domingo, 15 de junio de 2008

Donde no hay publicidad


Conduzco el largo camino desde casa al trabajo. Son las siete de la mañana y pongo la radio para enterarme de las noticias. Cuando llevo apenas cinco minutos escuchándolas, se interrumpen y una voz estúpida pregunta en tono declamatorio cuándo se encendió por última vez no sé qué indeseable aparato de aire acondicionado. Es un anuncio, claro, un anuncio necio, valga la redundancia, que he oído más veces de las que quisiera y que ha conseguido que la sola mención de la marca Daikin me produzca el deseo inmediato de estrellar objetos frágiles contra el suelo.

Pulso el mando para saltar a la siguiente emisora presintonizada. En esta aguanto casi tres minutos, justo hasta que comienza el anuncio en el que Iberdrola trarta de convencerme de que es una ONG dedicada especial y desinteresadamente a la conservación del planeta. Salto de nuevo, diciendo de Iberdrola cosas irreproducibles, y caigo en pleno chascarrillo destinado a ilustrarme sobre los impulsos altruistas que mueven las desinteresadas actividades bancarias del BBVA

Renuncio a oir noticia alguna, me refugio en Radio Clásica y escuchando madrigales renacentistas voy recuperando poco a poco la calma, mientras me pregunto, sin encontrar respuesta, por qué Daikin, Iberdrola, BBVA y el resto de anunciantes creen que impedirme oir las noticias es un buen sistema para caerme simpáticos y hacer que yo compre sus aires, sus electricidades o sus hipotecas. Se equivocan, claro está. Lo que he contado sucede mañana tras mañana y ha desarrollado en mí verdadera aversión hacia estas marcas. Jamás, si puedo evitarlo, daré un solo céntimo a gente que ha pagado dinero para impedir que yo pueda oir cinco minutos seguidos los programas que quiero oir.


Busco en Internet una ley que necesito consultar. La encuentro en una base de datos legal excelente, encabezada por un índice en el que basta pinchar el artículo buscado para que se abra el texto correspondiente. Una maravilla. Justo lo que buscaba.

Pero una franja vertical de la pantalla está ocupada por la publicidad de la Guía Campsa. Me tapa el texto, me impide leerlo ni hacer con él nada útil y no hay modo alguno de cerrarla. Me vuelvo loco tratando de evitarla para poderme dedicar a mi tarea urgentísima, pero en vano. Por algún motivo que ella conocerá mejor Campsa ha comprado a la base de datos para asegurarse mi odio feroz por el eficaz sistema de impedirme usarla. Supongo que quien ha ideado este inteligente mecanismo cree que con él me va a persuadir de comprar la Guía pero, naturalmente, tras cinco minutos de bregar inútilmente con su incordiante banderolita sin lograr que deje de estorbarme, comprar la Guía Campsa es lo último que haría en mi vida. Estoy tentado incluso de bajar al coche y quemar, para desahogarme, el ejemplar que llevo en la guantera desde hace cinco años, cuando la compré porque ningún anuncio suyo se había entrometido aún en mi vida.


Mi mujer, mi hijo y yo vemos tan contentos "Los Simpson", serie que sigue haciéndonos muy felices a los tres, aunque ya nos sepamos casi todos los episodios. En lo mejor de la historia, se interrumpe: la publicidad. Es el momento de ir al baño, a la cocina o al ordenador, o de abrir el libro que habíamos dejado a medias, porque los siguientes diez o quince minutos serán una sucesión insoportable de anuncios a cuál más sonrojante frente a los que la única defensa es la ignorancia firme y deliberada. Treinta o cuarenta historietas lamentables se suceden en la pantalla pretendiendo convencernos de que compremos otros tantos productos la mayoría de cuyos nombres no llegamos siquiera a conocer. Al final, cuando empezamos a prestar atención de nuevo barruntando que la serie esta a punto de empezar, no tenemos más remedio que enterarnos de algunos, lo que sirve para que podamos identificar a los culpables de que el comienzo de lo que realmente queremos ver se vaya a demorar aún otro poco.


Todo esto se resume en que los empresarios gastan sumas enormes para conseguir que yo, o bien no me entere de que existe su producto, o bien lo aborrezca. La publicidad es un negocio, lo sé, que mueve ingentes cantidades de dinero y gracias al cual oigo la radio, veo la televisión, uso buscadores de Internet y posteo en este blog sin pagar un duro. Pero me confieso absolutamente incapaz de entender por qué. En mí, y en todas las personas inteligentes que conozco, no produce más que irritación, rechazo o, en el mejor de los casos, perfecta indiferencia hacia lo publicitado. Aún así, al parecer, el mundo entero está convencido de que es inútil sacar un producto al mercado sin antes haberlo encarecido significativamente empleando altos porcentajes de los costes de producción en asegurarse de que yo y la gente como yo lo detestemos incluso antes de llegar a probarlo.

Solo se me ocurre en la Historia otro caso de una creencia igualmente supersticiosa e infundada que haya movido tanto dinero, y es el tráfico de reliquias supuestamente milagrosas durante la Edad Media. Me pregunto si algún historiador o algún sociólogo han estudiado este sorprendente paralelismo.

miércoles, 4 de junio de 2008

Tango



Carlos Gardel - Tomo y obligo

Me he criado oyendo cantar tangos. A mi madre, concretamente, que cantaba casi constantemente, prácticamente siempre que estaba sola y no haciendo algo, como leer u oir música, que se lo impidiera. (De algún sitio tenía yo que haber sacado mi manía de silbar todo el rato y la universalidad de mis gustos musicales.) Mi madre cantaba de todo, pero principalmente tangos, aprendidos por alguna ósmosis misteriosa -¿había radio en las casas españolas de los años veinte y treinta?- además de copla española -esta sí sé que aprendida directamente de una "muchacha" de su casa de pequeña; Concha Piquer me ha llegado por rigurosa tradición oral- zarzuela y versiones vocales, arregladas sobre la marcha por ella misma, del principal repertorio clásico para piano, aprendido este de mi abuela, su madre, que era una excelente pianista. Y cantaba tangos de Gardel, cuya fulgurante carrera coincidió con su infancia y juventud. Cuando mi madre murió, hace catorce años, tenía más de cien letras de tangos de Gardel, tomadas al oído, manuscritas en dos o tres cuadernos. Mi hermana, que es la bibliotecaria de la familia, los tendrá guardados por algún sitio.

El tango, por tanto, forma parte del paisaje de mi infancia como las piezas del exin bloc, los soldaditos de plástico o las novelas de Guillermo Brown, JulioVerne, Louise M. Alcott, P.C. Wren y Enid Blyton. Aquel mundo de música desgarrada e historias sombrías - sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando; eche, amigo, no más, échele y llene hasta el borde la copa de champán; barrio plateado por la luna, rumores de milonga, es toda mi fortuna; cieguita, dije yo con gran dolor; sentir que es un soplo la vida; arrésteme, sargento, y póngame cadenas; te quise tanto que al rodar, para salvarte sólo supe hacerme odiar; decí, por Dios, qué me has dao... - forma un temprano sedimento de mi vida que probablemente es uno de los motivos de mi arrebatada simpatía por todo lo argentino. Ya mayorcito, trece o catorce años, escuché por primera vez una grabación de Gardel y descubrí dos cosas: que era un cantante excepcional, con un manejo de la voz como personalmente no creo haber oído otro semejante, y que mi madre tenía un oído excelente, porque las versiones que yo había aprendido de ella no diferían ni en una nota de las del maestro. Las letras, en cambio, si habían sufrido alguna transformación, los giros porteños más indescifrables sustituidos por equivalentes fonéticos más inteligibles para un oído madrileño.

De manera que para mí el tango ha sido Gardel, y pare usted de contar. He ignorado, más o menos culpablemente, cualquier manifestación tanguera posterior a 1935, pero a cambio tengo la obra completa de Carlitos metida en mi ordenador, y gran parte de ella también en mi cabeza. Si el ambiente es el apropiado y la cantidad de alcohol en sangre la suficiente, llego incluso a cantarla con buena voz, excelente entonación y mucho sentimiento. Por parte del intérprete y también, aunque de otra naturaleza, por parte de los oyentes. Tranquilícense ustedes, sucede rara vez.

A cuento de qué toda esta intempestiva autobiografía, se preguntarán ustedes. Pues de nada . O sí, en realidad: de contarles que hace cosa de un mes renové por fin mi anticuada visión del tango escuchando las espléndidas versiones que de un buen número de tangos de los años cuarenta y cincuenta -que supe entonces que son la Edad de Oro del tango; por lo que mi adorado Gardel debe de ser más o menos la Prehistoria- toca un grupo de cuatro violoncellos, o chelos, como al parecer lo llaman los profesionales: el cuarteto Quattricelli. Hacía mucho tiempo que no me lo pasaba tan bien con una música escuchada en directo. Los arreglos para una formación instrumental tan poco frecuente son magníficos, compuestos por uno de sus miembros. Y la interpretación es insuperable, un disfrute ininterrumpido. De lo más recomendable que he escuchado en mucho tiempo. Si pueden, no se lo pierdan. Yo no dejaré de avisarles en cuanto sepa de una nueva actuación.
Actualización: Creo que mi comentarista anónimo se ha ganado una ilustración musical. El tango con que me obsequia, "Enfundá la mandolina", es una obra maestra -empezando por el título, sutilmente alusivo- que merece ser conocida de todos ustedes. También "Garufa", con el que yo le contesto, hubiera quedado muy bien colgado aquí, pero no lo tengo. Debe de ser que, contra lo que yo creía, ese no lo grabó Gardel, porque creo tener su obra completa.


Carlos Gardel - Enfundá la mandolina

martes, 6 de mayo de 2008

Año nuevo en familia


- ¡Una mosca! ¡Una mosca a uno de Enero! ¡Qué barbaridad! -refunfuña Javier surgiendo ceñudo de entre el pan y la mantequi­lla. Evidentemente el suceso confirma de un modo definitivo las negras sospechas que el mundo en general viene suscitándole desde que ha tenido que levantarse de la cama.

- Lo mismo, lo mismo -bosteza Guillermo- no es una mosca, sino el Año Nuevo. ¿Te das cuenta, si esa mosca es el Año Nuevo? -las complejas consecuencias de esta posibilidad, sugiere su voz, aunque no al alcance de todas las comprensiones, no tienen secretos para él.

- ¡Dios mío, es verdad! -exclama Javier, deslumbrado por la hipótesis.- ¡Una mosca, a uno de Enero, no puede ser más que el Año Nuevo! Oye, entonces, si la aplasto, ¡plaf!, ¿te das cuenta?, desaparece todo. Nos aniquilamos. Sobreviene la Nada -y, a juzgar por su tono, no se diría que la perspectiva le desagrade mucho.

- No lo creo -rebate Guillermo; pero se apresura a apoderarse de la mantequilla, por si la súbita desintegración de lo creado, además de mostrarle su error, le deja sin qué untar en la rebanada.- El aplastamiento de la mosca no puede ser instantáneo. A medida que la fueras aplastando vacilaría la existencia de todo, incluida la del instrumento aplastan­te, y con un instrumento cuya existencia vacila no se puede hacer gran cosa en cuestión de aplastar moscas ¿me sigues? En realidad no puedes aplastar a la mosca, porque aplastarla provoca el aniquilamiento del Universo, y su aplastamiento requiere un Universo como escenario y causa inmediata. Es un suceso que se impide a sí mismo, no hay nada que hacer.- Si alguien creyera entender algún desánimo en estas palabras saldría de su error al ver el entusiasmo con que, entretanto, se aplica a la tarea de cubrir de mantequilla su pedazo de pan. Javier le contempla con franco desagrado.

- Venga, dale, -dice, con voz en la que vibran por igual el desprecio y el sarcasmo- sigue intentando disfrazar de metafísica tu asqueroso materialismo. Por más filosofía con que lo adornes, se ve enseguida que tu espíritu enfangado es incapaz de apreciar lo absoluto, intemporal e irreversible que hay en la muerte, y que tus bajos instintos no vacilan en profanar ni lo sagrado de una agonía. ¡Ese eres tú! ¡Complaciéndote como un sádico en espachurrar poquito a poco a la mosca, pobre animal!- Y no se sabe si el suspiro de amargura con que culmina su requisitoria se debe a la cruel conducta de su hermano para con el infeliz insecto -que sigue volando, tan ajeno- o al detalle de que, además, se haya acabado toda la mantequilla.

viernes, 11 de abril de 2008

Morir por una idea


Georges Brassens - Mourir pour des idées

Iba tocando ya Brassens, no digan que no se lo imaginaban. Hoy traigo una un poco más seria, "Mourir pour des idées". En 1964 Brassens compuso "Les deux oncles", "Los dos tíos", en la que se dirigía a dos supuestos tíos suyos ya muertos, uno colaboracionista y partidario de Vichy y el otro combatiente antinazi ("uno amigo de los Teutones, otro amigo de los Tommis") y les hacía notar cómo, veinte años después de la guerra, todo el mundo pasaba ("tout le monde s'en fiche à l'unanimité") de las ideas que ambos habían defendido hasta la muerte, y pensaba, más o menos, que ni uno ni otro tenían razón, ni mucho menos razones para montar la que habían montado. "No hay idea en el mundo que merezca una muerte, dejemos ese papel para los que no tienen ninguna" (idea).

El bueno de Georges, con sus canciones llenas de palabrotas ("Je suis le pornographe du fonographe") en las que se burlaba de todo lo respetable, cantaba el amor de las putas y hacía que los gorilas sodomizasen a los jueces, solía despertar las iras de los burgueses bienpensantes, pero esta vez se las arregló para tocarle también las narices a la izquierda más ortodoxa, que habitualmente le defendía. Poner en duda la maldad absoluta del colaboracionismo y equipararlo con la heroica Resistencia en una común estupidez inútil era prácticamente una blasfemia, y no precisamente de las que hacen rabiar a los curas, pero reir al resto. De modo que las reacciones airadas le llovieron de todos los lados a la vez. Posiblemente no sin motivo, porque realmente la de que que a fin de cuentas lo mismo da colaborar con el nazi invasor que combatirlo no es una afirmación muy defendible, y en la Francia de posguerra menos aún. Pero Brassens era así, se le tomaba o se le dejaba pero no era fácil de manipular. (Cosa que no deberían haber olvidado algunos de sus traductores españoles, que trataron de convertirlo poco menos que en una bandera antifranquista y fueron en cambio incapaces de traducir su inimitable poesía, su ternura y su humor. Paco Ibáñez me perdone.)

Su respuesta al clamor general fué esta canción, en la que confiesa haberse rendido a la opinión de la "multitude accablante" que se le echó encima "aullándole a la muerte", con solo una pequeña reserva: "Muramos por las ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta."

La letra en francés no tiene desperdicio. Mi humilde traducción ha intentado conservar alguno de los mejores giros, o de sustituirlos por lo más equivalente de que he sido capaz, pero sin mucho éxito. No obstante lo cual me lo paso tan bien montando trabajosamente estas importaciones del magnífico francés de G.B. que luego no puedo resistir la tentación de colgarlas aquí, como los niños cuando acaban el dibujo y se lo van enseñando a todo el mundo.


MORIR POR UNA IDEA

¡Morir por una idea! La idea es excelente.
Yo, por no profesarla, casi me morí,
pues toda la ralea de sus fieles creyentes
proclamando su fe se arrojó sobre mí.
No pude mantener mi actitud insumisa:
abjuré de mi error, agaché la cerviz
y acaté su opinión, pero con un matiz:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.


Pienso yo que no hay que morirse enseguida,
sino pensarlo bien, con calma, sin estrés.
Porque si no, ¡caray!, igual damos la vida
por una idea que no dura ni un mal mes.
Y es muy desagradable, no es asunto de risa
rendir el alma a Dios y, entonces, comprobar
que la idea elegida no era de fiar.
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.


Los que con más pasión llaman al sacrificio
a la hora de cumplir se suelen demorar.
La muerte es su pregón, reclamarla es su oficio,
si ellos murieran ¿quién nos la iba a predicar?.
Así que, con frecuencia, esta gente le pisa
al buen Matusalén el récord de la edad.
Probablemente opinan, en la intimidad:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.


Habiendo tanta idea que reclama su cuota
y exigiendo el martirio todas por igual,
muy pronto se plantea la cuestión para nota:
Morir por una idea, bien, pero ¿por cuál?
Y como, más o menos, son todas de igual guisa,
el sabio, al contemplar su feroz multitud,
concluye, mientras guarda de nuevo el ataúd:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.


Y aún si bastara con unas pocas matanzas
para dejar, por fin, todas las cosas bien...
Si como colofón de la macabra danza,
viniera de una vez por todas el Edén...
Pero la Edad de Oro está en llegar remisa,
el cupo no se llega nunca a completar
y la Muerte es el cuento de nunca acabar.
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.

Tú, el apóstol que vas de novio de la muerte:
tu ejemplo nos dará el sermón más eficaz.
Si tan seguro estás, muérete, y ¡buena suerte!;
pero deja vivir a los demás en paz.
Por desgracia, la Parca es sabia, y no precisa
de colaboración en su triste labor.
Se arregla muy bien sola, así que, por favor:
Morir por una idea, bien, pero sin prisa,
muy bien, pero sin prisa.
MOURIR POUR DES IDÉES

Mourir pour des idées, l'idée est excellente
Moi j'ai failli mourir de ne l'avoir pas eu
Car tous ceux qui l'avaient, multitude accablante
En hurlant à la mort me sont tombés dessus
Ils ont su me convaincre et ma muse insolente
Abjurant ses erreurs, se rallie à leur foi
Avec un soupçon de réserve toutefois
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente,
D'accord, mais de mort lente


Jugeant qu'il n'y a pas péril en la demeure
Allons vers l'autre monde en flânant en chemin
Car, à forcer l'allure, il arrive qu'on meure
Pour des idées n'ayant plus cours le lendemain
Or, s'il est une chose amère, désolante
En rendant l'âme à Dieu c'est bien de constater
Qu'on a fait fausse route, qu'on s'est trompé d'idée
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente


Les saint jean bouche d'or qui prêchent le martyre
Le plus souvent, d'ailleurs, s'attardent ici-bas
Mourir pour des idées, c'est le cas de le dire
C'est leur raison de vivre, ils ne s'en privent pas
Dans presque tous les camps on en voit qui supplantent
Bientôt Mathusalem dans la longévité
J'en conclus qu'ils doivent se dire, en aparté
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente"


Des idées réclamant le fameux sacrifice
Les sectes de tout poil en offrent des séquelles
Et la question se pose aux victimes novices
Mourir pour des idées, c'est bien beau, mais lesquelles ?
Et comme toutes sont entre elles ressemblantes
Quand il les voit venir, avec leur gros drapeau
Le sage, en hésitant, tourne autour du tombeau
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente


Encor s'il suffisait de quelques hécatombes
Pour qu'enfin tout changeât, qu'enfin tout s'arrangeât
Depuis tant de "grands soirs" que tant de têtes tombent
Au paradis sur terre on y serait déjà
Mais l'âge d'or sans cesse est remis aux calendes
Les dieux ont toujours soif, n'en ont jamais assez
Et c'est la mort, la mort toujours recommencée
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente

O vous, les boutefeux, ô vous les bons apôtres
Mourez donc les premiers, nous vous cédons le pas
Mais de grâce, morbleu! laissez vivre les autres!
La vie est à peu près leur seul luxe ici bas
Car, enfin, la Camarde est assez vigilante
Elle n'a pas besoin qu'on lui tienne la faux
Plus de danse macabre autour des échafauds!
Mourrons pour des idées, d'accord, mais de mort lente
D'accord, mais de mort lente

jueves, 3 de abril de 2008

Juro decir toda la verdad




Chicho Sánchez Ferlosio - Hoy no me levanto yo

Mal día hoy para ir a los tribunales. Un vistazo al periódico de esta mañana me hace saber que sigue la huelga de funcionarios de Justicia, desde hace dos meses; que el Tribunal Supremo ha tenido que absolver a un asesino porque la Audiencia Nacional decidió que bien podía condenarlo sin escuchar a la principal testigo, que esa mañana no estaba fácil de localizar; que hay una juez que está siendo juzgada por haber dejado más de un año en la cárcel a un inocente, se le pasó a la mujer tramitar debidamente la absolución, qué quiere usted, no se puede estar en todo; y todo eso mientras estamos tratando aún de asimilar la noticia de que, si el Juzgado se hubiera ocupado con mediana eficacia de hacer cumplir la condena que le había impuesto, el asesino de Mari Luz habría estado en la cárcel y no matando niños por ahí. Mal día, digo, para ir a los tribunales, si es que hay alguno que no lo sea. Pero estoy citado a las doce, y allá voy, con mi mejor disposición cívica. Si el Juez me mira feo, me propongo, pondré cara de no haber leído un periódico en mi vida.
La última vez que estuve en los Juzgados de Pueblo Gordo, hace algo más de dos años, estaban en los bajos de un bloque de pisos baratos, un local sórdido, desangelado e incómodo. Testigos, abogados, imputados y litigantes soportaban, de pie y cambiando observaciones anodinas, o rumiando en silencio pensamientos ominosos, la espera interminable, inexplicable e inexplicada, en una sala angosta de paredes desconchadas, cubiertas de edictos, avisos sindicales y anuncios de remotas campañas institucionales, mientras un par de guardias de seguridad los observaban con recelo distante. Muy de vez en cuando un funcionario hosco y apresurado asomaba por la misteriosa puerta del fondo y voceaba el nombre de la siguiente víctima. Bastaba pasar allí diez minutos para sentirse vagamente culpable, contagiado del clima general de irremediable desaliento. Pero los han trasladado a un edificio nuevo en las afueras y han mejorado notablemente.
Hoy no hay prácticamente nadie en el pasillo soleado de grandes ventanales que hace de sala de espera y al que se abren, en largos mostradores, las oficinas de los tres juzgados. Todo está limpio, nuevo y forrado de madera clara, y una funcionaria amable –que quizás sea la misma sicaria feroz con la que forcejeé telefónicamente hace un par de meses, pero hoy en uno de sus días buenos– nos atiende con gran eficacia y nos asegura que enseguida nos tomará la Jueza declaración. (Me sigue sobresaltando ese femenino forzado, esa A adosada con brutales paletadas de cemento sobre la pulcra fachada de la Z, y lo que más me atribula es comprender que acabaré por acostumbrarme y por usarlo yo también, porque el espantoso invento no parece tener marcha atrás.) Y, efectivamente, a los cinco minutos de nuestra llegada invitan amablemente a mi jefa a que pase a uno de los despachos que hay entre mostrador y mostrador.
Paseo de un extremo a otro el largo pasillo, y voy escuchando en cada sala la charla de los funcionarios, o más bien de las funcionarias: prácticamente todas son mujeres. Teclean en sus ordenadores mientras se cuentan animadamente de mesa a mesa sus dietas de adelgazamiento y sus planes de fin de semana. Una chica joven se acerca al mostrador. Quiere saber qué ha pasado con una denuncia que puso en Julio. “Llevo ya no sé cuantas puestas y es como si no pusiera nada...” –dice, entre agresiva y suplicante. La funcionaria le pide fechas y números de expediente en el inconfundible tono del que espera poder contestar: “Es que si usted no me da más datos yo no le puedo decir...”, pero la chica ha venido bien pertrechada y empieza a sacar papeles. “Pues no sé, se estará tramitando. Espere usted, voy a ver...” Vuelve a su mesa la funcionaria y remueve carpetas un largo rato, mientras en el mostrador la chica desgrana una letanía que ni ella misma debe saber bien a quién dirige: “Otra vez, por lo de siempre, impago de la pensión por alimentos... Nunca la paga y no le pasa nada, nadie hace nada... Un desgraciado, un maleante, que me ha hecho de todo y ahí anda, en la calle, y encima me amenaza... pero el hijo es tan suyo como mío y tiene que comer...” Me da vergüenza de repente estar escuchando intimidades y me alejo pasillo adelante, pero no puedo dejar de oir. Otra funcionaria ha intervenido desde su mesa, alzando la voz como quien da la cuestión por concluida: “Señora, es que si está en la calle, como usted dice, ya me dirá cómo va a pagarle a usted nada...” La chica intenta explicar que no es que esté en la calle de estar en la calle, que lo que ella quiere decir... pero la interrumpe la primera funcionaria, que viene con una carpeta: “Mire, sí, lo que yo le decía, se está tramitando. Pero es que por lo penal no va usted a conseguir nada. Pida usted un abogado, porque lo que tiene que hacer...” “Si no me lo dan –dice la chica, con un cabreo sordo, universal y crónico que se ve que trata de controlar para no dirigirlo contra nadie en concreto– un abogado no me lo dan porque se supone que tengo medios... para meterme en abogados estoy yo, yo lo que tengo es un niño de doce años que tiene que comer...” pero se cansa a la mitad y escucha las largas explicaciones de la funcionaria, que le habla de abogados y del procedimiento civil. “¿Y cuándo puedo hablar con la Jueza o con la Secretaria?” Hoy no puede ser, tienen declaraciones. Mañana a primera hora, a las nueve o las diez... Se acaba despidiendo y se va dando las gracias, como si quisiera hacerse perdonar el tono reivindicativo con que entró. Las funcionarias comentan animadamente el caso. “Cuando se pase el síndrome de Mari Luz...” oigo que dice la lista, la concluyente que más grita. Deseo que fuera ella mi contrincante del teléfono.
Mi jefa lleva casi una hora declarando. Sale por fin y me guiña un ojo mientras me invitan a pasar a mí. Es una sala grande, tan pulcra y luminosa como todo en este edificio, con una gran mesa ovalada en el centro. En un extremo de la mesa está sentada la que supongo la Juez, una chica joven, de cara tensa y concienzuda, que me invita amablemente a sentarme yo también. Tras ella, en una mesita auxiliar con un ordenador, hay otra mujer, ¿secretaria? ¿administrativa? Así sentados los dos alrededor de la gran mesa parecemos una visita de poca confianza o una reunión de trabajo, más que un juzgado. La Juez me parece algo ansiosa al preguntarme si juro o prometo decir la verdad. Juro decir toda la verdad. Me dice que el falso testimonio, o quizá el perjurio, no recuerdo, es un delito penado con no sé cuántos años de cárcel, y a mí me suena como un comentario casual con el que tratara de romper el hielo y de dar con un buen tema de conversación. Asiento amistosamente. Me gustaría mucho que esta chica, que parece buena gente, se relajara un poco.
–¿Sabe usted de qué se trata? –me pregunta. Hombre, precisamente de eso quería yo hablar.
–Pues mire, no debería saberlo. La citación no decía nada, y cuando llamé a este Juzgado para que me informaran tampoco quisieron hacerlo. De modo que no volví a pensar en ello hasta hace unos días, cuando le dije a mi jefa que hoy tenía que venir aquí. Fue ella la que me explicó que debía de ser por el asunto de aquel ordenador de la Subdirectora que apareció forzado y con el disco duro roto, y que también ella estaba citada. De modo que sí, más o menos sé de qué se trata.
–“Su jefa” ¿es la señora Directora que acaba de salir? –Asiento y me mira con severidad: –Espero que eso no le impida decir la verdad –No sé a qué se refiere, ni por qué parece tan alarmada. Por un momento me asalta la absurda idea de que haya leído el post que dediqué a mi citación como testigo. Acaba de despertarme la mala conciencia, debe de ser el primer truco que les enseñan en la Escuela de Jueces.
–No, naturalmente… siempre que la recuerde…
Entonces nos enfrascamos en una larga serie de preguntas a las que voy contestestando lo más sinceramente que puedo. ¿Cuándo supe yo que la Directora había destituído a la Subdirectora? ¿Sabía yo que habían regañado? ¿Sabía por qué? ¿Me contó la Subdirectora por qué había decidido pasarse a la competencia? ¿Cuándo supe que su ordenador no funcionaba? ¿Estaba yo delante cuando se lo comunicó a la Directora? ¿Estaba yo delante cuando hizo el acta de arqueo?.. La Juez parece sincera y personalmente interesada en averiguar detalles que no sé a cuento de qué vienen, y a mí me hace sentir algo incómodo, todo el interrogatorio tiene un cierto aire de cotilleo de patio de vecindad. “Naturalmente que me contaron, Señoría. Las dos. Mucho más de lo que yo hubiera querido oir. Yo era compañero y amigo de ambas y sigo siéndolo de una de ellas, y tengo todas las versiones verosímiles y hasta algunas inverosímiles, de lo que pasó, de lo que no pasó y de lo que vaya usted a saber si pasó o no. Pero no querrá que yo le cuente a usted, por muy juez que sea, confidencias que he recibido en privado de quienes confiaban en mi discreción, y de las que la mitad me parecen conjeturas y suposiciones sin ninguna prueba…” Eso me gustaría decirle y dar la cuestión por amistosamente concluida, pero no es posible, claro. Me limito a decir que no recuerdo, que no me contaron, que sabía lo que todo el mundo en la oficina… Es posible que estuviera delante, visitaba su despacho con frecuencia, pero no recuerdo esa ocasión concreta… ¿A qué se refiere exactamente cuando me habla del acta de arqueo?... Acabo por tener la incómoda sensación de estar mintiendo, porque la Juez insiste, vuelve de otro modo sobre lo dicho y parece que tratara de pillarme en un renuncio. He jurado mal. Debería haber jurado, solo, no decir ninguna mentira. ¿Cómo va nadie a decir toda la verdad? Hasta ahí podíamos llegar, qué disparate… Hasta un juez puede comprender que eso no es ni posible, ni deseable, ni de buena educación.
La Juez está especialmente interesada en saber quién tenía que hacer lo que llama “el acta de arqueo”. No sé de dónde ha sacado esta expresión que, consigo averiguar, no tiene nada que ver con lo que en realidad desea saber. Me despierta la vena didáctica y le explico detalladamente qué es un anticipo de caja, la obligación que tiene su titular de justificar el empleo y situación de los fondos en cualquier momento en que se le pida y mi propia función como controlador de cada céntimo que se mueve en la oficina. No soy mal profesor, creo, y disfruto explicando. Pero me esfuerzo en vano. Pertenece a esa numerosa especie de juristas deliberada y previamente bloqueados frente a cualquier cuestión que sospechen mínimamente relacionada con “las cuentas”. He tenido alumnos particulares de matemáticas mucho menos torpes. Al fin finge haberlo entendido, pero continúa preguntándome cosas como “¿Pero entonces la titular del arqueo, o del anticipo, era usted o ella?” “Pero quíen tenía que hacer el anticipo, o el arqueo: ¿ella o usted?” Tras su ordenador, la escribana me mira y enarca las cejas. Luego, al leer mi declaración, comprobaré que ella sí ha entendido mis explicaciones y las ha reflejado con notable claridad, haciendo caso omiso de las confusas instrucciones que de vez en cuando la Juez se vuelve a darle.
Pasamos más de media hora en esta interesante conversación y al fin mi anfitriona decide darla por terminada. Leo y firmo mi declaración, inesperadamente bien resumida y redactada. Me da la mano para despedirse y la adivino planeando nuevas comparecencias: el informático de la oficina, otra vez la Subdirectora… la veo firmemente determinada a llegar hasta el final, a acabar averiguando por qué riñeron hace un año dos amigas que dirigían juntas una oficinita rural y quién, exactamente, forzó uno de sus ordenadores e inutilizó su disco duro. Aunque el empeño le lleve otro año y otras tres o cuatro mañanas de declaraciones.
En el bar donde entro a reponerme de la prueba me encuentro a la chica que preguntaba por su denuncia. Mira al infinito dando sorbos a una cerveza. Ya ha perdido la mañana de hoy y tendrá que perder también la de mañana si quiere, por fin, hablar con la Jueza y tratar de enterarse de qué puede hacer para que sus denuncias sirvan de algo y alguien obligue al maleante de su exmarido a pagar la pensión que ella necesita para dar de comer a su hijo.

viernes, 7 de marzo de 2008

Yo aún diría más

Una importante institución nacional -no viene al caso cuál, está por completo dentro del tono dominante- que se caracteriza por medir cuidadosamente el significado y alcance de sus palabras, y de la sinceridad de cuyos sentimientos no cabe dudar, ha condenado hoy el último crimen de ETA diciendo, entre otras cosas, que "no solo vulnera el derecho a la vida, sino que es muestra de la más dura intolerancia..."

A mí, que debo de ser muy raro, no me harían peor efecto estas palabras si hubieran añadido "y lo que es peor, atenta gravemente contra el buen gusto..."

Thomas de Quincey quizás creyera ser un humorista, pero en realidad fue un precursor.

jueves, 28 de febrero de 2008

Soy creyente

A Miroslav Panciutti

No sé exactamente quién ha popularizado la palabra “creyente” para referirse a quienes profesamos creencias religiosas, en general y, por estos pagos, a los católicos que aún nos tomamos en serio nuestro catolicismo, en particular. Sea quien fuere, ha tenido éxito. Todo el mundo entiende lo que se quiere decir cuando se habla de ser “creyente”. Yo mismo, como puede verse por el título de esta entrada, uso esta expresión para calificarme a mí mismo, como si fuera inequívoca y de significado evidente.

Pero lo cierto es que no lo es. Pocas palabras lo son. El idioma, como me hacía notar Miroslav Panciutti en unos comentarios que hace ya más de dos meses cruzamos en el recomendabilísimo blog de Lansky, es enormemente polisémico. Él lo decía a propósito de la palabra religión, de la cual acababa yo de hablar en unos términos que le parecieron sorprendentes. Y lo cierto es, como yo le contestaba, que en el terreno de lo religioso es posiblemente donde la polisemia del idioma se manifieste con más evidencia, porque a los muchos significados distintos que la mayoría de las palabras van acumulando a lo largo de su vida se añaden, en este campo semántico, los más numerosos aún derivados de las actitudes y emociones no ya diferentes, sino abiertamente enfrentadas que concita la religión.

Así, por ejemplo, a mi forma de entender y vivir la religión no puede dejar de chocarle que alguien se refiera a ella como "un sistema de amenazas y promesas que cultiva y desarrolla el fondo temeroso de la naturaleza humana", definición debida a Lucrecio, creo, que Lansky, citándola, hacía suya en aquel memorable post (El "If "de Lansky sin permiso de Kipling), que deben ustedes correr a leer si es que aún no lo han hecho. A Miroslav, en cambio, lo que le sorprendía es que "un punto sólido de apoyo y conexión con el resto del Universo que permite y propicia el crecimiento y la liberación personales" me pareciera a mí una buena aproximación a lo que creo que como mínimo debe ser una creencia para poder considerarse verdaderamente religiosa. La sorpresa de ambos era sincera (y de la que me manifestó Miroslav nace este post, tardío y torpe, pero cumplidor) porque a ambos nos resultaba la otra definición completamente ajena y opuesta a nuestra propia experiencia.

Pero las dos definiciones se corresponden, bastante exactamente, con sendas experiencias de las muchas y muy distintas que desde hace siglos han venido suponiendo las religiones para los hombres. Millones de hombres desde el principio de la humanidad han vivido su relación con la divinidad como un proceso de enriquecimiento y de liberación personales, que les ha abierto a los demás y al mundo. Para otros muchos millones, en cambio, la religión ha sido un eficaz mecanismo administrador del miedo y de la ambición, de las inagotables y complementarias ansias de sumisión y de dominio que hay en el ser humano. Y sin duda pueden darse muchas más definiciones de religión, cada una de ellas fiel en igual medida a experiencias reales de muchos seres humanos: la religión ha sido y es, según quién hable, y según de cuándo y de dónde hable, “opio del pueblo”, herramienta de cohesión y pacificación social, adormecedor de conciencias y tranquilizador de espíritus, instrumento de poder, medio de propaganda, arma de guerra y fuerza represiva. Y también camino de realización personal, fermento de movimientos sociales, impulso para cambiar el mundo y vía para escaparse de él.

Hay que tener en cuenta que estas diferentes visiones que pueden darse de la religión no dependen de cuál sea la religión de que se habla: de la mayoría de ellas se pueden decir, y se han dicho, nunca sin algún fundamento, la mayoría de esas cosas. Y tampoco depende de la religiosidad de quien habla: muchos de estos puntos de vista sobre la religión -el que la considera un eficacísimo regulador de las conductas, muy útil socialmente, por ejemplo; o el que la ve como un medio para alcanzar el equilibrio anímico y emocional- son mantenidos indistintamente por corrientes de pensamiento creyentes y no creyentes.

Con lo que henos aquí usando de nuevo la palabra “creyente” como si fuera una categoría claramente definida. Creyente ¿en qué? En Dios, claro. Pero ¿en qué Dios? ¡Puf! Esta es, precisamente, la cuestión central. ¿No queríamos polisemia? Hemos caído de plano en su mismo centro. Dudo mucho que haya muchas palabras más cargadas de más significados antagónicos que este aparentemente sencillo monosílabo.

En el caso de la palabra "Dios" la polisemia ya no es cuestión de diferencias entre creyentes y no creyentes, ni entre fieles de una u otra confesión, ni siquiera entre adeptos de una u otra corriente teológica. Prácticamente cada persona tiene su propia idea de Dios; y que esto no esté claramente establecido y reconocido, y que este infinito número de "dioses" reciban todos el mismo nombre y se hable de ellos como de un concepto único e inequívoco -cosa inevitable, por otra parte, producto de la naturaleza metafórica y "platónica" intrínseca al lenguaje- no hace más que añadir confusión a las ya de por sí confusas e interminables controversias entre creyentes, ateos y agnósticos; cristianos, musulmanes e hindúes; católicos, protestantes y ortodoxos; progresistas, integristas y "cristianos por el socialismo"...

Hay un solo lugar en el que es seguro que Dios existe, y ese lugar es la cabeza de los hombres. Los no creyentes, claro, creen que solo existe ahí -lo cual, paradójicamente, no pasa de ser una creencia, igual de respetable, no más; e igual de indemostrable, no menos, que la contraria.- Pero los creyentes, por más que creamos en su existencia real y autónoma fuera de nuestra mente, no deberíamos ignorar que ese, el de nuestras construcciones mentales y nuestras reacciones emocionales, es, también para nosotros, el primer lugar en que nos encontramos a Dios. No solo eso, sino que, fuera de ese lugar "a Dios nadie lo ha visto nunca", -y esto no es propaganda atea de ningún astronauta ruso romo mental, sino una afirmación del Evangelio según San Juan, capítulo 1, versículo 18.- Por eso, porque Dios es por esencia invisible e inasible, todo lo que tenemos para hacerlo accesible en alguna medida a nuestra experiencia son imágenes y representaciones suyas, formadas a lo largo de siglos de cristianismo y de años de vida personal, a partir de la Escritura, de la tradición, de la exégesis y, para cada uno, del propio temperamento y de las propias experiencias vitales.

Es a esta imagen mental que de Dios tenemos cada uno a la que dirigimos nuestra adhesión o nuestro rechazo, es a través de ella como los creyentes nos relacionamos con Dios y es ella la que en la práctica dirige y orienta, en la medida en que se lo permitimos, nuestra conducta y nuestra vida cuando tratamos de vivirla con arreglo a nuestra fe. Y, desde un punto de vista creyente, también es de ella de la que Dios, el Dios verdadero y vivo, mucho más grande que nada que de Él seamos capaces de imaginar ni comprender, se sirve para actuar en cada uno de nosotros y, a través de nosotros, en el mundo.

Esta noción elemental de que cuando hablamos de Dios todos, creyentes y ateos, estamos en realidad hablando de la imagen que de Dios nos hemos hecho, debería estar mucho más claramente establecida de lo que lo está en la cabeza de la mayor parte de los creyentes. Si fuéramos más conscientes de ella seríamos mucho más respetuosos con los no creyentes, con los que compartimos, aunque nuestra arrogancia no suela admitirlo, una ignorancia prácticamente igual a la suya, encubierta y manejada con construcciones culturales perfectamente equiparables a las suyas, y de quienes solo nos separa un hallazgo, un atisbo, una promesa, una fe: nada que deba impedirnos buscar juntos, ni que nos autorice a despreciar ni a condenar. Seríamos también más humildes frente al infinito e inabarcable misterio de Dios, del que no somos dueños, ni únicos depositarios, y del que no sabemos mucho más - a veces, al contrario, tengo la impresión de que mucho menos - que quienes lo ignoran o lo niegan. Y seríamos, sobre todo, más exigentes con nuestra propia fe y más conscientes de la necesidad de depurar nuestra imagen de Dios y purgarla constantemente de adherencias y deformaciones que poco o nada tienen que ver con Él; que nacen de nuestros miedos, de nuestros deseos, de nuestras miserias y de nuestras limitaciones. Y que no solo estropean nuestras vidas, son contrarias al "sueño de Dios" sobre nosotros y convierten la religión, efectivamente, en el "sistema de amenazas y promesas" conectado directamente con lo más triste y menos gallardo del ser humano al que se refería Lucrecio, sino que son en grandísima medida las causantes de que tantos hombres inteligentes y de buena voluntad, desde Lucrecio hasta aquí, no hayan encontrado más salida que negarse a creer en ningún Dios, antes que creer en las tristes estupideces y aberraciones que con tanta frecuencia los creyentes predicamos de Él.

Bueno, soy consciente de haberme ido por las ramas. Tiende a pasarme con todas las cuestiones, cuánto más con esta, frondosa y evanescente de por sí. He escrito, sí, el post largo que me pedía Miroslav, pero me temo que no ha resultado nada didáctico y sí bastante confuso y más bien oscurecedor. Prometo ahora tratar de completarlo, en un futuro prudentemente indeterminado, con al menos otra entrada en la que intentaré pormenarizar más detalladamente cuáles son las principales de esas deformaciones y adherencias de nuestras imágenes de Dios. Pero no me extrañaría que el asunto me llevara otro par de meses, con no mucho mejores resultados.