Mostrando entradas con la etiqueta Juventud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juventud. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de diciembre de 2007

"Los Encartelados"

Franz Schubert - Trío en Mi bemol Mayor "Notturno" D. 897 (Op. 148)
Menahem Pressler (Piano), Daniel Guilet (Violín), Bernard Greenhouse (Cello)



A mis once o doce años – bueno, y antes también – tenía yo la santa costumbre, cuando me aburrían o se me acababan las lecturas previstas para mi edad, de llevar a cabo discretas incursiones de caza en los cuartos de mis hermanos mayores, a ver qué pillaba. Imagino que todos lo hemos hecho, el mundo se nos va ensanchando a base de estas cosas. (Por un medio muy parecido me enteré, a los siete años, de la verdad sobre los Reyes Magos. Me callé cuidadosamente el descubrimiento, fundamentalmente en honor a mi hermano pequeño y también con la esperanza de que, no haciéndolo público, la noche de Reyes conservara su magia, que en aquel momento vi tambalearse peligrosamente. Mi discreción fue premiada y aún hoy, cercano a la cincuentena, sigo disfrutándo esa noche casi con la misma maravillosa zozobra que entonces.)
Bueno, a lo que iba: en una de estas razzias literarias cayó en mis manos un librillo delgado y raro cuya lectura me duró muy poco, aunque no así sus efectos. Estaba publicado en París, traído de allí por algún amigo viajero de mi hermano, y el autor ocultaba su nombre por motivos obvios. Se llamaba “Los encartelados - Novela programa” y trataba de cómo un ciudadano de Trujiberia - trasunto evidente de la España tardo franquista, o sea, la de entonces mismo - salía un domingo a la calle con sendos carteles pegados en pecho y espalda en los que pedía, con letras bien gordas, que el Mariscalísimo Tranco, Jefe del Estado por la gracia de Dios, convocara elecciones libres para ser democráticamente sustituído en su puesto. Al peticionario lo detenían rápidamente, claro, pero su ejemplo cuajaba y en unos pocos meses la costumbre de correr los domingos por la mañana delante de la policía tranquista, con carteles pidiendo elecciones a la jefatura del Estado, arraigaba entre los trujibéricos. Se había puesto en marcha el movimiento de los encartelados, con tal pujanza que el libro acababa justo antes de un mensaje televisado de su Excelencia, en el que se dirigía a sus súbditos para comunicarles que... FIN.
La historia estaba contada desde el punto de vista de un estudiante universitario de clase media, que iba iniciándose en los misterios de la vida adulta, concienciación política incluída, al mismo tiempo que en toda Trujiberia, gracias a los encartelados, se dibujaba poco a poco la esperanza, frágil pero real, de acabar con el tranquismo por medios pacíficos. Una nota a modo de epílogo comunicaba la intención del autor de llevar a cabo el experimento en el Madrid real en fecha inminente. Nunca hasta hace muy poco tuve noticia de si lo hizo efectivamente, ni de qué pasó después, aunque es evidente que la optimista apuesta de la novela no se cumplió.
Era un libro ingenuo y simpático, escrito con buen humor y buena intención, y a pesar de su relativa ligereza - que me permitió digerirlo sin dificultad - sirvió para que en mi sesera preadolescente comenzaran a colocarse de un modo racional y útil los datos dispersos e intuitivos que hasta entonces tenía sobre política en general y sobre la de mi país en particular. Gracias a él, entre otras cosas, inicié el camino mental para encontrar mi propia opinión sobre el franquismo, la democracia y otros grandes conceptos políticos, cosa que para un doceañero de familia franquista de clase media madrileña y colegio de curas, a finales de los sesenta, no era tan fácil como ahora parece. No lo he vuelto a leer desde entonces, pero aún lo recuerdo, clara señal de que me impresionó.
* * * * *
Por el mismo tiempo o poco después mi hermana mayor, estudiante de Historia del Arte, manejaba asiduamente en sus estudios un útil instrumento llamado Historímetro. Por lo poco que recuerdo, era una especie cuadro sinóptico desplegable en el que venían colocados en líneas paralelas los principales acontecimientos de la historia de la Humanidad en las distintas civilizaciones, las distintas partes del mundo y los distintos campos de la cultura, de modo que de un solo vistazo podías colocarte en la cabeza qué pasaba en Rusia mientras en Francia mandaba Carlomagno, o en qué andábamos los españoles mientras Confucio difundía sus preceptos. Los entusiasmos de mi hermana, Dios la bendiga, son siempre expansivos y contagiosos, así que a sus hermanos pequeños, los que más a mano le quedábamos, nos fue imposible no enterarnos de que el historímetro aquel era un invento estupendo y utilísimo, y hasta llegamos a hacernos expertos en su manejo y consulta. La verdad es que estaba muy bien pensado, y sigue resultándome sorprendente que nadie hubiera ideado antes una cosa tan sencilla y tan eficaz, y que yo no haya vuelto a oir hablar de él. Quizás sigan usándolo los estudiantes de historia. Nunca me enteré de quién era su autor.
* * * * *
Y por fin, hace un par de años, es decir, treinta y muchos después de todo lo que he contado, un amigo común me presentó en El Escorial a José Luis, con el que enseguida hice buenas migas. La conversación rodó por un montón de temas y acabó recalando en un libro muy gordo que José Luis llevaba debajo del brazo. Se llamaba "Repertorio de caminos de la Hispania Romana", y tanto el título como su aspecto en general resultaban poco invitadores a la lectura para un profano como yo. Sin embargo José Luis me aseguró que, al contrario de lo que pudiera parecer, se trataba de un libro interesantísimo y francamente ameno. Como al final de nuestra larga conversación tuvo la amabilidad de regalarme aquel ejemplar, puedo atestiguar de primera mano que decía la verdad. Aunque nunca antes de empezar a leerlo me habían interesado ni tanto así las vías romanas de la Península, me enganchó desde la primera línea, como suele suceder cuando se lee lo que alguien inteligente ha escrito sobre un tema que conoce profundamente y que le apasiona. Se lo recomiendo a ustedes vivamente, creo que pueden comprarlo aquí.
José Luis me aseguró que el autor, Gonzalo Arias, al que conocía personalmente, era aún más interesante que su libro, con serlo este mucho. "Es un tío - me contó, después de algunas anécdotas - que a finales de los sesenta, en pleno franquismo, salió a la calle un buen día con unos carteles pidiendo elecciones democráticas..." Un remoto recuerdo despertó entonces en mi cabeza y, bastante atónito, no pude evitar interrumpirle: "¡No me digas que me estás hablando del autor de Los Encartelados!" "¡No me digas que lo has leído!" - me respondió él, más atónito todavía.
Pues sí señor, lo había leído y mi asombro al comprobar que su autor era un ser de carne y hueso, que habitaba el mismo mundo real que yo, no habría sido mayor si José Luis me hubiera comentado que un amigo suyo, muy aficionado a la lectura y que vivía retirado en un pueblo manchego, había decidido un día salir por los caminos a deshacer entuertos y a buscar aventuras como las de sus libros...
Y fue así como, casi cuarenta años después de haber leído aquel librito que tanto me impresionó y me ayudó a pensar, vine a enterarme de quién era su autor y de cómo, efectivamente, había puesto en práctica personalmente el comienzo del argumento, lo que le valió, según supe luego, una condena penal.

Me enteré, primero a través de José Luis y luego investigando en Internet, de muchas más cosas: en primer lugar - nuevo choque - de que Arias era, además, el autor de aquel Historímetro tan útil y bien pensado del que mi hermana decía maravillas. De que su contribución a aclarar y completar los itinerarios de las vías romanas en Hispania, y, con ellos, la ubicación exacta de muchas ciudades romanas mal localizadas o sin localizar, era sustancial y constituía uno de las primeros y más autorizados libros de consulta sobre la materia. De que el boletín "El Miliario Extravagante", que durante muchos años y hasta ahora mismo impulsó, dirigió y nutrió de contenido, primero desde Francia y luego, ya en democracia, desde España, se había convertido, a pesar del rechazo inicial de las instancias académicas, en una publicación prestigiosa y de consulta obligada para historiadores y arqueólogos. Y de que, al tiempo que todo este trabajo intelectual, había realizado una tarea muy importante de activismo y divulgación de la no violencia activa, primero contra el franquismo, luego contra el post franquismo más bárbaro y luego - también hasta ahora mismo, a sus ochenta y tantos años - contra distintas cuestiones, no menos importantes por pasar casi desapercibidas, como el hostigamiento español a los "llanitos" gibraltareños.

En fin, mucho mejor que yo se lo explica la propia página de Gonzalo Arias. Mi intención era solo contarles a ustedes de la existencia de este español admirable, verdadero ejemplo, para mí, de lo que podrían ser la actividad política y la participación ciudadana honradas, eficaces y compatibles con un trabajo profesional serio y útil; y de los extraños modos por los que yo mismo he llegado a tener noticias suyas.

lunes, 17 de diciembre de 2007

FELIZ NAVIDAD

IMPUDICIA FAMILIAR NAVIDEÑA


Cuatro villancicos - Familia Carrascón, 1972


Me he permitido felicitarles a ustedes la Navidad con un documento histórico. Lo que suena cuando se aprieta el triangulito negro es una grabación doméstica de cuatro villancicos cantados por mi familia, hecha en cassette en la Navidad de 1972. Advertidos quedan, nada más fácil que no apretarlo. Quienes de ustedes tengan, a pesar de esta advertencia, la paciencia de escucharla tendrán que disculpar la pésima calidad del sonido - me refiero a la parte atribuíble al aparato, qué decir de la achacable a los intérpretes - las interrupciones y los abruptos principios y finales. Ni mi familia ni la tecnología a su alcance dábamos más de sí en 1972, y los treinta y cinco años transcurridos desde entonces no han contribuído a mejorar el resultado.

Siguiendo con las excusas, haré constar que la grabación fué del todo improvisada y espontánea, decidida sobre la marcha una mañana de vacaciones en que dió la casualidad de que todos estábamos en casa y no teníamos nada mejor que hacer. Los tres más jóvenes - Josefina, Guillermo y yo - teníamos bastante costumbre de cantar juntos - largas horas de viaje en el 600 - y algún repertorio común. Ricardo siempre ha acompañado a la guitarra todo lo que le echen, pero fué una incorporación ocasional, como las de Luis y mi padre. A este último no creo haberle oído cantar en muchas más ocasiones que esta. Es un milagro que haya quedado grabada.

En el primero de los villancicos, "Les violes grinyolen", se puede apreciar en primer lugar la hermosa voz de contralto de mi hermana Josefina. Hoy sigue empleándola con gran éxito en coros de mucho prestigio. La sigue el bajo, mi hermano Luis, el primogénito y, a continuación, Guillermo, el benjamín. Luego entra mi padre, ligeramente retrasado, aunque enseguida recupera el ritmo; y remata con "la trompeta" quien esto escribe, un servidor de ustedes. Vaya vocecita de crío tenía a mis catorce años. Acompaña a la guitarra el segundo mayor, Ricardo, que siempre fue más dado a los alardes instrumentales que a los vocales. De la algarabía que se produce cuando ya estamos todos cantando al tiempo no les digo nada, escúchenla ustedes mismos, si se atreven. Creo que es a eso a lo que se llama armonía familiar.

El segundo, "Aurtxo polita", nos permite disfrutar de las voces solistas de Josefina y Guillermo cantando en un excelente vascuence. Yo hago un oportuno "Aaaa" un poco más abajo y Luis nos refuerza más abajo todavía con lo que buenamente se le va ocurriendo, que le queda muy bien. Ricardo sigue dándole a la guitarra.

(Habrán notado ustedes, por cierto, nuestra sensibilidad, absolutamente precursora, hacia las distintas lenguas del Estado. Madrileños sí éramos, pero no se nos podía acusar de centralistas; más bien un auténtico rompeolas de las Españas. Por lo menos sonábamos bastante parecido a uno. Con muchas olas).

Sobre el tercero, "Camiñaba a Virxe", bien podríamos correr un piadoso velo, pero a estas alturas del strip tease no nos van a sobrevenir los pudores. Luis, Ricardo y mi padre dejan abandonados a su suerte a los tres hermanos menores, que hacemos lo que podemos. Castellanizamos de mala manera la letra gallega - se nos debió acabar la vena preautonómica - y mantenemos el tipo con más brío que brillo por los complicados caminos de Egipto para Belén. Se aprecia la buena voluntad. (Voz cantante: Guillermo y yo. "Bom bom bom": Josefina).

Y con el cuarto, "Pastorcico non te aduermas" (Anónimo, s. XVI), nos resarcimos un poco los mismos tres. Permítanme señalarles la notable afinación de la voz de soprano - Guillermo, doce añitos - y la meritoria seguridad con que los tres encajamos nada menos que tres voces distintas, cada una con sus entradas, en una hermosa demostración contrapuntística. Que no es porque yo lo diga.

En fin, ya ven ustedes qué cosas guardo por los cajones, y lo que disfruto con ellas. Muchas gracias por acompañarme en esta regresión a mi adolescencia más insortable, y feliz Navidad a todos.

miércoles, 28 de junio de 2006

De la difícil conversión de pesetas en duros

Un verano de principios de los setenta -tenía yo doce o trece años- pasaba unos días en Galicia y estaba una tarde mirando el escaparate de una tienda pontevedresa de artesanía típica donde se exhibían hórreos en miniatura, parejas de aldeanos gallegos tallados en madera y cosas por el estilo cuando se me acercó una pareja ya mayor, esta de carne y hueso, y, con un tremendo acento gallego y grandes dificultades para expresarse en castellano, la mujer me pidió que les dijera cuánto costaba una de las piezas expuestas, una talla de madera policromada, de buen tamaño, que representaba un hogar, con los útiles de cocina colgados alrededor. Pensando que la vista no les alcanzaba para leer la etiqueta con el precio, se lo leí. Sesenta pesetas. Pero su problema no era ese.

- Y eso ¿cuánto es en duros? – me preguntaron.

Eché la cuenta, les dije el resultado, consideraron gravemente mi respuesta, cuchicheando entre sí en gallego, y se les iluminó la cara: ellos lo habían comprado más barato en otro sitio, me comunicaron triunfalmente. Y se fueron tan contentos, cogidos del brazo.

El episodio me dejó ya entonces, a pesar de lo joven que era, extrañamente conmovido. Yo pensaba que las cosas que se vendían en esas tiendas eran para turistas y forasteros en general. Que unos aborígenes, de no muchos posibles, a juzgar por su aspecto, se hubieran gastado, tras echar sus cuentas, semejante dineral en un objeto inútil y meramente ornamental – y, a mi juicio, absolutamente horroroso – me produjo una especie de enternecimiento que ni entonces ni ahora sé explicar muy bien.

Sigue asaltándome la misma ternura cuando pienso en aquellos dos paisanines, incapaces de manejar con soltura el idioma y la moneda con que se entendía el resto de la gente, incapaces siquiera de calcular cuántos duros eran sesenta pesetas, pero apoyados, frente al mundo crecientemente complicado y hostil, cada uno en el brazo del otro y ambos en su vida común, quizá humilde pero evidentemente feliz, embellecida por el llar de madera pintada en cuya adquisición habían decidido un día emplear casi doce duros.

Dinero bien gastado.