio de ese juancarlismo que se supone que profesamos mayoritariamente los españoles, y lo que en general se celebra como sus rasgos de bonhomía a mí, o me dejaba frío, o me molestaba positivamente. Y fue, además, la primera vez en que he tenido motivos para pensar que el rey se implica personalmente en el cumplimiento de sus funciones. Lo siento, pero siempre he tenido la impresión de que lo que hace como rey le importa más bien poco, y de que mientras lee discursos o estrecha manos tiene la cabeza puesta en sus pistas de esquí, su yate o sus otras regias ocupaciones que siento no recordar en este momento. Constatar que se estaba enterando de lo que allí se hablaba hasta el punto de no reprimirse e intervenir de forma tan adecuada en cuanto al fondo como improcedente en cuanto a la forma ha sido para mí, lo confieso, una sorpresa. No es que me vaya a hacer juancarlista de repente, y desde luego mis enormes objeciones, tanto a la institución como a quien la encarna, siguen en pie; pero como lo valiente no quita lo cortés, dejo constancia de una pequeña, parcial e intrascendente, pero sorprendente, caída de mi particular caballo republicano.

En cambio en otros aspectos la actuación de Juan Carlos no solo no tuvo nada de inaugural para mí, sino que vino a confirmar una especie de rutina establecida en mis relaciones con la cosa pública. No sé cómo enunciarla, pero sé que existe y la reconozco en cuanto se me presenta, lo que sucede con bastante frecuencia.

Más o menos es así: cada vez que algo me parece bien, resulta ser una excepción, una cosa irregular e imprevista, que va contra las reglas establecidas y contra el orden que en pura lógica debería desprenderse de mis propias convicciones. Este caso, por ejemplo: para que el rey tenga una intervención pública que merezca mi aplauso ha tenido que faltar a todas las normas conocidas no solo de la diplomacia, sino de la mera buena educación, y comportarse de un modo que yo no puedo defender como correcto, por ejemplo, ante mi hijo de nueve años. Y no solo eso: para que alguien haya podido pararle los pies en público a ese matón impresentable, cosa que encuentro bien deseable, ese alguien ha tenido que estar investido de unas prerrogativas y gozar de una situación personal de las que, teóricamente, no deseo que esté investido ni goce nadie. Solo un rey podía mandar callar a Chávez, y para hacerlo ha tenido que faltar a los buenos modales; y yo, que no deseo que haya reyes ni que se falte a los buenos modales, estoy encantado de que le haya mandado callar. ¿Qué hago ahora, me cuentan?

Claro que, como digo, es una situación en la que me encuentro con frecuencia desde hace tiempo. Les pongo otros ejemplos: detesto cordialmente al gobierno del señor Rodríguez Zapatero y juzgo que su gestión, en líneas generales, es la más dañina, estúpida e indefendible que ha padecido este país en los últimos treinta años. Eso, por un lado. Y por otro soy católico convencido, miembro activo de la Iglesia. La Iglesia española y el gobierno del señor Zapatero están bastante enfrentados sobre numerosos y diferentes asuntos. Y, sistemáticamente, en cada uno de estos enfrentamientos concretos, me encuentro mucho más de acuerdo con la postura del gobierno que me repugna que con la de la Iglesia a la que pertenezco. Me parece estupendo que, por fin, se haya regulado el matrimonio entre homosexuales, y no logro entender en qué afecta esta regulación a mis creencias ni a las de la Iglesia, ni qué tiene ella que opinar sobre una legislación civil a la que hasta ahora ha ignorado hasta el punto de casar por la iglesia a una notoria divorciada, Leticia Ortiz , alegando que a la Iglesia los matrimonios civiles, disueltos o no, le traen al fresco. Me parece estupendo que la Religión haya dejado de ser una asignatura obligatoria, y tampoco entiendo que nadie pretenda que lo sea, menos aún en nombre de la fe, que es una cuestión personal e invaluable, académicamente hablando. Pero lo que menos entiendo de todo es que quienes hasta ayer pretendían que sus particulares creencias tuvieran rango de asignatura aprobable o suspendible, se rasguen ahora las vestiduras y monten la marimorena porque el gobierno establezca una asignatura de nombre y propósitos tan inobjetables como "Educación para la ciudadanía". Me parecería lógico que protestaran contra determinados contenidos, si no se ajustaran a su idea de lo que se le debe enseñar a los ciudadanos, pero es que lo que les escandaliza es, simplemente, que exista la materia, ya antes de saber cuál va a ser exactamente su contenido. Personalmente me imagino que será una inanidad más, tan perfectamente inútil como el cuarenta por ciento de las bobadas que ahora aprenden los niños en los colegios, pero montar por ello semejante zapatiesta, alegando encima principios morales y democráticos - que jamás esgrimieron, por cierto, contra la mucho más escandalosa "Formación del Espíritu Nacional" de mi infancia - me parece por completo fuera de lugar y, desde luego, ajeno y hasta opuesto a nada que tenga que ver con mi fe.

Y así vamos, no consigo encontrar manera de ubicarme en este panorama, que si tiendo a considerar desconcertado es, probablemente, porque el desconcertado soy yo.

Asistí, por otro ejemplo, a una manifestación convocada para protestar contra el propósito de negociar con ETA de que por entonces estaba dando muestras evidentes el gobierno. Vencí para ello, con gran esfuerzo, mi tendencia natural a no juntarme con otros ciudadanos en número superior a diez o doce, sacrifiqué temporalmente mis prevenciones teóricas contra las emociones colectivas y mi indisimulable sensación de que hay muchas formas mejores de hacer el ridículo que pasear en masa por las calles gritando consignas, y, en atención a lo importante del asunto y a lo grave del comportamiento del gobierno, allá fui como un bendito. Naturalmente, tardé cosa de media hora en arrepentirme. Seguía pareciéndome mal que el Gobierno quisiera negociar con ETA, pero el espectáculo de los que decían compartir conmigo este punto de vista puestos en acción logró con bastante rapidez que deseara no compartir con ellos ni una sola cosa más, ni la condena al gobierno, ni las calles de Madrid, ni un mal café, así me invitaran. De un modo muy poco cívico, pero en estricta defensa de mi dignidad personal, de mi salud mental y de mi futuro penal - o, alternativamente, de mi integridad física - abandoné el acto y me desvié por callejuelas laterales, meditando si existiría en algún lugar alguien que pensara algo medianamente parecido a lo que yo pienso, que sin embargo, me parece clarísimo y de sentido común. Sin duda me equivoco, claro está. No puede ser que seamos mi mujer y yo los únicos que acertemos siempre.

La cosa me viene de antiguo. Aún recuerdo lo cerca que estuve de apostatar formalmente cuando cometí el error de asistir a la concentración - de jóvenes cristianos, o de familias cristianas, no sé bien: de algo cristiano, desde luego - para ver a Juan Pablo II en el Bernabéu, durante su visita del lejano año 82. Todo el público asistente o pueblo fiel - y era muchísimo pueblo, créanme - parecía estar feliz y embargado de un fervor religioso - o pontificio, o meramente verbenil, vaya usted a saber - que, misteriosamente para mí, se manifestaba en el prurito incontenible de agitar palomitas de papel y en el de corear initerrumpidamente un irritante pareado sobre lo que quería todo el mundo al Papa. Al cual, claro está, le fué imposible decir nada coherente durante más de dos minutos seguidos. Cada vez que el pobre anciano abría la boca para hablar, la muchedumbre prorrumpía en berridos fervorosos, y todos parecían encontrar que aquel programa de actos colmaba por completo sus aspiraciones. Menos yo. Una vez más, me fui a la media hora, tratando de encontrar, en un furibundo soliloquio por las desiertas calles de El Viso, algún buen motivo para seguir formando parte de una institución cuyos más sesudos pensadores estimaban que actos como aquel eran una forma aceptable de evangelizar o de dar testimonio de la presencia de la Iglesia en la sociedad. Dios, que es misericordioso, me ha ido dando alguno que otro, desde entonces, y aquí sigo. Creyente y católico, pero francamente descolocado. De todas las multitudes que despiertan mi repugnacia ético-estética, que son la práctica totalidad de las multitudes, la de los cristianos militando activamente es desde entonces, probablemente, la que mejor y más deprisa lo logra. ¿Me dicen ustedes qué puedo hacer?

Por no hablar de mi traumática experiencia con la guerra de Las Malvinas. Demócrata convencido y, en aquellos tiempos juveniles, fervientemente izquierdoso, Margaret Thatcher era para mí más o menos la personificación del Capitalismo malvado. Y Argentina, el país por el que más simpatías he sentido desde pequeño y que, de una forma puramente platónica - por su folclore, por sus escritores, por su acento, por Mafalda, por Cortázar, por Borges, por Les Luthiers, por Eduardo Falú, por Los Chalchaleros... qué sé yo por qué, si nunca he estado allí - más cercano emocionalmente he sentido de todos los extranjeros. Y van los generales argentinos y, contra todo derecho internacional, cometen un acto de fuerza que encuentro injustificable y ocupan las Malvinas manu militari, sustituyendo al hacerlo una apacible y británica democracia rural por una dictadura militar criminal y ensangrentada. Y va la Thatcher y hace exactamente lo que yo pienso que hay que hacer: responder a la agresión, reponer el Derecho vulnerado y recuperar las Malvinas. Creo que fui el único de todo mi amplio y variado entorno que, contra todo pronóstico y para mi propia estupefacción, fué desde el principio partidario de los ingleses y celebró su victoria. (Años después me he enterado de que a mi futura mujer le pasó lo mismo: Dios nos cría y nosotros nos juntamos). Allí estaba yo, defendiendo, sin poderlo evitar, una incursión neocolonialista de la odiosa Thatcher contra mis amados argentinos.

Es mi destino, por lo visto; no hay manera de que consiga estar de acuerdo con los que están de acuerdo conmigo, ni de que logre discrepar decente y absolutamente, como deben discrepar las personas coherentes, de la gente de la que discrepo. Mis amigos hace tiempo que dejaron por imposible la tarea de adivinar qué voy a salir opinando de un fenómeno concreto cualquiera, y yo mismo no puedo ayudarles gran cosa.

A mi madre, a la que, salvando las diferencias, le pasaba una cosa parecida, le inventaron mis hermanos un partido político para su uso particular: las Falanges Comunistas del Niño Jesús. Un día de estos voy a pedir la militancia.


Los Chalchaleros - "Changuito lustrador"

viernes, 19 de enero de 2007

Unidad frente al terrorismo

Unos afirman que no cabe más solución que la negociación con ETA para acabar con su “lucha armada”, resolver el “conflicto vasco” y alcanzar “la paz”. Otros creemos que no hay más “conflicto vasco” que la existencia y actividad de ETA, que negociar con terroristas es indefendible en la teoría y contraproducente en la práctica y que el único modo a la vez eficaz y legítimo de terminar con la banda y sus crímenes - o sea, de conseguir la normalidad, a la que no vemos ningún motivo para llamar “paz” - es aplicarle la Ley y, policía mediante, llevar a los terroristas a los Tribunales y a la cárcel.

Hasta aquí, todo normal. Posturas nítidas y definidas, cada una con sus argumentos y sus partidarios. Una la comparto, la otra no, pero entiendo las dos y puedo discutirlas o defenderlas, argumentarlas en contra o a favor. Y hasta aceptar que se imponga la que resulte tener más adeptos, aunque me parezca suicida o directamente criminal.

Hay una ¿postura? tercera, en cambio, que no acabo de - ni empiezo a - entender. La de los que no dicen nada y, a la vez, dicen todo. Los que afirman al tiempo que sí, que debe “dialogarse” con ETA (“negociar” les debe sonar muy fuerte, prefieren hablar de “diálogo”, que siempre ha tenido muy buena prensa; pero nunca aclaran para qué va a dialogarse si no es, precisamente, para negociar) pero que no debe hacérsele ninguna concesión. Los que aseguran simultáneamente que “hablando se entiende la gente” - afirmación realmente campechana y simpática - y que la Ley debe cumplirse a rajatabla; que se debe hablar de todo con todo el mundo, pero no que no se debe pagar ningún precio a nadie; que sí, pero que no y que no, pero que sí...

Naturalmente estos últimos son, además de los más numerosos, los que mejor quedan. Son ponderados, sensatos, conciliadores; y los que nos empecinamos en alguna de las dos posturas inteligibles quedamos, a su lado, como unos energúmenos extremistas. Tal para cual. Intolerantes empeñados en mantener razonadamente lo que creemos acertado, en vez de disolverlo en una maraña de estupideces inanes que todos podamos corear como borregos antes de irnos a tomar el aperitivo.

Yo, que vivo hace unos cuantos años en este pais y ya estoy acostumbrado, aguanto la nebulosa de obviedades inútiles, contradicciones encubiertas y pontificaciones huecas con bastante paciencia, y casi nunca reúno ganas para discutirla. Suelo decirles a todo que sí, que claro, que efectivamente. Qué razon tienen. Ciudadanos así son los que hacen falta.

Hasta que llegan a la parte que más les gusta, en la que se cargan de razón y gritan poco menos que exigiéndola, convencidos de que eso sí que no hay quien se lo discuta: “LO IMPORTANTE ES MANTENER LA UNIDAD FRENTE AL TERRORISMO”. Héle.

Entonces es cuando se me llevan los demonios. Son incapaces de formular una sola idea coherente y desarrollarla hasta sus últimas consecuencias, pero nos exigen a los que sí pensamos que pensemos todos lo mismo. Quieren con pasión que todos estemos de acuerdo; en qué, exactamente, es cuestión que parece importarles mucho menos. Les da lo mismo lo que se diga, con tal de que lo digamos todos al tiempo. Unidad, unidad. No te preocupes de a dónde vamos, siempre que vayamos todos juntos.

Personalmente me basta oir a un ciudadano invocar campanudamente la unidad contra el terrorismo como si hubiera dado con la piedra filosofal, para clasificarlo automáticamente como un cretino o un estafador. Si es político profesional, con toda probabilidad las dos cosas.

martes, 13 de junio de 2006

SONETE (*)

¿Qué vas a hacer, si miras al país
y ves cómo camina para atrás;
si, cuanto más te fijas, está más
de irse a freir puñetas en un tris;

si el porvenir está peor que gris
- si ahora la buena es ETA, tú dirás... -
y los que, mientras, marcan el compás
son una panda de chisgarabís?

¿Qué vas a hacer: volverlo del revés?
¿Buscar follones cada tres por dos?
¿Meterte hasta las cejas en el pus?

Yo creo que es mejor salir por pies,
al desmadre local decir adiós
e irse a otros pagos, a jugar al mus.


(*) Un sonete es una composición poética que consta de catorce versos endecasílabos distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos, pero tan mala que no alcanza la categoría de soneto.

Lo que no le impide tener razón, a veces.

viernes, 31 de marzo de 2006

¿Qué me he perdido?

Si la cosa que leyó anteayer en la tele una tipa con capucha, ese papelito repleto de trivialidades enfáticas y entreverado de chulerías de perdonavidas y exigencias de matón, lo firmara otra gente cualquiera, qué se yo, un sindicato de transportistas cabreados o una asociación de amas de casa insurrectas, estaríamos todos preguntándonos de qué selva ignota se habían escapado y a cuál de los firmantes había que entrullar primero, previo programa urgente de rehabilitación mental y alfabetización democrática sumaria. Y sin que hubieran matado a nadie, solo por lo que dicen en el papel. Es difícil acumular en menos líneas un número mayor de despropósitos, estupideces y vilezas redactadas de un modo más necio ni más jactancioso.

Pero, ¡aah!, lo firma ETA...

Así que lo que estamos haciendo es dedicarle programas enteros de la televisión y radio públicas, brindar con champán por las esquinas y aguardar todos con el ánimo suspendido a que los exégetas se pronuncien sobre la cosa, como si Yahvé hubiera vuelto a bajarnos las Tablas o la Civilización Superior Intergaláctica se hubiera dignado, por fin, ponerse en contacto con los pobres terrícolas para anunciarles una Nueva Era de Progreso.

Hay que ver el prestigio que en este pais nuestro procura un millar de asesinatos sabiamente dosificado a lo largo de treinta años. Lleva un poco más de tiempo que sacarse un título universitario, mancha de sangre bastante más, pero su utilidad es, como puede verse, infinitamente superior. Y, con suerte, además, te acaban regalando también el título.

Vamos a ver, señores:

Que esto no es el enemigo ofreciendo un armisticio. Que no son los plenipotenciarios de la nación vecina brindándonos su colaboración para una paz duradera. Que aquí no había guerra, ni puede haber por tanto tregua ni alto el fuego. Que no.

Que es una banda de gángsters en retirada, intentando cobrar de una sola vez la extorsión que ya no creen que puedan seguir cobrándonos a poquitos, para liquidar el chiringuito con lo que nos puedan sacar. Que es la misma gentuza que puso la bomba de Hipercor, la misma que a tiros en la nuca asesinó a centenares de ciudadanos desprevenidos, despanzurró y mutiló a otros tantos, torturó durante año y medio a un funcionario público, asesinó en directo a Miguel Ángel Blanco y amedrenta, chantajea y roba diariamente a miles de conciudadanos. La que, con la complicidad de otros cuantos miles de hijos de puta como ellos, pero aún más cobardes que ellos, acosa e inferna la vida a la mitad del País Vasco que todavía se resiste a someterse a su puerca mitología tribal.

Siguen pretendiendo lo mismo. Con la escasa claridad que les permite su cretinismo analfabeto dicen en su papelucho que su objetivo sigue siendo el mismo por el que llevan lustros asesinando, torturando y matoneando. Antes nos lo exigían matándonos, ahora creen que lo conseguirán más fácilmente perdonándonos la vida. ¿Quién tiene la culpa de que crean que así sí se lo vamos a dar? ¿Se lo vamos a dar?

¿Alguien les ha explicado cómo se supone que funciona esto? ¿Alguien les ha dejado claro que los estados democráticos no dialogan ni negocian con los bandidos, sino que los persiguen y los encarcelan? ¿Alguien les ha dicho claramente que hace más de treinta años que en el País Vasco y en toda España hay ya un proceso democrático cuyo principal, si no único estorbo son ellos? ¿Alguien les ha contado que el único cambio que de verdad necesita el País Vasco es que ellos desaparezcan de una puta vez?

¿Les ha dicho alguien que llamar "conflicto" a su historia de crímenes debería ser, en sí mismo, un delito? ¿Les ha explicado alguien que esa justicia que se atreven a invocar con una desvergüenza también delictiva, si no se traduce precisamente en que ellos se pudran en la cárcel durante los próximos cuarenta años, será una burla sangrienta e indigna que las personas de bien no aceptaremos jamás?

¿O no es a ellos a los que hay que explicarles todo esto? ¿Tendremos primero que explicárselo al Presidente de Gobierno, a sus ministros, a su Fiscal General y a la pléyade de periodistas y papanatas de a pie que andan ahora felicitándose y dándose unos a otros palmaditas en la espalda?

¿O es que me he perdido algo, y es a mi a quien alguien tiene que explicar qué carajo pasa aquí y por qué parece que nos hemos vuelto todos gilipollas?