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domingo, 3 de febrero de 2013

Música de mi abuelo

Tener un abuelo músico y no haber oído nunca nada compuesto por él es un poco raro. Sobre todo en una familia en la que la música era algo cotidiano y omnipresente, y estábamos todos todo el día oyendo música, cantando o silbando. Yo era un niño rarito, que a los seis años me iba, yo solo, al cuarto donde estaba el tocadiscos familiar y escuchaba con fervor una y otra vez, hasta aprendérmelos de memoria, los discos de Schumann. de Schubert y de Beethoven. Hasta un extracto de la Tercera Sinfonía de Mahler –un brutal resumen perpetrado por el Reader's Digest, más bien un fusilamiento, según descubrí muchos años después, al escucharla íntegra por primera vez– me llegué a aprender, a fuerza de oirlo. Pero de mi abuelo no había manera de oir nada. No había grabaciones, y mi padre,  presumiblemente el único que se sabría algún fragmento de música del suyo, era también el único que no cantaba jamás. En casa había rimeros de partituras suyas, Motetes, Tantum Ergos y Missas Pro Defunctis –palabras misteriosas que aprendí sin saber qué querían decir– devueltas por alguna tienda de música que había desesperado de vender jamás aquellas piezas ignotas, amontonadas durante decenios en sus almacenes y que ahora seguían acumulando polvo en nuestro trastero. Pero nadie sabía leerlas. La música de mi abuelo era un artículo de fe familar, algo en lo que se creía sin pruebas, con solo aquellos papeles amarillentos y mudos, especie de triste reliquia de un culto desaparecido, por todo indicio.

Durante mucho tiempo pensé que entre aquella música nunca escuchada y yo tenía que existir algún vínculo misterioso derivado del familiar, alguna afinidad profunda, algún mensaje privado que me permitiría, si alguna vez llegaba a oirla, encontrar en ella resonancias propias y saber, de algún modo inimaginable pero que yo daba por seguro, que me pertenecía más especialmente que a cualquier otro oyente común; y esa mística seguridad no hizo más que aumentarme el deseo de llegar a oirla y de saber cómo era. Hasta hice algún intento de desentrañar alguna de las partituras, pero la melodía imprecisa y desabrida que obtuve tras laboriosos y torpes esfuerzos de mi solfeo rudimentario no me dijo nada, y renuncié, seguro de haberlo hecho todo mal. Con el tiempo se me fue pasando el interés y me resigné a que la música de mi abuelo siguiera siendo ad aeternum una cuestión inalcanzable y más bien mística.



(La foto es del órgano de la Parroquia de la Santa Cruz, en la calle  de Atocha, una de las iglesias madrileñas  de las que mi abuelo fue organista. El órgano se instaló en 1904, según se informa en esta página, de la que está sacada la foto, por lo que con toda seguridad es el que él tocaba.)



Muchos años después he conseguido oir la única grabación existente: una Misa Pro Defunctis para coro y órgano, grabada por mi padre con micrófono en un magnetófono de bobina abierta en el Monasterio de El Escorial el día 29 de Febrero de 1960. La compuso mi abuelo en 1934, en memoria de su su mujer recién fallecida, y durante el franquismo se interpretó algunos años en El Escorial, durante los funerales por los reyes de las dinastías españolas que se celebraban el último día de Febrero, con asistencia del propio Franco bajo palio y con un féretro con una corona encima presidiendo la Basílica, según describe una de las crónicas publicadas por ABC que he encontrado en su hemeroteca, en la que se reseña que se ofició "la misa de Carrascón". Mi abuelo había sido profesor de música de dos nietos de Alfonso XII, y esa lejana relación con la última dinastía le valió el honor de que fuera su Misa la elegida para estos funerales. (Muy probablemente le valió también el ser detenido en Octubre del 36 y fusilado poco tiempo después, como ya he contado en otro post; aunque quizás para esto último bastara su condición de organista de varias iglesias madrileñas (1) y su inconfundible catadura de burgués, beato y de derechas, candidato nato al paseo por faccioso). La grabación estuvo durante años en paradero desconocido, al menos para mí, hasta que hace unos años uno de mis hermanos la rescató, la pasó a formato digital e hizo unas cuantas copias en CD para el resto de hermanos. Tiene un sonido pésimo, solo soportable por oídos especialmente interesados, por lo que he preferido no colgar aquí ninguna muestra. No es cosa de sacarla de su apacible anonimato solo para desacreditarla. Lo poco que se llega a escuchar de la música no me ha desagradadado, pero tampoco me ha llamado especialmente la atención: es una típica música religiosa de principios de siglo en la que debo decir que no he encontrado, contra lo que me prometían mis expectativas infantiles, ninguna resonancia especial, ni ninguna afinidad misteriosa con mi propia sensibilidad musical.

(1) Mi abuelo, al parecer bastante buen organista, lo fue durante años de, entre otras iglesias, la del Buen Suceso de Madrid, en la calle Princesa. Hace unos años el entonces párroco publicó una completa y detallada historia de la parroquia, llena de interesantes anécdotas y pormenores pero en la que, por algún excelente motivo, a mi abuelo ni se le mencionaba. Debo confesar que una omisión tan llamativa me molestó bastante, tanto que llegué a comentárselo al autor, amigo de la familia de mi mujer. Como era de esperar no me hizo el menor caso...

A la izquierda la antigua Iglesia del Buen Suceso, en la Calle de la Princesa, de Madrid, A la derecha la actual, levantada en los años setenta sobre el mismo emplazamiento. No he podido averiguar si el órgano sigue o no siendo el mismo.






Pero contra lo que siempre había creído resulta que no toda la producción de mi abuelo era música religiosa. Zascandileando por la Biblioteca Nacional, mi hermano descubrió que existía una "patraña lírica" en un acto, titulada "Los Mendigos", compuesta a pachas por Busca de Sagastizábal y por mi abuelo. 

Este Busca era un colega suyo, organista de San Francisco el Grande y de Santa Bárbara. Compuso mucha música religiosa, entre otra el conocido himno eucarístico "Cantemos al amor de los amores" (canteemos aal Señooor) que aún he berreado yo, junto con el resto de la feligresía, en más de una misa dominical de hace no muchos años. Aunque nació en 1868, ocho años antes que Francisco, le sobrevivió otros catorce, pues murió en 1950. Fue, en conjunto, un músico mucho más prolífico y de éxito considerablemente mayor que mi abuelo, aún se siguen tocando cosas suyas e ignoro qué relación tuvo mi abuelo con él, aparte de su colaboración en esta obrita.

La letra de "Los Mendigos" es obra de un tal José Domínguez Manresa, del que no he encontrado que cometiera ninguna otra incursión digna de mención en el terreno de la literatura. Por lo poco que he leído, esta de "Los Mendigos" es más bien digna de piadoso olvido, por cursi y por terrible, como podrán apreciar ustedes mismos en el fragmento que adorna este post un poco más adelante, obra maestra de mi artesanía musical que les recomiendo no perderse. Rebuscando por la hemeroteca virtual de ABC he encontrado que un señor de ese nombre era, en Septiembre de 1914, Secretario General de la Comisaría General del Cuerpo de Vigilancia de Madrid. En Julio de 1921 fue nombrado Delegado del Gobierno en Canarias y en Septiembre de 1930 llegó a Guinea Ecuatorial como Secretario del Gobierno General de la Colonia. No he podido averiguar más de él, pero parece que su interés literario por la mendicidad debía de tener un origen profesional y policíaco, porque toda su vida anduvo, por lo que se ve, ocupado en asuntos de orden público. Tampoco sé qué relación tenía con mi abuelo.

(Adviertan, por favor, en la portada que reproduzco, que se trata de una obra "moral y fácil, muy a propósito para jóvenes educandos de colegios, seminarios, etc, etc.")

En cuanto a la música, no tengo ni idea de cómo se compone una música entre dos personas, ni qué parte de la zarzuelita hay que atribuir a cada uno de sus dos autores. Pero es la primera música de mi abuelo, en la parte en que lo sea, que he podido por fin escuchar extensa y detalladamente. Mi trabajo me ha costado.

Como primera providencia, me transcribí con grandes esfuerzos la partitura de uno de los fragmentos, la "Canción de los huerfanitos", en mi programa mágico, el Finale Notepad; el acompañamiento, con piano, y las voces, con chelo. Tras bastantes horas laboriosísimas pude así oir por primera vez cómo sonaba una música de Francisco Carrascón, al menos en parte. Resulta ser una pieza de aire inequívocamente andaluz, que en sus mejores momentos recuerda a Albéniz y en los peores a Manuel Quiroga.

Una vez aprendido de memoria el fragmento, me grabé la parte vocal, las dos voces de los huerfanitos en cuestión. Para conseguir unas voces adecuadamente infantiles tuve que cantarlas en un tono más bajo y a una velocidad menor –cada una de las dos en distinta proporción, para diferenciarlas– de modo que, al restituirlas, mediante los oportunos sistemas informáticos, a su tono y velocidad naturales, el timbre sonara convenientemente atiplado. El resultado se parece más a los Lunnis que a ninguna otra cosa, pero es lo mejor que he podido conseguir y, en cualquier caso, me he divertido muchísimo haciéndolo. 

Finalmente superpuse y sincronicé las dos voces entre sí y ambas con el acompañamiento pianístico-informático. Aquí tienen ustedes, más para mi deleite que para el suyo, el producto final: (El primer minuto y medio es una introducción pianística que a mí me gusta, pero que quizás aburra a oyentes menos implicados afectivamente. La parte vocal, que es la verdaderamente impresionante –por diversos motivos y en cualquier sentido que quieran dar ustedes a este adjetivo– empieza en el minuto 1:40, más o menos.)


"Canción de los Huerfanitos", de Busca y Carrascón, letra de J. D. Manresa. Al piano, Finale Notepad. Solistas del Coro del Reformatorio Municipal "José María Jarabo"

(Si sonando este archivo como suena lo he considerado digno de ser colgado, pueden ustedes imaginarse cómo suenan los fragmentos de la Missa Pro Defunctis que no me he resuelto a colgar).

(Actualización: el paréntesis anterior se refería a los defectos de sonido de la grabación, no a los de la interpretación, de la que me encuentro muy orgulloso. Tras publicar el post, he dado con un nuevo programa de sonido, el Audacity, que tiene una estupenda función para eliminar ruido de fondo. Lo he aplicado a la parte vocal y he eliminado en buena medida el zumbido que acompañaba a las voces, con lo cual la calidad del sonido del archivo ha mejorado notablemente.)

Reproduzco a continuación la letra de la canción, para edificación de todos ustedes:

Pepillo: 
Sin apoyo y sin amparo, ¡ay!,
sin apoyo y sin amparo
me encuentro sobre la tierra, 
porque he perdido a mis padres
y no tengo quien me quiera,
y no tengo quien me quiera.

Pepillo y Tolín:
Socorred al huerfanito,
socorredle, por favor.
Por Dios, una limosnita.
Una limosna, por Dios.

Tolín:
Al niño que nace pobre, ¡ay!,
al niño que nace pobre 
y se le mueren sus padres,
si un mal viento se lo lleva
¡qué favor le hace tan grande,
qué favor le hace tan grande!

Pepillo y Tolín:
Socorred al huerfanito,
socorredle, por favor.
Por Dios, una limosnita.
Una limosna, por Dios.

Con lagrimitas voy implorando
una limosna, por compasión.
Cuando los niños piden llorando
¡qué amargo llevan el corazón,
qué amargo llevan el corazón!

Dad el óbolo bendito
al niño, por caridad.
Socorred al huerfanito, 
tened del niño piedad,
que es muy triste ver a un pobre
cuando hambriento pide pan,
y en la Gloria hallan consuelo
los que al niño su amor dan.
Y en la Gloria hallan consuelo
los que al niño su amor dan.

Coda nacionalista (que no falte): investigando por Google, como llevo meses haciendo sobre esta cuestión con la aviesa intención de asestarles a ustedes este post con la mayor premeditación posible, me encontré esta joya. Se trata, como verá quien siga el enlace, de la traducción íntegra al vasco, con el título de "Eskaleak" (los mendigos) de la zarzuelita en cuestión. En el encabezado se hace constar la autoría de "Dominguez Manresa jaunaren", así como la responsabilidad musical de "Buska-Sagastizabal eta Carrascon jaunena", todos ellos sin tilde alguna, claro está, que el vascuence no utiliza, ni falta que le hacen. En su afán por euskerizar convenientemente el texto, el diligente traductor ha traducido hasta los nombres de los personajes, que de Pepillo y Tolín han pasado a ser Antton y Txomin. Alberto y Juan, dos mendigos que salen en un número posterior, son ahora Kaitano y Patxi, un "americano" que se llamaba Pablo se llama Paulo y el sargento se ha convertido en un mikelete, que viene a ser como un ertzaina preautonómico. Lo gracioso del asunto es que la página contiene el texto íntegro de la zarzuela, no solo las partes cantadas, que son las que tengo yo en mis partituras. Un texto que de ningún modo me ha sido posible conseguir en su versión original castellana está a mi disposición en su traducción al vasco, merced a la hacendosamente predatoria compulsión patrimonial del nacionalismo...

Todo ello, imagino, debido a que uno de los autores de la música, Busca de Sagastizábal, era vasco, de Zumárraga. (El primer apellido, Busca, no es vasco, sino italiano. Al parecer un abuelo del compositor era piamontés, de una ciudad situada a escasos kilómetros de donde habita actualmente mi hermano pequeño. El mundo es un pañuelo, y Europa una de sus esquinitas más apretadas...) Y quizás, no hay que descartarlo, a que mi abuelo, el otro compositor, era navarro, de Tudela, que en buena doctrina nacionalista es tierra tan eusquérica como la otra, aunque jamás se haya sabido de tudelano alguno que hablara vascuence, ni presentara la más mínima disposición a aprenderlo.

Quien, desde luego, no parece que tuviera la menor relación con Vasconia es el pobre Domínguez Manresa, ni siquiera tras verse euskaldúnicamente privado de su tilde. Tampoco la propia música, una copla andaluza a la que no parece posible emparentar ni lejanamente con aurreskus ni zortzicos. Nada de todo ello ha impedido que la obra, convenientemente eusquerizada, haya pasado con todos los honores a formar parte del patrimonio cultural vascongado...

lunes, 7 de febrero de 2011

1949 - Consulado de España en Buenos Aires

Una fantasía pictórica de mi tío. Ignoro la fecha. La firma Fray Bacilo.
Releyendo la correspondencia entre mi padre y su hermano mayor, mi tío Guillermo, trasplantado a Argentina, encuentro en una carta de mi tío este pasaje en el que cuenta sus gestiones en el consulado español de Buenos Aires para obtener un poder notarial con el que cobrar una pequeña herencia en España:


Buenos Aires, 10 de Enero de 1949

El Consulado español, en la calle Guido. No he encontrado
fotos de la época, pero parece que sigue estando en el mismo sitio.
...Hoy laburaban de 10 a 15. A las 12 y cuarto, previos mango y medio de taxi, llegué nuevamente a la simpática sucursal del edén ibérico en B. A. Está dicha sucursal en un barrio aristocrático (La Recoleta) que se caracteriza porque la mayoría de sus habitantes son judíos, ingleses, criollos de abolengo colonial, etc. Inmejorable sitio para servir a la colonia española, que se compone de camareros, cobradores de ómnibus, porteros y cafeteros, y que vive... en cualquier parte menos en La Recoleta. Penetro en el patrio recinto. Si entrase con los ojos vendados e ignorante del camino recorrido, diría sin titubear: Consulado Español o Centro Gallego. El olor de pies hidrófobos es inconfundible.

Dos manadas amorfas de hijos de Adán y de hijas de Eva se apelotonan ante los dos empleados que reciben las solicitudes de inscripción. No son los gallegos que acaban de llegar, sino los que vinieron hace años y hoy necesitan algún papel, o los que quieren reclamar a algún pariente para que Franco lo deje escapar antes de que su tuberculosis sea incurable. La sagrada efigie del Sumo Gallego preside el local. Han elegido una de sus “caras” más gentiles: ésa en que todavía no tiene papada abacial ni beatitud de rey, y en la que el gestecillo característico de pequeño sátrapa está reducido a un triste quiero y no puedo por su mirada turbia de furriel de intendencia.

Tras una reverente genuflexión vuelvo las espaldas a Francisco I el Elástico y empiezo a aforar a ojo las dos manadas de españoles para decidir a cuál de ambas me conviene adherirme. Y en ese justo momento surge un funcionario gritando:

—¡O se ponen ustedes de uno en uno o llamo a la policía!

Los dos pelotones ondulan, ramonean, mugen sotto voce, y después de algunas nuevas conminaciones y empujones del funcionario, se alinean en dos filas. Yo me sitúo a la cola de la más corta. El joven diplomático se marcha con aire olímpico, murmurando:

—¡Pues no faltaba más! ¡Hatajo de gañanes...! 

Es castellano, y de importación reciente. De otro modo habría dicho ¡Punta de atorrantes!

Transcurren tres cuartos de hora, también castellanos, pues durante ellos una cola argentina, peruana o guatemalteca habría corrido, lánguidamente, ocho o diez puestos. Esta cola de duros celtíberos, tiesa, rígida, con el temple de acero de la raza (que ni la niebla del Paraná puede reblandecer) no se ha movido.

¡Ah, pueblo bravo de soldados y de apóstoles, yo te reverencio! ¿Qué son para ti tres cuartos de hora en posición de firmes? Un paseo en góndola. Cuando el enérgico funcionario alineó la hueste, una señora de ascético continente entregaba un papel al hombre del mostrador. Diez minutos después el papel le fue devuelto para que lo firmase. Quince minutos más tarde el papel estaba firmado. Luego se desarrolló un diálogo vivo entre ella y el hombre del mostrador. Después otro papel. Como ya estaba firmado consumió menos tiempo: sólo veinte minutos. Y el empleado se concedió un premio. Un premio austero también: ibérico, sin voluptuosidades criollas; nada de fumar o tomar mate; el empleado, simplemente, fue a orinar. Para ganar tiempo, regresó enseguida abrochándose y reanudó su trabajo con ardor de numantino o de ingeniero de caminos, canales y puertos. Otro papel. Otro diálogo. Por la cara de placer del hombre del mostrador deduje que lo más que podía faltarle para despachar a la señora era media horita. ¿Querréis creer que en todo este tiempo no brotó más que una débil queja de la celtíbera fila? Y estoy seguro de que el miserable que la profirió era mestizo. También brotó otra cosa de la celtíbera cola: varias docenas de esputos.

De pronto, el íbero que me precede me dice, bajito, bajito:

—Esa señora que se arrimó ahora al mostrador no estaba en la cola.

Y la mujer celta que me sigue comenta:

—¡Ah, carallo, pues a eso no hay derechu, que estamos aquí dende las diés!

—¡Bah, bah, bah! —tercia un tercer nieto de Túbal—. Eso no es nada. Yo llevo viniendo toda la semana... Siempre se cuela alguien. Antiyer me se pusieron a mí endelante sinco curas, y porque protesté, con buenos modos, por supuesto, me dijo el empleao que yo era un comunista... ¡Tuve de callar, qué diantre! 

Entre tanto un coleóptero que no teme a nada ni a nadie (¡ah, bravos sobrinos del Cid!) ha ido a reclamar los buenos oficios del funcionario enérgico, porque nuestra fila, fascinada por la impunidad de la polizona, amenaza con multiplicar su cabeza y adoptar la anatomía inquietante de la hidra. El empleado riguroso accede a poner un poco de orden, pero se ve que ahora lo hace sin vocación. Algo extraño sucede en el alma de este castellano ejemplar. Para tonificarlo, le hago observar la presencia de la señora intrusa junto al altar de su colega.

—¡Ah, no, no! —dice el castellano con énfasis—. Esa señora está esperando a otro funcionario.

—¡Siendo así...! —suspiran con alivio varias voces, y el severo diplomático retorna a su sitial (“Retirar documentos”). Como allí no hay nadie (por lo visto jamás llega ningún cliente a esta dichosa fase final) el castellano despliega su periódico —”La Prensa”, campeón del antiperonismo— y, escudado tras los grandes pliegos, cambia algunas frases con la señora extracolista.

Poco después, nuestro hombre del mostrador, realizando un esfuerzo sobrehumano, termina con la señora de marras. Un suspiro gigantesco se exhala de cuarenta gargantas. Y a la una y media el íbero que tengo delante me dice con voz que es un susurro:

—¿Vio? Ahora están atendiendo a la que se coló.

En efecto: la señora que esperaba a otro funcionario ocupa tranquilamente el puesto número uno de nuestra fila, y es nuestro hombre del mostrador, y no otro, quien se dispone a servir a España durante otros tres cuartos de hora, en la persona de esta grandísima hija del gran Khan...

Lo que sigue lo podéis imaginar. Avanzo hasta el letrerito de “Retirar documentos”. El hediondo joven que una hora antes amenazaba con llamar a la policía siente un imperioso deseo de estirar las piernas y se aleja rápidamente por el foro. Pero lo espero. Si alguna vez he estado seguro de que no me iban a llamar comunista ha sido al ver regresar al intrépido castellano, doblando y desdoblando su “Prensa” y estudiando un semblante ad hoc para el diálogo que se le avecina.

—Esta señora —le digo procurando dominarme— es la que esperaba a otro funcionario, ¿no es cierto?

—Sí, señor, pero ya estuvo antes, a las diez, y...

—No importa a qué hora estuvo, señor mío. Yo estuve el sábado, antes que ella, y en esa cola hay gentes que llevan aquí una semana. Usted ha justificado la presencia de esa señora aquí, sin guardar cola, afirmando que la atendería otro empleado, y no el que atiende a la fila.

—Sí, señor, pero es que antes, a las diez...

—Es que nada, joven. Es que el tiempo que este señor gasta con ella nos lo están robando ustedes a los que hacemos cola, porque tenemos vergüenza. A los que usted llamó antes hatajo de gañanes. Y sepa usted...

—No se excite, señor...

—¡Me da la gana de excitarme! ¡Mangantes! ¡Títeres!...

No transcribo el resto de mi monólogo (os juro que mi voz, al rojo blanco, se ha quedado más sola que un hongo en medio de la manada estupefacta) porque ni me acuerdo de lo que dije. El badulaque de los “gañanes” estaba como un papel, y cuando le anuncié que contaría al Cónsul sus arbitrariedades, le faltaba poco para llorar. Sus colegas, con la nariz metida entre papeles, fingían no enterarse de nada, y el rebaño, tan atónito como si viera una aurora boreal. Salí dando bufidos e invitando a la gallegada a no aguantar semejante vergüenza; y al Sumo le dije a gritos:

—¡A tu imagen y semejanza, hijo mío! ¡Puedes estar orgulloso!

* * * *

—Vengo sin comer —les he dicho a los compañeros.

—¿Cómo? Pues, ¿qué pasó?

—Nada. Que estuve un ratito en España.


* * * *

El día 13 realicé mi tercera visita al palacete consular de la calle Guido. Tuve esta vez la suerte de encontrar poca clientela, y en breve tiempo hice la solicitud y pagué las cédulas, encargando además el poder. Me ordenaron volver, para firmarlo, el día 27, y salí con la conciencia tranquila, con $25 menos en el bolsillo y con la satisfacción de no haber tenido que chillarle a nadie. El pasado jueves 27 gocé nuevamente el placer de contemplar el retrato de Francisco I (a gran tamaño y a todo color) colgado entre dos pequeños crucifijos, bajo los cuales trabajan los dos pasantes del notario consular. Cito este detalle porque me pareció curiosa esa alteración del tríptico tradicional: en vez de Cristo entre dos ladrones, que es lo clásico, un solo Ladrón entre dos cristos. Renovarse o morir.

Al saber uno de los pasantes que yo pretendía firmar un poder encargado catorce días antes, se extrañó un poco. “¿Tan pronto?”, dijo, y yo repuse: 

—Sí, a mí también me parece algo prematuro. Me doy cuenta de que este trabajo de ustedes es arduo. Hacer poderes no es como hacer croquetas. Sin embargo, ese señor —señalo al otro pasante— me citó para hoy.

—¡Ah, muy bien! En tal caso, es seguro que deben estar haciendo su documento ahí, al lado. ¿Quiere molestarse y preguntar? Es ahí, detrás de la cortina.

Franqueé la cortina esperando encontrar unos hombres febriles que escribiesen a máquina, pero lo que hallé fue una señorita que retocaba su maquillaje ante un espejito de mano, un imbécil que miraba por una ventana mientras su índice derecho exploraba la fosa nasal del mismo lado, y un anciano de gesto avinagrado que daba puñetazos en una mesa porque tenía un grave problema. Se trataba de lo siguiente: Si ponía el ventilador enfilando a la pared, el espantoso calor le impedía trabajar, y si ponía el ventilador enfilando a su cuerpo sudoroso, el viento le hacía volar los papeles y no podía trabajar tampoco. Le aconsejé que clavase los papeles con chinches, o que se desnudara, pero no me hizo caso y continuó ensayando ángulos intermedios para el ventilador y arreando trastazos a la mesa.

—Don Cosme —dijo la señorita—, yo creo que lo mejor es que haga usted lo que dice este señor.

—¿Cuál? ¿Lo de las chinches?

—No, por Dios. Eso es poco práctico...

Entonces el imbécil sacó su dedo de la nariz y me dijo:

—Y usted, ¿qué quiere?

Le expliqué el objeto de mi visita.

—No, señor. No está todavía —gruñó don Cosme, y agregó—: ¿Cómo se llama usted?

Opiné que si su dictamen era fundado, la pregunta resultaba ociosa. El hombre me miró con extrañeza:

—Usted no es español, ¿verdad?

—¡Psché! Nací allá, en España. 

—¡Ah! Pues discurre usted bastante bien. Y ¿cómo dice que se llama?

Satisfice su morbosa curiosidad. Él agarró una gaveta llena de papelotes. Sus dos zarpas rebuscaron largo rato, y por fin:

—Aquí está. No está. Ya le dije que no estaba.

—Y ¿cuándo estará?

—No sé. Es imposible saberlo. Tenemos mucho trabajo. Hay que seguir un turno...

Y volviéndome la espalda, tornó a buscar la posición más conveniente para el ventilador.

—Y ¿cómo es —me atreví a objetar— que ese señor de ahí me dijo que viniese hoy a firmar?

El anciano se volvió como si le pisaran un cuerno.

—¡Ah, sí! Ellos dan fechas al buen tun-tún... Como ellos no lo hacen...

—¡Qué miserables! —suspiré— No sé cómo usted los aguanta. ¡En fin...! Conste que si me he atrevido a molestarle es porque el caballero ese, el de la izquierda, —recalqué con un gesto de repugnancia— me ha dicho que usted estaba ahora mismo haciendo mi poder...

—Bueno. Venga usted el sábado por la mañana.

—¿Me promete usted que estará?

—No, no se lo prometo, porque si se lo prometo, no va a estar.

—¡Bravo, don Cosme! ¡Viva España! Hasta el sábado, pues.

En efecto: el sábado —ayer— el papelucho estaba listo. Me lo dieron. Y lo firmé.

—Pague usted en caja 49 pesos.

—¿Cuándo vuelvo?

—El 25 de febrero. Le daremos una copia para que la mande a España.

—¿Y un poquito antes no puede ser? La cosa urge.

—Sí, me doy cuenta. Pero no podemos ir más aprisa. Por lo pronto, tome.

Y me dieron las cédulas, adornaditas con unos sellos de derechos consulares montando un total de ¡dieciocho pesetas-oro! ¿Qué moneda será esa, Santo Dios?

Hasta primeros de marzo, por lo tanto, no podré enviaros el poder. Ignoro si debéis echarle la culpa al gran número de personas que fallecen en España dejando un sobrino en la República Argentina, o al hecho de que los veinte o treinta millones de pesos que recauda anualmente, por cédulas, nuestro consulado, no alcanzan para pagar a empleados diligentes, sino sólo a ese pobre quelonio de don Cosme...

martes, 23 de noviembre de 2010

La madre y el guitarrista


Salvador Bacarisse - Concertino Op. 72, 2º Mov. (Narciso Yepes, guitarra)

En mis años mozos coincidí más de una Semana Santa con Narciso Yepes,  formando parte ambos del heterogéneo grupo de huéspedes a los que durante esos días daba cobijo y alimento, así material como espiritual, un solitario monasterio de monjas de clausura de un pueblecito abandonado de Guadalajara, en los páramos ásperos y magníficos, poblados de sabinas, del Alto Tajo. (Al contrario de lo que cuentan algunos de mis distinguidos contertulios internéticos, durante mi juventud compaginé la frecuentación de diversos antros con algún período de recoleta vida monástica. Es una mezcla muy recomendable, en mi opinión.) 

 
Yepes era extraordinariamente tímido, y sus actividades piadosas en aquel santo lugar tenían pocos puntos de contacto con las mías, más orientadas a triscar por el monte y llevar a cabo distintas -y no muy eficaces, me temo- tareas de mantenimiento para el Monasterio. No le traté mucho, por tanto (aunque me enorgullece decir que un día, tras ensayar animosamente todo el grupo de huéspedes diversos cánticos litúrgicos a varias voces para alguna de las celebraciones religiosas propias de las fechas, tuvo la amabilidad de declarar públicamente que si no se había perdido por los vericuetos del canto era gracias al firme apoyo que había encontrado en la sólida voz del joven que cantaba detrás de él. Que era yo.)

Aunque con tan poco motivo, consideré que nuestra relación era lo suficientemente íntima como para, al acabar un concierto que el maestro dió en ese mismo Monasterio y al que habíamos asistido  mi madre y yo, ofrecerme a presentárselo. Para mi sorpresa, mi madre se negó en redondo. “No, no. No me presentes a Narciso Yepes. Otro día, si acaso”. Insistí, y como persistía en la negativa, en un tono más bien misterioso, además, quise indagar la causa. Siguió mostrándose sospechosamente reacia a dar explicaciones, pero ante mi curiosidad acabó por confesar.

“Ya me he presentado yo”- me explicó.- “Nos hemos cruzado en la puerta, al salir de la iglesia. No había manera de evitar la conversación y me he puesto nerviosísima. No se me ha ocurrido nada mejor que preguntarle: ¿Es usted el violinista, verdad? Me ha mirado muy serio y me ha contestado: No, señora. Soy el guitarrista. Y entonces me he dado media vuelta y me he marchado. Así que, casi mejor, no me lo presentes, no.”

(Hay que tener en cuenta que no solo mi madre era una melómana que llevaba muchos años sabiendo quién era Narciso Yepes y qué instrumento tocaba, sino que acababa de escuchar íntegras dos horas de concierto de guitarra solista a su cargo…)

domingo, 27 de junio de 2010

El jardín



Los Fronterizos - Serenata del 900 (1)


A Marta, que entiende que me pasen estas cosas.

Cuando se tienen seis años un jardín llega a ser tan grande como el mundo. Sobre todo un jardín de la sierra de Madrid, que en unos pocos cientos de metros cuadrados en cuesta acumula senderos, escaleras, cancelas, terrazas, setos, balaustradas de granito, encinas, acequias, porches y pinos en infinitas posibilidades de recorridos en torno a la casa. Un mundo maravilloso en el que jugar eternamente a policías y ladrones -la eternidad es una tarde de verano de la infancia- leer innumerables tebeos o dejar pasar el tiempo charlando y embriagándote de sol y olor a pino.


No llegué a pasar un día entero en aquel jardín y no sé cuántas de mis tardes, no más de dos o tres, supongo, transcurrirían en él. Visitas de un día a la casa que alquiló mi tío en el lejano verano del 64, excursiones desde Madrid a El Escorial para charlar los padres y jugar los primos al aire libre. Sé que nunca entré en la casa, que para mí se limitó siempre a su exterior, una parte más del jardín, su límite y su núcleo: muros de piedra con contraventanas verdes metálicas siempre cerradas y una puerta abierta a un vestíbulo oscuro y fresco, del que salía mi tía con la merienda. Pero el jardín quedó para siempre en mi memoria como el paradigma de los jardines, como la personificación de la sierra, como la quintaesencia de El Escorial. Y también como uno de mis emblemas privados del verano, las vacaciones, el juego, la aventura. La felicidad.


He estado luego en El Escorial incontables veces, y alguna, pasados los años, traté de localizar la casa y el jardín, pero siempre sin éxito. Nunca más lo encontré después de aquel verano. Sus senderos, sus recovecos, sus plantas, sus escaleras, sus terrazas y sus árboles, o más bien mis recorridos de niño que jugaba en el pequeño universo que todo ello formaba, así hurtados del mundo real, cuajaron entretanto en mi memoria como un escenario privado, casi onírico que, como muchos otros, -no sé si a alguien más le pasa esto que me pasa a mí:  los recuerdos, emociones, sensaciones y estados de ánimo me cristalizan en paisajes mentales, de cuya permanente y discreta presencia en mi cabeza soy apenas consciente- me ha acompañado desde entonces, catalizando calladamente, a modo de inadvertido pero luminoso telón de fondo, buena parte de mis pensamientos, sentimientos y vivencias. Buena parte de mi vida.


No es fácil, por eso, explicar mi impresión cuando hace unos días, tras deambular un rato por el laberinto de caminos flanqueados de jardines que se extiende entre la Herrería y el Horizontal, en la falda sur de Abantos, me encontré de repente frente al murete de granito. No era muy alto y tras él se elevaba, ofreciéndose a mi mirada en exacta materialización de mi impreciso decorado mental, todo el jardín en pendiente. Todo estaba allí, idéntico a mi recuerdo, cada escalera, cada seto, cada sendero, balaustrada y árbol colocándose obedientemente en su sitio a medida que mi vista y mi memoria iban constatando su asombrosa coincidencia en un único lugar real, al cabo de cuarenta y seis años de buscarlo cada una por su cuenta.


La casa parecía cerrada y vacía. Me subí al muro y, ya a punto de poner el pie en aquella mágica materialización de mis recuerdos más remotos, caí en la cuenta de que no es conveniente allanar moradas ajenas, por propias que sean en nuestro ánimo; menos aún con mi hijo mirando escandalizado cómo por una vez era yo el infractor. Me contuve, pues, y me conformé con mirarlo desde fuera. Lo rodée y pasé un largo rato acodado en el muro del otro lado, el que dominaba el jardín desde arriba, sumido en la fascinada contemplación de aquella irrupción del pasado, súbita y arrasadora. (Se me revivió, incluso -y me llevó un tiempo identificarla- una leve sensación de ansiedad que sin duda tenía -pero nunca había vuelto a recordarlo conscientemente- aquel lejano mes de agosto: la inminencia de mi primer curso de colegio, que yo sabía que iba a empezar poco después, a primeros de octubre.)


Es muy raro que se produzcan estos encuentros, tan completamente coincidentes y tan inopinados, entre nuestros recuerdos y la realidad recordada. A mí me ha ocurrido, con esta, en dos ocasiones, y en ambas me ha supuesto una experiencia intensa y algo catártica, una especie de aglutinación  y renovación repentinas de la propia personalidad, que tiende a diluirse y a atenuarse al  irse extendiendo a lo largo del tiempo y de improviso se encuentra reunida consigo misma en un momento concreto y olvidado del pasado. No es posible provocarlos, claro. Deben su potencia, su enorme y reveladora capacidad de trastornarnos, precisamente a que son incontrolables, por completo inesperados y muy poco frecuentes. Revulsivos, enriquecedores y, desde luego muy recomendables, si de algo sirviera recomendarlos.

(Imagino que la célebre magdalena no supuso para Proust una experiencia muy distinta de esta mía.  Pero mientras que el sabor y el tacto de unas pocas migas de bollo en una taza de té bastaron para desencadenar en la cabeza de Marcel su prodigiosa búsqueda del tiempo perdido, en la mía la aparición de todo un jardín no ha alcanzado a provocar -en  lo que a escribir se refiere, quiero decir- más que este modesto post. Es duro ver tan patentemente resumida en esa diferencia la distancia que me separa del genio. Mirémosle, no obstante, el lado bueno: esos siete tomos que nos hemos ahorrado todos.)

 * * * * * 


(1) La música elegida no parece tener gran relación con el texto, pero la tiene, y mucha. Es una canción que aquel verano cantábamos incansablemente mis hermanos y yo, traída a casa por nuestra particular y musical Cigarra, que la había aprendido no sé si en el colegio o con las guías. La cantábamos con otro ritmo y con letra ligeramente distinta, sin la menor idea de que fuera argentina. Muchos años después, recopilando con fervor de coleccionista por tiendas de segunda mano viejos vinilos de zambas, chacareras y vidalas, encontré en uno de ellos esta versión de Los Fronterizos, cuyo título no me dijo nada de entrada pero en la que, al oírla, reconocí con sorpresa la casi olvidada canción de mi infancia. Está aquí doblemente indicada, porque fue también alguno de aquellos veranos de los sesenta cuando entró en casa y en mi vida, de la mano esta vez de mi hermano Ricardo, la pasión que aún me dura por el folclore argentino.

Las fotos las he hecho en una visita posterior, más sosegada y ya no bajo los efectos del primer reencuentro. Tampoco esta vez me resolví a invadir el jardín, y tuve por tanto que hacerlas desde fuera. La fotografía nunca ha sido mi fuerte, y no me han salido muy allá. Pero permiten hacerse una idea.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Los problemas del tío Guillermo

Como ya he contado en algún otro sitio, mi tío Guillermo, único hermano de mi padre, se marchó a la Argentina poco después de la guerra. Vivió allí largos años, vino a España durante un par de años, a mediados de los setenta, para obtener el derecho a su jubilación de funcionario y, conseguido su objetivo, se volvió para allá, donde murió no mucho después. Para mí y mis hermanos había sido siempre un personaje mítico y lejano, y su súbita encarnación en un señor mayor, de barba de chivo, mirada penetrante, saberes enciclopédicos, tronante acento argentino y comentarios regocijantes e iconoclastas no nos defraudó en absoluto, al contrario, a mí al menos –quince años para cumplir dieciseis- me acabó de consolidar su leyenda, construida desde mi infancia a partir de unas pocas noticias deliberadamente ambiguas sobre los motivos de su emigración, las largas cartas de letra minuciosa que de tiempo en tiempo recibía mi padre y de las que solo nos trascendían párrafos escogidos y, sobre todo, los “Problemas del tío Guillermo”, pasatiempos lógicos que se entretenía en componer y que durante un tiempo le publicó no sé qué periódico porteño. Mi hermana tiene los recortes originales, que no sé si mi tío trajo consigo cuando vino a Madrid o enviaba a mi padre. En original o no, lo que es seguro es que nos los mandaba, porque a resolver los “Problemas exactos al margen de las Matemáticas” del tío Guillermo, o más bien a tratar de hacerlo, dediqué más de una tarde de mi infancia y adolescencia. Ya mayor he conseguido resolver alguno de los más sencillos y hasta, sobre uno de ellos, tengo escrito -y publicado en este blog- un relato corto, mi única y modestísima incursión en el terreno de la ficción, cuya lectura recomiendo a quien no la haya hecho, porque me quedó muy bonito. (¿Quién va a decirlo si no lo digo yo?).
Para que se hagan una idea y, de paso, pongan a prueba, si les apetece, su cultura general y su paciencia, les transcribo a continuación uno de los problemas de mi tío, “Diecisiete personajes en busca de autor”:
DIECISIETE PERSONAJES EN BUSCA DE DIRECTOR

No es un drama de Pirandello. Es una pesadilla. El señor Bookman se ha quedado dormido encima de sus queridos libros y sueña...
Sobre la mesa hay 17 obras notables de la literatura universal. De pronto se oye un ruido extraño. Del seno de cada libro brota una figurilla gesticulante. Bookman las reconoce sin dificultad. Son el simpático DAVID COPPERFIELD, la enamorada ANNY CROSS, la veleidosa ANNA ARKADIEVNA KARENINA, el resuelto FELIPE DERBLAY, el mandarín TI- CHIN- FU, el estanciero FEDERICO DE AHUMADA, el hidalgo ciego DON FERNANDO VILLALAZ, la suicida REBECA WEST, la campesina ALDONZA LORENZO, el negro BRUTUS JONES, el pastor ELIAS PORTOLU, el pícaro GUZMÁN DE ALFARACHE, la princesa egipcia NITETIS, el barón GAIGERN, la florista ELISA DOOLITTLE, la niña SVANHILD SIMONSEN, y TEODOSIO DE GOÑI, aspirante al trono de Vasconia.
Todos ellos hablan al mismo tiempo en sus diversos idiomas y Bookman comprende al punto lo que sucede: estos 17 personajes literarios pretenden escaparse de los textos en que viven encerrados y andan discutiendo a cuál de ellos corresponde la jefatura del grupo para que los guíe a todos en su aventura. Cada uno alega sus propios méritos y la disputa va a resultar interminable. Entonces Bookman les dice:
- Yo arreglaré esta cuestión. Que cada uno de ustedes arranque la inicial del apellido de su correspondiente autor y que me la entregue.
Las figurillas obedecen y el bibliómano lanza al aire las 17 letras, que revolotean durante unos segundos mientras Bookman invoca a las Musas. El resultado es sorprendente: las 17 iniciales caen sobre la mesa componiendo el nombre de uno de los personajes, el cual es elegido jefe por aclamación.
¿A cuál de los 17 personajes literarios le ha sido conferido el mando?

martes, 6 de mayo de 2008

Año nuevo en familia


- ¡Una mosca! ¡Una mosca a uno de Enero! ¡Qué barbaridad! -refunfuña Javier surgiendo ceñudo de entre el pan y la mantequi­lla. Evidentemente el suceso confirma de un modo definitivo las negras sospechas que el mundo en general viene suscitándole desde que ha tenido que levantarse de la cama.

- Lo mismo, lo mismo -bosteza Guillermo- no es una mosca, sino el Año Nuevo. ¿Te das cuenta, si esa mosca es el Año Nuevo? -las complejas consecuencias de esta posibilidad, sugiere su voz, aunque no al alcance de todas las comprensiones, no tienen secretos para él.

- ¡Dios mío, es verdad! -exclama Javier, deslumbrado por la hipótesis.- ¡Una mosca, a uno de Enero, no puede ser más que el Año Nuevo! Oye, entonces, si la aplasto, ¡plaf!, ¿te das cuenta?, desaparece todo. Nos aniquilamos. Sobreviene la Nada -y, a juzgar por su tono, no se diría que la perspectiva le desagrade mucho.

- No lo creo -rebate Guillermo; pero se apresura a apoderarse de la mantequilla, por si la súbita desintegración de lo creado, además de mostrarle su error, le deja sin qué untar en la rebanada.- El aplastamiento de la mosca no puede ser instantáneo. A medida que la fueras aplastando vacilaría la existencia de todo, incluida la del instrumento aplastan­te, y con un instrumento cuya existencia vacila no se puede hacer gran cosa en cuestión de aplastar moscas ¿me sigues? En realidad no puedes aplastar a la mosca, porque aplastarla provoca el aniquilamiento del Universo, y su aplastamiento requiere un Universo como escenario y causa inmediata. Es un suceso que se impide a sí mismo, no hay nada que hacer.- Si alguien creyera entender algún desánimo en estas palabras saldría de su error al ver el entusiasmo con que, entretanto, se aplica a la tarea de cubrir de mantequilla su pedazo de pan. Javier le contempla con franco desagrado.

- Venga, dale, -dice, con voz en la que vibran por igual el desprecio y el sarcasmo- sigue intentando disfrazar de metafísica tu asqueroso materialismo. Por más filosofía con que lo adornes, se ve enseguida que tu espíritu enfangado es incapaz de apreciar lo absoluto, intemporal e irreversible que hay en la muerte, y que tus bajos instintos no vacilan en profanar ni lo sagrado de una agonía. ¡Ese eres tú! ¡Complaciéndote como un sádico en espachurrar poquito a poco a la mosca, pobre animal!- Y no se sabe si el suspiro de amargura con que culmina su requisitoria se debe a la cruel conducta de su hermano para con el infeliz insecto -que sigue volando, tan ajeno- o al detalle de que, además, se haya acabado toda la mantequilla.

lunes, 17 de diciembre de 2007

FELIZ NAVIDAD

IMPUDICIA FAMILIAR NAVIDEÑA


Cuatro villancicos - Familia Carrascón, 1972


Me he permitido felicitarles a ustedes la Navidad con un documento histórico. Lo que suena cuando se aprieta el triangulito negro es una grabación doméstica de cuatro villancicos cantados por mi familia, hecha en cassette en la Navidad de 1972. Advertidos quedan, nada más fácil que no apretarlo. Quienes de ustedes tengan, a pesar de esta advertencia, la paciencia de escucharla tendrán que disculpar la pésima calidad del sonido - me refiero a la parte atribuíble al aparato, qué decir de la achacable a los intérpretes - las interrupciones y los abruptos principios y finales. Ni mi familia ni la tecnología a su alcance dábamos más de sí en 1972, y los treinta y cinco años transcurridos desde entonces no han contribuído a mejorar el resultado.

Siguiendo con las excusas, haré constar que la grabación fué del todo improvisada y espontánea, decidida sobre la marcha una mañana de vacaciones en que dió la casualidad de que todos estábamos en casa y no teníamos nada mejor que hacer. Los tres más jóvenes - Josefina, Guillermo y yo - teníamos bastante costumbre de cantar juntos - largas horas de viaje en el 600 - y algún repertorio común. Ricardo siempre ha acompañado a la guitarra todo lo que le echen, pero fué una incorporación ocasional, como las de Luis y mi padre. A este último no creo haberle oído cantar en muchas más ocasiones que esta. Es un milagro que haya quedado grabada.

En el primero de los villancicos, "Les violes grinyolen", se puede apreciar en primer lugar la hermosa voz de contralto de mi hermana Josefina. Hoy sigue empleándola con gran éxito en coros de mucho prestigio. La sigue el bajo, mi hermano Luis, el primogénito y, a continuación, Guillermo, el benjamín. Luego entra mi padre, ligeramente retrasado, aunque enseguida recupera el ritmo; y remata con "la trompeta" quien esto escribe, un servidor de ustedes. Vaya vocecita de crío tenía a mis catorce años. Acompaña a la guitarra el segundo mayor, Ricardo, que siempre fue más dado a los alardes instrumentales que a los vocales. De la algarabía que se produce cuando ya estamos todos cantando al tiempo no les digo nada, escúchenla ustedes mismos, si se atreven. Creo que es a eso a lo que se llama armonía familiar.

El segundo, "Aurtxo polita", nos permite disfrutar de las voces solistas de Josefina y Guillermo cantando en un excelente vascuence. Yo hago un oportuno "Aaaa" un poco más abajo y Luis nos refuerza más abajo todavía con lo que buenamente se le va ocurriendo, que le queda muy bien. Ricardo sigue dándole a la guitarra.

(Habrán notado ustedes, por cierto, nuestra sensibilidad, absolutamente precursora, hacia las distintas lenguas del Estado. Madrileños sí éramos, pero no se nos podía acusar de centralistas; más bien un auténtico rompeolas de las Españas. Por lo menos sonábamos bastante parecido a uno. Con muchas olas).

Sobre el tercero, "Camiñaba a Virxe", bien podríamos correr un piadoso velo, pero a estas alturas del strip tease no nos van a sobrevenir los pudores. Luis, Ricardo y mi padre dejan abandonados a su suerte a los tres hermanos menores, que hacemos lo que podemos. Castellanizamos de mala manera la letra gallega - se nos debió acabar la vena preautonómica - y mantenemos el tipo con más brío que brillo por los complicados caminos de Egipto para Belén. Se aprecia la buena voluntad. (Voz cantante: Guillermo y yo. "Bom bom bom": Josefina).

Y con el cuarto, "Pastorcico non te aduermas" (Anónimo, s. XVI), nos resarcimos un poco los mismos tres. Permítanme señalarles la notable afinación de la voz de soprano - Guillermo, doce añitos - y la meritoria seguridad con que los tres encajamos nada menos que tres voces distintas, cada una con sus entradas, en una hermosa demostración contrapuntística. Que no es porque yo lo diga.

En fin, ya ven ustedes qué cosas guardo por los cajones, y lo que disfruto con ellas. Muchas gracias por acompañarme en esta regresión a mi adolescencia más insortable, y feliz Navidad a todos.

martes, 4 de diciembre de 2007

Memoria histórica


Salvador Bacarisse - Concertino Op. 72 - Allegro - (Guitarra: N. Yepes)

En 1936 mi tío Luis, hermano de mi madre, dos años mayor que ella, tenía 19 años. No militaba en ningún partido, no tenía la menor actividad política, aunque la familia era conocida en el barrio - no eran tampoco un caso raro, en la calle Castelló, de Madrid - por ser de derechas. Sin un duro, pero de derechas, o sea, “gente de orden”, que iba a misa, usaba corbata y sombrero y a la que la recién llegada República asustaba con tanta iglesia quemada y tanta algarada callejera. ( “Yo a los que no entiendo es a estos que no tienen dinero y van a misa” - oyeron que comentaba una vecina a otra, un Domingo, al ver pasar a mi madre y mi abuela con su misal y su velo. “Con esto, con esto es con lo que hay que acabar” - respondió, sesuda, la interlocutora.) No sé en que fecha, poco después del 18 de Julio, dos milicianos fueron a buscar a mi tío a casa. Meses antes, en una huelga de tranviarios, se había apuntado como voluntario para conducir un tranvía, que le hacía mucha ilusión. Nunca le llamaron y no llegó a conducirlo, pero su nombre quedó en alguna lista y no hizo falta más para que se lo llevaran. No volvieron nunca a saber de él, oficialmente. Extraoficialmente algún alma caritativa les hizo saber, meses después, que había visto su nombre en una relación de “paseados”. Nadie sabe en la familia dónde está enterrado, si lo está. A su hermana pequeña, que lo adoraba, se le retiró la regla ese mismo día. Durante tres años. Le volvió el mismo día en que las tropas de Franco entraron en Madrid. Durante años y años, hasta ser yo lo bastante mayor como para que pudiera hablarme de ello, soñó periódicamente que su hermano Luis entraba por las puertas de casa gritando alegremente: “¡Soy yo! ¡No me han matado!”. Cuarenta años después aún se le quebraba la voz y se le humedecían los ojos al hablar de ello, las raras veces en que consentía en hacerlo para, rápidamente, cambiar de tema y volver a enfrentar la vida con la alegría, la energía y la generosidad con que lo hizo hasta su muerte.

En 1936 mi abuelo Francisco Carrascón, padre de mi padre, cuyo nombre llevo, era un viudo de sesenta años. Muy beato - seminarista rebotado, organista de tres iglesias madrileñas y compositor de música sacra - y, me imagino, bastante monárquico por la cuenta que le tenía - era profesor de música de los hijos de una Infanta - no sé de él que tuviera otras ideas políticas, cuestión en la que jamás entró ni para bueno ni para malo. Pero alguna amenaza para la República debía representar el buen señor, porque tras el golpe de Julio fue detenido y encarcelado, creo que en la Modelo de Madrid. No sé qué tal soportaría el encierro, pero no lo soportó por mucho tiempo. En una de las “sacas” de presos con que, justicieramente, respondían algunos milicianos a los bombardeos franquistas, se lo llevaron y lo fusilaron. Nunca hemos sabido dónde fue enterrado. Sus dos hijos, funcionarios recién ingresados ambos, también sin militancia ni actividad política conocida, tuvieron el tiempo justo tras la detención de su padre para refugiarse en la Embajada de Chile, donde se pasaron los tres años de guerra jugando al mah jong y tallando piezas de ajedrez, actividades no muy apasionantes pero siempre preferibles a seguir la suerte de su padre.

Estas historias las he sabido ya muy mayor, sin apenas detalle, contadas a regañadientes por mis padres. Jamás nos hablaron de la muerte de mi tío ni de mi abuelo, ninguno de los dos, las poquísimas veces que lo hicieron, más que como de un dato remoto y lamentable de un mundo felizmente desaparecido, al que más valía no volver ni con el pensamiento. Los dos, cada uno por su lado - se conocieron tras la guerra - habían renunciado en su momento a averiguar la menor circunstancia de las que rodearon la muerte de sus familiares. Nunca nos dijeron a ninguno de sus hijos, ni creo que lo supieran, ni siquiera la agrupación política a que pertenecían los milicianos de ninguno de los dos casos. A mi abuela materna, tras la guerra, un sobrino policía vino a ofrecerle investigar quiénes habían sido los directos responsables de la muerte de su hijo. Ella se negó en redondo a que lo hicieran diciendo que lo único que deseaba era que Dios los perdonara como lo hacía ella, fueran quienes fueran. Y ahí quedó todo.

Mi madre conservó toda la vida un fervor incondicional por Franco, perfectamente compatible - era una paradójica de mi cuerda, como les contaba hace días - con su antimilitarismo visceral, y con su tácita admisión, solo confesada bajo intensa presión, de que se trataba de un generalote cazurro y sanguinario. Mi padre, más frío y más intelectual, evolucionó antes que ella hacia posiciones teóricas moderadamente democráticas y moderadamente antifranquistas. Recuerdo oirle comentar socarronamente, mientras contemplaba los floridos parterres de El Pardo, lo sorprendente de que Franco permitiera que crecieran pensamientos junto a las mismas tapias de su palacio, agudeza que mi madre escuchaba con cierta reprobación y mi hermano pequeño y yo, que ya empezábamos a tener edad para apreciar las alusiones políticas, con sorprendido regocijo.

Mis hermanos y yo crecimos, comenzamos a tener una mirada propia sobre el mundo en general y sobre España en particular, comenzamos a pensar por nuestra cuenta. Unos antes y otros después, unos más y otros menos, todos fuimos haciéndonos naturalmente antifranquistas y naturalmente izquierdosos. En casa se hablaba y se discutía sobre todos los temas, con rigor intelectual, con libertad y con acaloramiento; naturalmente, también sobre política. Nuestros padres, particularmente mi madre, que era la más vehemente y extrovertida, contestaban nuestros argumentos con sus argumentos, nuestras razones con las suyas. Jamás se puso en duda nuestro derecho a tener opiniones, jamás se zanjó una discusión apelando a la autoridad o a la disciplina. Jamás se perdió el respeto al contrario, ni el cariño y el mutuo aprecio dejaron de presidir ni el más apasionado de los enfrentamientos. Y nunca, ni una sola vez, asomaron los muertos a la disputa. Por enconada que fuera la discusión, a ninguno de nuestros padres - ni a nosotros; es ahora cuando me doy cuenta de ello por primera vez - se les ocurrió jamás que el recuerdo de los asesinados, ni el dolor por su muerte, tuviera nada que ver con lo que se estaba debatiendo, ni fuera un argumento ni una referencia esgrimible cuando de lo que se hablaba era de ideas.

Ambos aceptaron la transición a la democracia con naturalidad. De mi madre me consta, de mi padre, a quien dejé de ver por entonces por motivos que no hacen al caso, lo sé por referencias. Mi madre, de derechas de toda la vida y franquista por adhesión personal inquebrantable, votó a quien le pareciera y convivió alegremente con sus hijos, votantes del PSOE y de cosas aún peores a sus ojos. Jamás perdió el respeto por nuestra independencia personal, ni dejó de celebrar y fomentar que pensáramos por nuestra cuenta, ni perdió el cariño ni la paciencia frente a nuestras impertinencias de adolescentes idealistas. La recuerdo la noche del 28 de Octubre de 1982, despidiéndonos alegremente cuando nos íbamos a la calle, a celebrar la victoria del PSOE, por evitar la cual probablemente llevaba rezando las últimas semanas.

Me viene a la cabeza todo esto, inevitablemente, cuando oigo hablar de la recuperación de la memoria histórica. Y es un motivo más para agradecer y añorar a mis padres que, como tantos españoles de su generación, sobrevivivieron a cuarenta años de dictadura franquista, tras haber sobrellevado otros cinco de república para ellos no menos agresiva, hostil y totalitaria, conservando y transmitiéndonos, a pesar de todos sus pesares, la decencia elemental, el respeto a sí mismos y al prójimo, el amor a la verdad, la tolerancia y la alegría de vivir. No deseo a nadie mejor memoria histórica que esa.