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martes, 9 de septiembre de 2014

Confesiones de un falsificador

Para Diego, mi desconocido lector,
con un cordial saludo y todo mi agradecimiento por su interés y su perspicacia. 






 
Carlos Gardel - A la luz de un candil


La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

La verdad es que estoy avergonzado. Tengo que hacerles a ustedes una confesión, y no sé ni por dónde empezar... ¿Cómo puedo decirles..? ¿Qué van a pensar ahora de mí..?

Me dejaré de ambages: les he mentido a ustedes. Como un bellaco y sobre un montón de asuntos. Este blog, que había sido siempre un dechado de franqueza, contiene desde hace poco, emboscada entre más de cien honrados posts que no reflejan otra cosa que la sincera expresión de mis meditaciones, una entrada, una sola, que, en cambio, consta casi solamente de mentiras, engaños y falsificaciones. Un verdadero fraude, en resumen, cuya existencia viene pesando cada vez más sobre mi atribulada conciencia. Creo llegado el momento de librarme de este peso, con el que se me está haciendo muy penoso vivir.

Por un  lado agrava mi mala conciencia la amable impasibilidad con que, en general, han encajado ustedes mis embustes. No es que  me haga ilusiones sobre mi propia pericia como falsario, no, ni sobre su credulidad de ustedes: estoy seguro de que, torpe además de mentiroso, ni siquiera he logrado engañar de veras a gran parte de mis lectores.  Pero esto, como les digo, no hace más que empeorar mi grave falta. O bien, me digo, he abusado de la buena fe de estos amigos, a los que ni se les ocurre pensar que pueda yo mentirles, o bien de su cortesía, que les impide desenmascarar mis ardides y dejar en evidencia mis chapuceras invenciones, y les lleva a fingir que se las creen y hasta a hacer como que se interesan por mis conclusiones engañosas. En cualquiera de los dos casos, mi conducta es imperdonable.

Y por otro, empiezan a surgir ciertas voces... Sin perder la amabilidad, e incluso llevándola al extremo de alabarme por el post, ¡y hasta de pedirme disculpas por su intromisión! hay quien pone en duda la veracidad del asunto. Diego, un cortés comentarista, confieso que desconocido para mí hasta el momento pero que parece ser lector habitual del blog, señala que advierte cosas raras en las fotos de Ascone, y en algunos otros puntos del post. Ha ampliado las fotos, ha examinado el pixelado... El nombre del autor de uno de los libros citados le choca... ¡Si no podía ser de otra manera! ¿Cómo pude pensar..?

Mi conciencia atormentada, los derechos de la verdad pisoteada y los de todos ustedes, amables y engañados lectores, exigen, no puedo seguir eludiéndolo por más tiempo, que haga una completa confesión de mis numerosos delitos. Por muy amargo y embarazoso que el trance pueda resultarme.

Paso, pues, a darles pormenorizada cuenta de mis iniquidades. Espero de su bondad que, a pesar de lo dicho líneas arriba, puedan perdonármelas. Trataré de merecerlo exponiéndoles, esta vez, la cruda verdad.

La verdad es que no encontré en Internet la partitura del tango Carita morena. Lo compuse yo mismo durante largas horas de ocio obligado, pasando a tono menor el himno falangista original compuesto en mayor, ajustando la melodía resultante a un nuevo ritmo, añadiéndole unas cuantas florituras de inspiración más o menos porteña y arrabalera y pergeñándole al conjunto el único tosco acompañamiento de tango que he sido capaz de idear en toda mi mal empleada vida, el mismo con que, hace ya años, les espeté mi versión de La Cumparsita.



Júbilo Matinal - Carita morena, versión libre del himno falangista Cara al Sol.

Si recuerdan ustedes, se trata de una maniobra que ya he perpetrado contra otros himnos, como cuando convertí La Internacional en una Habanera triste o cuando hice de la mismísima Marcha Real una especie de foxtrot sincopado que titulé Little Spaniard. Es uno de mis muchos y lamentables vicios, quizás el más arraigado, este de manipular músicas ajenas con culpable desprecio de la sacrosanta propiedad intelectual (contra la que de tantas otras maneras, ¡ay!, tengo atentado), por no hablar de otras víctimas aún más dignas de respeto, como sin duda lo son la Patria y la Revolución. En mi torpe afán no me detengo ni ante lo más sagrado. Trato de enmendarme, se lo aseguro, me prometo a mí mismo no volver a hacerlo nunca más, pero recaigo una y otra vez...

(Mi comentarista Ricardo casi adivinó la verdad, el tango es solo un remedo del himno, está compuesto después que, e inspirado por él, y su título es una clara alusión al del original al que así mancilla. ¿Un patético intento de hacerme perdonar el plagio? ¿Una oculta llamada de socorro, quizás, para que pueda alguien desenmascarar mi engaño e impedirme así perseverar en él?).

(También otra comentarista, C.C., en su ingenuidad de extranjera que probablemente no haya escuchado jamás el Cara al Sol –Dios se la conserve muchos años– anduvo cerca de la verdad. Entendió mal el post, que no acabó de leer, y, sin duda por recordar mis anteriores fechorías musicales, creyó que hablaba de alguna composición mía que andaba por medio de todo este asunto, (como efectivamente sucedía, aunque el propósito del post fuera enmascararlo). Me abochorna ahora recordar con qué despiadada sangre fría deseché sus despistadas suposiciones, para alejarla de la verdad a la que inconscientemente se había acercado tanto).

La verdad es también, por tanto, que ni busqué el dichoso tango entre mis grabaciones de Gardel –mejor que nadie sabía yo que no podía encontrarlo allí– ni lo transcribí trabajosamente con ayuda del Finale. Fue justo al revés. Escribí mi composición con el Finale, (único modo en que mi ignorancia me permite escribir música, pues sin él sería incapaz de comprobar si suena como yo pretendo) y solo una vez hecho esto copié sobre papel pautado –y eso sí que fue trabajoso– los primeros compases de la partitura desde la pantalla de mi ordenador.

Mías son, pues, y achacables solo a mi propio e inepto desaliño, las lamentables patas de mosca que atribuí al pobre Ascone; y la copia en papel de la partitura, lejos de figurar en ningún catálogo internético, yace aún sobre mi mesa de llamémosle trabajo, acumulando polvo como merece. Ni siquiera existe la segunda página –me cansé de copiar antes de llegar a ella– y, por tanto, los falsos datos que sitúan su composición en Punta del Este, en Enero de 1930, son solo una afirmación mía, no figuran escritos en parte alguna. Doblemente falsos, pues. La foto que colgué en el post la hice con mi móvil, como por otra parte es fácil deducir por lo clamorosamente mala que es.


La verdad es, por todo ello, que el autor de la fraudulenta musiquita no es Óscar Ascone. De hecho Óscar Ascone, lamento decirlo, no existe ni nunca existió. Es solo un nombre que ideé con el único criterio de que sonara lo más parecido posible al mío propio. (¿Otro intento inconsciente de desalentar la credulidad de los lectores? Me gustaría creerlo así...) Mi apellido, que muchos de ustedes conocen y que pueden averiguar, los que no, con gran facilidad –basta con ver cuál era el de mi abuelo paterno, que ha aparecido alguna vez en este blog– suena de modo muy similar al conjunto "oscarascone". Me bastó con inventarme otro que pareciera más o menos italiano, Ascone, y añadirle por delante un nombre de pila que terminara en "car". Dudé un tiempo entre Amílcar y Óscar, y me decidí por este último para no ensañarme innecesariamente con mis lectores, dicho sea en mi levísimo descargo.

La verdad es también que llegado a este punto tuve un inesperado golpe de suerte. Mi propósito era fingir que el tal Ascone había sido un oscuro músico argentino, de ascendencia italiana como tantos de ellos. Para comprobar si era posible que un italo-argentino llevara semejante apellido, metí en Google "Ascone", a ver si alguien realmente existente se llamaba así. Y descubrí, con asombro y regocijo –ahora me avergüenza recordar mi júbilo de entonces, la malsana satisfacción con que vi facilitarse mi torticero empeño; pero el diablo ciega a los que quiere perder, y en aquel momento, me alegré– que no solo existía el apellido en cuestión, sino que uno de sus portadores era, además de uruguayo –esto es, casi argentino– músico de profesión y coetáneo de la mejor época del tango. ¡Pues qué bien!, me dije, comprendiendo que todo ello hacía más verosímil la existencia del inexistente Óscar. Y me afirmé, siento decirlo, en mi reprobable propósito.

No es por tratar de disculparme, pero la verdad es que las siguientes invenciones no fueron sino consecuencias lógicas, casi inevitables, de este malhadado hallazgo. Si Óscar debía aparecer como un hermano menor, bohemio y descarriado, del respetable Vicente de igual apellido que había encontrado yo en la Wiki, bien podía ser que en los medios musicales de Buenos Aires se le conociera como el pibe Ascone, para diferenciarlo del otro. Y si se dedicaba al tango en los años treinta ¿cómo no relacionarlo con Gardel? Para lo cual no hallé mejor modo, en mi insania, que falsificar una foto del insigne cantante, añadiendo en ella la presencia de un cualquiera al que hacer pasar por el pibe. 

Aquí he de confesar un nuevo pecado, el de vanidad. La verdad es que no teniendo Ascone, por motivos evidentes, facciones propias, decidí darle las mías, –¡bravo, Diego!– para así adornarme de algún modo con la gloria que me proponía atribuirle. Escogí, de entre las muchas fotos de Gardel que pueden encontrarse en Google, la que mejor se adaptaba a mis vituperables designios, que resultó ser el anuncio de una de sus películas (enhorabuena de nuevo a Diego, tan culto, por lo que se ve, como observador):

y la manipulé vergonzosamente. La recorté, le cambié el color y, más grave aún, al rostro del inocente y anónimo actor que juega a las cartas en el lado derecho le superpuse una foto mía tomada, creo, durante mi ya lejano viaje de novios:










La verdad es que tuve que trabajar un montón para obtener el rácano resultado que colgué en mi  post mendaz. Sin más medios que el Paint, bastante rudimentario, y el editor de imágenes de mi teléfono movil, no mucho mejor, dediqué algunas horas, que habrían hallado mejor empleo en cualquier otra tarea, a tratar de disimular –difuminándolos pixel a pixel– los llamativos contrastes que denunciaban la chapuza, hasta conseguir la imagen, tan poco convincente para un ojo mínimamente crítico, como hemos visto, que todos ustedes han podido ver –seguro que sin dejarse engañar por ella, aunque la cortesía les haya llevado, todo lo más, a sugerir amables dudas–. 

Ignoraba por completo, claro está, dónde ni cuándo había sido tomada la foto, ni quiénes eran los que acompañaban en ella a Gardel. Pero, sin freno ya en mi vertiginoso deterioro moral, no tuve el menor empacho en inventarme todos los datos que creí necesarios. Escogí dos argentinos cualesquiera que la Wiki me proporcionó como coetáneos y amigos del cantante, les añadí al Ascone espurio y los situé a todos en el mismo lugar y época que había atribuído a la falsa partitura. Y, la verdad, me quedé, así de embrutecido estaba ya a esas alturas, tan ancho.

Tenía ahora que encontrar la manera de relacionar a Ascone con España, y más concretamente con la Falange. Lo medité largo tiempo, porque lo de un uruguayo seducido por los ideales joseantonianos no acababa de convencerme. Y recordé haber leído algo sobre posibles simpatías entre Primo de Rivera y Pestaña, la bandera roja y negra de la Falange inspirada en la anarquista... Eso ya sonaba mejor. Un uruguayo anarquista entraba dentro de lo posible y ¿que perspectivas más prometedoras para un anarquista sudamericano que las que ofrecía en los años treinta la joven y revuelta República española?

Faltaba explicar cómo había yo llegado a saber de este viaje de Ascone, pero para ese género de cosas ya tenía práctica en utilizar, en empresas más confesables, la utilísima hemeroteca virtual del periódico ABC.  

La verdad es que fue coser y cantar dar con un suelto sobre una detención de anarcosindicalistas. Había cientos de ellos, y escogí uno cualquiera que me conviniera por la fecha y en el que se mencionara el nombre de alguno de los detenidos. La habilidad adquirida en la falsificación de la primera foto me permitió sustituir, con muy poco trabajo, a "D. Juan Ramón González Olaso, presidente que fué de la Unión Patriótica" por "el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad." Cuestión de borrar, copiar y pegar letras, tareas bien fáciles para quien, como yo, tenga cierta destreza en el uso del Paint. Y el hecho, enteramente fortuito, de que la noticia elegida se refiriera a una redada en la que cayeron anarquistas y monárquicos en alegre mezcla fue, desde luego, otra afortunada casualidad, porque favorecía tanto la ambigüedad de la ideología política atribuible a Ascone como la de mi supuesta búsqueda, que así pude presentar como si dudara, al iniciarla, entre las dos direcciones del espectro político.

(La verdad es, por tanto, que la búsqueda de "ascone" en la hemeroteca no ofrece doce resultados. Son once los que aparecen, y ninguno de ellos, naturalmente, tiene nada que ver con Óscar Ascone. Espero fervientemente que por mucho tiempo siga siendo así, y que mi fraude no acabe siendo el argumento de una noticia de ABC en la que sí figure Óscar Ascone...)

Visto lo eficaz que se había mostrado la maniobra de adulterar imágenes, y lo fácil del recurso de "encontrar" fotografías oportunas en libros inexistentes ¿por qué no seguir el mismo procedimiento para relacionar a Ascone con los políticos españoles que mejor convinieran a mis propósitos? (Ya nos advirtió De Quincey que, cometido el primer crimen, los demás vienen rodados en temible y creciente progresión). Busqué fotos de Primo de Rivera y de Pestaña en las que pudiera encajar alguna mía y me enfangué, como si no hubiera un mañana, en las viles labores del fraude gráfico y la añagaza icónica, que tan familiares y hacederas comenzaban, ¡ay!, a resultarme.

Los mentirosos resultados de mi actividad ya los han visto. Los inocentes medios empleados por mi culpable mano, –esto es, la verdad– aquí los tienen ustedes:


En la foto de la izquierda, obtenida de la página de Wikipedia sobre Ángel Pestaña, aparecen él, Salvador Quemades y Salvador Seguí. La Wiki no dice cuándo, dónde ni quién la hizo. La de la derecha, sacada de esta página, corresponde a un mitin de las derechas celebrado en Arcos de la Frontera en noviembre de 1933, en la campaña de las elecciones generales de ese año. Se publicó en el Diario de Cádiz y no he identificado en ella más que a Primo de Rivera, aunque tiene que andar por ahí también Pemán, por lo menos, que fué otro de los oradores.

En cuanto a las fotos del suplantador, es decir, mías, la verdad es que no tengo muchas de mi juventud, y menos aún en formato digital. Algunas pocas –la de mi viaje de novios que ya han visto, sin ir más lejos– escaneé cuando aún funcionaba mi escáner, actualmente escacharrado, y tuve ahora que usar otra de ellas, la que aquí pueden ver:

en la que se me ve disfrutando de mi juventud, inocente como entonces era, en compañía de tres amigos de toda la vida que temo –pero no es cosa ya de echarse atrás por vergüenza de más o de menos– que puedan encontrarse hoy entre mis lectores. ¡Hola, Ana! ¡Hola, Rafa! ¡Hola, Javier! ¡Ya véis qué cosas!

(Advierto con sorpresa que hace treinta y tantos años usaba yo el mismo exacto modelo de zapatos que ahora mismo).

En resumidas cuentas, la verdad es que es mi cara, la de la foto que han visto, la que suplantó a la de Quemades en el acto anarcosindicalista (tras darle la vuelta, eso sí, por necesidades geométrico-anatómicas) y es también la que, levemente retocada, superpuse en el mitin de Falange a la de pasmarote que exhibía un anónimo candidato derechista.

¡Qué vergüenza, por Dios, qué vergüenza! ¡Qué cara más dura! ¡Qúe tomadura de pelo!


El coloreado es, claro, para disimular en lo posible las diferencias de tono y de luz entre las fotos originales y sus respectivos pegotes. (Pero ni así...) El retoque del pelo en la foto falangista trata de resolver un pequeño problema del que, con todo, se dió cuenta una comentarista sagaz de mi anterior post: la foto con mis amigos (1981, Paseo de La Concha de San Sebastián, por si quieren saberlo) es de diez años antes que la del pibe sin barba y con grandes entradas de Punta del Este (1992, yo días después de mi boda, vaya) , y tengo en ella, por tanto, mucho más pelo –y eso que no cuento el de la barba–. Como estas fotos pretendían ser posteriores en dos o tres años a aquella, no tuve más remedio que intentar clarearme la sien. La verdad es que no con demasiado éxito.
 
Poco queda por añadir. Las consideraciones sobre posibles contactos entre la Falange y la CNT son lo único no mentiroso de todo el post. La cita del libro de Abad de Santillán es también auténtica. Creo que lo leí hace años y que es donde conocí la noticia, que en su día me sorprendió mucho, de que Pestaña y Primo de Rivera se tenían mutua simpatía. Ya ven que el culpable, en último término, de que yo decidiera hacer anarcosindicalista a Ascone para proporcionarle alguna vía de contacto verosímil con la Falange y con el Cara al Sol, es el libro de este señor Abad. ¡Lo que son las malas influencias y las perniciosas lecturas de una juventud mal aconsejada!

Al buscar en Internet su texto para justificar con él mi supuesta hipótesis, volví a leerlo y me sorprendió enterarme de que anarquistas argentinos se habían interesado por la suerte de José Antonio, dato verídico –o al menos no inventado por mí– que encajaba estupendamente con mi historia. Como también me vino al pelo saber, buscando en la Wiki una vez más, que Abad de Santillán había pasado muchos años en Argentina, circunstancia que me dió un buen pretexto para dejar entender que Ascone y él se habían conocido allí, anarquistas como ambos eran, y habían decidido venirse juntos a España. Efectivamente, las coincidencias convenientes se dan con más frecuencia de lo que creemos.

Y hablando de libros y de coincidencias, la verdad es que no sé cómo pudo ocurrírseme que el autor de una biografía de Gardel pudiera llamarse Tobias (¡Tobías, por Dios!) Angosto, T. ANGOsto, (¡Editorial Tangente..!), ni que la autora de un estudio sobre anarquismo llevara por nombre el improbable de Ana Arconada, (¡Editorial Anaquel..!). Buenas están las coincidencias, pero solo se debe exagerar con moderación.

En fin, espero que esta exhaustiva y penosa confesión me valga el que ustedes, hipócritas lectores, mis iguales y hermanos,... perdonen mi censurable conducta. Y si, de paso, les ha entretenido un rato...

jueves, 4 de septiembre de 2014

Un descubrimiento musical de consecuencias políticamente sorprendentes

Investigaciones casuales, histórico-político-musicales, con acertijo incluído.

Los mejores hallazgos, es un tópico, se deben con frecuencia a la casualidad. Díganlo Arquímedes y su Principio, Newton y su manzana o Fleming y su penicilina. O, más modestamente, yo y el descubrimiento musical del que me propongo darles cuenta.

Los más observadores de ustedes habrán notado, quizás, que llevo desaparecido de estos blogs, así del propio como de los ajenos, un cierto tiempo. Por motivos higiénico-sanitarios que no hacen al caso me vi, a finales del invierno pasado, temporalmente impedido de asomarme por Internet. Superados los primeros y más bien incómodos obstáculos que causaban este alejamiento, descubrí, como Dios al séptimo día de la Creación, que era bueno. Y, como Él, decidí descansar un tiempecillo, la perspectiva de dar el cual por concluído solo ahora comienza a aparecérseme como posible. Este largo asueto, que durante los dos primeros meses fue, por decirlo así, absoluto, aunque allá por Mayo tuve que reintegrarme al trabajo propiamente dicho –esto es, al que me procura el sobre mensual–, me dió para dedicarme con intensidad aún mayor de la acostumbrada a mis amadas actividades inútiles, laterales y abstrusas.

Lo han adivinado, sí. Me apliqué con especial dedicación a mis musiquitas. Decidido a mejorar mis habilidades en lo tocante a la composición y transcripción de tangos, que eran –y siguen siendo, a Dios gracias– perfectamente autodidactas –como pueden ustedes comprobar en mi hasta la fecha única pero afortunada incursión en la materia–, me dediqué a buscar, para estudiarlas, cuantas partituras de tango pudiera encontrar con Google.

Que resultaron ser muchísimas. Hasta que no se hace la búsqueda, no se imagina uno la cantidad enorme de partituras de tangos que ofrece Internet. Como de cualquier otra cosa, me imagino, que uno se proponga buscar con este invento prodigioso.

Como suele ocurrir, el exceso de información estuvo a punto de ahogar mi interés. Tras la dificultosa lectura de las tres o cuatro partituras más accesibles estaba a punto de desistir y dedicarme a cualquier otra inutilidad placentera cuando me llamó la atención una de ellas, la que a continuación expongo a su curiosidad y que encontré en uno de los muchos catálogos que exhiben los innumerables sitios de venta de documentos antiguos que pueblan la red:


¿Y cuáles fueron, se preguntarán, las carácterísticas de esta partitura, en concreto, que despertaron mi huidizo interés? Pues varias y distintas, pero fundamentalmente las que paso a enumerar:

- En primer lugar, la sonoridad del nombre de su autor, Óscar Ascone. Óscar Ascone, oscarascone... No sé a ustedes, pero hay algo en estas sílabas que a mí me resultó particularmente atractivo. Como si me llamara...

- Advertí, en segundo lugar, que el autor utilizaba un compás de cuatro partes –cuatro negras– para transcribir el ritmo de tango, en vez del de dos que parecía ser el habitual y canónico en las partituras de tango que hasta ese momento había examinado. Como lo que, en mi ignorancia, me pide a mí el cuerpo es considerar que el compás de tango tiene, efectivamente, cuatro partes, esa coincidencia reavivó considerablemente mi decaído ánimo.

-Y acabé de interesarme cuando advertí que el acompañamiento –la mano izquierda del piano, el tercer renglón de cada grupo de tres– estaba compuesto por acordes sincopados de tres notas, cinco acordes por compás, de tres corcheas cada uno, separados entre sí los cuatro primeros por un silencio de corchea. Exactamente el mismo, y torpe –pero eficaz– acompañamiento que yo había pergeñado, años ha, para mi estupenda versión de La Cumparsita cuyo enlace les he puesto líneas arriba, acompañamiento que, con mi búsqueda, trataba precisamente de mejorar y superar. ¿Sería este tal Ascone un alma gemela mía?

Bien podía serlo, porque el desaliño con que la partitura estaba manuscrita sugería que se trataba de un músico tan inexperto e improvisado como yo mismo. Si yo no tuviera el Finale NotePad y me viera obligado a escribir a mano mis pobres intentos compositivos, sospecho que mis partituras no serían muy distintas del notable galimatías que pueden ustedes apreciar en la foto, y que solo con gran esfuerzo, mucha imaginación y dejándome los ojos fui capaz de transcribir con mi mágico programita musical.

Porque eso, transcribirlo para ver cómo sonaba, fue, naturalmente, lo que acabé por hacer. Y lo que de ello resultó, que pueden ustedes escuchar a continuación pulsando sobre la flechita, fué lo que terminó de encender no ya mi interés, sino una autética obsesión por averiguar quién era este Óscar Ascone, y cuál era la historia de su sorprendente Carita morena. Escúchenlo, escúchenlo ustedes y díganme luego si es para menos:


Oscar Ascone - Carita morena  (Mi transcripción con Finale NotePad)

Advierten ustedes el inequívoco parecido ¿no? Para mí, al menos, resultó evidente ya tras escuchar los primeros compases. De hecho, solo parecen diferir el ritmo y la tonalidad. Constaté que la segunda y última hoja de la partitura estaba fechada en "Punta del Este, Enero de 1930", comprobé en Google algunas otras fechas que enseguida acudieron a mi mente y una curiosísima, pero creo que verosímil hipótesis comenzó a tomar forma en ella.

Ya antes de hacer y escuchar la reveladora transcripción había buscado a Ascone en la Wikipedia. No lo encontré, aunque sí a un tal Vicente Ascone, músico uruguayo de la primera mitad del XX. Según la Wiki no parece que nunca compusiera tangos, aunque sí "destacó como compositor folclórico de raíces americanas". Las fechas y la zona del globo en que vivió, en cualquier caso, hacen bastante probable que incurriera ocasionalmente en la composición de tangos. Y Punta del Este, donde está fechada la partitura, es una conocida playa uruguaya. Pero la torpeza de la escritura no parece corresponder a un músico profesional, y, sobre todo, Óscar no es Vicente. ¿Un hermano, quizás, aficionado también a la música por tradición familiar y capaz de hacer sus propios pinitos musicales, sin alcanzar el nivel que permite figurar en la Wikipedia ochenta años más tarde?

Todo puede ser, me dije antes de emprender la búsqueda de un problemático "Carita morena" entre las más de cuatrocientas grabaciones de Carlos Gardel, su obra completa, creo, que conservo en mi disco duro. (En el de mi ordenador, quiero decir. En el mío propio hay también unas cuantas, pero no todas). Tenía la esperanza de poder escucharlo y ahorrarme así la dificultosa lectura y transcripción de las patitas de mosca de Ascone, pero no hubo suerte. Si Gardel cantó alguna vez a esta carita morena –cosa que, a la luz de lo que luego descubrí, parece bastante probable– no dejó constancia grabada de ello, o al menos yo no la tengo.

Perseveré en mis investigaciones, empero. No todo puede encontrarse en Google, me dije. Y como en la biblioteca pública de mi barrio hay dos buenas monografías dedicadas al tango, amén de una excelente biografía de Carlos Gardel,  dediqué una tarde entera al examen detenido, casi lectura completa, de las tres obras. Los índices onomásticos no recogían a ningún Ascone, ni Vicente ni Oscar. La cosa no parecía prometer mucho, pues. Pero la constancia siempre tiene su recompensa y la casualidad vino en mi ayuda una vez más. Entre las fotos reunidas en las últimas páginas de la biografía (1) se encontraba la que aquí ven:

El pie, al dorso, explica: "Yacht Club de Punta del Este, Uruguay. Verano de 1930. Carlos Gardel juega a cartas con unos amigos. A su derecha Francisco Canaro, a su izquierda el pibe Ascone y enfrente, de espaldas a la cámara, Enrique Santos Discépolo".

¡El pibe Ascone! Puede tratarse de Vicente, desde luego, del que no he encontrado en Internet ninguna foto. Pero en 1930 Vicente Ascone tenía treinta y tres años, acababa de estrenar una ópera y de fundar una orquesta y, por todo ello, no parece muy verosímil que se le conociera por "el pibe". Este apelativo parece más bien, se me ocurre, un modo de diferenciar a este Ascone, el de la foto, de otro, mayor, más importante y más conocido; precisamente, creo muy posible, de su ¿hermano?.. homónimo, en cualquier caso, Vicente.

¿Es pues Oscar Ascone el joven de pronunciadas entradas y mirada inquisitiva que aparece en el primer plano de la foto, a la derecha del espectador y a la izquierda de Gardel? Si descartamos que sea Vicente, parece francamente probable. Y en ese caso es también muy posible, como hace un rato les anunciaba, que Gardel haya cantado, en el calor de alguna farra estival, el Carita morena compuesto ese mismo verano y en ese mismo lugar por su compañero de juego. No me digan que no es tentador creerlo así para un investigador novel y de escasos medios como yo. Tan tentador que resolví ipso facto que no podía ser de otro modo. El pibe Ascone que aparece en la foto jugando a las cartas con Gardel era mi Ascone, sin duda. Óscar. Tenía que serlo.

(1) "Carlos Gardel, una vida de tango". Tobías Angosto. Ed. Tangente. 1ª ed., Buenos Aires,  1951.

Pero si la hipótesis que me guiaba era correcta, tenía que existir algún nexo de unión entre este pibe Ascone, uruguayo él, y España. ¿Dónde buscarlo? Sigan mi consejo, venzan cualquier escrúpulo que puedan tener al respecto y, cuando deseen saber de las andanzas españolas de cualquier personaje semi público del siglo XX, diríjanse sin dudar a la hemeroteca internética del ABC. Tiene en pdf todo lo que el periódico ha publicado desde su fundación, y uno encuentra allí lo que busca con la referencia más sencilla y con una velocidad asombrosa. Yo he dado así con varias menciones de mi abuelo, por ejemplo, y de algunos compañeros suyos de fechorías musicales.

Mi búsqueda de "ascone" en la hemeroteca virtual de ABC arrojó doce resultados. Los once primeros se referían, inequívocamente, a noticias de distintas fechas sobre Vicente Ascone. El duodécimo quizás también, pero yo me inclino a pensar que no. Juzguen ustedes mismos:

Merece la pena leer la noticia, aunque sufra la vista. Se refiere a unos incidentes en Bilbao, en el mes de julio de 1933, a raíz de los cuales se detuvo a 18 monárquicos y a 27 anarcosindicalistas. La mezcla era lo suficientemente extraña como para que el gobernador se creyera en el caso de explicar a los periodistas que "no es que vayan unidos, el movimiento es fascista. Pero ya saben ustedes que los anarcosindicalistas están siempre dispuestos a pescar en río revuelto y a movilizarse con cualquier pretexto, y esta era sin duda una buena ocasión para ellos".

Lo sorprendente, no solo para mí sino parece que también para el redactor de la noticia, que lo considera lo suficientemente interesante como para que sea este el único nombre que da de cuarenta y cinco detenidos, es que entre estos figuraba, como verán en el párrafo que he recuadrado,"el músico uruguayo Sr. Ascone, al parecer de visita en la localidad". Sorprendente y, hay que confesarlo, increíblemente afortunado. Bingo otra vez.

Pero otra vez también la misma duda: ¿a qué "musico uruguayo Ascone" se refiere el ABC? El Vicente de la Wikipedia, hay que insistir en ello, parece un burgués tranquilo, asentado y próspero. Sus actividades de compositor y director en Montevideo, con resonancia –nunca mejor dicho– internacional, hacen que no resulte fácil imaginarlo dando tumbos por España, y dejándose detener en compañía de monárquicos, anarquistas y otras gentes de mal vivir. Si se tratara de él, además, el ABC no habría dejado de consignarlo con el apropiado bombo, en vez de limitarse a ese austero "músico uruguayo Sr. Ascone" y, años después, la Wiki sin duda mencionaría su estancia en España y hasta sus actividades políticas, a ninguna de las cuales cosas hace, en cambio, ni la menor alusión. No, tiene que ser otro músico uruguayo de igual nombre pero menos renombre, costumbres más desordenadas y vida menos "respetable": nuestro escurridizo Óscar, sin duda, una vez más. ¿Quién, si no? ¿Cuántos músicos uruguayos de apellido Ascone es verosímil que haya? Solo dos ya parecen demasiados...

Bien, pues. Con la ayuda del ABC había logrado localizar al pibe Ascone a este lado del Atlántico. Involucrado, además, en una intentona monárquica, o quizás en una algarada anarcosindicalista, o puede que en ambas cosas a la vez. Despistes de extranjeros entusiastas, que no por no acabar de aclararse con la política local renuncian a tomar parte en sus actividades más entretenidas...

La intentona monárquica –fascista, como hemos visto que la llama el gobernador republicano– parecía la más acorde con mi hipótesis, y  a investigarla me puse con ahínco. Un par de tardes más me pasé en mi querida biblioteca pública, escudriñando historias de la II República, tratados sobre el fascismo español y amenidades semejantes. Sin el menor resultado, debo decir. Si Ascone tuvo algún papel en las maquinaciones antirrepublicanas de la extrema derecha española, como parece sugerir la noticia del ABC, no quedó de ella más constancia a mi alcance que esa escueta nota de prensa.

Me dediqué por tanto, más bien escéptico pero aún lleno de determinación, a la pista anarcosindicalista. Sobre este asunto el material disponible era bastante menor, y lo ojeaba yo con pocas esperanzas cuando de nuevo acudió en mi ayuda una increíble casualidad. (Comprendo que el adjetivo "increíble" está adquiriendo una importancia notable en este post. Es lo que hay, ustedes verán lo que hacen con él...)

Vean la foto que encontré en la página 57 de la interesante obra "Sindicalistas, anarquistas y otros utopistas", de Ana Arconada, Editorial Anaquel, Barcelona, 1ª edición, 1981:

Como ven no cabe aquí la menor duda sobre el Ascone de que estamos hablando, aparece con todas las letras como Óscar Ascone. Y tiene que ser el sonriente ciudadano de la barba que se ve a la izquierda de la foto, porque los otros dos son inequívocamente Salvador Seguí y Ángel Pestaña, de rostros sobradamente conocidos. No se parece en exceso al pibe que conocimos como compañero de juego de Gardel, pero tampoco cabe descartar que sean la misma persona. La barba y los años transcurridos entre ambas fotos pueden explicar las diferencias más notables, aunque me ha sido imposible fijar la fecha de esta foto.

A la vista de la cual, convendrán conmigo, sí que podemos estar razonablemente seguros de que nuestro Ascone, el autor de Carita morena, anduvo durante los años treinta por tierras españolas, y de que mantuvo alguna vinculación con las actividades y los miembros del partido anarcosindicalista, del que Seguí y Pestaña eran dirigentes. Eso explica su detención en Bilbao, y abre nuevas perspectivas sobre mi famosa hipótesis. Perspectivas no tan raras como cabría suponer a primera vista. Veamos:
"A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la policía de la República no había descubierto cuál era nuestra función en la F.A.I., lo supo Primo de Rivera, jefe de otra organización clandestina, la Falange española. No hemos querido entonces, por razones de táctica consagrada entre nosotros, ninguna clase de relaciones.

Ni siquiera tuvimos la cortesía de acusar recibo a la documentación que nos hizo llegar para que conociésemos una parte de su pensamiento, asegurándonos que podía constituir base para una acción conjunta en favor de España. Estallada la guerra, cayó prisionero y fué condenado a muerte y ejecutado. Anarquistas argentinos nos pidieron que intercediésemos para que ese hombre no fuese fusilado. No estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las relaciones tirantes que manteníamos con el gobierno central, pero hemos pensado entonces y seguimos pensando que fué un error de parte de la República el fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él no son peligrosos, ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reinvindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!"

La anterior es una cita textual del libro "Por qué perdimos la guerra", de Diego Abad de Santillán, militante anarcosindicalista. Las negritas son mías. Y el texto entero, pero especialmente lo que con ellas he resaltado, me parece francamente ilustrativo sobre las innegables concomitancias que, al menos antes de la guerra, existieron entre dos movimientos tan alejados políticamente como la FAI y Falange Española, y sobre la plasmación que estas concomitancias pudieron encontrar en personajes como nuestro esquivo Ascone.

Abad de Santillán, por cierto, vivió muchos años en Argentina. No puedo dejar de conjeturar que conociera allí a Óscar, y que fuera él el medio por el que este se introdujo en los medios anarquistas españoles. Incluso pienso que pueda ser Ascone uno de los "anarquistas argentinos" de los que nos cuenta Abad que trataron de mediar a favor de José Antonio.


De ser cierta mi hipótesis los colores rojo y negro de la bandera falangista no serían los únicos préstamos que la Falange tomó del anarcosindicalismo español. Y puede que haya otro más. Si miran ustedes aún una última foto de las muchas que he estudiado, en la que se ve a Primo de Rivera hijo en un acto de su partido, rodeado, es de suponer, de simpatizantes y correligionarios:
 

¿No les recuerda a nadie el rostro barbado y sonriente que se ve cuatro cabezas a la izquierda de José Antonio (derecha del fotógrafo)? No sé, no sé, pero yo no me atrevería a asegurar que no sea... ¿una casualidad más? ¿Un infiltrado? ¿Un despistado? ¿Un converso? ¿O un mediador?

A todas estas, estoy dando por supuesto que han advertido ustedes el sorprendente parecido musical que yo mismo descubrí al escuchar por primera vez Carita morena; y que, en consecuencia, han llegado a la misma hipótesis que yo concebí en ese momento y a la que estoy refiriéndome todo el rato. ¿Me equivoco?

Háganmelo saber, si estoy en lo cierto y lo creen oportuno, dirigiendo sus respuestas a ohvanbrugharrobagmailpuntocom. Y siéntanse libres, en cualquier caso, de hacer los comentarios que deseen si han encontrado en este largo post algo que les parezca merecerlos, a ver si vamos recuperando las buenas costumbres. Muchas gracias.

domingo, 5 de enero de 2014

Matías, solucionado

Mis respuestas a las cinco preguntas.

Cumpliendo lo prometido, aquí tienen ustedes, como regalo de Reyes, mi particular solución al acertijo que les planteé en mi anterior post, el apasionante asunto de Matías, sus artesanías y sus amigos maniáticos, que tanto interés ha suscitado en algunos selectos círculos blogueros y en algunos domicilios particulares del barrio de Argüelles. Se la expongo bajo la forma de nueve consideraciones, numeradas con números romanos para darles un aspecto más serio.

I Para que se den todas las combinaciones y no se repita ninguna, Matías ha tenido que construir tantas piezas como el número de opciones de cada atributo (2: hueca o maciza, blanca o negra, cúbica o esférica...) elevado al número de atributos considerados (6: estructura, color, forma, tamaño, material y precio), es decir, 64 piezas. (26 = 2 x 2 x 2 x 2 x 2 x 2  = 64).

II Sabiendo que esto es así, para averiguar cuántas piezas comparten determinados atributos nos basta con dividir el total de piezas por dos tantas veces como atributos compartan las piezas buscadas. Así, por ejemplo, sabemos que hay 32 cubos, 16 cubos macizos, 8 cubos macizos blancos, 4 cubos macizos blancos pequeños, 2 cubos macizos blancos pequeños baratos y solo 1 cubo macizo blanco pequeño barato y metálico. 

III Establecida esta regla es fácil, por ejemplo, calcular que César, que odia los metales y huye de las maderas caras, elegiría si le dejaran todas las piezas de madera barata; y que estas son 16 (64/4). 

IV Benito, que solo excluye de su elección las cosas que son a la vez pequeñas y huecas, si nadie se lo impidiera se llevaría las 32 piezas grandes y las 16 pequeñas y macizas, es decir, 48 objetos. Entre los que estarían 12 de los 16 que desearía César (solo 12, porque de las 16 piezas que César desea hay 4, las que además de ser baratas y de madera son pequeñas y huecas, que  por ello no están entre las que quiere Benito. 16-4=12). 

V Pero es Antonio quien elige en primer lugar. Como odia lo negro, lo hueco y lo esférico que no sea de madera, elige solo los cubos blancos y macizos, que son 8, y las esferas de madera blancas y macizas, que son 4. Es decir, se lleva en total 12 objetos y deja a Matías con solo 52. De las piezas que se lleva, todas pertenecen a las 48 que hubiera querido Benito –las grandes por serlo y las pequeñas por ser a la vez macizas– y solo 4 –los 2 cubos blancos macizos de madera barata y las 2 esferas blancas macizas de madera barata– a las 16 que elegiría César. 

VI Cuando le llega el turno a Benito solo quedan 36 de las piezas que desea (48 que eran, menos las 12 que se ha llevado Antonio), entre las cuales 8 son de las que César hubiera querido para sí (12 que eran antes de elegir Antonio, menos 4 que este se ha llevado). Y ya hemos dado con esto respuesta a la 1ª pregunta.

De las 8 ninguna es cara, claro, puesto que sabemos que César solo desea piezas de madera barata; y esta es la respuesta a la 2ª pregunta. Benito se lleva sus 36 objetos y a Matías le quedan 16. 

VII Y le llega por fin a César la hora de elegir. De los 16 objetos que hubiera querido, Antonio se llevó 4 y Benito 8; él retira, por tanto, los 4 que aún quedan y deja a Matías con 12 piezas, lo que responde a la 3ª pregunta. 

VIII Si entendiéramos que Benito, por coleccionar cubos, no puede escoger más que cubos, estaríamos aplicando el principio de que solo se escogen los objetos que se coleccionan, en virtud del cual ni Antonio ni César podrían elegir ningún objeto, puesto que no coleccionan ninguno; y nos habríamos quedado sin problema. Y viceversa: para que el problema tenga sentido debemos entender que Antonio y César sí eligen objetos a pesar de no ser coleccionistas de ninguno, con lo que sentamos el principio de que se pueden escoger objetos aunque no se coleccionen. Por lo cual Benito, además de cubos, puede elegir otras piezas, es decir, su coleccionismo no afecta para nada a su elección y es, por tanto, un dato irrelevante. Con lo que tenemos la respuesta a la 4ª pregunta.

(Lo que está claro que no se puede hacer es entender una cosa para Benito y la contraria para Antonio y César, aplicar para uno un principio y para los otros el opuesto. Eso iría contra todas las reglas conocidas de planteamiento y resolución de problemas lógicos).

IX El cubo de madera, grande, negro, macizo y barato no fue una de las piezas que se llevó Antonio, ya que era negro. En cambio no incurría en ninguna de las restricciones de Benito, de modo que fue este quien se lo llevó a casa y en su momento se lo legó a su nieto, el nº 1, del que, por tanto, sabemos que se llama Benito, como su abuelo. El cubo caro, grande, macizo, metálico y blanco era una de las piezas que se llevó Antonio, puesto que no era ni esférico, ni negro, ni hueco. De manera que quien ahora lo posee tiene que ser el nieto de Antonio, el número 2, que se llama Antonio, como su antepasado.


La solución del autor

Mi hermano y autor del problema asegura que todas estas consideraciones mías son demasiado largas y aburridas de leer, y que las soluciones verdaderamente elegantes son las gráficas, como esta suya:


O como esta otra, no menos vistosa y también de su cosecha:


Ambas, advertirán ustedes, sirven para dar respuesta a todas las preguntas menos la cuarta. Y ello porque la respuesta a la cuarta pregunta sería muy difícilmente explicable mediante un gráfico, como sucede con cualquier cuestión medianamente compleja.

La verdad es que aunque sus soluciones gráficas me parecen, efectivamente, tan inteligentes como elegantes, yo no estoy de acuerdo con la opinión de mi hermano. Sé que es muy común afirmar eso de que "una imagen vale más que mil palabras", pero a mí esta popular sentencia siempre me ha parecido un buen lema para analfabetos, pensado como consuelo de quienes se ven en aprietos para manejar o entender más de diez palabras juntas. En mi opinión, si un razonamiento no puede ser clara y eficazmente expuesto con palabras es porque existe algún problema, bien en el razonamiento, bien en el razonador; y pretender que sea una imagen quien venga a resolverlo es pedir de las imágenes lo que ni pueden ni deben dar, y abdicar gravemente de una de las facultades, el lenguaje articulado, que caracterizan y definen lo humano. Las imágenes, pienso, sirven en ocasiones para ilustrar o apoyar a las palabras, pero jamás para sustituirlas.

Además mi farragoso modo de encontrar y razonar la solución funciona exactamente igual con estas sesenta y cuatro piezas que con las cuatro mil noventa y seis que habría tenido que construir Matías si en vez de seis atributos hubiera considerado doce, por ejemplo; y mi explicación para este caso requeriría muy pocas más palabras que la que he dado líneas arriba al que realmente nos ocupa. Mientras que con las soluciones gráficas que propone el autor no sucede lo mismo: traten ustedes de imaginar cualquiera de ellas aplicadas al mismo problema, pero con doce posibles atributos y, por tanto, con más de cuatro mil piezas. O con dieciséis atributos y sesenta y cinco mil quinientas y pico piezas...


Las soluciones de los lectores.

- La primera en responder fue Alas de Algodón, que me envió su solución el día 23 de Diciembre. Pero solo acertó las respuestas a la cuarta y quinta preguntas. Las tres primeras diferían ampliamente de las mías, que de momento son las que considero correctas. Que acertara la cuarta me regocijó especialmente, porque es pregunta de mi cosecha, surgida de una diferencia de criterio con el autor del problema en cuanto al modo correcto de entender el enunciado. Que Alas coincidiera con mi enfoque del asunto me resultó francamente reconfortante.

Informada de que no había dado con las respuestas correctas, Alas prometió dedicarse en cuerpo y alma a encontrarlas, posponiendo incluso la confección de la cena de Nochebuena, si llegara a parecerle necesario para conseguirlo. Ignoro qué se ceno en su casa la noche del 24, pero en el momento de escribir estas líneas, con los Reyes Magos atravesando ya Madrid, aún no he recibido una nueva solución de su mano.


- Casi inmediatamente después de la de Alas me llegó la respuesta de Miroslav. Cuatro de sus respuestas eran correctas... desde su punto de vista. Le faltaba, precisamente, la respuesta a la cuarta pregunta. No le parecía que ninguno de los datos suministrados en el enunciado fuera irrelevante. Es decir, consideraba, erróneamente, a mi entender, que el hecho de que Benito sea coleccionista de cubos le llevaría a elegir solo cubos. Al afectar, según él, el coleccionismo de Benito a su elección, la primera y la tercera de sus respuestas diferían de las mías, que no tienen en cuenta ese dato.

Una vez supo cuál era mi criterio sobre la irrelevancia del coleccionismo de cubos, reacomodó su respuesta al nuevo enfoque, y acertó, claro. (Suele pasarle a quienes me hacen caso). Pero, lamento decirlo, mantuvo algunas inexplicables diferencias teóricas con mi modo de ver el asunto, que dieron lugar a una amena correspondencia entre ambos. Como discutir es una de las muchas aficiones que Miroslav y yo compartimos, lo pasamos los dos muy bien.


- Ya el mismo día 5 me ha llegado la respuesta de Ozanu. Como Miroslav, también él entiende que el coleccionismo de Benito es un dato relevante, que afecta a su elección haciendo que elija solo cubos. Y llega, por ello, a las mismas respuestas que Miroslav para las preguntas 1ª (Benito se llevó 4 piezas que habría querido César), 2ª (ninguna de ellas era cara), 3ª (a Matías le quedaron 28 piezas) y 5ª (los dos nietos herederos son Benito y Antonio).

En cuanto a la 4º pregunta, considera que el dato irrelevante es el de que Antonio no pueda ver las esferas. Yo no estoy de acuerdo: si suprimiéramos ese dato, Antonio cogería al menos 4 piezas más, las esferas metálicas blancas y macizas (que, desde el criterio de Ozanu y Miroslav, tampoco son de las que cogerán luego ni Benito ni César) y cambiaría por tanto la respuesta a la 3ª pregunta, porque a Matías le quedarían 4 piezas menos que con ese dato.


- Y justo después de la de Ozanu me ha llegado la de C.C. Dos de sus respuestas, las de la 2ª y 5ª preguntas, coinciden con las que considero correctas. Las de las preguntas 1ª y 3ª, en cambio, no coinciden ni con las mías ni con las de quienes consideran relevante el coleccionismo de Benito.

Como puede verse, nadie ha acertado las cinco preguntas, pero todos los que han contestado han acertado alguna. En la 2ª y la 5ª  hemos coincidido todos.


Muchas gracias a todos por participar, y enhorabuena a los acertantes. En cuanto al año que empieza, les remito a la coda:


Coda: felicitación de Año Nuevo con acertijo musical



En mis investigaciones por los archivos de algunos castillos bávaros encontré hace años, manuscrita al dorso de lo que parecía ser una lista de la compra, la partitura, firmada por el autor, de esta breve "Weihnachts und Nujahrsbegrüßung in C-Dur für Piccoloflöte, Cello und Cembalo", o "Salutación de Navidad y Año Nuevo en Do mayor para flautino, cello y clave", del ignoto compositor augsburgués Franz X. Großeiche. Siendo la primera obra de este autor de la que se tiene noticia, la catalogué como JCG0001. Aquí está interpretada por el especialista en flauta piccolo E. Finale, el famoso cellista F. Note y el notable clavecinista N. Pad. 

Me llamó la atención su para mí evidente parentesco armónico y melódico con una conocida canción navideña contemporánea, que me hizo preguntarme si no estaremos ante uno de esos temas musicales recurrentes, que asoman bajo diversas formas aquí y allá a lo largo de los últimos quinientos años de la historia de la música occidental. Quizás, si alguno de mis lectores advierte la semejanza que creí yo detectar –particularmente señalada en la parte del cello–, sea tan amable de decirme a qué popular villancico le recuerda, y me ayude así a despejar mis dudas. En cualquier caso aquí queda, como mi felicitación de Año Nuevo para todos ustedes.


domingo, 3 de febrero de 2013

Música de mi abuelo

Tener un abuelo músico y no haber oído nunca nada compuesto por él es un poco raro. Sobre todo en una familia en la que la música era algo cotidiano y omnipresente, y estábamos todos todo el día oyendo música, cantando o silbando. Yo era un niño rarito, que a los seis años me iba, yo solo, al cuarto donde estaba el tocadiscos familiar y escuchaba con fervor una y otra vez, hasta aprendérmelos de memoria, los discos de Schumann. de Schubert y de Beethoven. Hasta un extracto de la Tercera Sinfonía de Mahler –un brutal resumen perpetrado por el Reader's Digest, más bien un fusilamiento, según descubrí muchos años después, al escucharla íntegra por primera vez– me llegué a aprender, a fuerza de oirlo. Pero de mi abuelo no había manera de oir nada. No había grabaciones, y mi padre,  presumiblemente el único que se sabría algún fragmento de música del suyo, era también el único que no cantaba jamás. En casa había rimeros de partituras suyas, Motetes, Tantum Ergos y Missas Pro Defunctis –palabras misteriosas que aprendí sin saber qué querían decir– devueltas por alguna tienda de música que había desesperado de vender jamás aquellas piezas ignotas, amontonadas durante decenios en sus almacenes y que ahora seguían acumulando polvo en nuestro trastero. Pero nadie sabía leerlas. La música de mi abuelo era un artículo de fe familar, algo en lo que se creía sin pruebas, con solo aquellos papeles amarillentos y mudos, especie de triste reliquia de un culto desaparecido, por todo indicio.

Durante mucho tiempo pensé que entre aquella música nunca escuchada y yo tenía que existir algún vínculo misterioso derivado del familiar, alguna afinidad profunda, algún mensaje privado que me permitiría, si alguna vez llegaba a oirla, encontrar en ella resonancias propias y saber, de algún modo inimaginable pero que yo daba por seguro, que me pertenecía más especialmente que a cualquier otro oyente común; y esa mística seguridad no hizo más que aumentarme el deseo de llegar a oirla y de saber cómo era. Hasta hice algún intento de desentrañar alguna de las partituras, pero la melodía imprecisa y desabrida que obtuve tras laboriosos y torpes esfuerzos de mi solfeo rudimentario no me dijo nada, y renuncié, seguro de haberlo hecho todo mal. Con el tiempo se me fue pasando el interés y me resigné a que la música de mi abuelo siguiera siendo ad aeternum una cuestión inalcanzable y más bien mística.



(La foto es del órgano de la Parroquia de la Santa Cruz, en la calle  de Atocha, una de las iglesias madrileñas  de las que mi abuelo fue organista. El órgano se instaló en 1904, según se informa en esta página, de la que está sacada la foto, por lo que con toda seguridad es el que él tocaba.)



Muchos años después he conseguido oir la única grabación existente: una Misa Pro Defunctis para coro y órgano, grabada por mi padre con micrófono en un magnetófono de bobina abierta en el Monasterio de El Escorial el día 29 de Febrero de 1960. La compuso mi abuelo en 1934, en memoria de su su mujer recién fallecida, y durante el franquismo se interpretó algunos años en El Escorial, durante los funerales por los reyes de las dinastías españolas que se celebraban el último día de Febrero, con asistencia del propio Franco bajo palio y con un féretro con una corona encima presidiendo la Basílica, según describe una de las crónicas publicadas por ABC que he encontrado en su hemeroteca, en la que se reseña que se ofició "la misa de Carrascón". Mi abuelo había sido profesor de música de dos nietos de Alfonso XII, y esa lejana relación con la última dinastía le valió el honor de que fuera su Misa la elegida para estos funerales. (Muy probablemente le valió también el ser detenido en Octubre del 36 y fusilado poco tiempo después, como ya he contado en otro post; aunque quizás para esto último bastara su condición de organista de varias iglesias madrileñas (1) y su inconfundible catadura de burgués, beato y de derechas, candidato nato al paseo por faccioso). La grabación estuvo durante años en paradero desconocido, al menos para mí, hasta que hace unos años uno de mis hermanos la rescató, la pasó a formato digital e hizo unas cuantas copias en CD para el resto de hermanos. Tiene un sonido pésimo, solo soportable por oídos especialmente interesados, por lo que he preferido no colgar aquí ninguna muestra. No es cosa de sacarla de su apacible anonimato solo para desacreditarla. Lo poco que se llega a escuchar de la música no me ha desagradadado, pero tampoco me ha llamado especialmente la atención: es una típica música religiosa de principios de siglo en la que debo decir que no he encontrado, contra lo que me prometían mis expectativas infantiles, ninguna resonancia especial, ni ninguna afinidad misteriosa con mi propia sensibilidad musical.

(1) Mi abuelo, al parecer bastante buen organista, lo fue durante años de, entre otras iglesias, la del Buen Suceso de Madrid, en la calle Princesa. Hace unos años el entonces párroco publicó una completa y detallada historia de la parroquia, llena de interesantes anécdotas y pormenores pero en la que, por algún excelente motivo, a mi abuelo ni se le mencionaba. Debo confesar que una omisión tan llamativa me molestó bastante, tanto que llegué a comentárselo al autor, amigo de la familia de mi mujer. Como era de esperar no me hizo el menor caso...

A la izquierda la antigua Iglesia del Buen Suceso, en la Calle de la Princesa, de Madrid, A la derecha la actual, levantada en los años setenta sobre el mismo emplazamiento. No he podido averiguar si el órgano sigue o no siendo el mismo.






Pero contra lo que siempre había creído resulta que no toda la producción de mi abuelo era música religiosa. Zascandileando por la Biblioteca Nacional, mi hermano descubrió que existía una "patraña lírica" en un acto, titulada "Los Mendigos", compuesta a pachas por Busca de Sagastizábal y por mi abuelo. 

Este Busca era un colega suyo, organista de San Francisco el Grande y de Santa Bárbara. Compuso mucha música religiosa, entre otra el conocido himno eucarístico "Cantemos al amor de los amores" (canteemos aal Señooor) que aún he berreado yo, junto con el resto de la feligresía, en más de una misa dominical de hace no muchos años. Aunque nació en 1868, ocho años antes que Francisco, le sobrevivió otros catorce, pues murió en 1950. Fue, en conjunto, un músico mucho más prolífico y de éxito considerablemente mayor que mi abuelo, aún se siguen tocando cosas suyas e ignoro qué relación tuvo mi abuelo con él, aparte de su colaboración en esta obrita.

La letra de "Los Mendigos" es obra de un tal José Domínguez Manresa, del que no he encontrado que cometiera ninguna otra incursión digna de mención en el terreno de la literatura. Por lo poco que he leído, esta de "Los Mendigos" es más bien digna de piadoso olvido, por cursi y por terrible, como podrán apreciar ustedes mismos en el fragmento que adorna este post un poco más adelante, obra maestra de mi artesanía musical que les recomiendo no perderse. Rebuscando por la hemeroteca virtual de ABC he encontrado que un señor de ese nombre era, en Septiembre de 1914, Secretario General de la Comisaría General del Cuerpo de Vigilancia de Madrid. En Julio de 1921 fue nombrado Delegado del Gobierno en Canarias y en Septiembre de 1930 llegó a Guinea Ecuatorial como Secretario del Gobierno General de la Colonia. No he podido averiguar más de él, pero parece que su interés literario por la mendicidad debía de tener un origen profesional y policíaco, porque toda su vida anduvo, por lo que se ve, ocupado en asuntos de orden público. Tampoco sé qué relación tenía con mi abuelo.

(Adviertan, por favor, en la portada que reproduzco, que se trata de una obra "moral y fácil, muy a propósito para jóvenes educandos de colegios, seminarios, etc, etc.")

En cuanto a la música, no tengo ni idea de cómo se compone una música entre dos personas, ni qué parte de la zarzuelita hay que atribuir a cada uno de sus dos autores. Pero es la primera música de mi abuelo, en la parte en que lo sea, que he podido por fin escuchar extensa y detalladamente. Mi trabajo me ha costado.

Como primera providencia, me transcribí con grandes esfuerzos la partitura de uno de los fragmentos, la "Canción de los huerfanitos", en mi programa mágico, el Finale Notepad; el acompañamiento, con piano, y las voces, con chelo. Tras bastantes horas laboriosísimas pude así oir por primera vez cómo sonaba una música de Francisco Carrascón, al menos en parte. Resulta ser una pieza de aire inequívocamente andaluz, que en sus mejores momentos recuerda a Albéniz y en los peores a Manuel Quiroga.

Una vez aprendido de memoria el fragmento, me grabé la parte vocal, las dos voces de los huerfanitos en cuestión. Para conseguir unas voces adecuadamente infantiles tuve que cantarlas en un tono más bajo y a una velocidad menor –cada una de las dos en distinta proporción, para diferenciarlas– de modo que, al restituirlas, mediante los oportunos sistemas informáticos, a su tono y velocidad naturales, el timbre sonara convenientemente atiplado. El resultado se parece más a los Lunnis que a ninguna otra cosa, pero es lo mejor que he podido conseguir y, en cualquier caso, me he divertido muchísimo haciéndolo. 

Finalmente superpuse y sincronicé las dos voces entre sí y ambas con el acompañamiento pianístico-informático. Aquí tienen ustedes, más para mi deleite que para el suyo, el producto final: (El primer minuto y medio es una introducción pianística que a mí me gusta, pero que quizás aburra a oyentes menos implicados afectivamente. La parte vocal, que es la verdaderamente impresionante –por diversos motivos y en cualquier sentido que quieran dar ustedes a este adjetivo– empieza en el minuto 1:40, más o menos.)


"Canción de los Huerfanitos", de Busca y Carrascón, letra de J. D. Manresa. Al piano, Finale Notepad. Solistas del Coro del Reformatorio Municipal "José María Jarabo"

(Si sonando este archivo como suena lo he considerado digno de ser colgado, pueden ustedes imaginarse cómo suenan los fragmentos de la Missa Pro Defunctis que no me he resuelto a colgar).

(Actualización: el paréntesis anterior se refería a los defectos de sonido de la grabación, no a los de la interpretación, de la que me encuentro muy orgulloso. Tras publicar el post, he dado con un nuevo programa de sonido, el Audacity, que tiene una estupenda función para eliminar ruido de fondo. Lo he aplicado a la parte vocal y he eliminado en buena medida el zumbido que acompañaba a las voces, con lo cual la calidad del sonido del archivo ha mejorado notablemente.)

Reproduzco a continuación la letra de la canción, para edificación de todos ustedes:

Pepillo: 
Sin apoyo y sin amparo, ¡ay!,
sin apoyo y sin amparo
me encuentro sobre la tierra, 
porque he perdido a mis padres
y no tengo quien me quiera,
y no tengo quien me quiera.

Pepillo y Tolín:
Socorred al huerfanito,
socorredle, por favor.
Por Dios, una limosnita.
Una limosna, por Dios.

Tolín:
Al niño que nace pobre, ¡ay!,
al niño que nace pobre 
y se le mueren sus padres,
si un mal viento se lo lleva
¡qué favor le hace tan grande,
qué favor le hace tan grande!

Pepillo y Tolín:
Socorred al huerfanito,
socorredle, por favor.
Por Dios, una limosnita.
Una limosna, por Dios.

Con lagrimitas voy implorando
una limosna, por compasión.
Cuando los niños piden llorando
¡qué amargo llevan el corazón,
qué amargo llevan el corazón!

Dad el óbolo bendito
al niño, por caridad.
Socorred al huerfanito, 
tened del niño piedad,
que es muy triste ver a un pobre
cuando hambriento pide pan,
y en la Gloria hallan consuelo
los que al niño su amor dan.
Y en la Gloria hallan consuelo
los que al niño su amor dan.

Coda nacionalista (que no falte): investigando por Google, como llevo meses haciendo sobre esta cuestión con la aviesa intención de asestarles a ustedes este post con la mayor premeditación posible, me encontré esta joya. Se trata, como verá quien siga el enlace, de la traducción íntegra al vasco, con el título de "Eskaleak" (los mendigos) de la zarzuelita en cuestión. En el encabezado se hace constar la autoría de "Dominguez Manresa jaunaren", así como la responsabilidad musical de "Buska-Sagastizabal eta Carrascon jaunena", todos ellos sin tilde alguna, claro está, que el vascuence no utiliza, ni falta que le hacen. En su afán por euskerizar convenientemente el texto, el diligente traductor ha traducido hasta los nombres de los personajes, que de Pepillo y Tolín han pasado a ser Antton y Txomin. Alberto y Juan, dos mendigos que salen en un número posterior, son ahora Kaitano y Patxi, un "americano" que se llamaba Pablo se llama Paulo y el sargento se ha convertido en un mikelete, que viene a ser como un ertzaina preautonómico. Lo gracioso del asunto es que la página contiene el texto íntegro de la zarzuela, no solo las partes cantadas, que son las que tengo yo en mis partituras. Un texto que de ningún modo me ha sido posible conseguir en su versión original castellana está a mi disposición en su traducción al vasco, merced a la hacendosamente predatoria compulsión patrimonial del nacionalismo...

Todo ello, imagino, debido a que uno de los autores de la música, Busca de Sagastizábal, era vasco, de Zumárraga. (El primer apellido, Busca, no es vasco, sino italiano. Al parecer un abuelo del compositor era piamontés, de una ciudad situada a escasos kilómetros de donde habita actualmente mi hermano pequeño. El mundo es un pañuelo, y Europa una de sus esquinitas más apretadas...) Y quizás, no hay que descartarlo, a que mi abuelo, el otro compositor, era navarro, de Tudela, que en buena doctrina nacionalista es tierra tan eusquérica como la otra, aunque jamás se haya sabido de tudelano alguno que hablara vascuence, ni presentara la más mínima disposición a aprenderlo.

Quien, desde luego, no parece que tuviera la menor relación con Vasconia es el pobre Domínguez Manresa, ni siquiera tras verse euskaldúnicamente privado de su tilde. Tampoco la propia música, una copla andaluza a la que no parece posible emparentar ni lejanamente con aurreskus ni zortzicos. Nada de todo ello ha impedido que la obra, convenientemente eusquerizada, haya pasado con todos los honores a formar parte del patrimonio cultural vascongado...

domingo, 12 de febrero de 2012

Una vocación frustrada

"...compuse algunos poemas con ritmo y con rima, aunque no soy poeta, puesto que mi sistema nervioso y mi conciencia no contienen la energía condensadora que llamamos poesía, una fuerza capaz de catalizar -de una manera mágica, a veces demoníaca- en una sola palabra los elementos de la pasión y la razón, del mismo modo que se reúnen en el núcleo del átomo los protones y los neutrones... El hecho es que yo escribí algunas líneas rítmicas que acababan en ocasiones con el tintineo de esa joya bárbara que es la rima. Hubo algunos que llegaron a parecerse a poemas, pero siempre carecían de esa fuerza condensada y explosiva que caracteriza a la verdadera poesía."
Sandor Maray 


Hickory Dickory Dock


Poesía y sucedáneos

NULLA DIES SINE LINEA

La mesa está repleta de papeles, de pipas,
de botes con objetos inútiles y sucios,
de libros, de ceniza, de cajas de cerillas,
de briznas de tabaco, de lápices, de plumas,
de luz de la bombilla, de esperanzas dormidas.
La radio toca ópera, y es como una amenaza
que nos grita de lejos alguien sin importancia
y se vuelve reproche cuando Chopin empieza.

Hay un papel en blanco que ya ha sido borrado
y propone de nuevo su puerta luminosa
como última esperanza de que pueda entrar alguien.
–Fuera, tras los cristales, la primavera acecha
en un tenso crepúsculo de azules y violetas
cruzado de promesas y urgencias enigmáticas–.

Hay también mis dos manos aferradas al lápiz,
forzando con su punta ninguna cerradura,
mis dos manos que luego volverán a la goma,
negarán este empeño, suprimirán los rastros
de un intento de fuga penado por las leyes.
Es justo, no me quejo, yo mismo le reprocho
a este escarbar fallido su torpe ineficacia,
su contraproducencia, si existe esta palabra,
que construye murallas cuando quiere saltarlas
y obstruye inútilmente el ojo de la llave
-sin contar con el gasto de papel, que es tan caro-.

En fin, vaya desastre, vaya pobre desastre,
tan de todos los días, ya tan sin importancia
que es tonta esta fatiga de seguir escribiendo
sílabas y más sílabas, de catorce en catorce.
¿Qué oscura coartada creo estar fabricándome
con esta ceremonia sin fines ni testigos?
No lo sé, y preguntarlo es también parte de ella,
–yo siempre soy muy listo, siempre voy por delante
y nadie me ha cogido nunca desprevenido–.

Predecir la derrota, ya que no va a vencerse;
ser idiota sabiéndolo queda un poco más digno.
Cosas como esta, que encontré el otro día en un cuaderno viejo, escribía yo en mi adolescencia. Como esta y como otras aún peores, que les evito a ustedes porque debe ponerse algún límite a la impudicia, por bloguero que uno sea. Ser joven tiene cosas estupendas, pero también hay que apechugar con lo malo.

No con demasiada frecuencia, diré en mi descargo. Solo a veces, como último recurso frente a esas tardes de final de invierno o de final de verano tan difíciles de sobrellevar con ecuanimidad cuando se tienen dieciseis o diecisiete años y un temperamento sensible.

Pero comprendí enseguida que la poesía, aunque ayudaba a coexistir –parcial y temporalmente, pero ayudaba– con las abrumadoras perplejidades de la edad, y aunque aliviaba –engañosamente, pero la aliviaba– la sensación de soledad a que tan proclives somos en esos duros años, no era lo mío. La cabeza me funciona de un modo demasiado rígido, el 'fondo' excesivamente supeditado a la 'forma', como para ser de veras poeta. No me implico, miro siempre desde fuera y mejor desde no muy cerca, todo lo analizo demasiado y además no acabo de tomarme en serio nada, empezando por mí mismo. Un poeta, pensé en algún momento de rara lucidez, debe de ser de otro modo distinto de como yo soy: más sincero, más inconsciente, más apasionado. Menos controlado, menos racional, con más imaginación, con menos sentido del humor.

Renuncié, pues, no sin pena, a escribir estas cosas, pero me quedó una tonta nostalgia del metro, del ritmo y de la rima. Una especie de compulsión, más física que otra cosa, hacia el enhebrado de sílabas, la construcción de ritmos y la búsqueda de consonantes. El breve paso de la poesía por mi vida me dejó nada más que su cáscara hueca y algo deteriorada, un mero interés por sus formas, sus apariencias y sus rituales, pero fue un interés muy persistente, que aún hoy colea de vez en cuando.

Le he encontrado salidas algo extrañas. Por ejemplo, esas traducciones de Brassens que ustedes habrán leído ya en este blog, espero. (Si no es así deben suspender aquí mismo la lectura y correr a empaparse de ellas. Ya.)

Y algunas otras menos exhibibles –y que, en consecuencia, me propongo exhibir acto seguido–.

Hace algún tiempo, por ejemplo, discutía yo con uno de mis corresponsales internéticos más asiduos sobre qué cosa es exactamenet un limerick. Como quizás sepan –y si no este enlace se lo hará saber enseguida, a poquito inglés que manejen– el limerick es una estrofa popular propia de la lengua inglesa, con una estructura temática, rítmica y métrica muy establecida: cinco versos que riman AABBA, habitualmente de carácter humorístico e intención obscena –"son esencialmente transgresores", dice la wiki, "y la violación del tabú es parte de su función"–. El primer verso presenta una persona y un lugar, este último colocado al final del verso y marcando, por tanto, cuál ha de ser su rima y la de los versos segundo y quinto. "Es frecuente la explotación de los nombres geográficos, especialmente de los exóticos, lo que se ve como una referencia a las clases de geografía para subvertir el decoro escolar."

En cuanto a su métrica, el primer, segundo y quinto verso deben medir tres pies, y el tercero y cuarto solo dos. Es decir, que la longitud de los versos del limerick viene fijada en pies métricos, no en sílabas, y en esta peculiaridad radicaba el origen de nuestra discusión: como hay pies muy distintos, tanto en longitud como en acentuación, de ellos resultan también limericks de muy distintos metro y ritmo. Mi interlocutor recordaba una cancioncilla inglesa de su infancia (el Hickory Dickory Dock del principio del post) que es a su juicio un limerick o estrofa análoga, y cuya letra está compuesta por una combinación de pies dáctilos (TÁ-ta-ta, para entendernos) y yámbicos (ta-TÁ, quiero decir);  y sostenía que son limericks solo los que se atienen a ese mismo esquema rítmico. Yo, por mi parte, me empeñaba, contra su opinión, en que una melodía de mi niñez, cuya letra no recordaba, era perfectamente apta para encajar en ella un limerick, siempre que estuviera compuesto por pies anfíbracos (ta-TÁ-ta, si me siguen).

Agotados los argumentos teóricos, recurrí a los prácticos y, en un rapto de inspiración, compuse sobre la marcha los siguientes limericks, que además de no estar, modestia aparte, nada mal, cumplen con todos los requisitos de la definición canónica y pueden perfectamente ser cantados con mi melodía candidata, como se comprueba en el archivo adjunto que grabé días después tras pergeñarle con mi FinaleNotepad un acompañamiento pseudopianístico que me quedó la mar de aparente, no me digan que no (bajen el volumen de su ordenador si están  leyendo esto en un lugar público):
A mi novia la de Alicante
yo siempre le doy por delante.
Un día fui y ¡zas!
le dí por detrás,
y también le gustó bastante.
Es que en el Pais Valenciano
la gente es de trato muy llano,
y disfruta igual
un polvo frontal
que si un día les das por el ano.


Limerick Ad Hoc - Júbilo Matinal


Un  poco zafio, no lo niego, pero qué quieren ustedes, lo exige la naturaleza de la estrofa. Y además tendrán ustedes que convenir conmigo en que la natural satisfacción que produce siempre una buena rima se ve, vaya usted a saber por qué, significativamente reforzada cuando el énfasis de lo rimado cae sobre una ordinariez rotunda, redonda e inequívoca. Así estamos hechos, yo al menos. Decir basteces en verso mola.

No los habría traído aquí, mancillando la pulcritud habitual de este blog fundamentalmente mesurado, si no fuera porque ilustran muy bien la clase de actividades parapoéticas de las que les hablaba líneas arriba, a las que me he tenido que dedicar esporádicamente, para aliviar mi prurito versificador, desde que comprendí que el ejercicio de la verdadera poesía quedaba fuera de mi alcance.

El mismo problema, ya que estamos, presenta este otro ejemplo, con el que daré por cerrado, nunca demasiado pronto, este impúdico post, y que para algunos de ustedes, queridos lectores, quizás no resulte nuevo, ya que su gestación tuvo lugar hace poco y, por decirlo así, coram populo: se produjo en los comentarios de un blog muy cercano y apreciado por mí, el de mi amigo Miroslav, y con la inestimable colaboración de otro bloguero amigo, Lansky. Miroslav había dedicado un sesudo post a la palabra cimbrel, uno de los muchos nombres que puede recibir el miembro viril. A Lansky le inspiró el asunto y en un comentario dejó esta sentida composición suya:
Llegué tarde a la oficina.
Toda la culpa, de mi minina.
Esta mañana, recién levantado,
el cimbrel mío posaba amartillado.
Tomándole en mi mano,
le interpelé:
¿qué pretendes, despótico y ufano
¿ponerme en compromiso?
¿o hacerme caso omiso?
¿Acaso no ves
la hora qué es?
Una simpática copla, como ven, inspirada y llena de aciertos temáticos pero necesitada, en mi opinión, de unos cuantos ajustes formales. Mi compulsión métrica se puso en marcha y me dispuse a administrárselos. Este fue el resultado, tras un par de horitas de trabajo (las tardes de Agosto, de Rodríguez, dan para mucho):
Hoy llegué con retraso a la oficina.
Toda la culpa fue de mi minina.
(No, no es que tenga gato;
hablo, por descontado, de mi aparato.)
Casi dormido, apenas levantado,
me encontré mi cimbrel amartillado,
robusto, erecto, erguido,
más tieso que un cantueso florecido,
dispuesto, en fin, al diario desempeño
más que su pobre y soñoliento dueño.

Tomándolo en la mano
–“¿Qué pretendes, tan tieso y tan ufano?”
–le pregunté.– “¿Buscarme un compromiso?
Pues hoy tengo que hacerte caso omiso.
¡No tengo ni un minuto! ¿Es que no ves,
cacharro inoportuno, la hora que es?”

Me tuvo allí un buen rato,
yo “¡Que te abatas!” y él “¡Que no me abato!”,
él obstinado y duro, yo porfiando:
“¡Que te ablandes, pardiez!” “¡Que no me ablando!”
Y no hubo forma. El chisme es cabezota
y no acepta jamás una derrota.
Levantisco, anarquista y libertario,
no se le da una higa del horario,
e insiste, pertinaz, terco y cansino
hasta llevar el agua a su molino.
Cedí a sus pretensiones
–siempre acaba imponiendo sus... razones–,
dí el curso natural a su demanda,
único tratamiento que lo ablanda,
arrimé al fin el ascua a su sardina
...y llegué con retraso a la oficina.
Ya sé, ya sé. Se han quedado ustedes sin palabras. Mis versos suelen producir ese efecto. Bueno, tampoco son necesarias muchas más. Espero que la muestra les haya servido a ustedes para hacerse una idea de lo que me lleva hecho sufrir mi frustrada vocación de poeta.